julio 8, 2023
Categorías: Poesía, Vídeos . Etiquetas: Cristina peña, Daniel Gayoso, nevando en la guinea, revista literaria trimestral digital, rolando revagliatti, video . Autor: nevandoenlaguinea . Comments: Deja un comentario


Camarón de la Isla decía El flamenco es de noche y se oculta de día, el flamenco es cimbrear el cobre, que muera la hipocresía. Camarón de la Isla, Bambino y Paco de Lucía eran los reyes del flamenco que compartieron época y andaduras. Cantaor, cantaor, el pueblo gitano se quedó sin voz. Eso cantaba Lole en una actuación con el clan Montoya. Bambino era el rey del flamenco de cabaret. Era salvaje, artista nato, escribía sus propios temas, con mucho talento, por cierto.
Ahora hijo de Camarón prosigue en el artisteo llamándose “Mancloy” y es un rapero muy bueno. Sus hijas también cantan. Pero su hijo hace un rap mezclando la música que le perteneces a los suyos, que son mujer e hijos, la música que creó su padre. Camarón tenía tanto repertorio que probó con todos los palos flamencos. Sin duda era apoteosis y majestad. Bambino era un salvaje desatado. Paco un fenómeno.
En el disco Potro de Rabia y Miel denuncia cantando el robo de sus derechos de autor alegando La talega m’han randao. En el tema Yo vendo pescaito. Los derechos de autor es asunto que manejan las gestoras culturales. A Camarón le ocurrió lo mismo que a Paco de Lucía, pero no a Bambino. Camarón no se preocupaba mucho por esos detalles, a él le interesaba cantar y grabó joyas irrepetibles en el panorama flamenco. Fue innovador y precursor de lo que hoy llamamos Flamenco Pop. Eso lo demuestra en su disco La leyenda del tiempo.
El legado de Camarón, Bambino y Paco es potente como sus grandiosas voces y sus talentos artísticos. Camarón era la clase de cantaor que dejan una huella indiscutible imposible de borrar. También Paco y Bambino. En doscientos años de flamencología no se había escuchado algo similar. Camarón, Paco y Bambino eran dioses del flamenco. Duende y hondura, talento que no todos tienen.
Paco de Lucía recuperó su legado por la lucha de sus descendientes. Pero, ¿y Camarón? ¿Su familia luchó por lo que le pertenecía? Sufrió dos golpes en un último año de vida. Descubrir el robo de sus derechos de autor y el cáncer pulmonar del que murió. Camarón era tan grande que dejó escrito en un papel un consejo para los nuevos flamencos. Camarón de la Isla era, sin duda, el rey del flamenco. También Jaime Chavarrí dirigió una película a la que no lo reconocen sus hijos alegando muchos detalles del filme; opinan por ejemplo: —Mi padre no era así. Mi padre no tuvo un amigo cocinero. Camarón, Paco y Bambino serán eternos. Ellos eran grandes entre las cosas sencillas. Camarón de la isla es el símbolo gitano. Bambino era Miguel Vargas Jiménez, el salvaje hombre con carisma y astro con luz propia. Y paco que nos dejó con esplendorosa gloria. Bravo por los tres.


Araceli Cobos
Sirimiri
Editorial Milenio
Poco a poco, el conflicto vasco, a medida que se vuelve ya un asunto de nuestro pasado, aunque sea todavía demasiado reciente, va ocupando un lugar importante en la literatura y en el cine. No se ha cerrado todavía, es cierto, y en gran medida porque se ha estancado la reflexión tan necesaria y a veces parece que sacar viejos fantasmas en el ámbito de la política sólo conduce a un debate mal encarado, parcial, interesado, lleno de reproches y argumentos forzados que busca más zaherir que pasar página. Pero atención, esto de pasar página no es defender el olvido, ni fingir que nada ha pasado, como a veces parece que ocurre en las calles vascas. Entre ambas posturas, hay una zona intermedia en lo que lo fundamental es comprender, que no justificar, entender para poder asumir lo que pasó y sobre todo cómo se vivió. Como se comenta en esta misma novela, las cosas a veces son más complicadas de lo que nos gustaría, de lo que supone una respuesta emocional inmediata, de esa reacción rabiosa ante la injusticia de la violencia y del crimen.
En este sentido, la literatura, también el cine, ha ofrecido y ofrece perspectivas muy útiles para conocer la intrahistoria, la forma cómo afectó a la gente que sufría el conflicto como espectadores en primera fila, involuntarios, en una cotidianidad que quedaba perjudicada por completo. La violencia de raíz política, al fin y al cabo, formó parte de la vida colectiva, del mismo modo que la crisis económica, la reconversión minera e industrial, con el consabido aumento del desempleo, o la droga, tan presente en esas mismas calles del norte y en esta novela.
Araceli Cobos nos expone en su novela, Sirimiri, el proceso de asunción de la realidad de una niña que en la década de los ochenta se enfrenta a unos años duros en una población de la Margen Izquierda del Nervión, esa comarca vizcaína industriosa que afronta la crisis, la expansión de la droga y el terrorismo con no poco desasosiego. El retrato que realiza de esa década y de la cotidianidad en la Margen Izquierda, con la desesperanza y la desazón ante lo que ocurría, nos retrotrae a un estado de ánimo desolador. Parece que el cielo se les fuera a caer realmente encima, las inundaciones de hace justo cuarenta años iban más allá de la mera metáfora, se volvieron un símbolo, y es uno de los primeros hechos que Ana, esa niña protagonista, recordará años después.
La novela no es neutral, no intenta presentar los hechos y que el lector juzgue, expone claramente una posición, la de una parte frente a la otra parte del conflicto, a veces con dureza, una aspereza que no deja indiferente, pero es al fin y al cabo una actitud presente en muchísima gente que lo vivió, que ni siquiera quiso entender, no sólo porque la equidistancia no es posible, sino porque es normal que en un conflicto y ante las muertes violentas las posiciones no siempre atienden a razonamientos fecundos. Ana crece, va a la universidad, vive el ambiente enrarecido que incide incluso en sus relaciones con amigos y conocidos, mientras la vida sigue.
La importancia de esta novela está justamente en eso, en lo testimonial, en su construcción como mapa emocional de la realidad, sin importar tanto que estemos o no de acuerdo con las afirmaciones rotundas de una Ana que crece y va tomando posturas ante la realidad, sino que lo sustancial es ser consciente de que fue algo que existió, que estuvo presente como actitud de una parte de la población, la que se horrorizó ante el terror, siempre injustificado, y esto ha de contribuir a que avancemos en nuestra reflexión sobre la historia reciente y nuestro presente, teniendo en cuenta incluso las propias vivencias emocionales, tan importantes en la aprehensión de lo real.

Cecilio Olivero Muñoz
Prosimetrap
Universo de letras
Montaigne escribió en el prólogo a sus Ensayos que él mismo era la materia de su libro. Habrá quien afirme que cualquier autor-persona está siempre presente en su obra, que ésta se constituye irremediablemente en su espejo. Así es como se ha estudiado al fin y al cabo la literatura, partiendo del propio autor, de su biografía y de sus traumas, aunque ahora hay nuevas perspectivas. La literatura se convierte de este modo en el testimonio de una vida. Entiéndase vida también como el cúmulo de emociones y sentimientos. Por otro lado, si entendemos la escritura como diálogo entre un escritor y un lector, ambos en su más absoluta soledad, sin que importe que entre ellos haya distancia física o vivan incluso en tiempos distintos, entonces qué duda cabe que el autor y sus fantasmas se constituyen en el tema de la conversación, aunque aquí el interés estriba también en cómo interpreta el lector lo que le comunica el escritor y cómo aquel lo asume y adopta en su experiencia vital propia.
Todo esto resulta tal vez más evidente en la poesía, prosa poética incluida. La poesía, nos dice Cecilio Olivero, «se diluye entre tiempo y sueño». Por tanto, el testimonio queda a merced del tiempo –el sentimiento es emoción madurada por el pasar de los años– y el sueño, parafraseando (mal) a Goya, contribuye a que los fantasmas propios se vuelvan monstruos. Aunque monstruos compartidos.
Haber comenzado con Montaigne pudiera indicar que esto de la literatura del yo o literatura testimonial tampoco es algo nuevo, ni lo sería la autoficción, nuevas etiquetas inútiles más allá de las meras referencias académicas. La literatura es sobre todo mestizaje, más en estos tiempos extraños. Pero al fin nada es nuevo y la originalidad supone también volver una y otra vez al origen, que es a lo que se refiere strictus sensus la palabra. Todo ello nos lleva a reconocer que estamos ante un libro de análisis de la identidad propia, de exploración íntima, con una voluntad de revelar y exhibir lo que uno arrastra, en este caso lo que arrastra el autor, y confrontarse a lo que uno es. Esto es, mirarse a sí mismo y compartir esa mirada. No es casual que el libro se cierre con un apartado titulado Los espejos. El autor nos expone a golpe de verso y de prosa los fantasmas propios, pero que también son colectivos, aun cuando cada cual los viva a su manera.
Nos encontraremos con temas eternos, como la soledad, el miedo, la conciencia de sí mismo, la fragilidad y las dudas, las relaciones interpersonales o el desamor. Todos estos temas aparecen hilados por un sentimiento profundo de malestar, que sin duda a muchos lectores va a perturbar, que es función también de la literatura. Todo ello pasado por la experiencia personal e intransferible de Cecilio Olivero. También hay una reflexión sobre la escritura o la literatura y sus funciones. La escritura deviene no pocas veces en pura necesidad, por tanto no está tan clara la línea que separa la literatura y la vida.
El libro se divide entre poemas concisos –«un poema debe ser concreto», nos aclara el autor– y prosas poéticas que no son tan concisas, se alargan por derroteros un poco más amplios. No se plantean disyuntivas, hay una unidad entre ellas, pero sin duda el lector podrá acomodarse en cualquier de las dos formas literarias, al fin y al cabo son piezas sueltas, con sentido por sí mismas. Por eso mismo el lector puede decantarse por unas o por otras, y quien suscribe se decanta sobre todo más por los poemas que por las prosas, es una opción.
El libro, por lo demás, no da pie a mucha esperanza, –«La esperanza es una acacia imposible»–, aunque tal vez no tenga mucha importancia, la poesía se nos presenta al fin y al cabo como el único ámbito posible de vida.

Razones para amar la poesía
Abdennur Prado
Primero, por la liberación que proporciona con respecto al logocentrismo y a la tiranía del sentido. En la poesía las palabras dejan de ser meras herramientas para comunicarse y recobran su dimensión telúrica, sin importar lo que de ellas diga el diccionario. Son como fuerzas naturales que tienen raíces en el cielo. Se aman con un furor de trueno o sienten el dolor de las profundidades. Otras veces se calman y nos embriagan con su triste dulzura. Otras veces responden al sol de lo invisible con una transparencia clandestina. A menudo danzan, incluso sudan y se mean. Hagan lo que hagan, son siempre mucho más que palabras.
Segundo, porque la poesía implica una apertura a un plano de la realidad que queda vedada tanto a los sentidos físicos como a la razón. Podemos llamarlo mundo imaginal, el no mundo, la otra orilla, el no lugar, lo oculto… En árabe, barzaj: mundo intermedio entre los planos físico y espiritual. Es la tierra del alma. Allí podemos encontrarnos con seres increíbles. Se producen visiones y se despierta la imaginación creadora.
Tercero: porque la poesía es refractaria a cualquier moral codificada. La razón no está en que el poeta sea un inmoralista, sino en que la poesía no responde a criterios doctrinales o filosóficos establecidos, sino a la verdad desnuda. Una verdad vivida, en cada caso única, siempre a contrapelo. Muchas veces el poeta no sabe lo que el poema le dirá antes de escribirlo. Lo poético tiene precedencia sobre su persona.
Cuarto, porque el yo en la poesía se disloca, se sale de sus goznes, se aventura a ser otro y otro y luego otro, eternamente fuera de sí mismo. A veces se desdobla, otras veces se puebla de extrañas criaturas, o se transforma en un espectro. En el poema, el poeta deja de ser persona, deja de ser humano. No hay humanismo en poesía. Solo hay humo de ser o lava de volcán, o agua fértil de las profundidades. Hay truenos y alambradas, pero también espejos y nubes de azabache. Hay fuego de hogar y calma inesperada. Hay inodoros rojos y heridas encendidas. Hay mucha mierda, pero también escobas y escaleras. Hay amor a raudales y hay deseo. Hay fuerza y comunión con lo divino.
Quinto, porque la poesía es una celebración, con una dimensión ritual. La vivencia lírica tiene un sentido y un poder análogos a una iniciación en los misterios: implica un desvelamiento de la realidad y el descentramiento de uno mismo, conectándonos de forma única y auténtica con las leyes eternas de la vida.

Hay verdades y realidades que solo aceptamos y entendemos al vivirlas. Lo de ponerse en los zapatos de otro sólo es un dicho para despertar la empatía. Me quedé con las ganas de reírme cuando una afroamericana soltó no le gustan los africanos porque “nosotros vendimos a sus antepasados a los esclavistas”; vamos, que en África seguimos siendo los mismos que hace doscientos años y ninguno de nosotros sufrió la pérdida de sus seres queridos por la colonización. Quería reírme para no soltar un comentario grosero u ofensivo.
Durante todos los años que viví en mi país que, a pesar de todo, era mi hogar y mi lugar de confort, nunca fui realmente consciente de la discriminación, pese a que mucha gente vivía marginada y esclavizada a mi alrededor. Los colores de la piel no son el problema, las diferentes lenguas tampoco lo son, ni los territorios ni las costumbres. El problema está en nosotros, en nuestros miedos más absurdos, en la ambición más salvaje y en el odio nacido de la envidia.
En los libros de historia y las revistas leemos como la gente negra fue esclavizada durante siglos o cómo los judíos fueron asesinados cruelmente por los nazis. Estas lecciones necesarias en las escuelas que, a veces, acaban despertando sentimientos de odio e impotencia hacia la gente blanca, quizás debería quedarse en eso: lecciones de la historia para no repetir esas atrocidades. Por desgracia, las heridas del colonialismo en África siguen tan abiertas como las del holocausto judío. Pero lo más triste de todo es que el racismo, la discriminación y los prejuicios siguen encontrado justificaciones y espacio en nuestras sociedades por el egoísmo y la ambición de algunos.
Si a nivel mundial una persona negra se siente en desventaja frente a una blanca, en un país como Los Estados Unidos de América o Francia un ciudadano de origen africano se sentirá en desventaja frente a otro negro nativo. Este rechazo de un negro a otro negro ya no se puede llamar racismo, afortunadamente alguien ya lo describió como discriminación interseccional y esta confirma lo que pienso: el problema no son los colores de la piel.
Dos africanos en el extranjero se llaman hermanos, lo que en realidad les une es la miseria por la que temen pasar; porque si estuvieran en el país de uno este llamaría al otro extranjero, le robaría y trataría de abusar de él: ya no serían hermanos.
Dentro de una familia con las puertas de la casa abiertas para los primos y sus hijos, pese a que todos somos hermanos, también encontraremos la diferencia en el trato que les damos a los que nacieron del mismo vientre que nosotros. Incluso golpearemos y marginaremos a los primos sin una excusa razonable.
Las diferencias siempre existirán. Yo ya no creo que alguien me discrimina porque soy negra africana, la discriminación, desde mi punto de vista, es síntoma de algún problema mental propio de quienes también sufren de ignorancia forzada.
Una sabiduría poética
Abdennur Prado
El poeta no puede decidir lo que sucede en el poema. Es un receptor de algo que no puede controlar. Un poeta no se dice: «voy a escribir que me salen alas, o que adquiero la piedra filosofal, o que he alcanzado el nirvana…». Nadie se salva por pensar, ni el desear algo implica que suceda. Tampoco se dice: «voy a escribir que eres el alma de la luz si eres la luz del alma» (Juan Ramón Jiménez) o que esta sometido a una «inundación de océanos de hierro». No existe posibilidad de pensar de antemano un verso como este: «su alma es una mosca que zumba en las orejas de los recién nacidos» (Gonzalo Rojas).
Cualquiera de estas cosas, si sucede, sucede en el mundo del alma, sin la intervención de la voluntad. Todo lo que aparece en el poema es fruto de la gracia.
Un poema logrado expresa una verdad anímica que uno no puede decidir y que, en el momento en que acontece, ni siquiera puede comprender. No es el intelecto quien dirige la mano del poeta ni quien es capaz de traducir el acontecimiento anímico en palabras. Y mucho menos de llevar a cabo la transmutación. Ella es obra del amor. Al expresarla no solo confirma lo que ya habría sucedido: contribuye a que suceda. Sin la poesía quedaría en lo inconsciente o pasaría a lo consciente de forma intelectualizada. No acabaría de pasar.
En el poema se expresa de forma precisa lo que sucede en el mundo imaginal. El poema se erige entonces en un vehículo privilegiado a través del cual se nos revelan esos acontecimientos interiores, a medio camino entre lo consciente y lo inconsciente. Lo anímico se muestra en estado puro, no bajo los ropajes de la interpretación, la cual tiene el inconveniente de mantenernos en lo conocido. Se hace entonces necesaria una comprensión poética, que implique su asunción por parte de la conciencia, sin reducirla a lo sabido. Lo mismo puede decirse de los sueños: hay un modo de comprensión onírica coherente con su carácter numinoso, y otra que se limita a proyectar sobre el sueño esquemas funerales.
En este momento emerge la posibilidad de una sabiduría poética, diferente del saber científico y de la filosofía, de la lógica y de la dialéctica, de la mística y de la metafísica. Es, como sabía María Zambrano, un saber del alma: irracional, abierto, telúrico, dinámico, inasible. Es abarcador y se expande en todas direcciones. Tiene sabor y acuna una plegaria. En este saber lo divino se muestra sin la cota de malla de la teología. Es la propia matriz del tiempo que nos guía hacia su laberinto, como si fuese un centro donde todo se abisma y reconoce. Pero debe buscarse: tener ojos y boca y un cuerpo que se entrega al éxtasis sonámbulo de nuestras emociones. En este centro se recompone el mundo como una conjunción de rostros y de esferas. Y a partir de aquí se abren posibilidades infinitas. Todo integrado en Dios como semilla, jamás como objetivo.
Lo resultante no es una teoría, es una visión.

La lluvia en el desierto
Vicente Luis Mora
Yo sólo vine a ver brotar
mi casa en el desierto.
Eduardo García, La vida nueva
Si mirásemos en este instante dentro de nuestro cerebro, la sorpresa sería monumental. Junto a terrenos activos, regados por las conexiones neuronales, encontraríamos vastos desiertos, extensiones secas y polvorientas que ocupan grandes territorios en nuestra cabeza, zonas vacías, carentes de cualquier forma de vida. Seguramente, si nos fuese dada la posibilidad de hacer ese viaje a nuestro interior, nos preguntaríamos cómo podríamos remediar esos secanos, esas circunvoluciones devastadas, esos piélagos sin nada de valor. La solución es más fácil de lo que pensamos: basta con leer.
Los buenos libros irrigan nuestro interior, fertilizan las regiones del terreno mental, hacen florecer zonas cerebrales hasta entonces yermas e inactivas. Algunas obras literarias, más complejas, conectan además unos sectores con otros, funcionan como ríos que unen y enriquecen zonas o unidades distantes y aisladas. Los primeros libros que leemos en la infancia actúan como gotas de lluvia, o como rocío fertilizador; los demás, tanto en la adolescencia como en la madurez, nos sirven de canales de irrigación y fecundidad; los primeros amplían o ensanchan el mundo, las siguientes lecturas lo adensan, lo vuelven más complejo y comprensible. Son necesarias largas cadenas de obras literarias para terraformar y habitar como es debido la mente y sobrellevar la existencia.
Leído cierto número de libros, que habría que cuantificar caso por caso (los necesarios, en resumen), un individuo se vuelve persona, un ser con raciocinio propio y con singularidad pensante. Conforma un terreno mental que no se parece a ningún otro, como no hay dos ciudades idénticas. Una persona introspectiva y leída implica un cerebro en cuyo interior unas partes reflexionan sobre las demás y se desarrollan con la estimulación mutua.
A lo largo de los años me he arrepentido de algunos hechos, y también de cosas que nunca hice, pero jamás me he arrepentido de ninguna lectura. Hasta las malas nos enseñan: por qué me molesta esto, por qué me parece mal escrito. He disfrutado de cada obra, porque la lectura es en sí un disfrute absoluto: desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes qué va a pasar, pero un mundo comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro. Es un acontecimiento prodigioso, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo río en tu mente. Y cada página, estés de acuerdo con ella o no, ya te ilustre o te indigne, te alegre o te sorprenda, fertiliza una parte de ti que estaba muerta o que nunca había vivido. Cada libro hace crecer tu mente y a ti con ella. Es como la lluvia en el desierto. Te convertirá en alguien más inteligente, más crítico, con más elementos de juicio para juzgar a los demás y para juzgarte. Umberto Eco decía que “quien no lee, a los setenta años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”. Así es. Y, además, quien no lee es alguien que solo tiene una idea… y no es suya. ¿No es mejor disfrutar de múltiples vidas y asegurarnos de que nuestras ideas son, realmente, nuestras?