Hace tres años la conocimos con una novela que fue todo un descubrimiento: Una herida llena de peces, sin duda uno de los grandes títulos de este lustro, una de esas obras primas que llaman la atención por su calidad y por la intensidad de su texto. Entonces muchos intuimos que estábamos ante una escritora extraordinaria que daría mucho de qué hablar. Así ha sido: Lorena Salazar Masso nos vuelve ahora a maravillar con su segunda novela, Maldeniña, y nos ha vuelto a sorprender con un relato en el que destaca la atmósfera de un mundo en decadencia, visto desde los ojos de una niña que procura aprehender lo que le rodea.
Malvive la niña en un hotel gestionado aparentemente por su padre, entre ausencias que no lo son tanto y personajes borrosos aunque perfectamente delineados. Todo ello en una ciudad afantasmada en la que la vida parece diluida. Esta escritora colombiana se caracteriza sin duda por esto, por crear una atmósfera apabullante y que ocupa un espacio fundamental en el relato, puede incluso que sea el tema de la novela, la atmósfera, ese vínculo que nos ata a lo que nos envuelve, a un mundo que tal vez no nos pertenece, con unos personajes que se unen de un modo extraño, una decadencia que se impone como una neblina que lo sumerge todo, y que a todas luces resulta fundamental para que ese artefacto que es la novela encandile al lector.
Contribuye sin duda un estilo cuidado y directo, frases desnudas, sin ornamentos, y muy precisas, una forma de contar que logra atrapar al lector, con esa precisión del lenguaje de quien domina la escritura y el idioma. Permítaseme el tópico: es algo propio de los autores colombianos, su dominio del idioma, el de un país con una riqueza del castellano sin igual y que se vuelve toda una característica de su literatura, a todas luces una de las principales en este idioma.
De ese modo vamos acompañando ese proceso de la niña que asiste a la disolución del mundo que le circunda. Al igual de lo que ocurrió con su primera novela, el lector disfrutará del texto y de lo que se cuenta en ella, una novela breve que es toda una joya literaria que el lector sabrá sin duda degustar.
Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak
Traducción de María Roces Gonzáles
Alianza Editorial. 2023
Una de las características que más llaman la atención en la narrativa de Ismaíl Kadaré es una curiosa combinación de realidad y ensoñación. El autor albanés logra confrontarse a tramas que adoptan a menudo no poco absurdo, sin que oculten por ello todo el horror que hubo detrás de la cotidianidad bajo los regímenes del Este europeo y más en concreto, en la mayoría de sus obras, el régimen de Albania. Si no fuera por lo trágico que a menudo hay detrás de ese largo período bajo la égida de Stalin y de sus acólitos e imitadores, darían lugar a extravagancias esperpénticas. De hecho, son muchas lasironías en varias de sus novelas que nos hacen cuanto menos sonreír. Recuerdan incluso una película del escocés Armando Iannucci, La muerte de Stalin, que resulta delirante en su planteamiento. Pero no podemos olvidar lo que significó el estalinismo para millones de personas víctimas de su represión, para las que perdieron la vida o sufrieron prisión en condiciones infames o para las que, en el mejor de los casos, vivieron bajo la confusión y el miedo. No en vano el autor nos recuerda en esta misma novela que en la mayoría de las lenguas europeas la palabra «terror» suena parecida. Quizá porque en este lado del telón tampoco podemos alardear de no contar con horrores varios.
La anécdota que se plantea en este relato-reflexión dura apenas tres minutos, que es laduración de la llamada de Iosif Stalin a Boris Pasternak en junio de 1934 para preguntarle sobre Ósip Mandelstam, poeta caído en desgracia por un poema sardónico sobre el gran dirigente, breve conversación de cuyo contenido nadie tiene certeza, cabe que ni siquiera existiera, y de la que se dan hasta trece versiones distintas, nada menos. Las aporta el narrador, un antiguo estudiante albanés de literatura rusa que regresa a Moscú mucho después de la caída del Telón de Acero, y mucho más tiempo después de su salida de la URSS por la ruptura de relaciones de Albania con la potencia soviética,las explica incluso, cada uno de ellas, las pone en contexto, lo cual nos sirve de pasopara un repaso de la literatura rusa del momento y también para una reflexión sobre la relación entre la literatura y la realidad, muchas veces en forma de tiranía.
No olvidemos que estamos ante una Rusia con una literatura impresionante, con movimientos literarios variados y una pléyade de autores que han influido y enriquecido sin duda la narrativa, la poesía y la dramaturgia universales. La Revolución Soviéticasupuso para muchos de estos autores, los coetáneos, pasar de una época burguesa a otra bien distinta. Y para muchos de ellos no fue nada fácil, sobre todo cuando la etapa denominada comunista derivó en una mera tiranía que nada tuvo que ver con lo esperado. De este modo, la novela de Kadaré nos muestra el ambiente obsesivo y demencial que fue dominando la vida cotidiana, el miedo siempre presente que promueve un estado de sospecha perenne donde toda palabra, actitud o titubeo pasa a ser analizada y juzgada de forma obsesiva. Sin duda, una pequeña joya para los seguidores de este autor y para los interesados por la literatura rusa, que no son pocos,
El año termina con un regalo literario de enorme valor: la publicación de Los papeles de Admunsen, la primera novela, hasta hoy inédita, de Manuel Vázquez Montalbán, en una edición del profesor José Colmeiro, quien plantea en un breve pero interesante prólogo muchas de las claves contenidas en el relato y que en gran medida, como él mismo señala, anticipa las preocupaciones, motivos y técnicas del autor barcelonés.
Escrito a la manera de una crónica novelada, forma muy propia de Manuel Vázquez Montalbán, la novela cuenta varios momentos en la vida de Admunsen, publicista en un país no identificado, nórdico sin duda, pero tras el cual no es difícil reconocer una España aún bajo los efectos de la dictadura, pero con elementos que anticipan el tránsito hacia una modernidad consumista y a todas luces conformista, a pesar de las críticas y la actitud activa de su protagonista, no exenta de muchas dudas por su parte acerca de la realidad social que contempla y la viabilidad en las formas de reaccionar ante ella.
Se intercalan en el relato los escritos íntimos del propio Admunsen, con reflexiones acerca de la propia vida y de lo que la envuelve. Así, convierte el texto en un ejercicio de composición que muestra bien a las claras la dificultad de conformar una mirada sobre lo real que permita aprehender en toda su envergadura lo que ocurre a nuestro alrededor, entenderlo y asumirlo. El autor refleja en esta primera novela, escrita a principios de los sesenta, muchas de sus preocupaciones, las preocupaciones emocionales y sentimentales de un autor fundamental, y nos ayuda a comprender mejor los mecanismos de integración personal en un contexto social cada más complejo y distanciado de nuestra individualidad.
Resulta imposible no congratularse con esta publicación, nada menos que veinte años después de la muerte de su autor, y que contribuye a recuperar a uno de los escritores más interesantes de la segunda mitad del siglo XX español, uno de las más finos observadores de la realidad, que a su vez permite entender los entresijos de una sociedad cambiante, con una intrahistoria que necesita airearse, sin duda, porque nos permite comprender no pocos aspectos de lo que somos como sociedad.
El desplazamiento de personas de un lugar a otro no es algo nuevo, siempre ha existido. En cada etapa histórica ha habido movimientos de personas que abandonaron su tierra de origen, su marco social y cultural, para incorporarse a marcos sociales nuevos, en ocasiones muy diferentes. Lo podemos llamar emigración, destierro o éxodo, cambian algunos detalles, pero los motivos se han mantenido más o menos idénticos: las necesidades económicas, las persecuciones políticas e ideológicas o incluso cabe, por qué no, aun cuando sean los menos, o a todas luces los menos trágicos, un deseo particular, propio, de cambio, cualquiera que sea la razón personal para ello. En los últimos años se añade además un motivo nuevo para emigrar: la crisis medioambiental, que adquiere en algunos lugares una dimensión de verdadera catástrofe y que por desgracia veremos acentuarse en el futuro, incluso ya mismo ocurre.
No obstante, en estos tiempos de globalización, de desarrollo tecnológico intenso, de nuevas redes de comunicación y transporte entre todos los rincones del planeta por recónditos que sean, resulta evidente que los desplazamientos han aumentado, podemos acudir a estadísticas aportadas por, entre otros estamentos, las Naciones Unidas, aunque bastaría, en un ejercicio de sociología de bolsillo, una mirada a muchísimas ciudades, entre ellas las del Estado español, que han dejado de ser, al menos de un modo único, tierra de origen de muchos desplazados para convertirse también en lugar de destino, y comprobar que se dan en los barrios colectivos de orígenes diversos, en una convivencia que posee a la vez elementos de cosmopolitismo y de conflicto.
Ni qué decir tiene que el desplazamiento posee varias dimensiones y admite lecturas diferentes, tanto personales como colectivas, por ejemplo en la identidad de las personas protagonistas, «la sufrida artesanía del yo», en palabras de Gabriela Wiener, citada en el libro que comentamos, pero también en la colectividad que recibe aportaciones de los desplazados a la vez que éstos las reciben de aquella.
No sólo hablamos de aportes económicos o de mano de obra, sino también de una repercusión social y cultural.
Muchas literaturas nacionales, por su parte, han visto incorporarse a escritores de procedencias diversas, autores que son ellos mismos desplazados y que desarrollan toda o parte de su escritura en la sociedad de destino, en esas frágiles fronteras de la literatura nacional, en ocasiones en las lenguas o en las peculiaridades lingüísticas de las sociedades de destino y acogida, aunque no siempre. Podemos hablar de tantas características singulares como escritores haya, pero se dan unos rasgos comunes que nos permiten establecer un marco, que la investigadora Lucía Hellín Nistal emplea con la etiqueta de literatura de los desplazados.
De este modo, en la primera parte del libro, la autora nos ofrece un impecable análisis teórico, con numerosas aportaciones académicas, de este fenómeno. Apreciamos también una exploración crítica de esta última fase del sistema económico y social que es la globalización. Al mismo tiempo realiza un acercamiento práctico de un tipo de literatura que tiene mucho de testimonio, al tratarse de una escritura que parte de la experiencia propia migratoria, que recoge ese sentimiento de extrañamiento propio de autores que se confrontan a la pluralidad de idiomas o variantes lingüistas. No podemos olvidar el interesantísimo debate sobre las opciones de uso de un idioma u otro que se plantean muchísimos escritores, por circunstancias muy diversas. Me viene a la memoria un poema de Odete Semedo sobre la lengua en qué escribir. Aun cuando la autora de Guinea Bissau no se encuadre en una literatura de los desplazados, sin duda refleja un proceso que se da en muchos escritores agrupados bajo esta denominación, el de tener que elegir un idioma, o varios, de escritura, consecuencia de la convivencia de idiomas en un mismo espacio físico y por ende en la persona que se enfrenta a la escritura. El desplazamiento permite, por último, el encuentro de dos realidades con un potencial crítico y creativo en su obra. Como señala la propia autora del ensayo, el desplazamiento, más que un cambio de residencia, es un espacio relacionado con el punto de partida y de llegada.
Lucía Hellín Nistal recoge también el elemento experiencial en la segunda parte del ensayo al acercarse a varios autores, con sus puntos de partida y de llegada muy diversos. Se ocupa de siete autores concretos, entre los cuales Emine Sevgi Özdamar, autora turca que escribe en alemán, o Najat El Hachmi, autora nacida en Marruecos y desplazada a Cataluña de niña y en cuya lengua escribe, además de citar a lo largo de su trabajo a otros muchos autores, entre ellos los de la diáspora ecuatoguineana en España, por ejemplo Donati Ndongo-Bidyogo o Lucía Asué Mbormis, que es un subgrupo sobre el que los lectores castellanohablantes deberíamos prestar más atención.
No es nuevo el análisis de la literatura de los desplazados, sin duda ya hay elaborado numerosos acercamientos al fenómeno de la literatura y la emigración, pero este ensayo de Lucía Hellín Nistal es una aproximación muy adecuada para quien quiera profundizar en el tema, reúne bastante de lo ya estudiado y abre nuevos aspectos al estudio de un ámbito tan extenso como apasionante.
«Navegar por los recuerdos/ atravesando en silencio / el espacio de la memoria»
Mari Carmen Azcona
Suele decirse que nadie es imprescindible. Pero no es verdad. Hay personas que lo son, que resultan esenciales en el día a día, que logran romper con la rutina cotidiana, que nos retan a ser mejores. De pronto nos topamos con su ausencia y nos damos cuenta del silencio y del vacío que se imponen sin remedio, y surge así ese sentimiento de culpa por no haber conseguido tal vez que la persona en cuestión, la que nos falta, se sintiera como la sentimos ahora, imprescindible.
El pasado 25 de agosto moría Mari Carmen Azkona. Aun cuando intuida o esperada, la noticia no dejaba de ser para muchos tremenda, hiriente, y nos descorazonaba en este final de verano en el que albergábamos tantas esperanzas por hacer tantas cosas juntos. Cumpliremos con muchos de nuestros propósitos, sí, pero ya no será lo mismo.
Estos días hemos conversado mucho sobre su cercanía, sobre la amistad. Aquí nos hemos de circunscribir, no obstante, al pasado de Mari Carmen Azkona en su doble faceta de escritora y de activista cultural. Ambas fueron las dos caras de una misma moneda. O de una misma personalidad, la de una Mari Carmen Azkona comprometida con la literatura, con la cultura en general más allá de su propia particularidad. Aunque la cultura que ella defendía nada tenía que ver con una lista de renombres ni con las famas vanidosas a la que, por desgracia, nos estamos habituando, sino con una actividad colectiva, comunitaria y social, además de personal. Quizá sea algo que por desgracia esté cambiando en esta sociedad del espectáculo donde lo cultural cada vez parece tener menos importancia. Pero así lo entendía ella y lo trasladó a su vida, a nuestra vida.
Escribía sin duda por esa necesidad de entenderse a sí misma y asumir la realidad envolvente, no siempre comprensible, a menudo doliente. Pero no se limitaba a esa intimidad de la escritura, necesitaba además socializar su interés por lo literario y por el arte, pero también por la naturaleza o por la historia, encontrando siempre la relación con la poesía, eje central de todo su quehacer. Portugalete devino así el escenario de numerosas presentaciones literarias, recorridos culturales y poéticos, conferencias, jornadas, fotografías, incluso una feria de libros que la pandemia primero y después la enfermedad impidió continuar. Sus lazos se extendieron también más allá de lo local.
Su activismo cultural puso en contacto a muchas personas, la convirtió a ella misma en una cartógrafa de un amplio mapa de vínculos y de afectos que ha ido más allá de un interés común, la literatura, sin duda porque la Cultura, así, en mayúscula, no es sólo algo trascendente, no debiera quedarse en eso, sino sobre todo es la argamasa para construir lazos de amistad, respeto y diálogo. Para crear comunidad, en definitiva, algo importante cuando todo parece estar en nuestro mundo patas arriba y las cosas cambian tan deprisa, no estamos muy seguros de si a mejor o sólo, en el mejor de los casos, hacia algo diferente.
Nos deja sus escritos, Patchwork, Enredados o El silencio de los puntos suspendidos, numerosos poemas y relatos, algunos premiados, otros reunidos en libros colectivos. Y la demostración que toda obra, al final, forma parte de la propia vida, es la vida misma. Por eso quien así lo ha entendido se vuelve, de un modo absoluto, imprescindible, alguien esencial que no se va a quedar en un rincón de nuestro pasado, sino que pervivirá en nuestro día a día.