21º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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21º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXXI      10-01-2.009

 

EDITORIAL XXI

Sobre premios literarios, tradiciones

culturales y espectáculos mediáticos

 

El año ha comenzado con la concesión de uno de los premios más emblemáticos de la literatura en España, el Premio Nadal que concede la Editorial Destino, una de las más importantes hoy y, cómo no, perteneciente al Grupo Planeta desde los años noventa. Sin duda es uno de los grandes premios literarios y no hay más que recordar algunos de los escritores galardonados para darse cuenta de la influencia literaria que tuvo tras la guerra civil y en los años oscuros del franquismo: Carmen Laforet, José María Gironella, Miguel Delibes, Elena Quiroga, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana Maria Matute o Ramiro Pinilla, entre quienes lo obtuvieron bajo el franquismo. Tras la restauración de la democracia nuevos nombres se incorporaron a la lista: entre otros muchos, a sabiendas de olvidar injustamente algunos nombres, Raúl Guerra Garrido, Fernando Arrabal, Manuel Vicent, Juan José Millás, Alejandro Gándara y muchos otros que son escritores, muchos de ellos, conocidos tanto en España como en países latinoamericanos. Mención especial merece Francisco Casavella, premiado el año pasado y fallecido hace pocas semanas. Este año el galardón ha recaído en Maruja Torres.

 

Sin duda, premios hay muchos en España, algunos reconocidos, como el Nadal que forma ya casi parte de la tradición navideña, otros con una deriva más publicitaria, mientras que existe un verdadero alud de premios, algunos conocidos, otros muchos desconocidos para el público lector ya sea por su carácter local o por apenas tener eco en los medios de comunicación. Hay desde luego quien critica la existencia de un número excesivo de premios debido, dicen, a que degrada la literatura y porque se dan sospechas de corruptelas varias, algo que afecta seguramente a todo tipo de premios. No obstante, también es verdad que supone para algunos escritores en ciernes la única forma de salir a la palestra e intentar un cierto reconocimiento, mínimo sin duda en una mayoría de premios, aunque importante en la autoestima de quien se inicia en las letras.  

 

Tenemos la sensación, por otro lado, de que hay cada vez más personas que escriben. Sospechamos sin embargo que se ha extendido un enfoque más mediático del trabajo literario, las bambalinas de las letras que como cantos de sirena parecen embelesar a espíritus atraídos más por la fama que por la labor literaria en sí. No nos extrañaría que, como ocurre en los últimos años en el mundo de la música, se montasen concursos televisivos a la manera de Operación Triunfo o Fama para contemplar a personas que pretenden sin apenas esfuerzo y en cuatro días de estudio convertirse en escritores. Hemos de decir, ante cualquier tentación en este sentido, que escribir es una carrera que requiere mucho tiempo, dedicación, bastante paciencia y qué duda cabe mucha discreción, algo que parece contradecir la cultura del espectáculo que se ha impuesto en nuestros días.

 

Nada más lejos de nuestra intención que convertir a todo narrador o poeta en una especie de monje moderno que asuma el ejercicio de la escritura como una labor mística o teológica. Pero la superficialidad es un peligro que afecta hoy a todos los ámbitos en esta sociedad que durante los últimos años se ha decantado por la comodidad y el “nuevorriquismo“, y en esto, nos tememos, la literatura no ha podido escapar del todo. Lo fashion ha entrado con fuerza en el mundo de las letras y los premios, parece ser, no son ajenos a ello.

 

 

 

 

 

 

 

EN EL HUERTO

 

Cavando bajo un sol

te mirabamos los dos,

mientras la tierra, toda tuya,

la domabas dando bulla.

Eras sudor de estrella

y eras la voluntad aquella

que extrañaba vernos

entre tomates y ajos tiernos.

Todo tú eras campesino,

tu domingo era don divino,

y entre semana era hierro

tu labor de paz y encierro.

Trabajador del sí rotundo,

hombre fiel al viejo mundo,

anhelas sólo lo tranquilo

del laurel y el tilo.

Buscas la raíz del consuelo

cuando cavas en el suelo,

donde pisa la lombriz

con toda tu verdad motriz.

La acequia es tu gran obra

que al momento y a su hora

sigue el agua pertinaz

ese rastro de antigua faz.

Tu hoz es enorme corazón

que busca una razón

donde se corta la mitad

de esa luz en contrariedad.

La cabaña es sombra vieja

y tu mirar sin la queja

corta la caña y con maña

deshace teleraña y maraña.

Agacha el lomo de hombre

pues cosechas tu nombre

entre la llaga y el callo,

pues sigue tu mirar el rayo

del sol que distraido

encuentra en tu tierra ruido,

con la entraña sumergida

de tu carne morena sufrida.

Eres campesino por que veo

en tus ojos el pestañeo

del escozor que da el sudor

y te escuece aquel dolor

que la tajada y el tajo sembró

aunque tienes tornasol

que en tus manos dice no

cuando llora seco el sol.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

La relación

 

 

         No sé por qué se fijó en mí. Como yo, tal vez, se debía de sentir muy sola en una ciudad poco amable donde la soledad es muy áspera. Se convirtió en mi amante. No sé si era esa su intención, pero yo, en aquella época, no me preocupaba mucho de los demás. Me había acostumbrado a estar solo y mi vida se reducía en gran manera a pasarme el día leyendo fuera de las pocas horas de trabajo. Cuando llovía, me quedaba en casa, pero cuando el tiempo lo permitía me iba a un jardín cercano, cuidado, silencioso y discreto, poco importaba que hiciese frío.

         Es verdad que la soledad, en ocasiones, me hacía daño. Miraba a mi alrededor y no veía a nadie. A veces pasaba alguna madre con su hijo, una pareja de novios o dos ancianos que paseaban en compañía. Cuando veía a alguien que se acercaba en soledad deseaba que se sentase cerca para poder así iniciar una conversación. No ocurrió nunca. Salvo cuando ella llegó. No me di cuenta, sin embargo, de su arribo, sólo la descubrí cuando levanté la vista de mi libro con intención de reflexionar sobre lo que acababa de leer. Estaba delante de mí. Me miró y creo que no sonreía. Quise empezar a hablar, pero me faltaron las palabras. Fue ella quien habló primero. Hizo una pregunta sobre el parque, el tiempo ha hecho que se desvanezca la pregunta de mi recuerdo. Después se levantó y vino a sentarse a mi lado. No recuerdo apenas de que hablamos. Ni cuando tardamos en besarnos, que no fue mucho. Pero sí que recuerdo la humedad de sus labios y el anhelo de sus caricias. Fuimos a mi casa y por un momento temí que todo fuera una trampa. No me creía del todo que aquello me estuviese sucediendo.

         Lo dicho: se convirtió en mi amante. Era ella quien venía a buscarme. Cuando hacía bueno nos citábamos sin quedar en el jardín. Cuando llovía acudía a mi casa. Hablábamos un rato, a veces nos manteníamos en silencio. Cuando yo la besaba ella se dejaba hacer y al cabo de un rato sentía las palmas de sus manos moverse en mi rostro, en mi cuello, en mis hombros. Yo nunca le pedí que me visitara. Temí que, si hablábamos de aquello, ella se desvaneciera para siempre. Me había acostumbrado a su presencia e incluso la echaba de menos cuando no estaba conmigo. A veces paseábamos por el parque, por la ciudad. También le leía párrafos de aquellos libros que a mí me habían impresionado. Nunca hablamos de nosotros.

         Llegó la primavera y se intensificó nuestra relación. Nos veíamos todos los días. Ella no parecía cansarse, como pensé que acabaría ocurriendo. Yo, mucho menos. Muchas veces, cuando ella se marchaba, pensaba en ella y en lo extraño que era todo. Retenía en mis dedos la suavidad de su piel.

         Dejamos de vernos el primer día de verano. No vino a mi encuentro, no hice nada por saber de ella. Esperé, eso sí, que apareciera de nuevo. Pero nunca lo hizo. Tampoco me vi en la obligación de un mínimo esfuerzo por buscarla. Volví a la rutina de mis libros y de mi soledad. Paseaba más, el calor y la nostalgia me llevaron a andar sin destino alguno. Acabé por aceptar que nunca volvería. Al final del verano me marché para siempre de aquella ciudad.

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

VALS DE LOS OTOÑOS

 

A mi suegra, Zoila Rosa Villar Otero,

luchadora y madre de otoño a otoño.

 

En todo duro otoño tu piel

huye del sendero de hiel

y recuerda allá tan lejos

lo que pudo haber sido

y no fue,

vuelan pájaros sin nido,

huyes de todo ese ruido,

huyes con fiesta y despido

cogiendo un camino cualquiera,

buscas tu paso en otra acera.

En el otoño tu piel

y tu sangre se ponen de pie,

y un ángel del cielo ha caído

debió de ser ángel herido,

por que la luna nunca es fiel

aunque le da una llave al ser,

da una ruina y da una calle,

da sonrisa al corazón que vale,

da un laberinto y da una ciudad,

da un vals que por necesidad

tú encontraste sin buscarlo,

tú hallaste sin esperarlo.

Conoce la noche un lugar,

conoce la luna este vals,

este vals de perla y sangre,

este vals de patria y coraje,

este vals de espuma y oro,

este vals que poro a poro,

respira de tu mismo aire

sin la culpa donde nadie

puso testigo a tu querer

y coge rumbo hasta volver,

y lleva esperanza, zapatos y traje

y lleva ilusiones en su viaje.

En los otoños golpea el viento

y todo un año sin tu aliento,

dejando atrás familia sin casera

su lugar es una patria cualquiera,

sin descanso es soledad,

lo sentido es todo humanidad,

toda esta canción de fuego

es pura lucha que jamás niego,

porque en el otoño tu piel

huye del sendero de hiel,

pues no pretende descansar

tan lejos de su hogar,

halló tan repleto el motel

y todo ese recuerdo aquel,

que le pregunta tanto por ti

y vive casi sin poder dormir.

Esa nostalgia es también

esa risa que en toda tu sien

retumban mil cascabeles

y huelen a sombra tus mieles,

pues llegando todo a ti huele

y el recuerdo también duele.

Este vals es llaga y remedio

para ocultar todo tu tedio,

por que dejar tu patria hiere

y algo adentro se te muere,

te golpea el dolor en medio

y el alma es un incendio,

donde perdura sólo un recuerdo

y el olvido camina lerdo,

por que la patria es la madre,

la patria adentro te nace

y en ella está la casa, el amigo,

todo un mundo que es testigo

de tus pesares y correrías,

de todos tus mejores días,

de los años contados con dedos,

de todos tus mejores recuerdos,

en ellos se resume tu vida

y toda una vida vivida y sufrida.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

Los ojos de Juan Santamaría. (Relato).
Por Cristian Claudio Casadey Jarai.
 
Jacinto Gabriel García y Nuñez era un hombre aventurero, acostumbrado a las vicisitudes de la vida. Periodista, militar, músico, filósofo y carpintero eran oficios que hacían de este personaje un individuo muy particular. Los alborotados años que siguieron a 1850 tiñeron de amargas experiencias a Jacinto. Rosista de alma y defensor de la Santa Federación confundía su sentimiento patriótico con tintes ocultistas. La influencia que ejercían sobre él sus amigos masones cambiaría por completo su propia historia. Argentina se desangraba en una lucha fratricida. El traidor de Urquiza vencía a las fuerzas del Restaurador en la infame batalla de Caseros de la que Jacinto salió milagrosamente ileso. Con lágrimas en el corazón Jacinto acompañó a don Juan Manuel a la casa de Mr. Robert Gore, encargado de negocios de Gran Bretaña. Esa misma fatídica noche el gran héroe argentino partía hacia el exilio junto a su noble hija en la fragata
Centaur. A pesar de la caza de brujas desatada por la crueldad de Urquiza muchos lograron sobrevivir no sin grandes dificultades.
La vida en la campiña inglesa no era del agrado del fiel servidor. Largas veladas en Londres avivaban su sed de viajes y aventuras. Entusiasmado, seguía de cerca los nuevos acontecimientos latinoamericanos. Extraños sucesos en Nicaragua atraparon su atención. La lucha entre los conservadores de Granada y los liberales de León sumió al país en una guerra civil. El caudillo liberal Francisco Castellón recurrió al auxilio extranjero de un audaz mercenario norteamericano llamado William Walker.
Jacinto participaba activamente en la logia masónica Gran Oriente Argentino que en ese momento funcionaba en la capital inglesa contando con una filial hermana en San Francisco de California. Recién el 22 de abril de 1857 abriría sus puertas en la Reina del Plata.
Con gran motivación Jacinto cruzó nuevamente el Atlántico para integrarse a la Falange Americana que desembarcó en el sufrido país centroamericano dominando ampliamente la caótica situación.
Walker, «dueño» de Nicaragua, concibió la maléfica idea de apoderarse de las cinco repúblicas centroamericanas para anexarlas al sur esclavista norteamericano. El proyecto era visto con buenos ojos por los masones quienes financiaban la ambiciosa campaña.
Los indómitos encantos de Guanacaste maravillaron a Jacinto. La ronca voz del coronel Schlessinger irritaba al aventurero.
El presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, reforzó su ejército con valientes campesinos y artesanos voluntarios proclamando una guerra de exterminio contra Walker.
El 20 de marzo de 1856 la impetuosa carga a la bayoneta de los costarricenses obligaron a los extranjeros a retirarse de la hacienda de Santa Rosa. Los prisioneros fueron pasados por las armas en Liberia lo que inquietó al argentino. Las lánguidas ramas del «árbol de los orejones» ofrecían sus sombras para el refugio del sofocante calor. Las condiciones de la pelea eran muy sacrificadas. Un enemigo silencioso hacía estragos entre las tropas. El cólera cobraba numerosas vidas.
Mora invadió el sur nicaragüense ocupando los puertos de San Juan del sur y el de La Virgen sobre el gran lago como así también la hermosa ciudad de Rivas en donde estableció sus cuarteles.
Jacinto logró tomar por sorpresa a Rivas y se atrincheró junto con sus feroces guerreros en una casa conocida como el Mesón de Guerra. Sus espías le habían informado sobre los planes del enemigo de sacrificar a un soldado de Alajuela conocido como «el Erizo» para incendiar la construcción. El aventurero esperó pacientemente durante la noche logrando atrapar al enemigo que estaba provisto de elementos inflamables. Interrogado el prisionero dijo llamarse Juan Santamaría. Confesó a Jacinto su plan suicida y las intenciones de Walker de esclavizar a Centroamérica. El argentino, sorprendido por las revelaciones del abnegado cautivo vio en sus ojos negros el espejo de la verdad. Juntos prendieron fuego al lugar. Mientras se inmolaban los mártires, una virgen chorotega lanzaba pétalos de orquídeas al mar.

 

 

 

 

El pasado


Soy el ave de tus sueños,
Mariposas que vuelan con tu mirar
Golondrina sin alas al atardecer
Tornado de sueños secos de dolor.
 
Nostalgia de un corazón amarrado al despecho
Sin saber que la flor y la miel
Ya se fueron al amanecer.
 
Pero seguimos unidos en el silencio,
En espera del día en que nos conozcamos
Otra vez.
 
Por Luis Alberto Chinchilla Elizondo,

 nació en Sabanillas de Acosta, San José, Costa Rica, Poeta contemporáneo,

escritor del libro “Amor Platónico”

editado en noviembre del 2008
Correo del autor
Luischin_63@hotmail.com

 

 

 

JORGE RODRIGUEZ LAGOS
HONDURAS C.A.

 
AJEDREZ JUDICIAL
(la historia de un desalojo)

 
las madres solteras
en los labios llevan una mariposa
que tiembla
y en el silencio
de sus manos
una ahumada cruz
de madera
tractores / desploman
una tras otra
la fragilidad de las casuchas
en la invasión
(¡NO! /no, en la invasión /en la recuperación
de tierras)
de tu cara
el alborotado pelo apartas
miras al cielo
y murmuras
unas palabras
que no logro escuchar
pero no es DIOS el culpable
son las leyes del hombre
que no comprenden
tus necesidades
es la corrupción
y la propiedad
privada
 
      II
 
con una inclinada incertidumbre
los padres suspiran
los niños impávidos / sus océanos
                                 derraman
bulliciosos pájaros
a los que cortan su habitat
sombras derrotadas
y oprimidas
enjambre de indefensos pájaros
de cartón
dibujados por un bebe
sobre páginas de alambre
y tierra
 
JORGE RODRIGUEZ LAGOS
 
 
EBRIA SEÑORA
(calles teg.1988)

 
sé que una botella
llevas en la mano / para quitarte
esas canastas de lúpulo
que toda la vida
han respirado en tu espalda
con amor
cargas una vieja silla mecedora
que del basurero recogiste
notas que te observamos
y nos dices:
¡EN MI CASA PUEDE SERVIR!
sólo falta una pata y el sentadero
pero tiene arreglo…
señora
que con ternura / la mugre
que ensucia tu pedazo de silla
limpias
en los desaliñados caracoles de tu pelo
en tu cara y en cada arruga
de tu cuerpo
llevas colgado como un crucifijo
el llanto de tus necesidades
como pueblo
puedo entenderte
y siento el ancla
de la impotencia
arrastrando
desde
mi alma
 
JORGE RODRIGUEZ LAGOS
HONDURAS C.A.
 
ANTIGUEDAD DE LA MISERIA
(noche comayaguela 1978)

 
como un cuervo borracho
que escupe
de la noche el frío / se pasea
por estas viejas
ventanas de madera
la observo
como quien observa
«los lirios» de Van Gogh
al hospedaje
 
tres o cuatro entradas
muestra su escote generoso
y sus bien formadas piernas
levantando
aún más
el pedazo de tela
de su limitada falda
insinúa…
como una pegajosa copa de miel
que se derrama
 
la madrugada
dos pedazos de luna
deja caer en el agua marchita
de sus pechos
su hija de trece años
lejos de ahí
cerca de mí
espera
que por la puerta entre el bosque
y sus luciérnagas
guardan al resto de sus hermanos
hijos
de un padre irresponsable
(aun me parece escuchar su llanto)
el cuarto
tiene el beneficio de las sombras
es hediondo
y huele a soledad.

 

 

LA CABINA

 

Escribo estas líneas con pulso tembloroso porque estoy convencido de que esta noche ocurrirá algo. Aún no sé el qué… pero temo por mi vida.

Todo empezó hace ahora aproximadamente un año. Cada noche de luna llena, en la madrugada, cuando más profundo es el sueño, suena el teléfono. Lo cojo sobresaltado y una voz ronca me dice: “Te estoy observando”. Tres palabras que se me clavan como puñales donde más duele. Con el corazón desbocado salto de la cama y abro la ventana de mi cuarto para toparme con una gran luna acechante, y bajo la lúgubre luz de la farola solitaria que reina en la calle, veo una sombra mirándome con ojos felinos mientras sujeta el teléfono de la cabina. Seguidamente me despierto con una angustia que me recorre toda la espina dorsal y las sábanas empapadas de un sudor frío y penetrante.

Los primeros días no podía reprimir la tentación de levantarme y abrir la ventana. Sólo me encontraba esa maldita e inmensa luna riéndose de mí y una calle desierta tenuemente iluminada por una única y envejecida farola, bajo la cual nunca ha habido una cabina telefónica.

Nunca…. hasta ahora. Hace tres días que los operarios de la compañía se marcharon dejando colocada una reluciente cabina…. justo como la que aparece en mis pesadillas… justo debajo de aquella farola solitaria.

Y justo esta noche la luna cumplirá un nuevo ciclo y lucirá plena y reluciente frente a mi ventana… como cada mes… sólo que en esta ocasión será diferente… lo sé.

 

 

Por Pedro Estudillo Butrón

 

Demagogia

 

 

Me dicen que hay que luchar con fiereza

Otros disfrutan mientras muchos lloramos,

Involuntariamente.

No decidimos donde nacer.

 

Me dicen que hay que cambiar al mundo;

Que está de cabeza y sin fuerzas.

Nuestra cabeza esta bajo los pies de los que ríen.

¿Por qué entregar mi vida a sueños que no alcanzo?

 

Soportar las bofetadas que nos da la vida;

Eso nos enseñan en las iglesias,

Ellos comen tres veces al día

Eligen pescado y carne,

Nosotros nada.

 

La maquina rueda, y en las escuelas

Nos enseñan el himno nacional.

La felicidad de estos tiempos les pertenece a ellos

Los que nacen en el mundo que todos deseamos.

 

Por Eder Hernán, Sarao

 

 

 

 

 

 

 

Stand by

 

 

 

Somos o estamos

Ni estuvimos ni seremos

Solo asientos ocupados

-mas la comparsa del cirquero

Derrite los llantos del que aplaude-

 

Ni miramos ni escuchamos

Nunca heredamos las hazañas

Del San o el Alguien

Ni vela ni esperma

Nunca tú, nunca yo.

 

Por Eder Hernán, Sarao

20º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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20º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXX   02-01-2.009

 

 

EDITORIAL XX

Deseos de paz

 

Comenzamos el nuevo año y un conflicto ya de todos conocidos vuelve a estar presente en los medios de comunicación, el conflicto Palestino-Israelí. Muchos hemos crecido asistiendo a sucesivos capítulos de un enfrentamiento que por desgracia no tiene visos de solucionarse, más allá de momentos concretos en los que parece que las cosas van a mejorar y que por fin la paz se convierte en una posible realidad. Pero luego resulta que todo es un espejismo y de nuevo la violencia regresa a las portadas de los diarios y lo que es peor, a la calle, llenando cada esquina con cadáveres y con la sangre de víctimas cuyos nombres nunca sabremos, pero que son tan reales como cualquiera de nosotros.

 

Sin duda hay teorías y análisis políticos, sociales, religiosos y estratégicos que expliquen este conflicto y el motivo por el que Israel ha iniciado un nuevo ataque. A nosotros, cualquiera que sea la explicación que se nos dé, nos parece injustificable el sacrificio de vidas humanas. Lamentamos la muerte de cualquier ser humano, sea palestino, judío o de cualquier otra adscripción étnica o religiosa, atacar a una población indefensa con el argumento de defender a otro colectivo humano nos parece cuanto menos tan execrable como colocar artefactos explosivos en locales públicos donde mueren personas, por mucho que el Estado que represente a éstos oprima al pueblo de quienes colocan la bomba. A la larga lo único que hay son víctimas anónimas que nunca pueden considerarse como víctimas colaterales, sino como seres humanos cuya muerte es una tragedia.

 

También es verdad, como señalábamos en el editorial anterior, que en el mundo hay veinte conflictos armados, muchos de los cuales ni siquiera aparecen en un rincón marginal de los medios de comunicación y ante cuya tragedia no tenemos palabras de consuelo. No podemos ser optimistas ante un mundo que parece desmoronarse con la violencia palpable y con aquella violencia no tan evidente pero que, tal vez, sea más venenosa porque se ampara en la normalidad de los hechos en sí. Esta violencia no tan palpable es la que sustenta las injusticias de este mundo. No podemos aceptar la normalidad de la pobreza -nada más horrible que afirmar sin escandalizarse que “siempre ha habido pobres”- ni de las restricciones de movimiento de las personas por su origen, porque sean pobres, porque sean distintos. No podemos aceptar la normalidad de las guerras con su rutina de muertos anónimos.

 

Pero el conflicto palestino-israelí tiene para nosotros un simbolismo especial. No en vano esa tierra posee una fuerza inmensa en el imaginario colectivo, numerosos mitos imperantes hoy se desarrollaron en la zona que va desde la costa mediterránea al Eufrates, desde el Sinaí al monte Ararat. En esas tierras se originaron las tres religiones monoteístas que después se expandieron por el mundo. Se trata de una tierra cuyos habitantes han hablado numerosas lenguas, que se han expresados en formas variadas, posee los testimonios escritos más antiguos y sin duda han conformado una base que, de un modo u otro, ha influido en todo el planeta. No podemos aceptar que esa tierra siga siendo hoy un lodazal de violencia y odios invencibles. Si para algo sirve nuestra palabra, es para expresar nuestro horror ante los acontecimientos y nuestro rechazo a quienes toman ciertas decisiones. Ellos deciden las guerras, los pueblos ponen los muertos.

 

Ya hemos dicho más de una vez que Nevando en la Guinea es ante todo una revista literaria. Pero no vamos a callar en ciertas ocasiones nuestro rechazo a realidades que nos resultan sangrantes. Cada uno de nosotros tendrá luego sus simpatías por unos o por otros, defenderá una u otras políticas. Pero todos compartimos el rechazo a la violencia, sobre todo cuando la sufren los más indefensos, los más débiles.

 

 

SIEMPRE AGRADECIDO

 

Imploro tu sonrisa día y noche,

la aurora es espesa y busca luna,

busca un pasado sumergido

en un vaso de disculpa con anís.

Si tus ojos no me buscaran

qué perdido estaría entre mí,

qué vacío inmenso busca espacio,

qué dolor en la ceniza se consuma.

Tu perdón es una mano abierta

ciega, pura y confiada que da

más que recibe y es caliente

su caricia entregada siempre.

Soy paz porque tu paz es amor,

un amor que da la calma

y es derrota el pozo de mi tedio,

y es blancura tu sonrisa de luz.

Tu perdón es un dulce manjar

que saboreo en los límites

de parques y paseos al sol,

tu perdón es todo lo que tengo.

No te vayas criatura celeste,

no te vayas de mi miedo a Dios,

pues se queman las virtudes

en el fuego infravalorado.

Cuando rozamos las estrellas

buscando redondo epitafio

también buscan los astros una voz

tranquila en la guerra de la calle.

También se buscan elixires

trepados en el azúcar de diamante

que en tus te quieros revientan,

soy malo por llevarte sin carabina

ni custodia que vigile tu azul.

Soy mal hombre que pertenece

a tu sendero desnudo

que sentencia un cenit sólo visto

por nuestra cópula de galaxia.

Existe un cielo en tu mirada,

una mirada que busca fuente

rodeada de besos y abrazos,

de te amos rotos en los labios.

Vas pasando frío en la cloaca

del mundo y te arrojan salvajes

despistes de metal en el silencio,

eres mujer sencilla y frágil

que te conformas con poca cosa,

quizá una cama, una ventana,

y un pantalón vaquero,

quizá un verso que te saque

de tu cocina, quizá un suspiro

oportuno y cercano, quizá

la comprensión y la calma

en anaqueles pulcros y neveras

repletas de calidad de vida,

quizá un desmaquillador

de barba de tres días y pasión

en el romanticismo fucsia

de tu pintalabios alocado.

Pero todos los perdones son

una cadena que acaba pesando,

son meses de economía austera

y cigarrillos baratos sin filtro,

son torpes peldaños que se derriten

con las disputas y los gritos,

son resbalones en la bañera

y un vuelco el corazón que cae solo,

son ratas que en la noche callada

renuncian a su mundo invisible,

son todo eso que sabes

que marchita los sentimientos,

son todos esos perdones

por los que debo estarte agradecido.

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

Un hombre normal

 

 

         Tuvo que ocurrir para que muchos nos diéramos cuenta de lo poco que le conocíamos. Ya suele pasar, comentó María José, hasta que no hay una desgracia no sabemos nada de quien tenemos al lado. Aunque esa persona haya pasado diecisiete años atendiéndote día sí y día también. Porque diecisiete años son muchos años, fíjense si no que yo era un niño cuando empecé a ir a esa sucursal bancaria con mi padre y Antonio María Gálvez Saldaña ya estaba trabajando en ella y fue él quien abrió, con el tiempo, la cuenta en la que domicilié mi primera nómina, quien me informó algunas veces, cuando mi economía mejoró algo, de los productos del banco que mejor me convenían, aunque para esto, él mismo me lo decía con suma discreción, sabían mucho más los sucesivos directores que fue conociendo, y en diecisiete años conoció varios, y tampoco era infrecuente que nos saludáramos atentamente por las mañanas cuando nos cruzábamos por la calle Navarra camino de nuestros respectivos trabajos o coincidíamos en el café de la esquina. Sin embargo, nada sabía de él. Por no saber no he sabido nunca ni como se llamaba, que apenas me fijaba en su nombre, escrito con letras doradas en una plaquita que había en su mesa, la del fondo a la derecha, y sólo ahora me he enterado de su nombre completo por aquello de la sorpresa, y si no sabía esto, fundamental, no digamos otros detalles, si estaba casado o era soltero, si nació en nuestra ciudad o en otra provincia, si le gustaba el fútbol, los bolos, el cine o la filosofía medieval, que también podía gustarle, que aficiones más raras sin duda debe de haber.

         No niego que en este desconocimiento influya que su aspecto era más bien anodino. No destacaba por nada. Su tipo o su rostro, su forma de vestir, su manera de hablar, la voz que poseía, la sonrisa que te dirigía, todo se te olvidaba al poco de dejar de verle, como si se difuminara su imagen cuando no lo tenías delante. Incluso ahora soy incapaz de recordar al detalle su aspecto.

         Puedo decir que era amable. No creo que nadie pueda afirmar que haya tenido algún percance con él: exquisito en el trato, nunca había una palabra de más, ni un mal tono, ni siquiera los posibles días, que seguro que los hubo, en que podía estar afectado por cuestiones o problemas personales. Nada traslucía en él, ni el mal humor, ni las cuitas de la vida, ni el cansancio por la rutina. Llegabas al banco y allí estaba, nunca falló un día, salvo las cuatro semanas previstas de vacaciones todos los años, siempre atento, educado y sobrio, tan normal como cualquier elemento que siempre ha estado a tu alrededor y en el que nunca te fijas, un hombre de quien sin duda apenas se podía decir mucho más, que ni siquiera inspira una historia para un relato, nada más lejos de un héroe o de un antihéroe literario. Era ni más ni menos un hombre normal que llevaba diecisiete años trabajando en la misma sucursal bancaria y que iba a pasar con toda seguridad los próximos veinte años en su mismo puesto, hasta ese día en que se jubilaría con un reloj de regalo y una ronda en la tasca de toda la vida.

         Una mañana noté movimiento alrededor de la sucursal. Había mucha gente. Observé tres coches policiales, dos agentes impedían la entrada y varios periodistas esperaban en la acera, los curiosos se agolpaban atraídos por toda aquella anómala actividad y cuando me acerqué nadie supo darme razón de lo que ocurría. Reconocí algunos empleados dentro de la oficina bancaria. Hablaban entre sí o con unos hombres que yo no conocía. Pensé en un atraco. Por suerte, me dije, la ausencia de ambulancias indicaba que no había heridos. Supuse también que tal vez se tratase de alguna estafa, no en vano los informativos se habían hecho eco aquellos días de algunos desfalcos que habían ocasionado el registro de algunas entidades de crédito.

         No tardaría en enterarme. Los desconocidos se marcharon, los policías desmontaron el cordón de seguridad establecido y los periodistas partieron también a sus redacciones poco después. María José salió de la sucursal y se topó conmigo. Qué ha pasado, pregunté. Me miró un tanto despistada aún, como si no acabara de creerse lo que recién había sucedido. Fue cuando me comentó lo poco que conocemos a quienes tenemos al lado. Me dijo que Antonio María se había llevado todo el dinero de la oficina. Me costó asociar aquel nombre con el modélico empleado.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

EL VIENTO


EL VIENTO SUAVEMENTE
ACARICIA MIS CABELLOS,
TUS MANOS DULCEMENTE
VAN DESPRENDIENDO
LOS BOTONES DE MI CAMISA
DEJANDO MIS SENOS
AL DESCUBIERTO.
TUS LABIOS HUMEDOS
LOS RECORREN SIN PRISA
SON DOS LUNAS QUE SE VAN
PONIENDO BRILLANTES
AL CONTACTO  DE TU PIEL.
NOS DEJAMOS CAER DESPACIO
SOBRE LA HIERBA DONDE TUS SUEÑOS
Y MIS ILUSIONES  SE HARÁN REALIDAD,
TE MUEVES ONDEANTE SOBRE MI CUERPO,
CUAL OLAS EN MOVIMIENTO
QUE SURCAN LOS MARES
FORMANDO MAREJADAS
DE DESEOS Y PASIÓN.
NOS SORPRENDEN LOS PRIMEROS
RAYOS DEL SOL, EN NUESTROS ROSTROS
SE DIBUJAN OJERAS ,PERO TAMBIÉN
LA FELICIDAD  DE UNA NOCHE DE AMOR .
 
Por María Isabel Bugnon
Santa Fe (Argentina)

 

 

SHANGAI &  KABUL &  FRANCISCO

 

Transito espacios

colapsados y convulsos,

vértigo de hordas fragmentarias

enclavadas en ciudades e iconos,

 

escenarios de emociones

proporcionalmente inversos,

forjadores indisolubles

de mi visión periférica,

 

queriendo entender el mundo

 

el sonido del chasquido

expandiendo sus ondas

perforadoras de tímpanos,

anunciándome mi depositario gesto.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HAY  EXCEDENTES  DE  CRETINOS

 

Hay excedentes de cretinos

igual con el cambio climático

se estropean las cosechas

y se extinguen como los dinosaurios,

 

lo malo es que mueren matando.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS  GUERRAS  SE  ESCRIBEN

 

Las guerras se escriben

con letras torcidas

de silencios y ausencias,

escritos de sangre

y mala letra.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

 

 

ONDULÁNDOSE  SOBRE  SI  MISMA

 

Ondulándose sobre si misma

envuelve su cercano espacio

con el atrayente sabor

de su perfumada estética,

desprendiendo aromas

por los perfiles de sus rasgos

retenida estática

de íntima percepción.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRASLÚCIDO  E  INCOLORO  ME  HE  VUELTO

 

Traslúcido e incoloro me he vuelto

quizás ya sea indoloro e insípido,

parece que ni vivo ni padezco

tumbos sobre mi mismo procuro.

 

Amalgama de colores desecho

sin razones ni valores ciertos

quizás la sinrazón desbroce

la inopia de mis días sin norte.

 

Trazar un arco y romper el empeño

cansino y ausente de riesgos,

quizás pase de guatemala a guatepeor

pero sembraré mi erial de sueños.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

TUS OJOS

 

Tus ojos.

¡Oh! tus ojos puros.

Esos dos luceros quietos.

Esos dos peregrinos de luz y clemencia.

Esos dos viejos sabios que callan.

Esos dos poetas mudos que abrazan

por no hacer daño al látigo que los flagela.

Esos dos laberintos de estrellas lucientes.

Esos dos átomos de rosa y jazmín que los cubre.

¿Qué han hecho tus ojos que tanto callan?

qué espesura de sol y árbol que nace.

Qué tormenta que poco a poco se calma.

Qué rosada piel crece de tu mirada.

Tu mirada:

esa flor de silencio y comprensión

que emerge de ella para mí.

Ese silencio de noche sin grillos.

Ese silencio de anticipado rayo.

Ese silencio de gato que anda.

¿Qué culpa tiene tu mirada que otros ojos la miren?

si tu mirada es oscura,

son dos Ángeles que callan por amor.

Son dos hemisferios que ruedan juntos hacía el amor.

Son dos monjes en un escriptorium.

Son dos flores que abren su belleza.

Son dos tesoros sumergidos en un mar de silencio.

Son dos estrellas desnudas.

Son dos lamentos sin voz.

Son dos llagas que fingen ser lunares.

Son la belleza de tu mirada y el refugio de mí ser.

Son la tregua de tu corazón.

Son el agua en el desierto.

Y las estrellas de luz en lo oscuro.

Son mi redención y mi calma.

Son dos abejas que vuelan con el viento.

Son lo que tú eres: PUREZA.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

TE ENCONTRÉ

 

¿Cómo podré pagarte

que me hayas hecho ver

la irrealidad de todo,

la vanidad de todo?

 

José Corredor-Matheos

 

Te encontré entre la piel y la cáscara.

Te busqué en bares, discotecas y pubs,

hallé restos de ginebra seca en las barbillas

babeantes y presencié el sacrificio de los astros.

Eliminé vacíos redondos de galaxias

y descubrí los secretos de la madre noche.

Pero jamás vi un corazón igual al tuyo.

Me asomé al balcón de los otoños

y vomité los caldos que la locura me dio.

Esculpí batallas en mi corazón

y motivé a los transeúntes a huir de mí mismo.

                                                  -Caro me salió-

Me enamoré de estrellas prepotentes

y caí en las cuentas de la banca internacional.

Me emborraché de emociones y virtudes

de luz a todo color.

                                          -Pero al fin te encontré-

Te encontré entre rumores colgados del ciprés,

te hallé entre océanos infinitos y falsas treguas

de contraste y rareza con apellido europeo.

                                                   -Me hallaste-

Tras la espesura de la niebla blanca de mis canciones de invierno,

hallé una música que hablaba de nuestro amor.

Tú buscabas paz y encontraste la armonía

de una cópula cósmica en paz con Dios.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

SITIADO  POR  IMPERTURBABLES

MUROS  INVISIBLES

 

Esa necesidad de ser futuros que llamamos vida.

DÁMASO   ALONSO

 

Sitiado por imperturbables muros invisibles

inmunes al abrazador incendio

que da hervor al centro de mi mismo,

apenas rescoldo de un sordo bullicio

que roncamente exhalo de mis entrañas

imperceptible para los monstruos de mis mañanas,

apenas un desgarrador y miserable vaho

que forma condensadas figuras extrañas

en la transparente tiniebla de mis pasos,

esos que no cesan con bastones de palabras

de apoyarme e hendir las oscuras luces

que aísla el incesable sentir de mis voces,

esas que quieren encaminarme entre feroces

y desgraciadas criaturas contemporáneas

deudoras de estériles angustias,

frenéticamente ordenar mis limitaciones

y en campo abierto indagar lo inexplicable

caminando, buscando ser futuro.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

EL ROLLO QUE ARROLLA

 

(Soneto)

 

Desde diciembre a enero

Siempre hay rollo que arrolla

Cuando hasta en bisiesto de febrero

Olla mogolla a mi andorga solla.

 

Desde marzo a abril, yo severo,

Parto ilusiones en guerras con Troya

Desde el nocturno al mañanero

Mucho bla, bla, bla con mucha farfolla.

(Ídem de Ídem)

Desde el novato al tabernero

Desde el tan beato al tan gilipolla

Desde el maragato al liguero.

 

Desde el mojigato a toda la colla

Desde el califato a los tinte-cabrero

Desde el mentecato al cagalaolla.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

 

 

 

19º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

19º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXIX    27-12-2.008

 

 

EDITORIAL XIX

Cambio de año

 

 

Éste será el último número de Nevando en la Guinea del año 2008. El nuestro ha sido un proyecto que ha nacido en Agosto y hemos mantenido las ediciones con rigor. Esperamos mantener el ritmo en 2009, el año que ahora nace y en el que proyectamos inevitablemente nuestras perspectivas y nuestros planes. Sin duda el nuestro es un proyecto sencillo y modesto, pero no queremos cambiar porque nuestra filosofía parte del deseo de publicar y hablar de literatura, y de paso de otras artes, sin olvidar que estamos en un mundo no siempre amable ni grato. Y para eso creemos que no son necesarios grandes formatos, nos basta con lo que tenemos, eso sí, con ganas de ir mejorando en la medida de lo posible.

 

Se nos podrá decir que la literatura, ante los problemas que existen en el mundo y las malas perspectivas que se nos anuncian, resulta una actividad poco importante. Evidentemente, ante la tragedia del hambre, hay datos que afirman que mil millones de personas en el mundo pasan hambre, o de las guerras, hay alrededor de veinte conflictos armados en estos momentos, o de miles de hombres y mujeres que afrontan el nuevo año con la angustia del desempleo y la pobreza, poco podemos hacer. Pero la literatura ha sido una actividad que a lo largo de la historia ha podido canalizar los sueños, las ilusiones, los conflictos humanos. Igual que los niños, queremos escuchar y leer una y mil veces historias, a veces las mismas historias. Hay libros que necesitamos leer cada cierto tiempo porque conforma nuestra vida, le da sentido, explica lo que no entendemos y abre nuevos planteamientos.

 

Sabemos, aunque quisiéramos que fuese al revés, que la literatura no soluciona los problemas del ser humano, pero sin duda ayuda a muchos lectores a superar una cotidianidad poco fácil. El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro contaba la anécdota de un antiguo soldado norteamericano del Vietnam, de origen hispano, que leía con avidez durante aquel trágico conflicto y los libros le ayudaron a sobreponerse de lo que le envolvía y, al acabar la guerra, viajó a París, donde residía el escritor, para agradecerle su ayuda porque uno de los libros que leyó fue suyo y lo leyó varias veces. ¿Cabe mayor sentido que éste?

 

Esperamos poder acompañar a quienes visitan esta página y poder seguir proporcionando poemas, relatos y comentarios varios. Por nuestra parte, nos gusta lo que hacemos y eso ya nos justifica. Sólo podemos desear a nuestros lectores que sea un año de fructíferas lecturas que sin duda les hará la vida un poquito mejor.

 

***

 

Nos llega la noticia de la muerte del dramaturgo británico Harold Pinter. Autor que se inicia con el denominado teatro del absurdo, fue construyendo poco a poco una obra de fuerte carácter social y político, denunciando las violaciones de los derechos individuales y sociales.

 

 

 

 

 

 

HISTORIA DE NAVIDAD

 

La Navidad es fría en la cárcel,

en los hospitales, en los tanatorios,

en los albergues, en los campamentos,

en los poblados chabolistas, en los descampados,

pero esta historia no desea ser triste.

Esta historia pretende daros esperanza.

La Navidad es la única época donde

nos acordamos que debemos ser buenos.

Unos vagan bajo el manto de las ciudades

como fantasmas brotados de la pena seca,

como almas en pena bajo el reloj romano

de las ciudades grises,

como seres vacíos que recuerdan,

como seres vacíos que lamentan.

Hubo una vez un niño, un niño como todos,

inocente e ingenuo, que esperaba que el día

de Navidad dejaran de discutir sus padres.

El niño guardaba ese anhelo en su interior

secretamente, totalmente en silencio.

El día de noche buena vino su padre

mucho antes del trabajo; cosa rara en él.

El niño fue a recibirlo a la puerta del hogar,

pero el padre llegó desanimado

y sin ánimo. Tenía algo que decirles:

tenía que decirles que ese día lo habían

despedido del trabajo, trabajo precario,

pero ese era el único sustento de la familia.

La madre, que estaba en la cocina

salió a dejar en la mesa navideña

un plato con comida y el marido

aprovechó ese momento para contarle

la dura noticia que necesitaba contar a su mujer.

La mujer recibió la noticia como un mazazo.

La mujer se preguntaba: -¿qué vamos a hacer ahora?-

-¿cómo vamos a pasar la Navidad?-

-¿cómo pagaremos la hipoteca, el coche, las facturas?-

Los padres entraron en un estado de nervios

que acabaron discutiendo.

El niño entonces se fue a su cuarto

totalmente desesperanzado y derrotado.

Totalmente enfurecido con Dios,

totalmente enojado con su gracia injusta.

El niño había pedido con tanto empeño

que sus padres no discutieran que le parecía

cosa imposible que existiese ese Dios

del que todo el mundo hablaba sin haberlo visto.

El niño se hizo mayor y siempre pasó

su infancia sin creer en la Navidad lo más mínimo,

sin hacer mucha caso a toda la pompa y a todo el boato

que entorno a la Navidad se formaba.

Sus padres, ya muertos, se habían pasado

toda su vida discutiendo y él no tuvo una infancia feliz.

Ahora él era padre y tenía dos niñas

que si creían en la Navidad, en esa feliz Navidad

que su madre les había inculcado.

Pero en su interior quería que sus dos hijas

si vivieran la Navidad como debía vivirla un niño.

Ese era el verdadero milagro de la Navidad,

ese era el verdadero milagro que el padre

lograba todos los años que pasaron de infancia las niñas.

El milagro de que su padre les hiciera creer

en una Navidad en la que él no creía.

Por eso es preciso decir que la Navidad vive en nosotros,

se refugia en nuestro corazón, vive en nosotros,

y a veces es necesario fingir una creencia

para que otros de verdad sean felices.

¡FELIZ NAVIDAD!

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

El progresista

 

 

         Nunca te cayó bien aquel profesor con sus alardes de buen rollo y aparente progresismo. Impartía el primer semestre de Derecho Penal, que incluía más principios que normas, y siempre comentaba la realidad penal con un toque de crítica social que a los estudiantes, sobre todo a los más comprometidos, resultaba grato. Pero a ti nunca te convenció. No sabrías entonces muy bien explicar el motivo de esta desconfianza, pero había algo en él que a ti te provocaba suspicacia y aunque estuvieras de acuerdo muchas veces con el contenido de sus comentarios, había algo que no podías explicar de un modo racional, pero que te provocaba un profundo desdén. Sí, iba más allá de cualquier lógica, se trataba de una de esas antipatías que nacen de alguna zona oscura del alma, de un ignorado instinto difícil de entender.

         Todos tus compañeros se mostraron, sin embargo, admirados por su verbo, su estilo y su discurso, te miraban por ello como a un tipo en exceso huraño y desconfiado, el estudiante eternamente crítico y tal vez un tanto reaccionario. No en vano, las tres clases que dedicó al principio de inocencia causó incluso entusiasmo y los propios estudiantes conservadores, o cuando menos poco dados a la izquierda, no dejaron de reconocer que era difícil no admitir la veracidad de sus argumentos. Pese a todo, tú seguías manteniendo, al menos en tu fuero interno, que aquel hombre aparentemente sobrio y ecuánime jugaba con una baraja falsa y algunas cartas en la manga.

         Hubo ocasión de comprobar la veracidad de tus recelos en los exámenes finales. Marcos fue la víctima desgraciada de los desmanes de aquel profesor. O al menos de sus contradicciones ostentosas. Hay que decir que nuestro amigo poseía una de esas memorias privilegiadas capaz de recordar palabra por palabra todo un discurso escrito. No le costaba nada retener cualquier tesis frase tras frase, a veces, es verdad, como un loro, pero con frecuencia también comprendiendo el sentido de lo que estudiaba. 

         Como además poseía el don de los antiguos amanuenses y era capaz de transcribir un discurso oral sin apenas divergencias con lo dicho, sus apuntes resultaban completos. Me dijiste que muchos eran quienes le pedían una copia de los mismos porque era como repasar con todas las comas lo que los profesores habían referido en sus clases.

         Por todo ello, por su memoria y su capacidad de recopilar datos, sus exámenes solían ir bastante bien y sus notas tendían a ser altas. Pero fue con este profesor con quien, de repente, chocó.

         Terminó el examen final con la seguridad de quien lo ha bordado. No sólo recordaba a la perfección párrafos enteros de los apuntes, también se había explayado con las explicaciones dadas en dos manuales recomendados cuyos párrafos llegó a transcribir con las palabras casi textuales. Salió ese día de la facultad con la certeza de quien sabe que va a obtener una nota alta y no le cupo la menor duda de que así iba a ser. Por ello su sorpresa, al igual que la tuya, fue mayúscula cuando comprobó en el correspondiente listado, y te lo anunció poco después no sin una descomunal y comprensible congoja, que había suspendido la asignatura.

         Su sorpresa pasó a un enfado descomunal casi al instante, no podía ser que le hubiera suspendido, de allí que, poco después, ante la evidencia de la imposible nota, pasara a la certeza de que todo se trataba de un error, que sin duda el profesor o alguien del departamento, sin duda alguno de aquellos torpes becarios que hacían las veces de secretarios, había pasado erróneamente a listas las notas dadas por los profesores. Por tanto, podía estar convencido de ello, en la revisión del examen el profesor se daría cuenta de la envergadura del error y repondría la afrenta aceptando el cambio y la asunción de la nota cierta, mucho más elevada que el escuálido suspenso.  

         En el momento correspondiente pasó por el despacho del profesor. Esperó su turno con reforzada certeza de que la razón estaba de su parte y que el mentor, en cuanto ojeara su examen, no tendría más remedio que solventar el tremendo error.

         No fue así. El profesor sacó las cuatro hojas de papel rellenadas por completo, buena letra, bien presentadas y sin ningún atisbo que pudiera hacer pensar que el examinando se hallase nervioso en el momento de escribir, y antes de decir nada, observó atento la sucesión de párrafos, lo que aumentó no poco la agonía de Marcos. Le miró por fin. Este examen está copiado, le espetó de repente. Marcos se quedó parado, sin saber cómo reaccionar.

– ¿Cómo dice? -Le preguntó por fin, como si no hubiera entendido del todo la precisión del profesor.

– Este examen está copiado, es evidente.

         No sabemos si a Marcos le hirió más la acusación a todas luces injusta, la calificación de “evidente“, que ahondaba aún más en la herida, o ambas cosas a la vez. Pero lo indiscutible es que Marcos se sentía profundamente humillado.

– Pero, ¿me ha visto copiar, alguien se lo ha dicho, hay pruebas en mi contra? -se atrevió a formular.

– Es evidente. -repitió el profesor como único argumento para sustentar su afirmación.

– Entonces, ¿y la presunción de inocencia? -arguyó Marcos, no sin notorio arrebato.

         Bajó las escaleras que daban al departamento a grandes zancadas y farfullando insultos y vocablos soeces. Tú le esperabas a la salida y no te costó reconocer nada más verle el fracaso de la gestión recién realizada. No te hizo falta, además, preguntar nada. Me ha echado por impertinente, el muy miserable, chilló casi al borde de las lágrimas.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

TU  AUSENCIA  SE  APODERA  DE 

 

Tu ausencia se apodera de mí

va trepando por todos mis miembros

enlazándose por los insólitos costados

de mi atenazado y vencido cuerpo.

 

Tu ausencia devora a dentelladas pausadas

todas las salidas de mi ánimo

conduciéndolo sin respiro hacia ti,

impregnándolo de tu color y tu olor.

 

Tu ausencia abre en canales

toda la inmensidad de mi corazón,

sólo tus caricias suturarán sus heridas

y tu cariño lo hará latir de amor.

 

Tu ausencia llena de oscuridad mis días

los encierra en una lúgubre mazmorra

prisionero de amor y lejanía,

de dulce amor sin tu compañía.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

ME  ESTÁN  PASANDO  LOS  AÑOS

 

Me están pasando los años

en un tris-tras,

me percato cuando reflexiono

y veo en mi mente

acontecimientos de mi vida

y me parecen recientes

y al mirar el calendario

se convierten en viejos escenarios

de mi tiempo adolescente,

la tremenda ilusión que da alas

a mi vida encamina mi frente

a un presente preñado de futuro

de forma radical y vehemente

esos acontecimientos que han tallado

la evolución de mi vida

se alejan irremediablemente

al ritmo vertiginoso de mis impertinentes canas,

se van sin pausa y sin esperanza

de volver a reunirse conmigo

al son de un tris-tras cadencioso

se sumergen en brumas de silencio

como si de un agujero negro se tratase

pues ni sonido emiten

los resplandores del crepúsculo de mi juventud

al abandonar la estancia de mi cuerpo.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

TODOS NOS HABLAN

 

Todos nos hablan… sólo que nadie escucha.

Nos hablan los niños cuando lloran en la cama.

Nos habla el viejo cuando calla en su butaca.

Nos hablan los árboles cuando los azotan los vientos.

Y también lo hacen cuando se yerguen en la calma.

Nos hablan las olas, encrespadas y salvajes,

que nos traen historias de corsarios inmortales.

Nos hablan los ríos, aunque corran a raudales,

y nos dicen a gritos que detenerse es la muerte.

Nos habla la torre, desde su altura encumbrada,

sabedora de su presto final en ruinas inertes.

Nos hablan los presos, tras rejas oxidadas,

¡este mundo no funciona, a ver cuando te enteras!

Nos hablan ambas caras de un muro fronterizo,

que suspiran a gritos por conocerse.

Nos hablan los listos, los necios y los notables,

pero mejor que a esos, escucha a las rameras.

Nos habla la tierra, agraviada por nuestras manos,

¡no me olvides insensato, qué sólo eres un ser humano!

Nos hablan las madres, con sus tristes miradas,

el pasado ya no vuelve, ¡ay si yo pudiera!

Nos hablan los pájaros, mientras nos observan,

y piensan callados en lo poco que nos queda.

Nos habla la luna, desde la distancia,

casi no nos distingue, sabe que no somos nada.

Nos hablan las estrellas, aún más lejanas,

ojalá pudieran compartir su misterio.

Nos habla el sol, majestuoso y sincero,

no lo mires a la cara, sólo siente su aliento.

Nos habla el alma, desde su tumba silente,

sueña que no es tarde, y nos dice que aún se puede.

Te hablo yo, con mi amargo poema,

pero no me hagas caso que la locura se pega.

Te hablan los libros, con su silencio patente.

Todos te hablan… sólo que tú no te enteras.

 

 

Por Pedro Estudillo Butrón

 

 

ESPERANZA CIEGA

 

A las madres y a sus hijos

nacidos con discapacidad intelectual.

 

Todas las madres

     que están en estado

de buena esperanza

caminan a ciegas

esos nueve meses,

todas anhelan un hijo sano.

El capricho del destino

rueda sus dados de azar en la espera,

mientras la naturaleza,

es libre voluntad su semilla.

Lotería del cromosoma,

rosa rojiza de la vida y la ciencia

entre espina doliente

y amor orgánico y pureza concebida

busca sendero de hormiga y presencia,

la misma pregunta de incógnita

y misterio tras la cáscara

es la prisa del sueño ligero

dejando siempre claro

que

nadie quiere sufrir

esa oscura crueldad del hombre

y ninguna madre

desea sufrir por un hijo

tras el momento de peligro que existe

en esta vida de locura temporal

y enfermedad fulminante.

Las madres sufren la llaga

entre el péndulo niquelado

y la azarosa célula

de pulpa y de escondrijo

que crece y se multiplica

hacia la vida misteriosa

que parte de la luz y el témpano efervescente.

El embarazo

viene como agua en silencio

y la madre

coge su gran manojo

de ilusiones blancas y fugaces

y se contempla viva

en la silueta redonda

de efluvio y origen.

Un hijo es siempre un hijo

pues lo ganas tú a él,

y si eres buena madre,

él a ti.

Por eso duele

cuando él sufre,

cuando pasa hambre o tiene frío,

cuando es derrotado,

cuando cae,

y la muerte es un espanto,

del cual, se le aparta de ella,

intentando disimular

el preocupado aliento

que te empuja a la sombra.

De esa muerte,

nadie nunca preparado,

brota el caliente suspiro

y se ruega a un Dios del desorden

la tediosa alegría

que todo el mundo merece.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

LLEGAR  A  ESE  PUNTO  DIFUSO  DONDE  PODER

 

 

Los dioses saben lo venidero, los hombres lo acontecido,

y los sabios lo que se cierne.

FILÓSTRATO

 

 

Llegar a ese punto difuso donde poder

tomar distancia sobre uno mismo

observando al sustentador incardinado

transitando encrucijadas de meandros…

Ser receptor de las vibraciones de lo que se cierne.

 

Recibir el misterioso zumbido y trasladarlo

al depositario de mi inherente legado

para que cuide mis emociones y pasos

eligiendo el curso adecuado

para el devenir de mis futuros años.

 

Que al dejar mi incorpóreo estado

ya surcando el longevo camino deseado

la despensa de mi galera se colme

de los más nutritivos conocimientos

afluentes de gozo y tersura para mi espíritu.

 

En esos parajes de acontecimientos

hallar lo hermoso, lo noble, lo magnífico

saborearlo sin premura, tomándome mi tiempo,

y al llegar a puerto se elevasen las riquezas

que mi alma ansía sobre los silos de Ítaca.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

EPÍLOGO

 

Abierto al mundo

con el vientre echo surcos

cual Río Tinto al cielo,

para quien lo desee

lo haga suyo

y en esa simbiosis

se multiplique y crezca

descubriendo espacios

revolucionando escenarios,

para quedarse y transformarse

en un yo rico en significados

y sabores deseados y duraderos.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UN BOLSILLO EN CRISIS

ES UNA BREVE CRISIS DEL CORAZÓN

 

Te llaman porvenir

porque no vienes nunca…

 

Ángel González

 

Y te llaman crisis porque eres una puta

sin rostro,

un personaje de lupanar clandestino,

un montón de mierda

que quiere ser Dios.

Un bolsillo en crisis

es una breve crisis del corazón,

porque las putas van al mercado,

porque el mercado

es un bullicio de total prostitución,

donde se vende y se compra

la vida,

se sustituye oropel por gramos de ceguera,

porque la mezquindad es un kilo

de noses rotundos,

porque se disfrazan las voluntades blancas,

porque los voceros gritan

como perros de rabia,

porque los ceros son noventa y nueves

hipócritas,

porque el redondeo es la boca del lobo,

porque la trampa está oculta

en el aire que se respira,

porque la codicia se sobreentiende,

porque sin bolsillo pleno

no hay corazón que te responda,

porque los mercados son murallas

para algunos,

porque se tira lo que no se quiere

y se desprecia al que pide fiado,

porque los minutos son Euros

que respiran ante el tedio del mundo,

porque las sogas y el patíbulo

son una vereda abierta para el pobre

que de forma gratuita su opinión le niegan.

 

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

INSTRUCCIONES

PARA RESPIRAR

 

Aspira trece veces por minuto

un aire contaminado y de segunda mano.

Aspira que lo necesitas.

¿Se imaginan que cobraran

por la necesidad perentoria de respirar?

Muchos ya lo han hecho y lo seguirán haciendo.

Respirar para vivir,

vivir para respirar,

necesidad donde la vida es para todos igual.

La necesidad vital del ser humano.

Los sueños se respiran en la noche

y son esenciales para la derrota que el azar justifica.

Se respira desde el vientre materno,

ahí en el líquido amniótico,

hay una espiral de partículas de aire

que se hacen presencia y antesala

hacia la realidad del hombre y su existencia.

Suspiros, sollozos, resoplidos, soplos, gemidos,

 son atrezo eterno y perenne desde que nacemos.

Son parte del oxígeno necesario que llevamos

adheridos a nuestra alma, a nuestra suela del zapato,

a nuestro rincón del silencio, en nuestra huella impresa.

Tenemos la necesidad de sobrevivir

al antecedente hipnótico de la desnudez.

Tenemos el alma pegada a nuestro suspiro.

Sospechamos que la derrota está esperando

nuestra caída rendida, decir no puedo más,

rendirse, caer al vacío, dejar de luchar.

Sólo las sonrisas despiertan a nuestra

esperanza, la zarandean y le dan de beber,

la levantan y la incorporan a la vida.

Respirar, vivir, existir, follar, roncar,

todo ello lleva implícito el deber de inspirar y aspirar.

De vivir mientras tanto.

De respirar sin darse ni cuenta.

Vamos hacia el noble paseo del vivir por vivir.

Somos seres que respiramos,

y mientras tanto, resistimos al esperma negro, vacío y estéril

que la muerte lleva en su seno.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

 

 

 

 

 

18º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

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18º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXVIII  20-12-2.008

 

XVIII EDITORIAL

 

 

El castellano y su difusión

 

La catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid Inés Fernández-Ordoñez ha sido elegida miembro de la Real Académica de la Lengua (RAE) y pasará a ocupar el sillón P, que dejó vacante el poeta Ángel González. Experta en la Historia de la Lengua y en dialectología, ha estudiado en profundidad las variantes rurales del español peninsular. Su labor, según la propia Academia, podrá ser importante en el proyecto de Diccionario Histórico de la Lengua que está elaborando la RAE.

 

Aunque somos poco amigos de lo institucional porque creemos que el idioma, cualquier idioma, ha de ser un cuerpo vivo poco dado a las ataduras formales, no por ello somos ajenos a la labor de la Academia, principalmente en un momento en el que el español está sufriendo,  sobre todo en España, un retroceso atroz. No por culpa de las otras lenguas que se pueden hablar tanto en España como en otros países de lengua española -Perú, Guatemala, México, Bolivia, Guinea Ecuatorial o Paraguay, principalmente-, sino porque hay una enorme despreocupación por parte de muchos hablantes hacia la lengua y también un descenso cultural y educativo del que nos hemos hecho eco en algunos editoriales, lo que provoca carencias que afectan al castellano, lo empobrecen como idioma y devalúan la capacidad de diálogo entre las personas porque se devalúa la lengua que es el medio de comunicación por excelencia. En este sentido, la Academia de la Lengua se convierte en un útil instrumento de referencia.

 

Por desgracia, falla el uso del idioma. El conflicto lingüístico ha pasado a ser un conflicto político en algunos países, por ejemplo en España, donde se quiere enfrentar lenguas por razones de interés partidista. Es verdad que el castellano se impuso en algunos momentos de la historia tanto dentro de la Península como en las antiguas colonias, el castellano fue un arma de dominio político en detrimento de otros idiomas, expresiones de cultura. Pero ahora el español pertenece a millones de personas repartidos en España, América Latina y en Guinea Ecuatorial. En el Sahara Occidental y en Filipinas apenas es un idioma testimonial. Por ello el castellano es el patrimonio de millones de hablantes, no de un país determinado,  y no se puede decir que un español sea mejor que otro, al mismo nivel se hallan el castellano de España como el de Argentina o Cuba, el de cualquier país americano.

 

Nos gustaría que la labor de la académica Inés Fernández-Ordoñez, como dialectóloga que es, fuera en ese sentido. Puede llevar a cabo una apreciable tarea de concienciación de la importancia que posee la lengua, aun cuando el papel principal para la conservación, difusión y desarrollo del castellano esté en manos de los hablantes que han de saber que sólo de ellos depende el idioma.

 

 

 

 

 

WOMAN DEL CALLAO II

 

Dónde estás tú, dónde estoy yo,

dónde está el norte y dónde el sur,

quisiera ser para ti eterno sol,

quisiera ser alegría redonda,

quisiera ser pasión sin nudo,

quisiera ser gracia que se improvisa,

quiero ser paciencia de agua,

quiero ser tu confiado socorro.

Me duele expulsarte de tu paraíso

con el turno de la dulce noche,

despojarte de la ternura del beso,

arrancarte de la volteleta ciega,

expropiarte la pureza a ratos

de arrebato doliente,

desahuciarte de tu libre mirada,

negarte una nueva posibilidad.

¿Qué hace una mujer tan bendita

de la mano de un juguete roto?

¿Qué clase de anti-juez sin paz

te sostiene la mirada hecha añicos?

¿Qué púlpito de negrura asola

tu voz huída en tu inocencia?

¿Qué beso de ti se me ha escapado?

¿Qué mirar de soslayo

fue miedo de sombra sin nombre?

¿Qué azul de ti se fue tan callando?

¿Qué rosa nació con la espina

dolorosa de la libertad soñada?

¿Qué canción no rima todavía?

¿Qué conclusión tan nefasta

da pasos en el ahogo a solas

de este verso desesperado?

¿Por qué mi amor tú tan lejos?

¿Por qué me dueles tanto?

¿Qué ritmo dió la noche

a la tormenta de sabor a selva?

¿Qué suspiro negro de mí

te llevas al irte?

¿Qué bofetada del silencio

se retuerce como pez fuera del agua?

¿Por qué el amor es tan difícil?

¿Por qué mi voluntad es un preso

 anciano, sabio y cansado?

Woman del Callao me dueles,

me dueles al alba, y de noche,

me dueles a solas o sin ti,

me dueles cuando miras

a la ciudad que te enseña sus dientes.

Me dueles cuando vas sola

por el llanto del mundo.

Me dueles cuando huyes

de la verdad desnuda.

Me dueles en la sombra

del momento en el viento.

Me dueles cuando callas, cuando vives,

cuando andas, cuando flaqueas.

Si te rodeo en mis brazos

y veo que ves

el loco poema

del guardián de espejos,

me muero por dentro y todo tú

me corroes.

Te beso y no cierro la esperanza secreta

que nos mantiene soñando.

Me conmueve el sabor

de tu sueño sacudiéndose.

Me enamora la alegría

de tu presencia que regala sin descanso.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

La Revuelta

 

 

         Me atraían todas aquellas luces dispersas: las que se contemplaban por el destello de las barricadas ardiendo o por el repentino resplandor de los cócteles molotov que estallaban al fondo de la avenida, el resplandor de las luces de los coches policiales o del inútil parpadeo de los semáforos. Se impuso un silencio tenso que sólo fue roto por las sirenas de la policía y de los bomberos, por el ruido de los cristales rotos y por algunos gritos que, desde lejos, apenas se entendían. Yo contemplaba aquel espectáculo impresionado, tal vez porque se me aparecía en cierto modo como el fin del mundo, un caos que no podía menos que calificar de sinfónico y que, no por llegar de pronto, me resultaba extraño ni imprevisto. Al fin y al cabo, lo artificial era lo anterior, aquella paz social engalanada de aparente riqueza que, estaba yo seguro, más tarde o más pronto se vendría abajo, como un edificio al que se ornamenta en demasía pero descuidando sus cimientos.

         Es verdad que aquello no era la revolución. Apenas era una revuelta, una de las muchas que se iban produciendo desde tiempo atrás y que nos conducían al caos. Pero también era cierto que hacía tiempo que no esperábamos la revolución, lo que no hacía que las cosas existentes, el capitalismo real, según lo llamó el sarcástico Klaus, fueran bien y quizá por ello el caos ya nos resultaba suficiente, dado que, nos parecía de pronto, no había alternativa posible.

         Me metí por las callejas adyacentes, más silenciosas pero no por ello menos caóticas, y vi a grupos de encapuchados que se movían raudos por las esquinas, casi de un modo militar. Algunos ni me miraron, me sentía invisible, otros me observaron apenas unos segundos, lo suficiente como para barruntar que yo no era un policía de paisano, y continuaron sus movimientos ajenos a mi presencia. De tanto en tanto volvía a escuchar el ruido de los cristales rotos, de las sirenas, los gritos, más lejanos sin duda pero, por romper el silencio de las calles estrechas, más intensos y tal vez más sonoros. Seguí andando. No tenía dirección fija, iba de un lado a otro, como un turista que visitase el caos.

         El mundo se venía abajo, no había vuelta atrás, y creo que nunca antes me había sentido más feliz. El orden se derrumbaba, ¿cabía algo mejor?, y aquella destrucción me resultaba gratificante. Me sentía regocijado, lo reconozco, al ver, en una calle comercial, los escaparates de las tiendas rotos, algunas sucursales bancarias con evidentes signos de haber sido incendiadas, los coches traspuestos y colocados como barricadas en medio de la calzada. El corazón se me aceleraba, se me despertaba la pasión y me acercaba a un ámbito en el que se diluían los límites de lo material. No crean que yo hubiera bebido ni consumido ninguna droga, nada más lejos, pero sin duda estaba muy cerca de los efectos más extremos que producían dichas sustancias.

         Salí de las callejuelas del casco viejo y avancé por plazas y calles que, si bien parecían no estar afectadas por los desórdenes, te hacían sentir la tensión. El ulular de las sirenas se escuchaban desde aquí y tal vez la falta de consonancia con el paisaje, todo de pronto tan ordenado, me inducía a pensar que lo que veía era apenas un espejismo o que lo recién contemplado no existía en absoluto. 

         Me senté en un banco de una extensa plaza. Ahí el silencio era absoluto y el bisbiseo de los incidentes quedaban ya demasiado lejos. Quizá nunca amaneciera, pensé. La noche eterna, era lo que me pareció que iba a ser aquella noche. Miré a mi alrededor y tanta soledad, por un instante, me resultó gratificante. Parecía imposible que poco antes hubiera asistido los incidentes. La tensión quedaba aquí diluía y me pareció que la calma siempre había existido. Concluí que el mundo era ambivalente y en él convivían ámbitos que llegaban a ser absolutamente contradictorios pero por los que se podía pasar con suma facilidad. 

         Sin duda había algo poético en todo eso. No me moví de ahí hasta el amanecer, a la espera de no sé muy bien qué.

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

SU ABRAZO

 

 

Ese nudo orbital en mi cintura

delimita el espacio en donde habito

y ahueca entre sus alas todo un nido

donde entibio mi noche más oscura.

 

Rodea con su manto de ternura

la pesada raíz de mis olvidos,

y me diluyo lejos del silencio

con las voces de luz que me que murmura.

 

En ese globo astral arden los fuegos

que lamen las laderas del infierno

y borran los perfiles de la bruma.

 

Se estremece mi piel con el contacto

que surge de su abrazo dilatado

y alcanzo la verdad que me desnuda.

Teresa Palazzo Conti

www.lapoesiadeteresa.com

 

 

 

 

DESTINADO

 

A Lula, por su agudeza visual.

 

Le pedí que me leyera la mano

cuando mi juventud era un suspiro que nace.

Ella llevaba gusto a brandy en el paladar

pero vió la luna crecer en la palma de mi mano

como un espejo redondo y profundo como un pozo.

Se invocaba paulatinamente

a un pasado de travesura que salió cara,

a un presente de misterio escondido

en la semilla de la luz,

y a un futuro que florecía como una incógnita

vestida de ensueños plateados.

No lo supe hasta más tarde,

que una deuda quedaba tan finamente cobrada

como la justicia de Dios

hecha por los hombres.

Ella movía su mano como un abanico

esparciendo su visión de chamán ancestral y místico

como el humo espeso de la goma o del neumático.

Ella me dijo después:

sígueme con tu mirada hasta perderme en la esquina,

no quiero caerme como otras veces caí.

No le perdí el rastro zigzageante

que su andar delicado soportaba.

Se perdió entre las estrellas de la noche de verano

cruzando la lluvia

eterna de las risas del populacho gris

y los borrachos que por una gastada sonrisa

hacen burla de la grandeza pequeña

que el mundo oculta.

Las esperanzas son un aliento que alivia

en lo remoto de cada corazón.

Por eso no la olvido cuando veo mi destino

venir a mí como un perro suplicante de caricias.

Por eso no la olvido cuando escucho

la canción de la noche en los veranos australes

que mi caminar oye salir de las ventanas.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

POEMA MANDADO POR CRISTIAN

CLAUDIO CASADEY JARAI.

 

EL VOLCÁN POÁS

 

Del clásico costarricense, Carlomagno Araya.

 

Levantado en mitad de la maleza

Está el volcán que a imaginar invita

En una gran cabeza que medita

Y en una enorme fauce que bosteza.

 

Este monarca cuyo aliento sube

Sin padecer fatiga ni desmayo

Tiene por cetro luminoso el rayo

Y por corona singular la nube.

 

Apoyado en los hombros de la cresta

Que baña el sol de fúlgida vislumbre

Contempla la ansiedad de la floresta

Que tiene la locura de ser cumbre.

 

Atalaya propicio desde donde

Pueden los pueblos extender su vista,

Para ver el lugar en que se esconde

El peligro fatal de la conquista.

 

 

Maldigo al primer ser humano que interpuso una frontera imaginaria entre él y uno de sus semejantes. Maldito sea mil veces aquel ignorante individuo que en un remoto día fue el primero en pronunciar las infames palabras “mío” y “tuyo”; ojalá se pudra por siempre en los infiernos. Maldigo las perversas razones que le condujeron a tan depravado comportamiento de menosprecio fraternal. Yo maldigo también a la siniestra evolución que nos arrebató sin misericordia las eternas primaveras y las brisas suaves de la edad de oro de la tierra primigenia y nos condujo irremediablemente a través de las edades de plata y bronce hasta llegar a la más actual de las edades, la más violenta y desgarradora, la corrompida edad de hierro. Maldigo las patrias, las banderas, los himnos, las lindes, los idiomas, las vallas, las aduanas, los iconos, las ideologías y todo aquello que suponga una diferenciación ficticia entre individuos de la misma especie.

Éstos han sido los responsables de las mayores matanzas y peores injusticias de todos los tiempos. Por culpa de todo ello existe E.T.A, Al Qaeda, los nacionalismos estrechos de miras, el fanatismo religioso, las miserias de unos y las riquezas de otros, los gobiernos totalitarios y déspotas,…

Soy un ciudadano del Todo; mis hermanos son los seres que en Él habitan. Sus dominios comienzan allá donde nacen los vientos, y acaban donde se oculta el arcoiris. Mi bandera son las nubes que rodean todo el globo ondeando en lo más alto del cielo, y no necesita asta donde ser colocada. Mi himno, el sonido de las olas del mar rompiendo en la dura roca o el melodioso canto del ruiseñor en la profundidad del bosque. Mi idioma es el Lenguaje del Mundo. Las estrellas son el único confín que conozco; y los horizontes que contemplo, la luna y el sol. Mi Templo es mi cuerpo, y el único ritual que requiere mi religión es la meditación.

Si te agrada mi patria, siempre serás bien recibido en ella. La única condición que te exige es que olvides fuera los prejuicios, las prohibiciones, las dualidades (sobretodo aquella de “yo” y “los demás”), la envidia, el rencor, la ira, el odio. Entra con la mente limpia y clara como la de un bebe recién nacido antes de ser bautizado y déjate llevar. Si dudas de la existencia del paraíso, olvida todo lo conocido hasta ahora y sígueme; está más cerca de lo que imaginas. Te prometo una existencia plena y feliz hasta el fin de todos los tiempos. Te aseguro la completa desaparición de todas tus actuales y absurdas preocupaciones.

En este lugar no se conoce el miedo, porque no hay nada que temer. Tampoco existe el amor, ya que todo es amor. No se habla de paz, debido a que la guerra es impensable. No hay principio ni fin; el nacimiento y la muerte sólo son pasos intermedios. Aquí no tienen cabida jefes ni gobernantes, la Naturaleza es la única que impone leyes e imparte justicia. En nuestra tierra no son necesarios papeles para vivir dignamente; no se conocen ciudadanos ilegales. En este mundo, el único propósito es vivir. Mientras naden peces por sus ríos y mares, el cielo sea surcado por aves de todos los colores y de la tierra broten los más variados frutos, seremos ricos y dichosos; todos por igual… Y al que pronuncie la palabra “frontera” se le colgará del árbol más alto de este infinito Reino.

 

Las cuatro edades. Extraído del libro Metamorfosis, de Ovidio

La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter (la encina).

Había una primavera eterna, y apacibles céfiros de tibia brisa acariciaban las flores nacidas sin cimiente. Pero además la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles goteaban de la encina verdeante.

Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso, el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de inviernos, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hilo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por vez primera fueron las semillas de Ceres enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.

Tras ésta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulentas cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige. Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra, que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y ésta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre.

La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea (la justicia) ha abandonado, última de las divinidades en hacerlo, esta tierra empapada de sangre.

 

  

Por Pedro Estudillo Butrón

 

 

 

 

RESURRECCIÓN

 

 

 

Y el disfraz se apartó

de su último rostro.

 

Descendió por las aristas,

y se negó a aceptar

la resignación de la clausura.

 

Midió el alcance del combate iniciado,

y rompió aquel asedio que frenaba  sus líneas

adheridas a un cuerpo.

 

 

Enloqueció su brújula

y se liberó de apremios

sin atisbo de culpa.

 

Quería astillar ademanes primitivos.

 

Despilfarrar los guiños

de dueños asimétricos.

 

Sumergió la imagen conseguida

en un espejo falso,

y dejó que la hondura

inventara otras puertas

por donde escabullirse.

Teresa Palazzo Conti

www.lapoesiadeteresa.com

 

 

 

LA ORGÍA

 

Esa otra que me habita,

se oculta

entre navajas y sudarios.

 

Por mis recodos íntimos,

alarga sus controles

para tocar mis poros

y se empeña en el registro

de una maldad suprema.

 

Pone a macerar

unos granos de sal

y viaja hasta mis ojos

para hurtarme una lágrima.

 

Mi piel embaucadora

busca líneas erguidas

desde otras tarimas.

 

Y una vez más,

la intrusa

se recluye

entre los matorrales

y regresa a mi fondo

con las arcas vacías.

 

Hay un pastor de llantos,

sin rebaño.

 

 

.                               T.P.C.

 

 

 

Me llamo Pedro Andrés Estudillo Butrón, soy ciudadano del mundo, hijo de Adán y de Eva, y declaro la guerra abiertamente a todas las multinacionales del mundo.

Al igual que en otros tiempos sembraron el terror por el mundo ambiciosos emperadores, dictadores totalitarios, fanatismos religiosos con su Santa Inquisición al frente (no sé por qué lo de “Santa”) o ejércitos de bárbaros descontrolados, por mencionar algunos, en la época en la que nos ha tocado vivir, son las multinacionales las que constituyen la reencarnación del mismísimo Satanás.

Pero todos los anteriormente mencionados juntos no tendrían nada que hacer con el mortífero monstruo que se cierne sobre nuestras cabezas en estos días, ya que, el alcance de esta máquina infernal es a nivel mundial, a diferencia de los aparecidos en otras edades, los cuales sólo podían atacar a unos cuantos desgraciados esparcidos por algún rincón concreto del planeta. En nuestros días, gracias a (o por culpa de) los fabulosos avances en las telecomunicaciones y la tecnología, los poderosos y maléficos tentáculos de las multinacionales llegan hasta los más recónditos lugares de este precioso mundo que habitamos. No hay escapatoria, no tenemos a dónde huir; ¿o sí?

Si no podemos salir del planeta para escapar de tan terrible amenaza, tan sólo nos queda una opción: luchar. David derrotó al gigante Goliat, los griegos vencieron al poderoso ejército persa en la batalla de Salamina, los Hunos de Atila pusieron en jaque al todopoderoso imperio romano, al igual que el cartaginés Aníbal, después de realizar la hazaña de cruzar toda la península ibérica, los Pirineos y los Alpes con todo su ejército. Ahora ha llegado nuestro momento. Debemos plantarle cara al enemigo si no queremos que el mal se extienda irremediablemente por todo el planeta. Si nos rendimos ahora, acabaremos como tantos otros ya lo han hecho, muertos en vida, vagando como zombis invisibles en oscuras y monótonas existencias, sin presente ni futuro que merezca la pena, sin posibilidad de escape, esclavos de la peor de las miserias en las que se puede caer: la del aburrimiento y la esclavitud consentida. Inmersos en un insulso mundo de hipotecas, préstamos a bajo interés, móviles de última generación, grandes automóviles todoterrenos, televisores de pantalla plana, últimas rebajas, moda a precio de saldo, líneas ADSL´s, obligatorias fiestas de cumpleaños, de despedidas de solteros, de bautizos, de Navidad…, preasignados días de los enamorados, de las madres, de los padres, del tío abuelo…, paseos al centro comercial más próximo (o más lejano), minivacaciones en la atestada playa, colección de películas y CD´s piratas que nunca utilizaremos, falsas reuniones familiares donde debemos aparentar la más absoluta felicidad, formidables planes de pensiones, superseguros fondos bancarios de renta libre… Y vuelta a empezar de nuevo. ¡Manipulación, manipulación y más manipulación!

Quince de mis más vitales años he ofrecido a uno de estos pérfidos monstruos surgidos del profundo abismo de la globalización, por eso los conozco bien, sé cómo piensan, cómo actúan, de qué se alimentan. No tienen compasión, actúan impunemente, protegidos y amparados por el vil sistema que ellos mismos han creado y que mantienen a costa del pobre ciudadano. Cuando te atrapan es difícil escapar, te devoran poco a poco, acaban con tu vida, con la de tus hijos, tus seres queridos, lo destruyen todo a su paso; si caes en sus miserables garras, no tienes salvación.

Desde mi trinchera oculta entre la maraña de la red cibernética, grito ¡SOCORRO!, solicito tu ayuda, tu compromiso para con la causa. Podremos ser pocos, pero nuestra voluntad es fuerte y nuestra motivación surge de la razón; además, el enemigo es ingenuo, está distraído y es cobarde. Si el hombre es un lobo para el hombre, seamos nosotros zorros, astutos y vigilantes.

La mayor y más importante arma utilizada por nuestro común enemigo es la manipulación; si queremos vencerle, tenemos que intentar por todos los medios posibles anularla. Estas son nuestras armas, tómalas y lucha conmigo:

 

1.    Acude para tu consumo diario a los pequeños comerciantes de tu pueblo o ciudad. Cada vez son menos, por desgracia, pero los pocos que hay te recibirán con los brazos abiertos, te ofrecerán el mejor trato, te darán calidad y total confianza.

2.    Huye de las masas enfervorecidas; éstas son el principal alimento de nuestro insaciable enemigo.

3.    Arroja inmediatamente en la bolsa de reciclar el papel toda la propaganda que te dejen en tu buzón sin tu permiso; no caigas en la tentación de leerlas.

4.    No escuches ni uno solo de los anuncios televisivos; representan una de sus principales armas contra el desprotegido ciudadano.

5.    Olvídate de la política y de los políticos; sólo son herramientas utilizadas por el adversario para despojarnos un poco más de nuestra libertad. Haz como el sabio Diógenes; cuando el poderoso emperador Alejandro Magno le preguntó de qué modo podía servirle, éste le respondió: “Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol”.

6.    Antes de comprar algo, plantéate en serio si de verdad lo necesitas. No olvides la máxima “No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita”; practica el saludable arte del desapego material: serás más feliz (por experiencia). Otro de mis preceptos favoritos es que todos los inventos del hombre, absolutamente todos, son prescindibles. No lo olvides.

7.    No te fíes de las ofertas ni de las gangas; suelen ser otro timo más. La máxima: “Nadie regala nada”, suele ser verdad.

8.    No engroses la deprimente lista de los que acostumbran a sustituir sus bienes a las primeras de cambio (móviles, automóviles, viviendas, ordenadores, etc.). Recapacita bien sobre la auténtica utilidad que le das a tus artilugios. El enemigo es un experto en crearnos necesidades absurdas.

9.    No contrates nada por teléfono; es más, ni siquiera pierdas tu tiempo escuchando a un desconocido que te llama sin tu consentimiento para ofrecerte algo que no has pedido.

10.                     Utiliza todos los servicios públicos que estén a tu alcance; son tuyos (como ejemplo, este blog lo publico desde la biblioteca municipal de mi localidad).

11.                     No consumas alimentos precocinados, sólo conseguirás envenenarte poco a poco. Intenta alimentarte con productos naturales y del tiempo, aunque requiera más esfuerzo; quién algo quiere, algo le cuesta.

12.                     Organiza tu tiempo de manera que cada cosa que hagas en cada momento, tenga una utilidad concreta, y procura no salirte de ahí. El tiempo es lo único que no se puede recuperar jamás, una vez que se pierde; no se lo entregues tontamente al adversario. Recuerda que actividades como el descanso, la relajación, la reflexión o la meditación, no son ninguna pérdida de tiempo.

13.                     Olvídate de las modas; hay un refrán que las define estupendamente: “Cuando un tonto coge un carril, o se acaba el carril o se llena el carril de tontos”. No seas uno de esos tontos, y de paso le darás una buena estocada al adversario, que se lucra con ellos.

14.                     No te inscribas en ninguna asociación, sindicato, club, organización, etc. Los carnés sólo sirven para esclavizarte un poco más (si estás pensando en las ONG´s, tampoco es necesario un carné en el bolsillo para hacer el bien).

15.                     No te “enganches” a programas o series de televisión (mi consejo es evitar empezar a verlos desde el principio), ni te conviertas en un forofo del deporte de moda; es otra de las estratagemas usadas por el enemigo para anular nuestra voluntad, y con ella, nuestra libertad. Nuestra principal arma es una mente lúcida y libre; que nadie ni nada te la arrebate.

16.                     No seas prosélito ni acólito de nada ni de nadie (mucho menos de mí). Que sea tu sentido común el que gobierne tu vida. La capacidad de razonar es lo que nos diferencia de los animales, si no la utilizas serás más parecido a un cordero que a una persona.

17.                     Aprende a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas. Hay muchas actividades interesantes que se pueden realizar sin necesidad de estar ganando o gastando dinero.

18.                     Las leyes se pueden infringir, pero nunca las normas de la buena conducta; no confundas a tu prójimo con el sistema que lo envuelve. Recuerda que somos guerreros, no soldados ni bárbaros.

 

Admito propuestas y consejos. Me considero uno de los escasos y privilegiados seres humanos del mundo que son capaces de aprender por cabeza ajena. No pretendo convertirme en ningún líder ni cabeza visible de nada; nuestro ejército no necesita jefes, nosotros somos inteligentes.

BUEN COMBATE, AMIGO.

 

 

 

 

ASESINATO DE UN JILGUERO

 

Cuando era un niño, no tan niño,

un día cacé a un jilguero con liria de muérdago

con la tradicional trampa del arbolito.

Como se le quedaron las alas

untadas con la liria

quedó el pájaro totalmente desplumado,

pegado, feo y pegajoso.

Unos amigos me dieron la brillante idea

de untarlo con aceite de oliva

para quitarle toda la liria que tenía

en sus plumas.

Pero no fue tan brillante esa idea,

pues el pajarillo quedó aceitoso y resbaladizo,

y se me ocurrió después lavarlo

con agua del grifo del lavabo,

pero esa idea fue aún menos brillante.

Al mezclar la liria, el aceite de oliva

y el agua, aquel jilguero

ya no parecía ni jilguero, ni pájaro,

y ni si quiera parecía que tuviera alas.

Parecía un colibrí untado en petróleo,

una contradicción de ave que, de haber sido una ave exótica,

seguro sería una ave exótica en vías de extinción.

Estaba mojado, pegajoso, grasiento,

aceitoso, desplumado, no era ya el mismo que cacé,

Después se me ocurrió la brillante,

y al mismo tiempo, la inocente y equivocada idea

de secarlo con el secador del pelo.

¡Nefasta idea!

Yo direccioné el aire caliente del secador

contra esa especie rara de jilguero feo

y él abría el pico y lo cerraba,

aleteaba desesperado, impotente, aterrorizado,

pero a mí no me preocupó demasiado.

A mí lo que me importaba era verlo

seco, bien acicalado, (cosa imposible)

pero yo seguía y seguía ofreciéndole su dosis letal

de aire caliente al pobre pajarito.

Como todavía estaba mojado, pegajoso, grasiento

y aceitoso, seguía y seguía,

hasta que el colorín se arrinconó en su jaula

agonizante, totalmente humillado

y sin ningún indicio ni resquicio de fuerza.

Decidí darle el último secado

y lo que conseguí es darle el toque de gracia

y el pájaro me lo agradeció, creo yo.

Por que murió al instante.

Yo no tenía ninguna idea preconcebida

de que aquel pobre pájaro iba yo a matarlo,

yo sólo quería verlo seco y bonito

pero el pajarillo no lo resistió.

Entonces fue cuando al verlo

totalmente tieso, engarrotado y muerto

empecé a sentir una enorme culpa.

Un sentimiento de tristeza se apoderó de mi ser,

que me hizo comprender,

que la muerte estaba ahí esperando,

expectante y agazapada.

Comprendí que unos mueren por la torpeza

y el egoísmo de otros,

pues no pensé en ese animal,

no vi en ese momento que lo estaba condenando

 a una muerte horrible y agonizante.

Entonces cogí al jilguero y lo envolví

en un paño de papel de cocina

y lo enterré en un macetero de la casa.

Le puse una cruz atando dos palitos,

recé por él un medio Padre Nuestro,

pero eso no creó en mí ningún consuelo,

solamente un arrepentimiento y un sentimiento

  de culpa que me duró varios meses.

Ese mismo día se lo conté a mis padres

en el almuerzo

y mis padres me dieron una riña un tanto leve

sin darle mucha importancia.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

17º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

    nevandoenlaguinea@hotmail.com

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    17º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

    NEVANDO EN LA GUINEA

    NºXVII     12-12-2.008

     

    EDITORIAL XVII

     

     

    Violencia en Grecia

     

     

    Asistimos esta semana a la violencia desatada en Grecia que ha hecho coincidir la revuelta juvenil con una huelga general en la misma semana. No somos nosotros quiénes para dirimir las causas y los pormenores políticos de esta situación, no vamos a dar soluciones, no tenemos una varita mágica ni poseemos la verdad absoluta. Sin duda quienes escribimos en este espacio no nos pondríamos de acuerdo ni en los análisis ni en las soluciones, tampoco el debate político está en el origen de esta revista, pero creemos que hay una lectura social y cultural que no queremos, por ser una revista literaria, callar.

     

    Sabemos que, por desgracia, la violencia es algo ligado a la historia de la humanidad. Pero creemos firmemente que la cultura y la educación son dos instrumentos idóneos para solventar los conflictos y avanzar colectivamente. Lo hemos formulado ya en varios editoriales y a ellos remitimos, no es cuestión de repetirse. No obstante, reiteramos nuestra tesis ya formulada, por otro lado evidente, de que el descenso del nivel educativo y cultural provoca frustración individual y también colectiva porque produce falta de perspectivas y desata la ira. Ahí está en gran medida el origen de la violencia. Por tanto, no podemos quedarnos en lo meramente externo: las calles cortadas, los bancos destruidos, los comercios arrasados, los enfrentamientos callejeros con su cúmulo de heridos y muertos; todo esto nos impresiona, pero la violencia no es sólo eso, está más en el origen mismo de la rabia, en la frustración, la miseria, la incultura, la explotación. Es menos evidente, pero no menos real. Lo vimos claro en el año 92 en Los Ángeles, donde un acto de injusticia policial provocó las iras de la ciudadanía negra, mostrando al mundo la marginación y el bajo nivel educativo, social y laboral que esta población sufría, lo hemos visto en otros casos y lo vemos hoy en Grecia, que se vuelve el reflejo de hacia dónde va Europa.

     

    No en vano es Grecia la que se revuelve hoy, la cuna europea de la filosofía, de la lógica y la dialéctica. Grecia es el símbolo de una Europa que se ha lanzado a una deriva consumista y que ha dejado de lado los valores de la educación y de la cultura para adorar el dinero, el euro, como única divinidad. No es la primera vez que ocurre, Europa es el continente que arrasó el mundo en provecho propio, que se enriqueció con el trabajo ajeno, el de los esclavos negros llevados a América, por ejemplo, pero que también abusaba de la población local, sometida a unos valores egoístas de enriquecimiento rápido y de superficialidad.

     

    Pero también es un continente que ha expresado una sensibilidad enorme por las artes y las letras, sin duda al igual que los otros continentes, donde las expresiones culturales son también importantes, pero por ello mismo con una singularidad propia producto de numerosas influencias. Por eso lamentamos que la deriva tomada por los gobiernos europeos esté provocando el caos. Lo que está pasando en Grecia es la punta de iceberg de un estado de cosas que a muchos habitantes del continente europeo les desagrada bastante y que desean la vuelta a unos valores democráticos, de justicia y de solidaridad, en los que la cultura tanto tiene que decir.

     

     

     

     

     

    EN EL HUERTO

     

    Cavando bajo un sol

    te mirábamos los dos,

    mientras la tierra, toda tuya,

    la domabas dando bulla.

    Eras sudor de estrella

    y eras la voluntad aquella

    que extrañaba vernos

    entre tomates y ajos tiernos.

    Todo tú eras campesino,

    tu domingo era don divino,

    y entre semana era hierro

    tu labor de paz y encierro.

    Trabajador del sí rotundo,

    hombre fiel al viejo mundo,

    anhelas sólo lo tranquilo

    del laurel y el tilo.

    Buscas la raíz del consuelo

    cuando cavas en el suelo,

    donde pisa la lombriz

    con toda tu verdad motriz.

    La acequia es tu gran obra

    que al momento y a su hora

    sigue el agua pertinaz

    ese rastro de antigua faz.

    Tu hoz es enorme corazón

    que busca una razón

    donde se corta la mitad

    de esa luz en contrariedad.

    La cabaña es sombra vieja

    y tu mirar sin la queja

    corta la caña y con maña

    deshace telaraña y maraña.

    Agacha el lomo de hombre

    pues cosechas tu nombre

    entre la llaga y el callo,

    pues sigue tu mirar el rayo

    del sol que distraído

    encuentra en tu tierra ruido,

    con la entraña sumergida

    de tu carne morena sufrida.

    Eres campesino por que veo

    en tus ojos el pestañeo

    del escozor que da el sudor

    y te escuece aquel dolor

    que la tajada y el tajo sembró

    aunque tienes tornasol

    que en tus manos dice no

    cuando llora seco el sol.

     

    Por Cecilio Olivero Muñoz

     

     

    Barrios

     

                Había un punto en esa atracción por los barrios bajos que me parecía indecente. Éramos privilegiados que querían emular a los poetas malditos de quienes nos hacíamos una idea preconcebida, un cliché sin sentido, años después de que aparecieran y a los que imitábamos sin vergüenza. Paseábamos por las callejas del puerto, entre borrachos, voyeurs, putas y ladrones, entre gente derrotada, y nos mostrábamos como turistas que se encandilan ante los falsos decorados orientales. Puede que hubiese un toque poético en aquel espectáculo, pero desde luego no era bello, ni atractivo, ni nada. Me voy, dije de pronto y todos me miraron como si hubiese soltado la mayor sandez de mi vida.

    – No te irás a marchar ahora. -dijo Marcos como si lo preguntase.

    – Pues sí.

    – ¿Nos vas a dejar tirados?

             Marcos me resultó especialmente estúpido. Más estúpido de lo que ya lo era por costumbre, quiero decir. ¿Tirados? Continuaban todos juntos. ¿Para qué me querían junto a ellos?¿Acaso me consideraba -me lo consideraban todos, pues todos mostraban rostros de carneros a punto de morir- el alma mater de aquel safari como para tomarse como una traición mi partida? Seguís todos juntos, que os divertíais, fue lo último que les dije. Torcí por una calleja que me llevaría fuera de la zona.

             No tenía la menor duda de que Marcos habría comenzado a despotricar contra mí nada más desaparecer por la esquina, me estaría acusando de moralista pequeño burgués ante los otros, pensé, él, nuestro gurú poseedor de la verdad absoluta y que gustaba de emplear palabras rimbombantes con las que juzgaba a los demás desde su posición aparentemente superior. Pero a esa altura de la historia me daba igual. No estaba dispuesto a disfrutar con las miserias ajenas. Me asqueaba aquel divertimento de niños bien que jugaban a marginales. Aunque también era verdad que había otra razón, aun cuando no quisiera reconocerlo: me sentía en desventaja con respecto a mis compañeros. Al fin y al cabo, yo no era en realidad, como ellos, un niño bien. A pesar de que mis padres, enriquecidos tras años de trabajo, se daban aires de alta alcurnia. Pero bien sabía que estaba lejos de pertenecer a su clase social, que me sentía fuera de lugar entre ellos, un bicho raro. Y en ese momento concreto, tampoco lo quería. Había asumido de pronto que nunca sería parte integrante de un mundo con el que no me identificaba, ni me apetecía esos juegos de niños bien jugando a poetas.

             Claro que tampoco tenía muy claro a que mundo pertenecía. Todo lo que me rodeaba me parecía en ese momento demasiado complicado. No conseguía tampoco identificarme con nada. Era un desclasado y tal vez el equivocado fuese yo, me dije, al torcer la última esquina que me sacaba del barrio portuario.

             Anduve hasta casa, esforzándome por no pensar más en nada, ni en mis amigos pseudomarginales, ni en mi crisis de identidad. Seguramente, lo que necesitaba era un cambio de aires. Sí, era eso, justo eso, ni más ni menos: necesitaba salir de aquella ciudad. O mejor dicho, escapar de mí mismo. Aunque esto iba a resultar más difícil. Estaba condenado a vivir siempre conmigo mismo allí donde estuviera. Pero esa noche me di cuenta de lo importante que era marchar.

             Llegué a casa. Eran las dos de la madrugada, acababa de dejar atrás a mis amigos que me reprocharían ser un aburrido, un insustancial aborregado, y tampoco me apetecía meterme en mi habitación, dormir y despertar unas horas después en la misma cama de siempre. De repente, me sentí inmovilizado por dentro. Mis músculos se quedaron fijos como piedras. Me quedé quieto frente a mi casa, la miré como si nunca antes me hubiera fijado en sus detalles, y tal vez nunca me fijé, y me entraron ganas de llorar. Mi vida me daba asco y no sabía como seguir viviendo. Me vi reflejado en el cristal de la puerta del portal. Ciertamente, me dije, nada me podía resultar más penoso.

     

     

             Juan A. Herrero Díez

     

     

     

    ANIVERSARIO.

     

    A la memoria de mi madre.

     

     

    Un puñado de orillas

    en la piel sometida.

     

     

    El temblor en las manos

    y un crisol de palabras clausuradas.

     

     

    Tal vez quiso rendirse mucho antes

    pero disimuló el puñal

    emboscado en la herida.

     

     

    Se mintió en alboradas

    y escondió entre las canas

    la estrechez de un imperio

    derrumbado.

     

     

    Cumplió con la sonrisa

    más allá de las dudas

    y hoy se inventó

    algún ala

    para lograr un vuelo

    postergado.

     

    Por Teresa Palazzo Conti

    ( Letra de un tango que lleva el mismo nombre, en el CD “TRAVESÍA” )

     

     

    RITUAL

     

    “La noche relampaguea dentro

    de tu máscara.”

    ALEJANDRA PIZARNIK

     

    Soy árbol desgajado

    en mitad de su pulso

    y una mácula absorta

    al borde del espejo.

     

     

    Renacía como el Fénix

    desde mi propia hondura

    y hoy tan sólo

    interpreto

    el libro de la vida

    en un teatro marchito.

     

     

    Comienza el espectáculo

    y el público se inquieta.

     

     

    Ya me pondré la máscara

    para salir a escena.

    Teresa Palazzo Conti

    www.lapoesiadeteresa.com

     

    Literatura en Guinea Bissau.

    Por Cristian Claudio Casadey Jarai.

     

    Hablar de literatura africana en nuestra lengua es algo todavía sumamente difícil. A pesar de haber abandonado ya hace casi una década el famoso y esperado año 2000, muchas cosas parecen haber quedado en el olvido o en el pasado, como si fueran sobrevivientes agonizantes de un tiempo que no les permitió avanzar.

    En el caso específico de Guinea Bissau, es muy complicado separar sus letras de su país hermano Cabo Verde. Se trata ciertamente de una literatura escasa y tardía, subordinada a la insular.

    El primer periódico, “Ecos de la Guiné” aparece recién en 1920 y la primera universidad en 1990. Carlos Semedo con su libro “Poemas” de 1963 será el primer poeta de la joven república africana. Es imposible no nombrar al carismático caboverdiano Almícar Cabral, líder del Partido para la Independencia de la Guinea y Cabo Verde, autor de poesías y ensayos de mucha influencia en el África de habla portuguesa.

    Interesante es el caso de Abdulai Sila que en su novela “Eterna Pasión” de 1994 cuenta la historia de un americano de raíces negras que decide emigrar a África en busca de su identidad.

    La cruenta guerra colonial portuguesa, llamada también guerra de ultramar o guerra de liberación ha dejado su impronta en la reciente narrativa portuguesa, como por ejemplo en las obras de Manuel Alegre y Antonio Lobo Antunez entre otros. La lucha guerrillera fue extensa y ardua. La independencia de Cabo Verde y Guinea Bissau, como la de las restantes colonias portuguesas africanas (Mozambique, Angola y Sao Tomé) no se obtuvo hasta la llegada de la década de los setenta. Las Naciones Unidas reconocieron la independencia de Guinea Bissau el 24 de septiembre del 1973. Portugal no la aceptó hasta un año después, luego de la caída del gobierno salazarista respaldada por la Revolución de los Claveles.

    Es de esperar, con fe y esperanza en el futuro, los frutos de la nueva generación de creadores africanos, que a pesar de las adversidades actuales lucha día a día por expresarse y contribuir a la cultura universal.

     

     

    LA HIJA DEL SOL Y LA LUNA

     

    Desde la agreste quebrada
    dónde el cóndor hace nido,
    desde el cerro bendecido
    por su belleza encantada,
    mi tierra es tierra sagrada
    hija del sol y la luna,
    hermosa como ninguna,
    por el poeta ensalzada.
    Es mi tierra tan amada
    de valientes indios cuna.

    Aroma a menta y tomillo,
    cola de quirquincho y berro,
    parece un jardín mi cerro,
    entre verdosos junquillos
    agua que corre en pasillos
    entre cumbres y quebradas,
    cae en preciosas cascadas
    deslizándose hasta el río,
    mientras en libre albedrío
    cantan grillos y cigarras.

    Montes, valles, lagos, ríos,
    manantiales y cascadas,
    sembró Dios en la alborada
    la tierra dónde he nacido
    y cuando el godo abusivo
    no dio tregua y quiso guerra
    en cada piedra en la sierra
    resonó mortal bramido
    ¡Antes muertos qué vencidos,
    no entregaremos la tierra!
     

     


    María Magdalena Gabetta

     

     

    SIEMPRE AGRADECIDO

     

    Imploro tu sonrisa día y noche,

    la aurora es espesa y busca luna,

    busca un pasado sumergido

    en un vaso de disculpa con anís.

    Si tus ojos no me buscaran

    qué perdido estaría entre mí,

    qué vacío inmenso busca espacio,

    qué dolor en la ceniza se consuma.

    Tu perdón es una mano abierta

    ciega, pura y confiada que da

    más que recibe y es caliente

    su caricia entregada siempre.

    Soy paz porque tu paz es amor,

    un amor que da la calma

    y es derrota el pozo de mi tedio,

    y es blancura tu sonrisa de luz.

    Tu perdón es un dulce manjar

    que saboreo en los límites

    de parques y paseos al sol,

    tu perdón es todo lo que tengo.

    No te vayas criatura celeste,

    no te vayas de mi miedo a Dios,

    pues se queman las virtudes

    en el fuego infravalorado.

    Cuando rozamos las estrellas

    buscando redondo epitafio

    también buscan los astros una voz

    tranquila en la guerra de la calle.

    También se buscan elixires

    trepados en el azúcar de diamante

    que en tus te quieros revientan,

    soy malo por llevarte sin carabina

    ni custodia que vigile tu azul.

    Soy mal hombre que pertenece

    a tu sendero desnudo

    que sentencia un cenit sólo visto

    por nuestra cópula de galaxia.

    Existe un cielo en tu mirada,

    una mirada que busca fuente

    rodeada de besos y abrazos,

    de te amos rotos en los labios.

    Vas pasando frío en la cloaca

    del mundo y te arrojan salvajes

    despistes de metal en el silencio,

    eres mujer sencilla y frágil

    que te conformas con poca cosa,

    quizá una cama, una ventana,

    y un pantalón vaquero,

    quizá un verso que te saque

    de tu cocina, quizá un suspiro

    oportuno y cercano, quizá

    la comprensión y la calma

    en anaqueles pulcros y neveras

    repletas de calidad de vida,

    quizá un desmaquillador

    de barba de tres días y pasión

    en el romanticismo fucsia

    de tu pintalabios alocado.

    Pero todos los perdones son

    una cadena que acaba pesando,

    son meses de economía austera

    y cigarrillos baratos sin filtro,

    son torpes peldaños que se derriten

    con las disputas y los gritos,

    son resbalones en la bañera

    y un vuelco el corazón que cae solo,

    son ratas que en la noche callada

    renuncian a su mundo invisible,

    son todo eso que sabes

    que marchita los sentimientos,

    son todos esos perdones

    por los que debo estarte agradecido.

     

    Por Cecilio Olivero Muñoz

     

     

    WOMAN DEL CALLAO

     

    Dónde estás tú, dónde estoy yo,

    dónde está el norte y dónde el sur,

    quisiera ser para ti eterno sol,

    quisiera ser alegría redonda,

    quisiera ser pasión sin nudo,

    quisiera ser gracia que se improvisa,

    quiero ser paciencia de agua,

    quiero ser tu confiado socorro.

    Me duele expulsarte de tu paraíso

    con el turno de la dulce noche,

    despojarte de la ternura del beso,

    arrancarte de la volteleta ciega,

    expropiarte la pureza a ratos

    de arrebato doliente,

    desahuciarte de tu libre mirada,

    negarte una nueva posibilidad.

    ¿Qué hace una mujer tan bendita

    de la mano de un juguete roto?

    ¿Qué clase de anti-juez sin paz

    te sostiene la mirada hecha añicos?

    ¿Qué púlpito de negrura asola

    tu voz huída en tu inocencia?

    ¿Qué beso de ti se me ha escapado?

    ¿Qué mirar de soslayo

    fue miedo de sombra sin nombre?

    ¿Qué azul de ti se fue tan callando?

    ¿Qué rosa nació con la espina

    dolorosa de la libertad soñada?

    ¿Qué canción no rima todavía?

    ¿Qué conclusión tan nefasta

    da pasos en el ahogo a solas

    de este verso desesperado?

    ¿Por qué mi amor tú tan lejos?

    ¿Por qué me dueles tanto?

    ¿Qué ritmo dió la noche

    a la tormenta de sabor a selva?

    ¿Qué suspiro negro de mí

    te llevas al irte?

    ¿Qué bofetada del silencio

    se retuerce como pez fuera del agua?

    ¿Por qué el amor es tan dificil?

    ¿Por qué mi voluntad es un preso

    anciano, sabio y cansado?

    Woman del Callao me dueles,

    me dueles al alba, y de noche,

    me dueles a solas o sin ti,

    me dueles cuando miras

    a la ciudad que te enseña sus dientes.

    Me dueles cuando vas sola

    por el llanto del mundo.

    Me dueles cuando huyes

    de la verdad desnuda.

    Me dueles en la sombra

    del momento en el viento.

    Me dueles cuando callas, cuando vives,

    cuando andas, cuando flaqueas.

    Si te rodeo en mis brazos

    y veo que ves

    el loco poema

    del guardián de espejos,

    me muero por dentro y todo tú

    me corroes.

    Te beso y no cierro la esperanza secreta

    que nos mantiene soñando.

    Me conmueve el sabor

    de tu sueño sacudiéndose.

    Me enamora la alegría

    de tu presencia que regala sin descanso.

     

    Por Cecilio Olivero Muñoz

    nevandoenlaguinea@hotmail.com

    E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

     

     

     

16º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

16º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXVI   05-12-2.008

 

XVI EDITORIAL

 

 

Sobre premios y premiados

 

La semana pasada asistimos a la concesión de dos premios, el Nacional de Literatura y el Cervantes, a Juan Goytisolo y a Juan Marsé, respectivamente, dos escritores sin duda únicos, que han aportado una obra que consideramos a todas luces excelente y determinante en la historia de la literatura española tanto para su generación como para los escritores que les han sucedido.

 

El escritor Juan Goytisolo ha recibido el Premio Nacional de Literatura, que distingue la obra de toda una vida. El galardonado ha hecho mella de su habitual escepticismo y ha acogido el premio no sin muestras de cierta distancia. De hecho, se trata de un escritor conocido (y reconocido) por su falta de apego a los oropeles de las artes y por ser poco afín a participar en la prosopopeya del mundo de la cultura. Evidentemente, a nadie se le escapa que Juan Goytisolo es uno de los grandes escritores de este país, y lo es no sólo por su prosa, sino por su experimentación literaria. Se trata de un escritor que se ha adentrado por varios géneros, ha querido innovar y lo ha conseguido. Esto le convierte en un escritor único, en alguien que resulta a todas luces imprescindible por su singularidad y maestría.

 

Nos alegra especialmente porque Juan Goytisolo, además de un buen escritor, es también un autor que ha hecho gala de una inmensa preocupación por las variadas expresiones de la cultura. Se ha interesado por autores de la historia de España, en este sentido relevante ha sido su acercamiento a Blanco White, uno de los escritores del siglo XIX más crítico con la sociedad española y sus costumbres. Pero también se ha interesado por la inmigración que ha llegado a España en los últimos años y de cómo se ha ido incorporando a la sociedad española, en especial la inmigración magrebí. Creemos que Juan Goytisolo no es sólo un escritor en el sentido estricto de la palabra, es ante todo un humanista en el sentido más amplio, una persona que ha mirado con curiosidad el mundo que le envuelve y lo ha sabido, además, transmitir.

 

En cuanto a Juan Marsé, Premio Cervantes, es un escritor que ha conseguido crear un mundo propio a partir de los elementos de una época, la posguerra más inmediata y los años posteriores, y un ámbito geográfico muy concreto, el barrio del Carmelo, el Guinardó y el barrio de la Salud de Barcelona, zonas que han sido el espacio vital de las historias narradas en buena parte de sus novelas y relatos. Juan Marsé ha transmitido un ambiente, una cotidianidad que brota con absoluta naturalidad de sus textos, con una fuerza visual impresionante. No en vano, ha sido considerado como uno de los mejores narradores vivos en lengua castellana.

 

Al igual que Juan Goytisolo, Marsé ha huido de los oropeles del ambiente literario y se ha dedicado a la escritura al margen siempre de polémicas y debates que nada tenían que ver con la literatura. Marsé es en buena medida la figura que encarna al escritor dedicado que se compromete con la palabra, con el estilo, que no se deja anquilosar por formas más o menos aceptadas, sino que se adentra en la prosa para absorber una realidad no siempre sencilla.

 

Somos conscientes por lo demás de que hay premios y premios. También de que con frecuencia los premios reflejan la opinión de un determinado grupo de personas que deciden la concesión del mismo. Hay por tanto criterios distintos y con frecuencia también es diferente la repercusión que produce tanto en los autores como en la sociedad que rodea el rito del premio. Hace dos semanas nos hacíamos eco de la concesión del Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial a la Asociación Contexto, que agrupa a seis pequeñas editoriales, y nos alegrábamos por tratarse de un reconocimiento a una labor iniciada hace bien poco tiempo y cuyo premio se lograba una mejor promoción de sus objetivos. Pero hay otros premios que lo que buscan es reconocer la labor de un determinado autor, darle rango a lo ya conocido. Es el caso del Premio Nacional de Literatura y del Premio Cervantes. En ambos casos los premios, creemos, han sido muy acertados, aun cuando, como los insinuara Juan Goytisolo, no les añada nada a ninguno de los dos escritores, es verdad, pero es un reconocimiento merecido que tampoco sobra y sirve para que algunos lectores vuelvan a sus libros, y a los de Juan Marsé, y otros los descubran.

 

***

 

Hemos recibido con pesar la noticia de la muerte del poeta y traductor Ángel Campos Pámpano. Fue autor de varios poemarios, traductor autores portugueses -Fernando Pessoa, José Saramago, Eugénio de Andrade, Antonio Ramos Rosa, entre otros- e impulsor de revistas como Espaço Escrito o Falar de Poesía. Invitamos a leerlo, que es el único homenaje que le podemos dar.

 

 

 

 

EL AMOR ES COSA DE DOS

 

Él alto y muy delgado,

ella de personalidad ausente,

él lleva el corazón viciado

con quietud de agua corriente,

ella va de mañana al mercado,

le gusta comer comida caliente.

Él casi no prueba bocado,

está nervioso por un cliente,

su despotismo le ha preocupado,

le ha dejado rabia persistente

y un madrugón impagado,

pero él es inteligente,

se olvida de lo mal recordado,

a él no le causa la gente

ese tibio dolor descompasado,

esa mezcla de ruido en la mente

entre marca de tajo cicratizado

y ese temor al barrio impertinente.

Ella es sombra casi sin pecado,

es amor que mira valiente,

es momento que nace cegado,

es suspiro siempre penitente,

es derrota que se ha logrado,

es pensamiento efervescente,

también es pisotón intencionado,

es risa siempre frecuente,

es arrebato desequilibrado.

Grita a su marido absorvente,

él le contesta casi inusitado,

ella cree que él le miente,

él echa de menos su pasado,

ella sueña un amor resistente,

él dice que está quemado,

ella le dice que es muy exigente,

él le reprocha lo reprochado,

ella llena de ira se resiente

y él se arrepiente de haberse casado.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

Las sagas de Carlos

 

 

         Carlos comenzó a recitar aquellas largas sagas que se sabía de memoria y todos le miramos horrorizados porque sabíamos, después de veinte noches de copas juntos, que nada nos iba a ahorrar la arenga poética. Todos menos Mabel, que lo miró al principio atónita, después sorprendida al comprobar que no se estaba marcando, como creyó en un primer momento, un farol y, por fin, admirada por la sapiencia de nuestro colega más joven y sin duda más genial. Porque Carlos era sin la menor duda el colaborador más joven y más genial. Claro que Mabel, que terminaba recién sus diez meses sabáticos autorizados por el Consejo de Estudios, y desde luego bien merecidos, meses en los que se dedicó a viajar por Francia e Italia en busca una vez más del Santo Grial, no conocía a Carlos porque fue en ese tiempo de ausencia que él se incorporó. Recién llegado con una beca ridícula -si no fuera ridícula, no sería una beca, había declarado nuestro maestro de ceremonias, el catedrático Viennes-, preparaba una tesis de literatura medieval y para justificar el honor de estar entre nosotros, insignes profesores de la cátedra de literatura medieval, un club muy selecto, le habíamos tenido como lector, archivero, consultor, bibliotecario, administrativo, corrector, custodio, monitor, acompañante y traductor, hasta que descubrimos, en la segunda o tercera cena de cátedra, que era capaz de recitar cánticos enteros en lengua d´Oil y que no se trataba una broma, como creímos nosotros también, de la primera cena o una consecuencia del vino de Burdeos que corría abundante por nuestras copas, sino que sus atentas y profundas lecturas de las mismas, además de una prodigiosa memoria, le habían permitido retener cientos y cientos de versos, al tiempo que recitaba como un rapsoda de la época y, como consecuencia de ello, le nombramos vate oficial, trovador de nuestra corte, y le declaramos joven genial.

         Lo que no previmos en aquella vigésima primera cena era que Mabel, nuestra Mabel, a quien todos los solteros de la cátedra, y quizá también algún casado, pero permitan que no abra la caja de Pandora en materia tan peligrosa, habíamos querido seducir en algún momento sin conseguirlo ni de lejos, se enamorara de él en ese mismo momento, la primera vez que veía, repito, al susodicho vado, lo cual provocó que se deshiciera de repente toda la simpatía que sentíamos hacia Carlos, como era natural, ya que no sólo nos veíamos obligados a competir por asegurar nuestras plazas y mejorar nuestra situación universitaria, sino que luchábamos por conquistar a nuestra compañera, al menos los solteros, a quien por cierto su carrera no parecía interesarle lo más mínimo, tal vez porque todos aceptábamos que era la que más sabía de simbolismo medieval y era nada menos que la quinta generación de medievalistas archiconocidos en las universidades de todo el planeta. Era además bella, de una belleza que parecía haber heredado directamente de las páginas de los libros añejos, lo que ella tampoco gustaba de promocionar, pues se había impuesto una discreta y uniforme línea de vestidos comedidos en las formas y algo masculinizantes, lo que por otro lado y quizá a su pesar no ocultaba en absoluto su belleza. No por su empeño de disimular su belleza dejó de ser amada, que no sólo hubo mera atracción física, y de tanto en tanto alguno de nosotros intentamos jugar al juego del amor con ella, siendo el trastazo por sus desplantes bastante monumental en todos los casos.

         A la mañana siguiente el joven Carlos apareció por mi estudio. Me llamó desde la esquina y su voz sonaba tan triste que no pude menos que decirle que subiera. No niego que esperaba que me contara su rotundo fracaso con Mabel y que vaticinaba cierta alegría por ello. En efecto, cuando subió las escaleras y se presentó ante mí su aspecto denotaba toda la tristeza de quien ha sido cruelmente rechazado, pues era más que evidente que tras todo el interés demostrado por Mabel a lo largo de la cena, lo que ya suponía una victoria con respecto a nuestros tristes intentos de seducción, no había sido más que el renovado ejercicio del juego del amour de loin, y por tanto su fracaso en la hora postrera le hundía todavía más que a cualquier otro mortal, pues él caía de una altura mucho mayor que la de los otros postulantes de su amor, al fin y al cabo todos fuimos testigos de cómo ella conversó largo y tendido con él, de cómo le miraba con atención, de cómo discutieron de trovadores y del arte del bien trovar, incluso pudimos apreciar cómo varias veces le tomó ella la mano derecha, con atención primorosa, con la dulzura prístina de aquellas sagas tantas veces leídas por todos nosotros y que en ese momento parecían haber sido escritos sólo para ellos, los únicos portadores de sus secretos. 

         No quería yo ahondar en la herida, pero no niego que ardía en deseos de conocer los pormenores del fracaso, o sea, del final de la velada. Con sublime delicadeza le pregunté la causa de su tristeza. No pude dar crédito a mis oídos cuando me confesó, con lágrimas en los ojos, que ya en la alcoba de la anhelada dama, cuando todo apuntaba a la felicidad suprema, la mera referencia del verso CMXXI de un poema anónimo hallado recientemente en Tours dio lugar a una divergencia entre los dos entusiastas eruditos, lo que motivó un nuevo diálogo apenas corrompido por la pasión, el fasto del momento o el vino consumido. El joven Carlos defendió con ahínco su tesis, pero no contaba con la sapiencia de su contrincante, que con una naturalidad rayana lo genial le rebatió con simplicidad sus argumentos. Fue tan duro el golpe que Carlos abandonó todo combate, inclusive el que estaba  apunto de ganar. Me dio pena el muchacho. ¡Tenía aún tantas cosas que aprender!

 

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

LECCIONES DE COMPORTAMIENTO

 

Si te oprime en el pecho algo,

si toda tu causa es ser feliz,

si pagastes un precio muy caro,

si piensas tan sólo en ti,

si culpas a la crisis y al paro,

si deseas tan sólo vivir,

si deseas otro mundo raro,

si deseas cambiar tu matiz,

si deseas pasar por el aro

desea la paz para vivir,

desea un mundo logrado

que nace todo para nosotros,

no te des con un canto rodado,

date tregua, sé de los otros,

acaba con lo comenzado,

que la vida respire en tus poros,

encuentra siempre sendero,

desea una paz nunca vista,

  ponle música al minutero,

disimula tu vena artista,

no pongas a nada un pero,

vive de manera altruista,

intenta ser siempre sincero,

nunca seas pesimista,

confía en el amor verdadero,

pierde el orgullo de vista,

ocupa si no ves casero,

vive de manera distinta,

renuncia al podrido tablero,

moja tus frustraciones en tinta,

sé tú mismo o sé diferente,

cámbiale a todo la pinta,

vive siempre el presente,

deja que todo exista,

sé un cobarde valiente,

apártate de lo victimista,

intenta tener limpia tu mente,

perdónate a ti mismo la vida,

ríete de lo consecuente,

no hurgues nunca en la herida,

deja tu idea patente,

canta tu canción preferida,

mira siempre al frente,

siente la voz del instinto,

recuerda lo que está ausente,

no digas nunca me rindo,

haz el amor frecuentemente,

 cáete de un nuevo guindo,

di te quiero a quien quieres,

no hagas jamás la puñeta,

lucha si siempre tú pierdes,

no te cambies la chaqueta,

recuerda lo que tú eres,

mama siempre de la teta,

encuéntrate si te pierdes,

huye de las alcahuetas,

vive por que nunca mueres,

huye de las fingidas maneras,

refínate si tú quieres,

ama entre las trincheras,

vive esta vida de vaivenes,

 haz del amor tu condena,

colecciona distintos sostenes,

sonríele a la oscura pena,

ponle negrura a los papeles,

sé de la alegría mecenas,

traspasa de luz a las pieles,

ponle a tu sordera antenas,

endúlzate con dulces mieles,

lucha contra las cadenas,

hazte fiel a los infieles,

mira la luz de las estrellas

y desea la paz siempre.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

Cuando Ramón abrió los ojos aquella mañana, lo primero que vio justo en la pared frente a su cama fue una mancha de humedad con la forma perfecta de un payaso.

–Qué ironía –pensó–. Un payaso en este lugar tan sórdido y lúgubre.

¿Pero qué lugar era aquel sórdido y lúgubre en el que había amanecido Ramón esa mañana? En la confusión del despertar apenas podía recordar dónde se encontraba y, mucho menos, cómo había llegado allí. Pero ese momento de plena libertad que transcurre cuando nuestra conciencia aún no ha sido inundada por las aflicciones y amarguras propias de la humanidad, tan sólo permaneció durante un breve instante de salvación en la mente de Ramón. Una fugaz mirada hacia la derecha bastó para devolverle de golpe a la profundidad del abismo desde donde resurgía su triste realidad.

Allí se levantaban, rígidas y amenazadoras, las mismas rejas oxidadas que la noche anterior se cerraban a su espalda, confinándole en la más absoluta de las miserias a la que puede ser arrojado un ser humano. Ramón sabía que sólo saldría de aquella oscura y húmeda celda para dirigirse a la aún más oscura, aunque salvadora, muerte en el paredón.

¿Pero por qué tan cruel final para una vida joven y llena de ilusiones? Su confusa conciencia aún se sentía incapaz de vislumbrar con claridad la totalidad de la desesperanza que le había conducido ante aquella desgraciada situación. Las borrosas imágenes de su pasado más reciente, el vivido tan sólo unas horas atrás, irrumpían en su cerebro con una lentitud desesperante, como una película en blanco y negro en cámara lenta y descolorida por el tiempo, como si se tratase de una realidad transcurrida muchos años atrás y vivida por otras personas en otros tiempos.

Desafortunadamente no cabía duda de que había sido él el protagonista de aquella barbarie perpetrada el día anterior y que empezaba a cobrar una trágica solidez en su atormentada cabeza de recluso. Ahora sí podía recordar con tremenda claridad el momento en el que, junto con sus exaltados compañeros, vaciaban todas aquellas latas de gasoil sobre los destartalados bancos de madera de la iglesia de San Esteban, la misma en la que tantos sermones del padre Antonio había oído durante su infancia y juventud junto a su padre y hermanos. El mismo padre Antonio que en esos momentos de locura yacía moribundo, aunque con la suficiente lucidez como para percatarse de todo lo que ocurría, sobre el sagrado suelo de su parroquia de toda la vida.

Por desgracia, la sucesión de horribles imágenes no se detenían ahí. También pudo ver sus propias manos encendiendo la cerilla que haría sucumbir bajo las llamas al antiguo edificio de arquitectura barroca y poner fin a la también antigua vida de su párroco. “¡Arde en el infierno, maldito cura fascista del demonio!” oyó gritar a su compañero Miguel mientras todos corrían despavoridos para ponerse a salvo, desperdigándose sin control por las empedradas calles del pacífico pueblo que los había visto crecer. Por un instante también se le encendió en la mente la figura de su amigo Miguel quince años atrás, vestido con un inmaculado traje blanco de marinero, a unos metros del altar de la iglesia que acababan de incendiar, arrodillado frente al padre Antonio, aquel cura al que acababan de quemar vivo y al que el mismo Miguel había golpeado cruelmente en la cabeza minutos antes; lo podía ver claramente recibiendo por primera vez el sagrado sacramento de la comunión; también podía ver con nitidez, ya que él estaba a su lado en tan insigne momento, como lo había estado siempre, la sonrisa bonachona y sincera del párroco al tiempo que colocaba sobre la lengua de su futuro verdugo la redonda lámina comestible que por aquel entonces todos estaban convencidos de que era el cuerpo de Jesucristo, y que con tanta ilusión y alegría recibían en aquel día junto con el resto de compañeros de clase, incluida María, que aún no podía albergar ni sombra de sospecha de que terminaría locamente enamorada de aquel muchacho de tez pálida y pelo revuelto cuyo máximo empeño en la vida consistía en pellizcarle el culo siempre que tenía ocasión, y al que todos llamaban Ramoncito.

“¡Dios mío, María!” su abstraído subconsciente no había perdido aún la costumbre de invocar al Dios olvidado en momentos de desesperanza, como lo era justo aquél, en el que la imagen de su amada tendida sobre el inmundo suelo, inerte y con la cabeza destrozada por la certera bala de un soldado fascista, tan oportuno como despiadado, se le presentó con una brutalidad inusitada haciéndole saltar del desvencijado catre para agarrarse con rabia e impotencia a las rejas que le arrebataban la libertad. Y fue entonces cuando el duro y valiente Ramón volvió a convertirse en el inocente Ramoncito de hacía quince años; llorando desconsoladamente regresó al mugriento colchón y se entregó por completo al cruel destino al que las circunstancias le habían empujado y que ingenuamente él creía haber elegido libremente.

En su agonía no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a esa situación; cómo había podido ser capaz de empujar a la locura a todos sus antiguos amigos y, sobre todo, cómo había permitido que le siguiese en su delirio también María, la angelical María, la persona a la que más había querido en el mundo y por la que sería capaz incluso de ingresar en un seminario si se lo pidiese, no digamos ya de dar la vida por ella si pudiera. Pero no; en vez de pedirle que ingresara en un seminario le animó a continuar con su cruzada antifascista y le apoyó en su particular lucha por salvar el mundo de las hordas nacionales que amenazaban la libertad.

¡Qué ingenuo! Salvar el mundo. Cómo si éste dependiese de un pobre infeliz como él o de un grupo de desalmados revolucionarios iluminados. En estos momentos de amargura ni tan siquiera estaba seguro de la verdad por la que luchaban. Pensó que también aquel miliciano fascista que le arrebató de un disparo y para siempre a su querida María, tendría una verdad por la que perseguir y exterminar a personas como él; pensó que el padre Antonio también había muerto injustamente por una verdad incomprensible para todos ellos. Pensó que tal vez no existiese ninguna verdad por la que matar o morir. Claro que qué sentido tenía ya pensar en todo esto.

En estas angustiosas reflexiones se encontraba Ramón cuando de nuevo su mente fue tornándose difusa y, poco a poco, sin apenas percatarse de ello, fue dejando la tormentosa realidad que le atenazaba para penetrar en el tranquilizador mundo de los sueños, donde aún existía la esperanza.

Cuando volvió a abrir los ojos, pensó que tan sólo habían transcurridos unos pocos segundos desde que su cerebro fabricase aquel extraño sueño que difícilmente podía recordar; años más tarde sospecharía que fueron mucho más que segundos. Lo primero que pudo ver apoyado sobre la pared que tenía en frente de su acogedora habitación y junto a la videoconsola y el televisor, fue el payaso de trapo que le regaló su padre al cumplir cinco años. Habían pasado ya cuatro años de eso y aún lo conservaba intacto, como uno de sus juguetes preferidos. Más adelante, también presentiría que el motivo de su conservación era otro bien distinto, más profundo y misterioso, cuando el mismo payaso de trapo, envejecido y algo remendado y en esta ocasión en el dormitorio de su propio hijo, volviese a ser el lazo de unión entre dos épocas bien distintas dentro del mismo mundo, aunque vividas por el mismo espíritu.

En ese primer instante de lucidez, trató de aferrarse con fuerza a la borrosa reminiscencia que aún flotaba en su mente y en la que se veía a él mismo, aunque bastante mayor y cambiado, encerrado en una oscura prisión y recordando inquietantes sucesos sobre el incendio de una iglesia, la muerte de un cura, amigos entrañables y un apasionado amor. “Qué tontería”, pensó el pequeño Ramón, “¿por qué iba nadie a quemar una iglesia?”. ¿Y quién sería esa tal María a la que era incapaz de verle el rostro? Con nueve años, a Ramón aún le producía náuseas la idea de enamorarse de alguien. Tampoco podía entender por qué en ese momento de confusión sentía tanta ansiedad y desesperanza, y su corazón le mantenía en un estado de agitación que nunca antes recordaba haber experimentado.

Pero al igual que todos los sueños, este también fue desvaneciéndose misteriosamente de la conciencia de aquel inocente niño, aunque no así de su más profundo subconsciente, donde permaneció durante años esperando con paciencia la oportunidad para resurgir de nuevo, justo en el momento en que su portador fuese capaz de comprender por qué un trágico suceso acaecido en un tenebroso pasado había sido evocado setenta años después en la mente virgen de una cándido muchacho de nueve años.

 

Por Pedro Estudillo Butrón

 

 

 

 

Beber y vivir de ti


Y con mis ojos
te admiraré
y admiraré
tus ojos
hasta que me inunde
de tu brillo
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu luz.

Y con mis manos
te sentiré
y sentiré
tus manos
hasta que me inunde
de tu calor
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu abrigo.

Y con mi lengua
te recorreré
y recorreré
tu lengua
hasta que me inunde
de tu saliva
y ya sólo beba
y ya sólo viva
de tu agua.

 

 

Por Juan Fran Núñez Parreño

 

 

 

Si te vas…


Cuando aún no había Sol
tú ya eras luz,
cuando todo era silencio
tú ya eras risa,
no había tierra
ni agua
y ya eras oro
y vino.

Llegaron los labios
y la mirada
y tú ya eras beso
y cuerpo.

Apareciste tú
y nació el amor.

Si te vas
se irán las estrellas
y el Sol
y ya no habrá
noches ni amaneceres
para el amor.

Si te vas
se irá el mar
y el viento
y ya no habrá
playas ni otoños
para el amor.

Si te vas
se irán las flores
y los corazones
y ya no habrá
perfumes ni latidos
para el amor.

Si te vas
se irá la música
y la miel
y ya no habrá
canciones ni dulces
para el amor.

 

 

Si te vas
ya nunca habrá amor.

 

 

Por Juan Fran Núñez Parreño

 

 

 

AMOR CLANDESTINO

 

Quise embrujarte, hechizarte, con todas las armas de mujer. Te embrujé, te hechicé y usé las armas de mujer.

Tú me hiciste sentir mujer.

Yo quise hacerte sentir hombre. Aproveché mi feminidad, mi cuerpo, mis curvas para que te embriagaras de mí, te seduje con la mirada, con la sonrisa, con mis gestos insinuantes, mis movimientos sensuales.

No te dejé opción, me hiciste tuya y yo te hice mío, un día tras otro.

Mujer desbocada llena de pasión, de ardor, de fuego por desear tu cuerpo, de pensar que tú deseas el mío.

Mujer descontrolada por tu piel, por tu aroma, hazme el amor, una y otra vez.

Mantengamos nuestro juego en la clandestinidad, que nadie lo sepa, solos tú y yo, en nuestro paraíso.

Escondámonos para que nadie nos vea, para que nadie pueda interferir, para saber que lo que estamos haciendo está prohibido, y en lo prohibido está la tentación y el deseo.

Mantengamos la clandestinidad solo por el morbo que produce que vamos a ser amados y poseídos tantas veces como queramos.

Sigamos tentándonos, sabemos que nos pertenecemos, pero nuestra pasión es prohibida. Alimentémosla pues de caricias, de besos, abrazos, de cuerpos ardientes, pieles desnudas, excitadas por el momento,.. dejemos nuestra imaginación volar.

En nuestro silencio está el secreto, en nuestro secreto la pasión, y bajo esa pasión un amor correspondido y prohibido.

Reconozco que te embrujé, que te hechicé con armas de mujer, reconoce que me embrujaste, y me hechizaste con armas de hombre.

Por ti soy mujer en todo su esplendor, por mi eres hombre en plana excitación.

Silencio oculto, que solo rompemos y chillamos al llegar al placer de nuestra entrega.

Hombre déjame seguir bajo tu embrujo, bajo tu hechizo, hombre déjate llevar por mi sensualidad, por mi placer, por mi gozo.

 

Amor clandestino, nuestro amor

solo nuestro,

solo los dos…

 

 

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

 

ÁNGELES PERDIDOS

 

 

Ángeles perdidos, ángeles encontrados, ángeles por buscar, ángeles,…

Alas revoloteando ilusiones, esperanzas,…,alas perdidas, ¿dónde encontrarlas?, ¿dónde buscarlas?.

Ángeles no os olvidéis de mí, necesito de vuestras alas para volar, para que sus plumas me acaricien y dejarme sentir por ellas el amor y cariño que necesito, el que anhelo, el que busco.

¿Ángeles dónde estáis para mí?.

Quiero de vuestra fantasía, quiero de vuestro don, y llevadme, llevadme muy lejos junto a vosotros para buscar a mi amante, y así podré dejaros, para dar paso a que sea mi amante el que me acaricie, el que me haga fantasear, el que me haga volar entre sus brazos apoyando mi cabeza en su pecho.

Ángeles, ayudadme a buscar a mi ángel perdido.

Y cuando lo encontremos, hacednos compañía, porque cuando esté con mi amado y nos amemos, no haya lugar a que esa pasión pueda terminar, ser nuestros cómplices para la eternidad.

¡Ángeles escuchadme!, no quiero más ángeles perdidos, solo busco mi ángel perdido.

 

 

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

 

 

 

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15º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

 

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15º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXV 22-11-2.008

 

EDITORIAL XV

La Asociación Contexto y el Proyecto Europeana

 

Nos hacemos eco de dos iniciativas que sin duda merecen nuestro aplauso e iluminan en buena medida el tenebroso panorama que nos rodea.

 

Por un lado, se ha concedido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial de 2008 a la Asociación Contexto, que agrupa a siete pequeñas editoriales. Son: Libros del Asteroide, Barataria, Global Rythm, Impedimenta, Nórdica, Periférica y Sexto Piso. Evidentemente felicitamos a los galardonados y nos alegramos por la concesión de este premio, que nos parece justo y que llega además en un momento de crisis cuyas consecuencias ignoramos en el ámbito cultural.

 

Las editoriales, lo hemos comentado en alguna ocasión, son importantes en la labor de dar a conocer y difundir a nuevos autores. Las nuevas tecnologías brindan nuevas oportunidades y abaratan los costes de edición, pero la distribución sigue siendo complicada y también lo es la tarea de difusión, de acceso a los lectores en una sociedad en la que la información excede, a veces de un modo descontrolado, los niveles de recepción que cualquier de nosotros, como individuos, podemos alcanzar. Por otro lado, las editoriales son empresas y como tales han de obtener beneficios o por lo menos no sufrir pérdidas que harían imposible su tarea.

 

Este premio supone, sin duda, un espaldarazo a su labor. Por fortuna, ha aparecido un sinfín de editoriales, además de las mencionadas, que están apostando por la calidad tanto de los contenidos literarios como del trabajo de edición. Dar conocer esta labor es imprescindible y desde luego este premio supone una promoción importante entre el público lector. Que se conozcan las editoriales, que sus libros estén en las bibliotecas y en las librerías, que se mantenga un mínimo de calidad, que se difundan a sus autores, son objetivos que debemos todos apoyar, nosotros, desde aquí, desde la modestia de un medio como este blog, o desde ámbitos con mayor repercusión como son los de gestión pública cultural.

 

Reiteramos por tanto nuestra felicitación y esperamos que sea el comienzo de una política activa de ayuda a la cultura, tan necesaria en un momento en el que los valores sociales parece que vayan por otros derroteros.

 

Por otro lado, el pasado jueves se iniciaba el Proyecto Europeana, en el que se integran bibliotecas, museos e instituciones culturales europeos, todo ello fomentado por el Consejo de Europa, y que pone a disposición de los interesados archivos culturales que sin duda van a ser útiles para quienes accedan a la nueva web. Literatura, cine, música, hemeroteca, el inmenso contenido de la misma supone una red de información cultural sin parangón y por una vez sentimos que las Instituciones Europeas se preocupan por la cultura y dan un paso a favor de unas herramientas de expansión cultural. Lástima que este paso se vea empañado por otro proyecto, que nos resulta menos amable, como es el Proyecto Bolonia de Universidades.

 

Tanto el Premio concedido a la Asociación Contexto como la aparición del Proyecto Europeana son dos buenas noticias que nos dan un poco de ánimo.

 

Para más información: www.contextodeeditores.com

www.europeana.eu

 

 

 

 

LÁGRIMAS DE GROUPIE

 

Hay demasiada canción de amor,

canción que galopa el sendero loco

del vinillo exhausto en la noche,

del sendero loco donde el brindis

es una mirada de corrido rimel,

son esas lágrimas de groupie

las únicas que su dinero valen,

a la sombra de titiris mundis,

de sátiros besos que aún viven

entre semillas que se abren de sueños,

entre portadas de discos que roban

un minuto de gloria en la calle,

existe luz en este norte triste,

en este norte que delira de paz.

New York está allí arriba,

levitando próxima a la luna gris,

bailando el Rock de los cautivos,

danzando la danza del siglo.

Hay vacías miradas que ruegan,

hay lágrimas de groupie en ti,

hay gemidos de azul en la noche,

hay desnudez en los suspiros.

Vamos, que lo puro nos llama,

que la noche espera con perlas,

con zapatos de tacón y mal vestida,

espera sentada en su filo,

ida de alcohol y sin memoria.

Latidos cansados del ruido,

interrogantes nacidos de más,

vueltas da el vinillo que suena

en la cara B de los anhelos libres,

y las lágrimas de una groupie

se mezclan de ácida y fría ceniza.

Medianas luces a lo lejos,

otro pulular brilla feliz sin mi voz,

estira aquel brazo y susurra

canciones en peldaños de plata,

respira mi yo, tan interior,

que su eterna súplica se calla.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

El avión

 

Recordarías, seguro, el momento exacto en el que tu madre te dijo que ibais a viajar en avión. De pronto sentirías un cosquilleo que te recorrería de la cabeza a los pies, unas ganas enormes de saltar, expandirte y gritar, una emoción que te inundaría por dentro aunque no sabrías entonces ni de lejos, a ti que tanto te gustaba hablar, explicar todo aquello. Lo cierto es que casi te pones a llorar por la emoción. No en vano habías crecido viendo aterrizar y despegar aviones, y lo que más deseabas era subirte a uno de ellos y ver el mundo desde aquellas alturas por las que volaban esos enormes cacharros que tanto te encandilaban cuando los contemplabas desde la loma. Comenzaste a correr por la casa y luego también por la calle simulando ser un avión, con los brazos en horizontal, como si fueran tus alas. Tu madre soltó una carcajada. Ni siquiera te importa a donde vamos, te dijo simulando desasosiego, y tú la miraste un instante, como si tuvieras que sentirte culpable por no importarte lo más mínimo a donde viajaríais, sino simplemente que ibais a subir, ¡por fin!, a un avión y este ascendería por los aires y entonces todo lo demás carecería de importancia porque habías conseguido lo que más deseabas, que era volar. Por mí, dijiste, como si nunca aterriza, podríamos vivir en el cielo, y tu madre volvió a reír, y tú te alegraste porque pocas eran las veces en las que veías contenta a tu madre, siempre iba con ese cejo preocupado, angustiado -otra palabra de aquellas, tantas ya, cuyo significado conocerías con el tiempo- por un sinfín de problemas que tú, entonces, no considerabas tan problemas, tal vez porque no conocías nada más que tu grupo de casas, próximas a las pistas del aeropuerto, y el trabajo agotador de las mujeres del andurrial, que de los hombres apenas sabías si trabajaban o no, simplemente porque nunca estaban presentes más que en las conversaciones, a veces cuchicheos, de las madres.

Es absolutamente imprescindible que compremos algunas cosas para el viaje, dijo tu madre, ropa para ti, por ejemplo. Entonces te paraste en seco. La miraste con atención. Debía de ser importante eso del viaje porque ella no solía gastarse el dinero en ropa nueva cuando hacia falta para tantas otras cosas, además ese “absolutamente imprescindible” te sonó duro y no dejaba lugar a dudas -cuando tu madre repetía eso de lo absolutamente imprescindible sólo quería decir que no había replica posible y que nos hallábamos ante algo importante- y entonces sí que te diste cuenta que el avión aterrizaría en algún sitio que debía, además, de ser muy lejos, porque si no cogeríais el autobús y no un avión, que era carísimo viajar en ellos, y tendría que haber una razón pero que muy importante para ir tan lejos. A dónde vamos, le preguntaste a tu madre, y ella te dijo un nombre, un nombre que no te sonaba de nada, y por no sonarte de nada lo olvidaste enseguida. Volviste a correr por entre las casas con los brazos como alas y de paso buscaste a Lidia o a Irene para decirles que ibas a subir a un avión, de hecho lo gritaste un par de veces, voy a ir en avión, y algunas mujeres te miraban sonrientes, pero no encontraste a Lidia ni a Irene, así que tuviste que conformarte con airear tu viaje a los cuatro vientos y saltar como una loca porque no podías reprimir la emoción ni veías el momento en que por fin subirías al avión, dentro de tres días, según te dijo tu madre en la cena mientras te enseñaba los billetes que no te dejó ni tocar, tú, con lo nerviosa que estás, los rompes, capaz.

Fueron tres días muy largos, seguro. Sin embargo, apenas te acuerdas de ellos, tú sólo pensabas en el vuelo, en esa sensación de velocidad que, según te habían contado, se sentía cuando un avión está a puntito de despegar. A veces, como cuando se lo dijiste a Lidia y a Irene, te ponías un poco triste, porque te ibas lejos y no sabías cuándo volverías a ver a tus amigas, o a la abuela Marcela, con quien tanto te reías cuando te contaba aquellas historias absurdas del pasado. Pero durante esos tres días sólo pensaste en el avión. Nada más. Poco te preocupaba lo que dejabas atrás y todo lo que te ibas a encontrar. Ibas a volar, te repetías una y mil veces, y cuando viste despegar un avión desde la loma en la que tantas veces te estiraste para ver los aviones, sabías que todo era distinto porque era cuestión de horas que subieras en uno de aquellos enormes cacharros.

Y llegó el momento. Por la mañana tu madre te puso de punta en blanco. Las vecinas iban pasando por casa mientras os arreglabais y como tu madre, tan precavida siempre, lo tenía todo listo, las maletas por un lado, con la ropa vuestra, la suya y la tuya, y su bolso por el otro, con los billetes, los pasaportes y el dinero, pues charlaba con las mujeres y se iba poniendo triste, incluso asomaron algunas lágrimas que no llegaron a correr por su mejillas porque tu madre, tú bien lo sabías, nunca lloraba.

No cabías en ti cuando fuisteis al aeropuerto. Estaba cerca. En línea recta desde tu casa podías distinguir las terminales y las dos torres desde donde se daban las órdenes a los comandantes de los aviones. Pero había que dar una vuelta enorme en el coche de la tía Mara y no veías el momento de llegar, y creíste por un momento que tal vez te despertarías entonces y te darías de morros con que todo fuera un sueño y que nunca fueses a subir a un avión, sin embargo llegasteis al aeropuerto, sí, y esperasteis vuestro turno en una cola que te pareció larga y lenta, y entregasteis la maleta a una azafata muy guapa vestida con un bonito uniforme azul y blanco, y ella os dio dos tarjetas de papel muy duro, casi cartón, que tu tía Mara te explicó que se llamaban tarjetas de embarque y que tendríais que entregarlas a una persona justo antes de subir al aparato, que así también llamaban a los aviones, y esperasteis un rato aún durante el cual la tía Mara y tu madre hablaron mientras tú lo mirabas todo con atención. La terminal estaba repleta de gente. Te preguntaste a dónde viajaría cada persona con quien te cruzabas e intentaste por un rato adivinarlo, pero no conocías realmente muchos nombres de ciudades fuera de tu país, e incluso las de tu país eran muchas veces meras referencias porque poco habías salido de la capital, pero al menos te sonaban algunas de los nombres que leíste en un enorme panel, te sonaban por ejemplo París y Roma, Nueva York y Buenos Aires, y te hizo gracia también el sonido de Tokio y de Bogotá cuando lo pronunciaste, muy bajito, para ti, y también reconociste la ciudad a la que ibas a viajar, la que te dijo tu madre dos días antes y que no sabías dónde estaba. ¡Qué ganas tenías de salir! Miraste de reojo a tu madre para ver si te decía que ya subíais al avión, pero también te gustaba que la tía Mara estuviera allí, con vosotras.

Tenemos que irnos, dijo de pronto tu madre, y ella y tía Mara se abrazaron, y luego tía Mara te besó y te abrazó, y te dijo que te cuidaras y que cuidaras a mamá. La verdad es que entonces te olvidaste por un momento que te ibas a subir a un avión y te pusiste triste porque viste a tía Mara ponerse triste. A veces tiene eso la vida, las cosas que nos gusta hacer conllevan hacer otras que no nos gustan tanto, pero te acordaste del avión y dejaste de lado apreciaciones más filosóficas. Os pusisteis en una fila tu madre y tú, mientras tía Mara se quedaba en el gran recibidor de la terminal. Pudiste ver que te decía adiós con una mano, sonriente, pero que tenía un pañuelo en la otra con la que se limpiaba las lágrimas que, a ella sí, caían por sus mejillas. Tu madre sacó de su bolso de mano los dos pasaportes, el suyo y el tuyo, y los entregó, cuando os tocó el turno, a un hombre uniformado que no sabrías decir si era policía o de alguna compañía aérea. Tú lo mirabas todo con atención, pero también con entusiasmo o emoción, no lo sabrías decir, que te impedía concentrarte en algo concreto. El hombre le devolvió los pasaportes a tu madre y pasasteis por un pasillo que desembocaba en una sala de enormes ventanales a través de los cuales veías las pistas y te diste cuenta también al cabo de un rato que al otro lado estaba tu casa e intentaste adivinar cuál era, pero no pudiste porque estaba lejos y todo se veía muy pequeño. Te despediste de tu casa y de la villa entera levantando la mano, casi sin pensar que aquel gesto podía ser una despedida, justo cuando tu madre tiró de ti para ir a la puerta 6, que era por donde debíais embarcar. En la puerta había otra cola de personas y un hombre recibía las tarjetas de embarque que, así se llamaban aquellos cartones, recordaste, de quienes iban a volar. Os tocó el turno. Tu madre entregó las dos tarjetas y el hombre te miró y sonrió. Al salir no pudiste evitar pegar un bote: allí estaba, el avión, uno concreto, nada menos que el tuyo, aquel en el que ibas a viajar, tan blanco y grande, más grande cuando lo veías ahora tan de cerca que cuando veías algún otro, o incluso quizá ese mismo, desde la loma junto a tu casa. En ese avión ibais a viajar y mientras os acercabais, estaba tan cerca que ibais a pie, sentiste algo que podía ser, tal vez, la felicidad, pero en ese momento era tan solo un cosquilleo en el estomago y una imposibilidad absoluta de hablar, de contar lo que estabas viviendo, de mirar siquiera a tu madre, que estaba a tu lado y que tampoco dijo nada porque, no lo supiste hasta más tarde, ya iba muy preocupada por aquel viaje.

Subisteis por una escalerilla tan estrecha que sólo cabía una persona. Al final, dos azafatas muy guapas os esperaban con sonrisas de oreja a oreja y atendían uno a uno a los viajeros que llegaban a su lado. Miraban los billetes e indicaban el asiento que correspondía a cada una de las personas que viajarían en el avión. ¡El avión! Te deslumbró su interior, nada que ver con lo que habías podido imaginar y, qué duda cabe, mucho más bonito. Contemplaste el pasillo bordeado por una sucesión de butacas y te sorprendió el color blanco, casi luminoso, que lo inundaba todo allí dentro. Una de las azafatas le indicó a tu madre cuál era vuestro asiento y os dirigisteis a él lentamente, esperando a veces que las personas que estaban delante de vosotras se acomodaran en los suyos. De vez en cuando mirabas por las ventanillas redondas, en forma de huevo, y veías el trozo de pista en el que un momento antes habías estado. Por fin llegasteis a vuestros asientos. Siéntate junto a la ventanilla, te dijo tu madre y tú saltaste emocionada al asiento, queriendo verlo todo, lo que había fuera y dentro del avión, ver a tu madre, que te miraba con una leve sonrisa, y al resto de las personas que te rodeaban.

No recuerdas cuánto tiempo tardó el resto de viajeros en acomodarse. Lo que sí recuerdas es el momento exacto en el que una de las azafatas cerró la portezuela por la que entrasteis y sonó un clik metálico que indicó que todo estaba preparado y ya no cabía marcha atrás posible. Te diste cuenta entonces del sonido del motor, sí, apenas un murmullo, pero que una vez cerrada la portezuela se agudizó. De pronto, una voz, la del comandante, daba la bienvenida a los pasajeros y una azafata que pasaba por el pasillo entregaba unos folletos y el sonido del motor se volvía más y más agudo, y tu madre te ató el cinturón de seguridad y tú no podías parar quieta en tu asiento porque aquello era lo más emocionante que habías hecho en tu vida y no querías que nada quedara fuera de tu atención. No tendrás miedo, te preguntó entonces tu madre, y tú moviste la cabeza de un lado a otro, en ese mismo instante sentiste que el avión se movía, aunque más bien te parecía que era lo de fuera lo que se moviera. El avión se encaminaba por una de las pistas. En un momento dado se detuvo. Y de repente comenzó a correr, a correr y a traquetear, notaste el cosquilleo del estomago, el cambio de posición del avión, como subía la parte delantera y de pronto las cosas que veías desde la ventana se volvían chiquitinas y tus oídos parecían comprimirse, traga saliva, te susurró tu madre, y tragaste y tus oídos se destaparon mientras intentabas estirarte todo lo larga que eras para ver cómo la tierra se empequeñecía.

El avión recuperó casi su horizontalidad. No dejaste ni un momento de mirar hacia abajo y verlo todo allí tan chiquitito. De nuevo la voz del comandante sonó, omnipresente, y habló de la altura del vuelto, de la duración prevista, muchas horas, y de algunos detalles que no llegaste a comprender. Tu madre parecía dormir, tenía los ojos cerrados, pero sabías que no dormía porque movía los labios como si estuviera orando. Le diste la mano y ella te la apretó. Giraste de nuevo la cabeza para mirar por la ventana, pero esta vez para mirar hacia arriba, donde el cielo parecía oscurecerse y donde estarían las estrellas, escondidas a esa hora.

Durante las muchas horas del vuelo no dejaste de mirar por la ventanilla, allí abajo estaba el mar, inmenso, y reías cada vez que el avión daba uno de esos botes que a tu madre tanto le asustaban, la pobre, aunque siempre acababa sonriendo. Las azafatas te preguntaban si tenías miedo y tú les decías que no y ellas se sorprendían mucho porque, según te dijeron, todas las niñas se asustaban un montón y te decían entonces que eras muy valiente o que quizá fueses algún día azafata, o quien sabe si incluso comandante de un avión, que lo pensaste, por qué no. Y así, poco a poco, el avión fue llegando a su destino y de pronto sonó otra vez la omnipresente voz del comandante, entonces tu madre te abrochó el cinturón de seguridad y el avión comenzó a perder su horizontalidad, pero al revés que cuando el despegue, con el morro hacia abajo, señal inequívoca, y te dio pena, del final del viaje, te pareció tan corto, y la tierra se fue acercando, lo chico se hizo grande, y tu madre cerró de nuevo los ojos y sus labios se movieron otra vez, y de repente el avión pegó un bote y se escuchó como un sonido áspero y un tanto metálico y viste una pista y al final unos edificios que eran, seguro, las terminales del aeropuerto, y el avión fue menguando su velocidad hasta casi detenerse, poco a poco, y detenerse al final, momento en el que tu madre te desabrochó el cinturón de seguridad.

La gente hizo cola para salir del avión y las azafatas se despedían con una sonrisa amable. Te dio pena acabar el viaje, se te habían hecho cortas las casi doce horas de vuelo. Sí, tal vez fueras azafata o comandante de avión para poder pasar horas y horas en aquellos aparatos y te quedaste un poco mustia mientras en silencio avanzabas por un corredor que te llevó junto a tu madre a una sala enorme, parecida a la del aeropuerto de tu ciudad, pero sin duda mucho mayor. Bajasteis por unas escaleras mecánicas y de nuevo os pusisteis a una cola. Había unas cabinas por donde la gente que había delante de vosotras iba mostrando los pasaportes. A veces, te fijaste, había un breve diálogo entre quien mostraba el documento y quien se hallaba tras el cristal, pero no sabías, tampoco te lo preguntaste, a que respondía todo eso. Por fin llegasteis hasta una de las cabinas y tu madre enseñó ambos pasaportes. El hombre los hojeó. Miró a tu madre y le hizo unas preguntas que tú no llegaste a entender, tampoco prestaste mucha atención hasta que el hombre le dijo si podría esperar un momentito en unos bancos que había a uno de los lados. Notaste que la mano que te daba tu madre apretó un poco más la tuya. Te empujó con suavidad y sin decir nada os sentasteis en uno de los bancos.

Qué pasa, mamá, le preguntaste y tu madre te dijo que nada, que había que esperar un poquito, nada más, y tan pronto te fijaste que cerca de ahí había una enorme ventana desde donde veías las pistas y fuiste hacia allá, dónde vas, te preguntó tu madre y tú señalaste los aviones y tu madre no dijo nada, por lo que seguiste hasta que pegaste la nariz en el cristal y te quedaste de nuevo embelesada ante todos aquellos aviones.

Tu madre te llamó un rato después y la viste de pie. Ven, te dijo, y tú fuiste, entonces ella te sujetó la mano y comenzasteis a seguir a un policía por un pasillo estrecho que terminaba en una sala en la que había varias mesas con ordenadores y varios policías. Siéntense, dijo el hombre al que seguisteis, y os sentasteis, mientras otro agente te sonreía y te decía hola y tú le dijiste hola bien bajito porque no te acababas de sentir cómoda allí adentro. No sabías muy bien qué estabais haciendo en aquella sala. Suponías, aunque tampoco es que te lo hubieses planteado muy bien, que ibais a una ciudad nueva y que tu vida, entonces, tal vez, no estabas muy segura, iba a ser distinta, aunque a ciencia cierta eso era algo sobre lo que tu madre no te había hablado mucho. De pronto te hallabas en una sala repleta de policías y tu madre, a tu lado, parecía temerosa, aunque tampoco estabas muy segura de eso porque tú siempre la habías visto firme y llena de convencimiento cuando llevaba a cabo las cosas, al fin y al cabo siempre te decía que era mejor arrepentirse de lo que habías hecho que arrepentirse de lo que habías dejado de hacer, algo que tú, entonces, no entendías muy bien, pero que sin duda marcaba su valentía ante la vida, por eso dudaste si estaba, según te pareció, temerosa o era una sensación tuya.

El policía, entonces, comenzó a preguntarle a tu madre a qué venía y si conocía a alguien en el país. Tu madre respondía con brevedad mientras el policía escribía en un ordenador algo que tú no podías ver desde tu silla. Pero escuchabas la voz de tu madre, algo quebradiza, y te enteraste entonces que tu padre estaba en aquella ciudad y que os esperaba fuera del aeropuerto, algo que tú no sabías, claro que apenas te acordabas de tu padre y tampoco pensabas mucho en él, quizá porque había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vieras y porque ninguna de tus amigas o de los niños de tu barrio tenían a sus padres cerca, y metida en estos pensamientos te perdiste el resto de lo que hablaron el policía y tu madre, sólo oíste que el hombre os pedía, después de consultar algo en el ordenador, que esperarais en una sala adjunta, y tu madre se levantó, tú te levantaste tras ella, y ella mostró de nuevo aquel cejo que tanto conocías y anduvisteis por otro pasillo hasta otra sala donde varias personas esperaban en silencio no sabías muy bien qué.

Volviste a preguntar si ocurría algo. Ella te sonrió, te acarició la cabeza, te dijo que no, que no pasaba nada, tranquila, y tú te pegaste a ella, para que te abrazara y siguiera con su mano en tu cabeza.

No supiste muy bien cuánto tiempo estuvisteis así. Quizá te quedaste, incluso, dormida. Te despertaría tu madre cuando te llamó. Vamos, te dijo entonces, y volvisteis a recorrer el mismo pasillo hasta la sala de las mesas y de los ordenadores. Reconocisteis las mismas caras de antes, pero te fijaste que había otras personas, algunas vestidas de civil. Os sentasteis de nuevo en las sillas, pero esta vez había más gente a vuestro alrededor. Un policía distinto al de antes se sentó frente a vosotras y comenzó a hablar con tu madre. A veces el hombre que estaba a tu lado sin uniforme intercalaba algún comentario, pero no llegabas a entender lo que decía y sobre lo qué hablaba. El policía nuevo escribía en el ordenador y luego imprimió unas hojas que tu madre firmó, al igual que el propio policía y el hombre que estaba a tu lado. Esperen aquí, dijo el policía y se levantó. Entonces un policía se puso a tu lado y te preguntó si te había gustado volar en el avión y tú respondiste que sí y sonreíste porque te acordaste del vuelo y de lo que te había gustado, y él te preguntó también si no tuviste miedo y tu dijiste que no, y tu madre sonrió al mirarte, pero te diste cuenta de que era una sonrisa triste. El otro policía volvió con unas hojas en la mano. Se sentó y le habló a tu madre y le dijo que el jefe había decidido denegar la entrada y eso debía de ser, pensaste, algo terrible, porque tu madre bajó la vista y tenía los ojos rojos, aunque no lloraba, porque tu madre, tú bien lo sabías, nunca lloraba, y comenzaron los dos hombres y tu madre a firmar un sinfín de hojas, y entonces tu madre preguntó por la maleta y el policía respondió que ya estaría embarcando porque el avión saldría aquella misma noche, y tu madre, entonces sí, soltó algunas lágrimas y tú pensaste que algo terrible debía de estar sucediendo porque tu madre, que nunca lloraba, lloró.

El policía os acompañó de nuevo a la sala. Esperen aquí, os dijo. Os sentasteis. Tu madre seguía llorando, en silencio, casi como si le diera vergüenza. Te acarició la cabeza, de pronto te sonrió triste y te dijo que de nuevo subiríais a un avión. No supiste el porqué, pero esta vez, la verdad, no te hizo tanta ilusión.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

DISFRUTAR LA QUIETUD DE LAS TARDES

 

Disfrutar la quietud de las tardes

de la avanzada primavera

que aún reina esplendorosa y bella

coronada de rosas y azucenas,

gozar la arboleda que vislumbro

desde mi tranquila terraza

ese verdor imponente de pinos

y otras especies que mi ojos traspasa,

el permanente revolotear de pájaros

con sus trinos tenaces e impertinentes

dueños de los silencios vespertinos

ámbito propicio de nuestra benéfica siesta,

en mi terraza leyendo poesía

bien Rimbaud, bien Kavafis, bien González

como sorbitos de café cubano,

ensimismarme en los geranios, en los claveles

quedarme extasiado en las escasas mariposas

que se adentran para posarse en las plantas

resplandecientes y cuidadas por las manos

de mi dulce esposa que dormita

en el sofá de nuestro salón

invadido por el aroma de la tarde,

a ratitos acercarme y besarla despacito

como una caricia, como un rumor

absorber su tenue respiración

como sorbitos de café cubano.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

EL PELIGRO DEL AMOR

 

A la memoria de Charo Endrinal Petit.

 

Dejaste tu mundo de confort

en pos del amor (motor del mundo).

Encontraste desolación,

encontraste tedio en un desnudo,

encontraste el amargor

de un coñac con sabor a esputo,

encontraste en un rincón

la dicha de la mentira dando culto

a jueces como el gran Salomón

que tenía rara idea de lo justo,

encontraste la cruel perdición

que baja caprichosa al oscuro submundo,

encontraste el eterno (sin-perdón)

que además de ser eterno es mudo,

encontraste la sin razón

que debaten los tentetiesos atando nudos,

encontraste la loca ilusión

que por ser ilusión dura un segundo,

encontraste la enajenación

y comprobaste que ninguna agonía dura un minuto,

encontraste la marginación,

encontraste aquel disgusto,

encontraste la presunción

y no te dejaron ser lo presunto,

encontraste a la civilización

escondida en el chabacano sonido del eructo

escondida en la religión

apartándose de ti en un estornudo,

encontraste el peligro y la traición

que llama a todas las puertas dando tumbos,

encontraste a niños de papá con el humor

que sólo sostienen los súcubos.

Encontraste la muerte pegada a tu talón

y una metáfora fiel de que el amor es un mero bulo.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

 

QUIMERAS

 

Elevaban las olas

sus cantos de sirenas.

En el inmenso cielo

las estrellas danzaban.

Nosotros:

Bajo aquel manto azul

que todas ellas tejen,

¡Soñábamos…

mundos maravillosos

con jazmines y rosas,

primaveras espléndidas

con cantos de sopranos,

rumor de caracolas

y trinos de jilgueros.

Nadie… nos despertó,

de aquel tan bello sueño.

Creíamos que era justo

amarnos en octubre,

otoño de la vida.

Y al dintel de la tarde

un pájaro lloraba,

con las alitas rotas

heridas por el viento

 

 

Por Ofelia Parrón Cépedes

 

 

 

EL TORNADO

El amor llama a mi puerta, y la hace tambalear, quiere entrar como un tornado, arrasar, voltear, llevarme con él.

Un tornado que como siempre no esperas, no avisa, y es en ese momento cuando te pilla desprevenida.

Lo veo venir, ya llega, toca mi puerta, abre mis ventanas, quiere arrasarme. Y me asusta, no quiero girar en el aire, no que se lleve mis cosas.

Como mujer desengañada y dolida en el amor, mi cabeza dice que me prepare y me resguarde ante tal tornado. El corazón está dañado como para dejarle pasar, no está preparado.

Pero viene con mucha fuerza, y siento que me va a arrastrar.

Entra sin darme apenas yo cuenta, sin prepararme, intento amarrarme a algo, pero no encuentro dónde.

 

Mientras busco cobijo, sus pequeños soplos de viento me tambalean, y me asustan, no quiero ser dañada nuevamente, pero tampoco quiero dañar.

Soplos de viento que me susurran, movimientos que me hacen reaccionar.

 

Quiere llevarme con él y mientras mis pensamientos son internamente otro tornado, “¿qué debo hacer?”.

Simplemente la respuesta más sencilla es no hacer nada, porque este tornado viene con más fuerza que nunca, y yo solo puedo tambalear.

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

DESDE LA MÁGICA UNIDAD DE MI VIDA

 

Desde la mágica unidad de mi vida

rebosante de la fragilidad que le es propia

me aglutino e intento conocer el sentido

de mi fugaz existencia,

la que ha preñado de principios y objetivos

para intentar no deberme nada

cuando la gran aliada de la naturaleza

me reclame para ejecutar su motivo

dar fin a todo lo nacido,

pero mientras esa inevitable cita no me alcance

sigo construyendo el camino de mi destino

drenándolo con amor, afirmándolo con razones

y despejando su libertad de salteadores,

en esa tarea estoy, que sea capaz de conseguirlo

se sabrá en el menos esperado de mis momentos,

ahora sigo abierto al camino del conocimiento

y al de la vida con todos mis mejores sentimientos.

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

CACTUS

 

Símbolo espinoso de la vida,

resistencia brotada de la sequía,

hombre, tropiezo del viento,

obstáculo de la voluntad,

angustia parca de llaga instintiva.

Consuelo de espina doliente,

quimera de agua el mar lleva,

desierto es tu mundo

entendido en la suma de los días,

amplio espacio entre la mirada,

largo horizonte es tu bostezo,

piedra a piedra se exige dureza,

resisto mi mundo colgado

de mi dolor de cabeza,

mi cefalea es caballo cansado,

es pellizco seco de latido pirómano,

sombra de espejo es la luz

que suspira por mi brote libre,

por mi pulso cuadrado donde

el triángulo es asombro rodado.

¡Quiero y no puedo!

Te vas de mí como viento caliente,

como aire de aleteo de mosca,

y me quedo plantado en mi erial,

en mi desierto de ceniza hogareña

a esperar que tu buena fe me recuerde

y se sienta hermana de mi quijada,

de mi corazón helado,

de mi espina dulce y entendida

en garitos de ansiedad bufada.

Quiero a tu presencia

y cuanto más la quiero

menos cerca está tu laberinto sonoro

de mi primavera mojada y muda.

Busco tu rosa entre gemidos,

busco tu paz de acuarelas y figuras,

busco tu cansancio tendido a mis pies

como un perro suspirando.

Busco, y si encuentro, hallo vacíos

que resisto como un loco herido.

 

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

ACOMPAÑAME DE LA MANO

Ven, no te vayas…

Quiero contigo caminar

En esta vida por andar

Ya no quiero esperar

Una vida mas para lograr

La maravilla de caminar…

Recorrer, este mundo y tener

Tu mano para entender

Que hay un nuevo renacer

Juntos podemos descubrir

Que no es necesario sufrir

Para revivir el amor

Que dejamos morir

Por creer que al mentir

Y dejando de sentir

Podría existir

¡ NO¡ sin mí, no puedo vivir

¡ TÚ ¡ sin ti, no puedes revivir

Vamos los dos de la mano

En este mundo

Para que deje de ser vano

El resto del camino

Que tenemos por vivir.

 

Por Laura Georgina Nuñez de Alva

 

 

LA PROCESIÓN

Ellos vienen a mí

desde un dictamen de plumas

y candados.

Los árboles ancianos; los más nuevos.

Me persiguen

con su esencia de aurora en cautiverio.

Los jueces invisibles.

Y me he quedado en el suelo detenida

mientras fluye la savia por la tierra.

Momentos germinales

me custodian el vientre.

Han nacido más ramas

y más ojos desnudos me sorprenden.

Para alcanzar la voz de sus edades,

me arrodillo al verano de los nidos.

Sólo tendré la sed de sus raíces;

apenas esas lágrimas eternas del rocío.

Ahora me han cedido el centro de la ronda,

y soy yo,

otro árbol hambriento

que intenta descifrar

el vuelo fecundado de las mariposas.

Teresa Palazzo Conti

 

 

PUERTAS DESESPERADAS


Entradas y salidas, puertas desesperadas, en las que una vez cerradas, no hay que volverlas a abrir.

Puertas que pueden ser abiertas, temerosas ante lo que nos aguarda tras ellas.

Puertas desesperadas, cerradas para olvidar, abrirlas para buscar una solución, sea cual sea, aunque siempre deseamos lo mejor. Pero, ¿cómo saberlo?.

Tampoco podemos abrir y cerrar continuamente, ¿cómo encontrar la adecuada?.

En un acto disfrazado de valentía, cerré un puerta, ahora estoy en un pasillo lleno de ellas. Paradójicamente, sé que hay tras ellas, aunque quepa la posibilidad de un futuro engaño.

¿Cuál debo arriesgarme a abrir?. Sin embargo, necesito abrir alguna de ellas, no me puedo quedar estancada en el pasillo.

Puertas desesperadas.

La primera, está esperando a ser abierta, y que me entregue a una nueva vida.

La segunda, me gustaría abrirla, pero desconozco si quiere ser abierta, ¿responderá con las mismas expectativas que yo busco?.

La tercera, sé que quiere olvidar las dos anteriores, y emprender una vida en solitario.

La siguiente, sólo quiere dejar paso a la improvisación.

El resto,…puertas desesperadas, esperando a ser abiertas, ¿cuál abrir?.

Por Silvia Marcos Fuentes

 

 

TE PALPO EN EL VIENTRE DE TU MADRE

 

Te palpo en el vientre de tu madre

y noto la dureza con que te afirmas

el empuje con que defiendes tu espacio,

te acaricio con cariño con la esperanza

de transmitirte vibraciones de amor

por el canal que para ti me he abierto

desde mi corazón hasta el final de mi tacto,

poco a poco voy acomodándome

acercando mi oído al vientre de tu madre

mirándola a sus ojos preñados de orgullo

y abrazándome a su cuerpo embarazado

de humanidad acechadora,

me pongo a escucharte con delicado mimo

y empiezo a susurrarte pequeñas caricias orales

para acercarte a mí y para recordarte

que trates bien a tu madre anhelante

ojalá por los ojos de tu mamá

destellos de amor y esperanza me expresases

y llegases a mí en forma de mensajes

porque en ellos sólo encontraría grandeza

de honestidad, ternura y belleza,

con gran amor te cuido

desde mi cercana lejanía

inquieto por lo que queda de trance,

de el voy descontando los días

rogando a Dios por tu bien

y el de tu madre.

 

 

Por Francisco Jesús Muñoz Soler

 

 

 

AMOR ETEREO

TAN INTANGIBLE COMO ETEREO

ASI ES EL AMOR ETERNO

AMOR QUE CARGA SOLEDAD

EN UNA BÚSQUEDA SIN CESAR

LAS GANAS DE AMOR ENCONTRAR

EN EL TRÁNSITO POR LA VIDA

CANTAMOS Y NOS DAMOS SIN MEDIDA

AUNQUE POR AMOR DEMOS LA VIDA

POR SÓLO UNA CARICIA SENTIDA

EN EL MUNDO ETEREO Y PERPETUO

PIDO… HÁBLAME ¡¡ AMOR MÍO

ERES … PARA MÍ ¡¡ LA CARICIA

DEL AMOR QUE PIDO

QUE ENGENDRA MIS SENTIDOS

EN SUBLIMES SUEÑOS DORMIDOS

VEN ¡¡ QUITA LAS YEDRAS DEL CAMINO

NO TE DETENGAS ¡¡ AMOR MÍO

DAME TU MANO…

QUE LA NOCHE SEA TESTIGO

DEL MAS GRANDE AMOR SENTIDO.

 

Por Laura Georgina Nuñez de Alva

 

 

LA MENTIRA

A veces vivo un poco,

y ostento la evidencia

como un coleccionista.

Algún trofeo

rutila en las escarchas de mi nombre

y emerge la que era

en el engaño del verbo flagelado.

Mi intemperie

descansa un instante

en el pedestal de hierba de sus ojos,

hasta volver,

crucificada,

a la oración unitaria de la casa.

Teresa Palazzo Conti

www.lapoesiadeteresa.com

Un domingo verde,

La locura comienza a invadirme

Hay diferentes olores detrás del peñasco gris de mi memoria

Los matices van cambiando,

Hay un gato lila que me mira con los ojos salidos de sus órbitas

Una gallina se desliza por debajo de los tentáculos de un pulpo

Con alas.

Veo como giran los focos de la calle,

Mientras silbo despacio el perfume de tu vientre.

Que melodioso aroma, el de tu pubis dormido

Entre cucharadas de mis besos.

Extasiada de notas estoy,

La fragilidad de un minuto se quiebra

Cuando la seda de tu pecho se adormece

En mi regazo.

Noctámbulas manos sostienen mi demencia

Y sigo penetrando el azul de tu figura

En un domingo verde

Bebí el elixir sagrado

Dominé al dragón que ahora canta a mis pies

Caminé sin pasos,

Oí los colores de este manicomio

Me dormí a tu lado

Hoy enloquecí.

 

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

A veces el silencio de la compañía

inunda las sábanas

hasta el techo;

dispara el vacío de un cuerpo

la amplitud creciente de la memoria.

Le doy paso al permiso que

me mira

sin conocerme

vaga la sensación

de amarrarlo

en sueños.

Rompes el mosaico de mi izquierda

te enroscas sutil en mi espalda

y el dulzor de tus manos me roza

y derrama

pájaros omnipotentes.

¡Esos años también son míos!

sonríen tus labios festejan la coincidencia

mientras tu pelo viaja del sol

y cae en lágrima

sobre los cielos.

En el hoyo del piso

perdura el aroma a pólvora;

dispara el vacío de un cuerpo

el permiso de pensarte

del otro lado.

Por Lorena Luján Cáceres

TRAVESÍA

Soy corcel de la noche

en los espacios.

En horas agitadas

desciende alguna estrella

a embeber sus luciérnagas

en ébano.

Me arrojo a la espesura

y separo los mensajes ocultos

de los zarzos.

Amenaza

un destino de puertas abiertas.

Adónde regresar

desde las piedras

en esta soledad

de llamas en el hielo.

Se despierta

el oficio

de aprender a esperar

y yo encumbro las manos

para lograr un ángel.

Por Teresa Palazzo Conti

CLAUSTROS

Nada puedo alcanzar desde este sitio riguroso.

Un océano de tiempo

brama desde las profundidades del hoyo

y un estilete absoluto

busca nido en mi pecho.

Afuera aguarda una luz condenatoria.

Y los gestos indemnes

escarban

las razones feroces de las máscaras.

Nadie reconoce el disfraz que me han legado

Yo nunca he sido esta que se mira

en las aguas estancadas del pozo.

La de antes tenía besos y cántaros,

y sabía de alguna plaza con hamacas.

Ésta rastrea cementerios de versos

desde cada plegaria,

y busca inútilmente,

ascender por las líneas marchitas

de su estatua.

Por Teresa Palazzo Conti

EL ÚLTIMO VIAJE

 

¿Para qué la riqueza acumulada?

¿Para qué los palacios con jardín?

Cuándo todo, todo lo que tengamos

aquí, nos lo vamos a dejar.

Nadie ha vuelto, una vez que se ha marchado,

nos vamos solos, tan sólo con lo puesto.

Emprendemos un viaje sin retorno

como ave que a otro país emigra

con el deseo de volver en el buen tiempo.

Seremos polvo, y el viento nos traslada

desde un lugar a otro, tal vez impregnado

en una bella flor: ¡cualquiera sabe en qué!

¿O seremos igual a pajarillos

que alegran las mañanas con sus trinos,

o aurora que ilumina el nuevo día

resplandeciendo más el sol?

Puede que nos fundamos con agua cristalina

brotando de un arroyo o manantial.

Nosotros moriremos, y nuestra esencia no.

¡Nadie, nadie! por mucho que lo quiera,

nunca, jamás volvió,

ni tomó su forma ya anterior,

todo será la nada…paz infinita…

A veces el deseo de la continuación.

Sólo seremos átomo, parte del cosmos.

Eternidad…

 

2º premio en el VII concurso de poesía castellana

en el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo.

 

Ofelia Parrón Céspedes

17 de mayo del 2008

 

 

 

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14º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

por_bule_su_primo@hotmail.com

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14º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXIV     15-11-2.008

NÚMERO ESPECIAL DEDICADO A LA MEMORIA

DE PEDRO JOSÉ GONZÁLEZ MUÑOZ.

 

EDITORIAL XIV

El negocio de la multiculturalidad y el sentido común

 

Asistimos no sin una cierta sensación de vergüenza ajena al último espectáculo multicultural de las Naciones Unidas. En Ginebra hay un palacio que pertenece a tan notable, que no noble, visto lo visto, institución una de cuyas salas, la denominada Sala XX o Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, ha sido remodelada por el artista español Miquel Barceló. Dicha obra ha consistido en erigir una cúpula y el presupuesto lo aprobó el patronato de la Fundación ONUART. Hemos conocido que el referido presupuesto se eleva a la cantidad de 20,35 millones de euros, de los cuales 500.000 euros han sido aportados por el Fondo de Ayuda al Desarrollo español, que gestiona el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio.

 

Sabemos que el tema puede ser abordado con mucha demagogia. La evitaremos en la medida de lo posible. Seguramente bastaría sacar una conclusión con la mera lectura del párrafo anterior tal cual y quizá por ello no sea muy necesario añadir mucho más: los datos expuestos cantan por sí mismos. Por otros lado, somos conscientes también de que el problema de la pobreza en el mundo depende en gran medida no tanto de las ayudas puntuales que se puedan otorgar, y con 20,35 millones de euros habría muchísimas ayudas puntuales que arreglarían problemas concretos y angustiosos para quienes los padecen, sino de transformar estructuras y relaciones internacionales, crear un nuevo orden internacional basado en la cooperación, la justicia, la solidaridad.

 

Tampoco somos quienes para exigir compromisos a los artistas. La solidaridad surge de la propia persona y cada cual ha de saber hasta donde tiene que llegar su compromiso. Por lo demás no creemos que un artista tenga que estar más comprometido que cualquier otro ciudadano, sea quien sea y cualquiera que sea su oficio, aunque reconocemos que un artista puede lograr que un mensaje llegue a más gente. No seremos nosotros en todo caso quienes juzguemos a los demás ni daremos consignas de cómo han de vivirse los problemas de este mundo, nos basta con intentar ser coherentes en nuestra vida cotidiana, algo de lo que no somos ni de lejos maestros.

 

Sin embargo, no hemos podido evitar un escalofrío al conocer dichos datos. Sobre todo si las cotejamos con otros que nos proporcionan algunas organizaciones de solidaridad y que nos dejan claro que la miseria, el hambre, la pobreza son, por desgracia, la norma en el mundo, no la excepción. Evidentemente, hay muchos otros gastos que podrían soliviantar dicha situación y no por ellos vamos a exigir su eliminación. No obstante, nos escandaliza que el dinero de la cúpula se haga nada menos que en las Naciones Unidas, que tiene un sinfín de entidades vinculadas y programas específicos de desarrollo y de lucha contra la pobreza, y que las ayudas pretendidamente públicos de los Estados, como el FAD de España, se desvíen de un modo tan cuantioso a fines que poco o nada tienen que ver con el desarrollo.

 

No tenemos de momento muy claro en qué consiste esa Alianza de Civilizaciones que surgió como idea de la Presidencia Española. Tenemos la vaga sensación de que civilización sólo hay una, la humana, y que son las culturas las que dialogan permanentemente, algo que no requiere, por otro lado, de grandes palabras, de discursos grandilocuentes ni de órdenes directas de los Estados, es algo que siempre ha ocurrido y que ocurre hoy de un modo cotidiano. Cuando leemos a autores de otros países, culturas y lenguas o vemos sus películas, cuando apreciamos la música sea cual sea la nacionalidad del autor, cuando nos acercamos a cualquier obra artística ya estamos dialogando. Siempre ha sido así. Esperamos que siga siéndolo. Lo que sí sabemos es que asuntos como el mencionado, por su grado de frivolidad y por la susceptibilidad de ser utilizado para la demagogia fácil, hacen un flaco favor a quienes desde la honestidad y el compromiso luchan por instaurar un mínimo de armonía en este mundo.

 

 

 

LA PESADILLA DE BRETTON WOODS

 

La miseria arrastra los pies

en la antesala de las pesadillas

y no hay mayor pesadilla para la pobreza

que el bostezo global de Bretton Woods.

Las semillas son huecas esperanzas,

el estómago es una cueva con un canto hecho eco

pues su exigencia hace temblar al hombre,

el aliento es un vacío peculiar,

y lo triste son las inmensas listas de los muertos

que adelgazaron mientras otros engordaban.

La cruz roja es un suspiro,

los seudo-poblados son hervideros,

los momentos son desdicha,

la chatarra es un sustento de cuentagotas marchito,

las azadas oxidadas son trastos arrumbados,

calaveras y esqueletos

son la cosecha de los capitalistas barrigones

que harán nacer otro capitalismo

que nos despreciará si no consumimos su desgracia,

muchos tienen miedo a no ser espiga

y otros se columpian en las derrotas del cansancio,

la luna debió ser pan casero,

las montañas debieron ser arroces y te quieros,

las nubes deberían ser mantequila,

las llanuras debieron ser desayunos de amor,

los soles deberían ser potajes en ebullición

y los árboles del mundo embutidos saciantes,

los ojos deberían ser mares salvajes

y los pucheros deberían ser ríos de frescura

que la acequia de las lágrimas les niega siempre.

Las moscas deberían ser alegrías enormes,

y los pozos deberían ser millonarios altruistas,

los desiertos sueños de hermandad,

el dinero debería ser gratuito principio

que se sume a la solidaridad sin fronteras,

que nada en el mundo deba costar

el sufrimiento tan largo y tendido

y el sudor de frentes sin futuro

con eterna chicha

y agria limoná.

Las palmeras deberían ser relucientes estrellas

de grandezas bajas,

las sabanas deberían ser

campos sembrados de huerta a sol y a sombra,

las lluvias deberían ser

opulencias llenas de vida,

las nevadas deberían ser

horchatas de refrescantes risas

y las tormentas deberían ser

decididas causas para un mundo feliz.

Los azules deberían ser puentes hacia el corazón;

el hambre a nuestra puerta llama

como un desprecio de rabia que muerde

en lo más débil de nuestra razón.

La religión debería ser mero amor a la vida,

la filosofía debería ser el gas de opio del pobre,

la poesía debería ser lenguaje sencillo y mágico

que brota de los silencios,

los novelistas deberían ser herederos

de los hechiceros que limpiaban las malas artes

y la política debería dárselo todo al pueblo.

La mentira debería ser un chiste sin gracia,

la verdad debería ser obligatoria,

la paz debería ser respetada monotonía,

la educación debería ser pan para el mundo,

la libre expresión debería ser

el único consuelo que el ser quisiera,

la televisión debería enseñarnos algo,

y el diario de la mañana

una libertad próxima y sensible,

el dolor debería estar prohibido

y el amor verdadero

debería ser ejemplo en las escuelas,

el te amo para siempre el único peregrinaje

que toda la humanidad debiera hacer.

Las campanas deberían ser caramelo,

las chozas una perfecta sombra sin goteras;

el Banco Mundial quiere patearnos el lamento

y destrozar una paz de azúcar y bendición.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

Tensión

 

 

Intenté demorar lo máximo posible mi vuelta a casa. Siempre lo hacía. Pero más pronto o más tarde tenía que volver, inevitablemente. Además, sabían que a las siete salía del instituto y apenas se tardaba media hora en regresar a casa. Como máximo cuarenta y cinco minutos. Aquel día llegué a y veinte. Abrí la puerta y, una vez abierta, la tensión la sentí como una bocanada de aire caliente que me golpeó como un sopapo. El silencio era absoluto, pero se sentía que habían discutido. Es extraño, pero a veces la angustia la notas casi como si fuera un olor o una presencia real, material. No me crucé con ellos en el largo pasillo que llevaba a la cocina. Cuando entré en ella vi las bolsas de la compra en el suelo. Recogí algunos productos que se habían caído, los dejé sobre la mesa, algunos los guardé en la nevera, y luego volví a atravesar el pasillo. No me los crucé tampoco mientras fui a mi cuarto, pero estaban en casa, no me cabía la menor duda. Tampoco los busqué. La casa era lo bastante grande como para evitar encontrarnos cuando queríamos mantener cierta discreción y la distancia, lo cual pasaba a menudo porque en aquella casa hacía tiempo que no hablábamos más allá de los convencionalismos cotidianos.

No me gustaba aquella situación, no la soportaba, era como si quisieran recrearse en el odio, como si sólo cohabitaran con su rencor mutuo y ya no desearan más que continuar una relación que a todas luces no tenía visos de cambiar. Muchas veces me preguntaba por qué se empeñaban en seguir juntos.

Dejé los libros en mi habitación y volví a recorrer el pasillo hasta la sala de estar. Ahí me encontré a mi padre. Estaba en el sillón, en silencio. Le saludé y él apenas soltó un saludo inaudible. El mensaje era claro: no quiero hablar, déjame en paz. Aunque es posible que fuera incapaz de decir mucho más, de ser más comunicativo, de superar él mismo un estado de cosas que tampoco él soportaba. No lo sé. Salí y dudé si buscar a mi madre. Estaría en su cuarto y supuse que tampoco ella querría hablar. Claro que yo no sabía muy bien lo que podría decirle y por eso quizá no tenía mucho sentido que fuera a su encuentro, que hiciera algo. Tal vez sólo me quedase entrar en mi cuarto y encerrarme allí. Pero la atmósfera en toda la casa era irrespirable. No me iba a concentrar en nada, así que lo mejor, sin duda, era salir.

Reencontrarme en la calle me hizo bien. Era como si de pronto pudiese respirar tranquilo después de una crisis. Sin embargo, no me logré despojar de un mal sabor de boca que se mantenía dentro de mí. Comencé a andar sin dirección fija. No quería encontrarme con nadie. Qué les iba a contar, que salía de casa porque de nuevo mis padres se habían peleado y la tensión se podía cortar. Detestaba además dar pena a los demás, odiaba mostrarme débil o deprimido o sencillamente frágil, sobre todo porque pensaba que sólo a mí me afectaba una situación tan penosa. Di varias vueltas y me senté en un banco, sin saber muy bien a donde dirigirme. Luché contra la ansiedad que comenzaba de nuevo a dominarme por dentro. Mi vida, no podía dejar de pensar en mi vida. No era grata, me esforzaba por dejar de darle vueltas a mi existencia, pero estaba allí, bien presente. Por mucho que intentase creer que yo podría ser otra persona, que podría llegar a tener otra vida, que viviría en otro lugar, en otra atmósfera, y a veces fantaseaba durante horas con ello, la realidad se me presentaba en cualquier momento, como al llegar a casa aquella tarde, con una crudeza que me dejaba noqueado. No podía inventarme que todo era normal, que mi vida era apacible, que tenía una familia estable, que tenía amigos que venían a casa y cenaban, se relacionaban con mis padres con total afabilidad. Ni podía seguir creando una novia que también venía a casa, que se quedaba a dormir. La vida, por mucho que insistiera y me concentrara en una realidad paralela, era un infierno.

Anochecía y comenzó a refrescar. No podía además pasarme todo el rato sentado en aquel banco. Más tarde o más pronto tendría que volver. Así que me levanté. Dudé por un momento hacia donde dirigirme. No quería regresar a casa. Aunque había pasado una hora desde que salí, las cosas allí seguirían igual. Sin embargo, no iba a huir en aquel mismo momento.

Entré en casa y de nuevo me di de lleno con el tenso silencio. Pasé por delante de la sala de estar, pero la penumbra no me dejó ver si mi padre seguía en el sillón. Tampoco quise fijarme. Entré en mi cuarto y me senté en la cama. Sentí deseos de llorar. Me fui a la cocina. No había rastro de las bolsas y todo aparentaba un orden que parecía negar el caos de un rato antes.

En ese momento entró mi madre. No me di cuenta y su voz, a mi espalda, me hizo dar un bote.

– Llegas tarde. -me dijo, casi en un susurro que le quitó cualquier tono de reproche.

– Salí -contesté-, tuve que comprar una cosa.

Se quedó callada, mirando las paredes blancas de la cocina, los armarios color pastel. Su silencio casi me hizo más daño, hubiera preferido que gritara. Salió y de nuevo todo se llenó de una tensión punzante.

Me quedé solo. Pensé que al año siguiente me tocaba ir a la universidad. Y que en la solicitud rellenada aquella tarde en el instituto había puesto como primera opción una carrera que se hacía en otra ciudad.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

Adolescentes:

 

 

Eres un adolescente impetuoso y rebelde, te lanzas a volar y no te percatas que no eres un ave, quieres cruzar el mar pero no has construido ni un velero, solo te precipitas a soñar de las cuerdas de una cometa.

 

Eres inteligente pero te embobas ante una joven, sueñas con tu Julieta y aún no eres un Romeo, tu vida es un crucero lleno de fantasías donde la alegría y el jolgorio te presidan, eres la juventud en todo su furor como la primavera floreces a cada año dejando varios corazones rotos.

 

Eres de los adolescentes que no le temen a nada, ni a nadie, cruzas todas las murallas de la vida y siempre logras lo que quieres, eres un joven apasionado en todo lo que haces, aunque ello tarde o temprano te golpee dejándote atolondrado, pero tomas fuerzas y te levantas y sigues adelante en la batalla.

 

Eres un joven como muchos otros, pero tú eres especial porque eres el único en este mundo.

 

Por Mabel Meneghini

 

 

EL MAR

Las olas chocan contra mí, algunas suaves, otras con tal fuerza que me hacen tambalear, pero son olas, al fin y al cabo. Olas que golpean, y de repente te das cuenta que has de reaccionar, y en ese preciso instante, en ese golpe despiertas con un nuevo aire, con un nuevo pensamiento, como pretendiendo cambiar de rumbo.
Rumbo que me guía la corriente del mar, me lleva a izquierda a derecha, me mete hacia dentro, me saca hacia fuera, ¿pero cómo mantener la estabilidad, estando de pie en medio del mar?.
Anclo los pies en el fondo de la arena del mar, intento aferrarme para no desestabilizarme, y aún así, esas arenas son movedizas, mientras se piensa: si uno no quiere caer, no cae.
Golpes de olas, unas suaves, otras fuertes.
Suaves, que con su movimiento te hacen sentir agradables sensaciones, y por unos momentos eres feliz.
Olas fuertes, con sus choques, golpean contra el cuerpo, pero no son más que meros golpes que provocan las reacciones, y en la mayoría de veces funciona.
¿Quién no ha pensado en un choque de una ola grande o fuerte, que en ese momento, aún por unos segundos, su vida puede cambiar en algo?. Algo que hacer, algo que pensar,…
Golpes de olas, que vienen y van, pero el mar siempre acaba serenándose, calmándose, y todo vuelve a ser normal.
Experiencias vividas y experiencias por vivir.
Olas del mar, preciosas experiencias de sensaciones.

Silvia Marcos Fuentes
29-07-08

Reservados derechos de autor V-1693-08

 

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Poema 5

 

Dejaré de culparte, en este día dejaré de maldecirte, ya no eres prisionero de mis viajes, no quiero ser quien te prive de las noches estrelladas, ya la lluvia ha acabado, no necesito seguir teniendo que culparte de todo.

Ya bastó este sentimiento absurdo que no me imagino sin él, pero que tampoco me imagino en el,

porque la solución fue matarte, despedirte de mi vida, fue dejar atrás la melancolía, dejar atrás el capricho de tan sólo tenerte a mi lado sin saber que era lo que tenía o qué me privaba de tener. Dejaré entonces de culparte por todo lo que fue y lo que no, por lo que pudo ser y no fue.

Dejaré que en tu ventana brille el sol nuevamente y que la mañana sea mañana otra vez, dejaré de ser quien te guíe, dejarás de ser mi guía.

Buscaré los recuerdos de sal que se quedaron en la orilla de aquel mar…

dejaré de maldecir tu cuerpo perfecto, por no estar conmigo cuando quería que estuvieras, dejaré de culpar a la vida por la mala vida que me has dado.

No sé que tienen tus manos que son las únicas que me llevaría en este viaje, que hoy emprendo, y que sin más ni menos, me destierra a otro horizonte donde no habré de culparte.

No sé que es más eterno si el amor que sentía o la culpa que me inunda, pero dejaré de culparte y de culparme, si culpables no hay en este asesinato; si mentiras sólo quedan sobre la mesa de poker…si sólo podré decir que dejaré de culparte cuando llegue al final de este viaje que hoy emprendo. Que no dejaré tampoco que tu recuerdo me inunde el alma, que no querré ver más tu foto, que dejaré atrás los aromas de tu frescura, que dejaré de culpar a tus ojos por darme la dicha y luego matarla en esa navidad.

Y remaré con todas mis fuerzas para huir de tu lado y dejar de culparte, no serás el culpable de este amor que muere sin haber nacido, no serás culpable de mi muerte en tierras olvidadas por el olvido.

Dejaré de maldecir al tiempo que estuvimos juntos, dejaré de culpar a tus labios por hablar demasiado o por envenenar mi boca al besarla.

Dejaré que te culpes y me culpes por lo que pudo ser y no fue, dejaré que me maldigas por matarte esta tarde, dejaré que mis labios se posen por última vez sobre los tuyos, dejaré que mis manos recorran tu cuerpo pecando contra la vida, pecando contra el cielo y las estrellas.

Entonces me culparás a mí por dejarte, me maldecirás por abandonar lo que no fue y pudo haber sido, me culparás por ser como soy, una niña en la piel de una mujer.

 

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

LA ANTI-MUSA

 

Me da a mí por pensar

que reírse de las musas

y del abracadabra

no está nada mal.

Por que las veo tan difusas

y a la postre tan pesadas

que en vez de escribir

tengo por lo que llorar.

Me río a carcajadas

de las flipadas musas

y las eternas bofetadas

que ofuscaron raíz obtusa

por que las pequeñas migajas

están por merendar.

Te dejo patidifusa

al decirte que eres mi musa

y me pongo a recitar

sin sentido y bla, bla, bla.

Musa, palabra difusa

que te dibujo ilusa

y en tu habitación reclusa

encerrada sólo por amar.

Musa de mis pelusas

entras en mi vida intrusa

me como tu ensaladilla rusa

y que paliza me da la realidad.

Musa eres anti-musa

eres inspiración del laralá

musa tan bella gatusa

musa de mis pelusas

mucha musa está por llegar.

Musa de las reclusas

musa de otoños y rabal,

musa tan buena morusa

musa, moneda ilegal.

Musa que como una intrusa

te apropias a buen recaudo

y de recaudado caudal,

musa de mis pelusas

eres tu reina por reinar.

Eres musa de mirada obtusa

eres pitusa por inventar.

Eres musa, tú, mucha musa

eres patusa del mío cantar,

eres mi única pupusa

eres pelusa por pelar.

Eres muchachita anti-musa

eres obtusa y pelillos a la mar,

eres musa de mi realidad.

Musa tú estás confusa

por la ambigüedad

de las picantes medusas

y por la mar y su propia verdad.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

 

FASCÍNAME

(Salou)

luz memorable, vidrio rozado…

Juan L. Panero

Ofréceme pasión para no olvidar mi tiempo.

Conmíname en la caverna del fuego y los latidos.

Sájame con tu enarbolado furor de enredadera.

Fascíname con la piel de tus frutos perseguidos,

en el afortunado reino que me ofreces y brindas

con un dedo entre los labios.

Embriágame con el presagio de la noche.

Háblame despacio,

ámame solícita, seductora,

rozándome las mejillas con yemas de agua,

con un inacabable desmayo de penumbra,

con un deje de almíbar

en el pozuelo grana de tu boca.

Ríete de mí si es preciso, libérame

en el abrevadero blanco de tu escote,

cólmame de tersa luz, despréndeme el orgullo,

deseo ser esclavo fiel

y que la trampa del amor todo lo explique.

.

(José Luis García Herrera, El recinto del fuego, Huerga y Fierro editores, 2008)

 

ANOCHE SOÑE CONTIGO

 

 

Entré en el restaurante, en búsqueda de mi acompañante para cenar. Estaba allí, como siempre, sentado en la misma mesa de fondo del restaurante, en la penumbra, iluminada por una tenue lamparita colocada sobre la mesa. Tú, con la copa de vino, esperándome,…Te vi, y sonreí como siempre.

Empezaste a pedir la cena, a la carta, como nos gusta, mientras me besabas y acariciabas, preguntando cómo me había ido el día.

En nuestra amena conversación, durante toda la cena, solo tenía ojos para ti, oídos para ti y para la música de fondo.

 

Mi amor, que bien estoy contigo, amante, compañero, amigo.

Mi amor, te he de confesar algo.

En esa cena, mientras te miraba, observé en la mesa de enfrente a un hombre que como predestinado entremezclamos miradas. No pude dejar de mirarle, al principio de forma tímida, a él le ocurría lo mismo, miradas cruzadas, miradas tímidas, dejadas acompañar por una leve sonrisa, escueta y discreta.

Él estaba acompañado, ni siquiera me di cuenta quién era su acompañante, pero en ese momento sinceramente me daba igual. Mientras te escuchaba él fijó su mirada en mí y yo quedé hipnotizada, hechizada, dejé de escucharte ya, mis miradas, mis sonrisas eran para él.

Miradas y sonrisas que hablan, cómplices de una conversación secreta.

Pero la cena terminó, no quería marcharme, quería seguir viendo sus ojos.

No te diste cuenta de nada, y marchamos, dejando tras de mí un extraño dolor indescriptible.

Salimos del restaurante, llovía, y al día siguiente ambos teníamos que trabajar, se nos hizo tarde, y nos despedimos con un beso, para mí vacío. Cogiste un taxi y te marchaste. Quedé allí bajo un balcón resguardándome de la lluvia.

No pasaban taxis, me parecía una eternidad, quería marcharme rápido, antes de seguir mis impulsos y volver a entrar.

No hizo falta, cuando al fin vi un taxi, le di el alto, pero en ese preciso momento alguien me abrazó por detrás y me susurró al oído: “no te marches, ni ahora ni nunca”.

Me di la vuelta y era él, salió a mi encuentro, me buscó y me encontró, no hubo palabras, nos fundimos en un apasionado beso bajo la lluvia, todo nuestro alrededor nos daba igual, abrazados sin hablar.

 

Esa noche hicimos el amor y supimos que iba a ser para siempre. Y así ha sido, todas las noches, todas las mañanas, todas las tardes nos amamos. Y cuando me levanto recuerdo haber soñado contigo.

Y como siempre “anoche soñé contigo”.

 

 

Silvia Marcos Fuentes

15-08-08

 

Reservado derechos de autor V-1693-08

 

 

                                      UTOPÍA

 

Si pudiera de golpe

arrinconar olvidos y semanas

junto a los nidos de agua

de mi secreta cáscara.

 

 

Si lograra arrojar

en las islas neutrales

las cenizas que muerden el árbol y las lágrimas,

y pudiera dejar que una ecuación rotunda

insertase su atmósfera de pétalo

en cada pabellón desamparado;

empapada de estrenos sobre un licor tardío

bebería las notas

de un festival de espigas y de vuelos.

 

 

Pero apenas soy sangre

que retumba en los muros

de la piel cotidiana,

y en mis hombros fatales

amamanto a una araña de sal

que desvaría.

 

Por Teresa Palazzo Conti

Mención de Honor Georges Zanun Editores, 2008

 

LA CASA HABITADA

Para aquellos que negaron sustentarse en tu vida.

 

 

La casa habitada era silente, secreta por saltos ajenos a la realidad.

Hacía falta en el ambiente la figura exacta de los padres, sin embargo, la presencia de los hermanos, espaciaban la genealogía perpendicular cuadro a cuadro, esquina a esquina, aún así, resultaba extranjera e infecunda la gratitud de sus vidas.

En el patio, más al fondo del pasadizo empedrado, residía un pequeño huerto con diminutas flores, cada una de ellas habían sido labradas con calor humano, a verdad mía, lo humano resultó ser escaso. Alrededor de la casa las cañas hacían su labor, ambientar el hogar con su solemne tristeza, mientras pasaba esto, los otoñales vientos hacían presagiar el retorno de la voraz negrura. Estaba anocheciendo y nada se podría hacer.

Las flores apiladas y marchitas mantenían aún el incansable aroma de todos los días vespertinos. Sencillo eran esos días furtivos, cuando ocupábamos con una sola mirada el vasto tiempo de la felicidad, los ojos de mi madre, la voz de mi padre y mi hermana con sus pequeñas tonterías. Todo hacía iluminar el verdadero sentido de la existencia. La muerte no era una vida ya vivida ni tampoco la vida se había convertido en una muerte por venir, la vida y la muerte solo eran dos pequeños niños jugando a las escondidas, cada quien tenia su turno y cada quien descubría al otro. Así transcurrían las palabras de mis padres, entre un carajo y un beso. Son las cinco de la tarde y aún musitan sobre los muros las lecciones impropias de la vida. También se ofrecía a mi levedad, la presencia de una mujer humilde. Mesuraba con su buena sonrisa, aquel sentimiento que comprendía mi cuerpo, y las cosas de su cuerpo también lo advertía. Los vapores de su presencia me enseñaron a revertir toda tristeza ajena y propia, precipitaba mis emociones con facilidad, no había excusa para estar solo, aunque con ella hasta la soledad se podía lograr. Recuerdo también el momento de su partida, con sencillos aires diría que mi futuro se extraviaba junto a sus pasos que se van, los que se iban entre corceles y heraldos mal venidos. Aún me siento bien, aún vivo y me siento bien.

El recuerdo había asaltado de pronto a mi frágil memoria, mi hermana, o como se llame aquella mujer, había crecido entre la escasa esencia del bienestar, también entre rencores, entre árboles diminutos y de la misma forma ocurría con el secreto de su devenir y mi reencuentro a su fácil sonrisa. La reconciliación tampoco se hace esperar cuando las personas con paciencia generan en sus manos el momento ofrecido.

Las florecen aún están vivas, lo siento, están creciendo lentamente, vuelven sus colores matutinos, vuelven sus fragancias a la tierra amada, incluso, creo percibir en el horizonte, que la casa esta habitada.

Por Ricardo Javier Calderón Inca

 

ÉXODO

 

Hacia las aguas del estuario

desfilan las estatuas

aisladas de sus sombras.

 

Han crecido quemaduras musgosas

sobre la carne helada.

 

Campanarios iracundos

descendieron

a grabar laberintos

en la dureza de la culpa,

y el mandato de piedra

rompió su juramento.

 

Un impulso de pétalos

desnudó la cascada poderosa

y las formas inmóviles

volvieron a los trajes antiguos

de sus dueños.

 

No había habido derrota;

apenas la zozobra del virginal destierro,

y el corte del cincel

sobre el talle ceñido de las formas.

 

Entre cimientos rotos,

espectros sin latidos

rastrean viejos párpados

para vaciar sus lágrimas;

y algún ave inocente

buscará todavía

esas piras secretas donde posar su vuelo.

Por Teresa Palazzo Conti

 

 

 

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Cuando Nieva Sobre los Cedros


Miro a través de mi ventana,
amparada en el calor de esta cálida
habitación en que me encuentro,
embelesada espectadora del paisaje
que se vislumbra a lo lejos.

El parque se extiende bajo la bruma,
copos blancos se deslizan suaves
sobre los cedros,
se escucha como música de fondo
el sonido sibilante del viento,
viento de hielo que acaricia,
duele y embellece
volviendo el paisaje extraño,
como extraído de un cuento.

Imagino serpenteando el vientre
virginal del bosque,
un largo sendero cubierto de nieve,
colchón que amortigua y hace sigiloso
el paso de duendes y de lobos.

Envidio la madera inmóvil,
aunque intensamente viva,
enraizada, oteando el cielo,
el viento helado le duele
mientras los lobos la rodean,
refregando contra ella sus
erizados lomos,
transformados en suaves corderos
danzando con los elfos.

Desde mi ventana, aislada de ese frío,
veo la nieve caer sobre los cedros,
suave y melancólica,
embelleciendo,
entonces mi espíritu se desprende de mí,
atraviesa el espacio,
ingresa en el árbol,
siente su fuerza, bebe de su savia,
y enamora al viento.

María Magdalena Gabetta

Río Tercero – Córdoba – Argentina

 

DESHIELO

 

De nieve en nieve,

busqué el legado final del aguacero.

 

Clavé, de roca en roca,

la pregunta inicial sobre la tierra.

 

El dictamen del nuevo rompimiento

estaba por grabarse;

tan cerca y tan sin guerras

que costaba aceptar el exterminio.

 

Corre la sangre blanca

por raíces compactas.

 

A calor y a cuchillo

le han herido la piel.

 

La ironía del invierno

rueda escudriñando entre fuegos traidores

y avalanchas.

 

Desde ventisqueros infieles

la montaña limpia sus culpas milenarias.

 

Apenas van naciendo las súplicas,

y en las madrigueras de barro,

crece el olor a savia y a silencio

hasta el brote primero

de algún árbol.

 

Teresa Palazzo  Conti

http://www.lapoesiadeteresa.com

 

Desazón frente al designio de la naturaleza, en pleno invierno,

y aún sin el manto de nieve acostumbrado en las montañas.

San Martín de los Andes, Argentina, julio de 2008

 

 

 

 

 

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13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

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13º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXIII     08-11-2.008

 

EDITORIAL XIII

El tiempo de la literatura

 

 

El tiempo corre. Es algo que sentimos en nuestra vida cotidiana a partir de cierta edad y es algo, también, que apreciamos en el transcurrir del tiempo histórico. Hay un tiempo marcado y definido por la convención de los calendarios frente a un tiempo que viene fijado por los acontecimientos. Los años y los siglos se suceden de un modo inequívoco a través de las fechas, pero las épocas nacen y mueren de otro modo. A nadie se le escapa que el siglo XX, que para los calendarios nace el 1 de Enero de 1901, surge en realidad tras el terremoto de la primera guerra mundial y la revolución de octubre de hace, este mismo mes, setenta y un años, y muere para los calendarios el 31 de diciembre de 2000 mientras que para la Historia sea la fecha del trágico atentado de Nueva York el que dé el portazo definitivo al siglo XX y suponga el inicio del XXI.

 

Poco años han transcurrido, por tanto, en este siglo y parece que haya pasado de todo. Se han acentuado algunos dramas, como la hambruna, las guerras y las bolsas de miseria. Una parte minoritaria del mundo se ha enriquecido con extrema rapidez y ha arrastrado a la humanidad a una crisis cuya dimensión aún no conocemos. La violencia muestra su cruel y cruenta faz que nos indica lo vulnerable y frágiles que somos. La tecnología, sin embargo, se ha desarrollado de un modo que hace bien poco ni hubiéramos imaginado, aunque no hemos resuelto graves problemas como los mencionados ni cuestiones morales de vital importancia. Han nacido nuevas formas de rebeldía contra un mundo que mantiene la injusticia como característica esencial. También nos confunden nuevos simbolismos que nos cuesta interpretar.

 

En medio de todo este caos, natural e inevitable para algunos, mientras otros consideran que es preciso superar, la literatura se vuelve una vez más un lugar que nos devuelve una mínima serenidad. La literatura no deja de ser esa necesidad de contar y de embellecer la realidad con las palabras. Es algo que ha existido siempre, desde las cavernas, cuando los primeros seres humanos se reunían para intentar explicarse la vida y recurrían a las metáforas y a los símbolos para que todo se volviera más benévolo y se siguiera buscando la felicidad en un mundo tan poco propicio.

 

La poesía es un arma cargada de futuro, afirmaba Gabriel Celaya. Nosotros somos partidarios de tan bella metáfora y deseamos que las armas, las de verdad, se conviertan en versos, en relatos, en novelas, y no continúen siendo las herramientas de matar que son ahora. Porque la literatura, al igual que en otras épocas, sigue siendo la forma de explicarnos el mundo, lo que nos rodea, lo que nos desasosiega o nos emociona. Por eso creemos también que la literatura no debe ser esa torre de marfil que algunos desearían, aun cuando a menudo el mundo nos parece tan horrible que nos tienta encerrarnos en tan bella torre. Pero sólo una literatura capaz de adentrarse en la sordidez del mundo podrá hacernos vibrar, aunque pueda, es verdad, hacernos también daño.

 

El tiempo corre, pero la literatura permanece como ese magma que va creciendo año tras año. Podemos sumergirnos en las obras del pasado y reconocernos en ellas, es universal y atemporal. Como decía Bernardo de Chartres, seguimos siendo enanos a hombros de gigantes. Gracias a ello podemos otear el horizonte y proseguir el camino.

 

 

LA RABIA

 

Mi rabia es una hambrienta,

se disfraza de paciencia,

se apellida Sarmiento

y es experta en esa ciencia

de juzgar el arrepentimiento

y se trepa en la indecencia.

Escupe afuera el momento,

saca a pasear a tu rabia

¿no ves que sin incremento

toda tu mierda se te radia?

Hoy me conocí indefenso,

hoy creé seria circunstancia,

hoy me arrepentí inmenso

de toda la verdad sin falacia.

Desahúciame de lo que pienso,

vacíame de toda mi gracia,

clávame en pared y dame pienso,

deshazte de mi acrobacia,

ama aquello que desprecio.

¡Sé sólo para mí la gran reacia!

Toda esa luz tiene su precio,

toda esta montaña es burocracia,

huye de lo que es cierto,

huye de toda cruda desgracia.

Ya no respeto lo que yo pienso,

ya no acude a mí la contumacia,

soy de mí mismo un preso,

acudo al rincón de la farmacia,

ya no saludo, rezo o hago sexo;

todo en mí se ha hecho ineficacia,

se ha acomodado todo el peso

vacío que deja la infancia.

Hoy comento conmigo lo siniestro

de perder mi militancia

donde las resinas pegan mis restos,

donde las huellas de la perspicacia

me dejaron deshecho.

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

EL ENTIERRO

 

 

Me extraña verle aquí, le dije a modo de saludo. Me había acercado discretamente nada más reconocerle unas filas delante de mí. No me costó distinguirlo pese al tiempo. Hasta ese momento él no se había dado cuenta de mi presencia y por un momento, mientras aún no tuvo claro quien era yo, y es que habían pasado muchos años, le debió de molestar que alguien se dirigiera a él. Tampoco lo esperaría y quizá no lo desease. Pues usted tampoco es, me parece a mí, de los que se esperaban ver por aquí, me espetó nada más reconocerme. Sonreímos condescendientes. Ha venido por mala conciencia o por cerciorarse de su muerte, me preguntó. Eso mismo me gustaría saber de usted, le dije entre murmullos, para no molestar el desarrollo del entierro. Yo le pregunté antes, me dijo en susurros, aunque era evidente que había cierta disposición de mando en su voz. Recordé que siempre le gustó llevar la batuta de todo, que nos diéramos cuenta que quien mandaba era él, no sólo por una cuestión de escalafón. En todo caso, me había formulado una pregunta que, con toda certeza, del mismo modo que me pasaba a mí, llevaría dos días haciéndose, desde que le llegó la noticia del fallecimiento de nuestro antiguo enemigo y prisionero. Era verdad: había pasado mucho tiempo, treinta años nada menos, habían sucedido muchas cosas, y de pronto la noticia de su muerte nos enfrentaba a viejos fantasmas.

Nos mantuvimos en silencio el resto del entierro. La pregunta quedaba pendiente de respuesta y él me daba tiempo sin duda para que yo mismo me aclarase. Si me ha hecho esa pregunta, tuve para mí, es porque le domina cierta culpabilidad. Él, además, era mayor que yo, no podía alegar que entonces era demasiado joven y excesivamente influenciable. El hombre que ahora enterraban, por otro lado, también albergaría, mientras estuvo vivo, sentimientos hacia nosotros que no serían, ciertamente, amables ni considerados. Era lo normal. Aunque es posible que el tiempo ablandaría en él el odio y las ganas de revancha, sin duda justas o al menos comprensibles.

Las cosas habían cambiado, me dije, que era un modo de justificarme, porque era como decir que entonces era todo distinto y por tanto ciertas cosas podían hacerse. Pero bien sabía que aquello era una excusa tonta, sin sentido. Quien había cambiado era yo y también, seguramente, mi inesperado acompañante. Pero aceptar el cambio suponía, en cierto modo, aceptar el error, incluso aceptar la culpa. El bien y el mal bregando por imponerse, era lo que había detrás de todo aquello, lo moral, lo ético, frente a lo amoral, lo inmoral. Disipé, no obstante, esta reflexión, no tenía ganas de lanzarme a unas cavilaciones que, por otro lado, no sabría como desarrollar y me daban miedo. Las cosas fueron como fueron, pensé, ahora no haría lo mismo, claro que ahora, de volver a ser joven y volver a vivir las mismas circunstancias, me faltaría la experiencia y seguramente cometería los mismos errores. Las mismas burradas, rectifiqué para mí. No pude evitar, ¿tal vez tolerar?, el recuerdo del ahora fenecido como víctima de nuestra impunidad. Y no en vano de cierta injusticia esta vez legal, al final y al cabo nosotros fuimos los vencedores y en consecuencia impusimos la ley en nuestro beneficio.

Terminó el entierro. Se formaron corrillos y algunos de los presentes iban de uno a otro saludando a conocidos. Nadie vino a hablar con nosotros, nadie nos conocía. Nos pusimos a andar hacia la salida del cementerio. Sólo entonces me di cuenta de su edad y del deterioro del tiempo que su cuerpo reflejaba a todas luces. Nada que ver con el hombre que fue, pensé. Ahora incluso podía despertar alguna afectuosa estimación producto de la ancianidad. Tendría nietos, pasearía con ellos, les contaría viejas batallas neutras, les aleccionaría sobre el bien y el mal, supuse que algo de todo eso había, aunque no tenía respuestas certeras a mis dudas. Tampoco se las plantearía, quizá porque para sus propias dudas no tenía respuesta.

Tiene contestación a mi pregunta, me dijo en cuanto estuvimos fuera del cementerio. No estoy aquí por cerciorarme, le dije. Tampoco me atormentan los remordimientos, continué poco después, al ver que él no decía nada, aunque a veces creo que debieran atormentarme, añadí. Usted cumplía órdenes, susurró, como si todavía estuviéramos rodeados de personas y debiéramos mantener la compostura, mis órdenes, añadió. Significaría eso que a él si le remordía la conciencia, me pregunté. Sin embargo, no llegué a formulárselo. Supuse que todavía me dominaba el concepto de escalafón presente en toda disciplina militar: los subalternos no podían cuestionar las decisiones ni plantear asuntos que pusiera entre las cuerdas a los superiores. Creí ver que me miraba agradecido por mi discreción. El mundo está mal hecho, afirmó, siempre lo estuvo. Avanzábamos lentos, nuestras miradas en paralelo, sin mirarnos directamente. Fuimos peones en un tiempo infame, confesó. Aunque créame, me dijo, fue toda una confesión que tal vez no esperase, daría lo que fuera por haber podido hablar con el hombre que hemos enterrado y con tantos como él.

Paró ante un coche. El chofer salió y le abrió la puerta de atrás. Fue ese el único momento en que nos miramos a los ojos. Me estrechó la mano y me la apretó. Un gusto verlo, me dijo antes de subir al vehículo, cuídese. Quise creer que en su voz había tristeza y gravedad. Eché de menos, sin embargo, como en una mala película, algo de trascendencia.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

LECCIONES DE COMPORTAMIENTO

 

Si te oprime en el pecho algo,

si toda tu causa es ser feliz,

si pagastes un precio muy caro,

si piensas tan sólo en ti,

si culpas a la crisis y al paro,

si deseas tan sólo vivir,

si deseas otro mundo raro,

si deseas cambiar tu matiz,

si deseas pasar por el aro

desea la paz para vivir,

desea un mundo logrado

que nace todo para nosotros,

no te des con un canto rodado,

date tregua, sé de los otros,

acaba con lo comenzado,

que la vida respire en tus poros,

encuentra siempre sendero,

desea una paz nunca vista,

ponle música al minutero,

disimula tu vena artista,

no pongas a nada un pero,

vive de manera altruista,

intenta ser siempre sincero,

nunca seas pesimista,

confía en el amor verdadero,

pierde el orgullo de vista,

ocupa si no ves casero,

vive de manera distinta,

renuncia al podrido tablero,

moja tus frustraciones en tinta,

sé tú mismo o sé diferente,

cámbiale a todo la pinta,

vive siempre el presente,

deja que todo exista,

sé un cobarde valiente,

apártate de lo victimista,

intenta tener limpia tu mente,

perdónate a ti mismo la vida,

ríete de lo consecuente,

no hurgues nunca en la herida,

deja tu idea patente,

canta tu canción preferida,

mira siempre al frente,

siente la voz del instinto,

recuerda lo que está ausente,

no digas nunca me rindo,

haz el amor frecuentemente,

cáete de un nuevo guindo,

di te quiero a quien quieres,

no hagas jamás la puñeta,

lucha si siempre tú pierdes,

no te cambies la chaqueta,

recuerda lo que tú eres,

mama siempre de la teta,

encuéntrate si te pierdes,

huye de las alcahuetas,

vive por que nunca mueres,

huye de las fingidas maneras,

refínate si tú quieres,

ama entre las trincheras,

vive esta vida de vaivenes,

haz del amor tu condena,

colecciona distintos sostenes,

sonríele a la oscura pena,

ponle negrura a los papeles,

sé de la alegría mecenas,

traspasa de luz a las pieles,

ponle a tu sordera antenas,

endúlzate con dulces mieles,

lucha contra las cadenas,

hazte fiel a los infieles,

mira la luz de las estrellas

y desea la paz siempre.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

Una visión peculiar sobre la literatura africana y latinoamericana.

Por Cristian Claudio Casadey Jarai.

 

Con el fin de legitimar la expansión colonial europea en África se han forjado a lo largo de la época de predominio del hombre blanco sobre el negro extraños conceptos convertidos en “tópicos literarios”. Si bien no se encuentran desprovistos de su realidad, sobrellevan una importancia completamente diferente, de un claro enfoque occidental. Las tradiciones orales, la poesía, el cuento y la leyenda son géneros africanos propiamente dichos, mientras que la novela es importada de Europa.

La africanidad se desarrolla, jamás permanece estática, y al igual que en la América Latina evoluciona y se desarrolla narrativamente como ha sucedido siempre en la historia universal de la literatura.

Continente de grandes contrastes, no es llamado negro solamente por el color de piel de sus habitantes, es por lo impenetrable de su naturaleza, en apariencia exuberante y simple a la vez. La imagen de África como un territorio virgen e imposible de  civilizar es a menudo similar a la asociada con Latinoamérica. La misión “educadora” que realizaban las potencias blancas sobre las razas consideradas inferiores, negros e indígenas, quedaba plenamente justificada a los “ojos de la ciencia y de la religión”.

Afortunadamente esos tiempos violentos han quedado en manos del pasado. El momento actual sin embargo, ofrece nuevos retos, más difíciles en cada nueva ocasión. La lucha contra los estereotipos y los prejuicios es uno de ellos.

Asociar a ciertas nacionalidades con algunos defectos, a menudo muy graves, es un recurso harto usado políticamente. Sólo basta recordar todo lo acontecido en las guerras, en la historia. También la literatura sabe aprovechar muy bien aquellos “tópicos”.

El negro e indio vagos y ladrones, el blanco racista y explotador, el judío estafador, el gitano delincuente y muchos más; son tácticas frecuentes para desmerecer a alguien y derramar infamias sobre ciertos sectores humanos.

La literatura africana y latinoamericana actual no ha podido todavía eliminar por completo los presupuestos ideológicos que se establecieron y repitieron hace tanto tiempo. A pesar de todo, se vislumbra una luz muy brillante al final del túnel.

Hoy en día, en especial gracias a internet, una nueva generación de escritores encuentra de una manera más o menos accesible poder expresarse en cierta libertad. Es de admirar como se multiplican los foros y portales literarios, en donde todo tipo de literatura se ofrece al internauta. Bien sabido es que los hábitos de lectura en internet no son los mismos que en el “papel”, pero más allá de toda crítica es destacable la oportunidad que brinda este nuevo medio (no tan nuevo ya) para expresar ideas que serían muy difíciles de exponer en otra manera. De alguna manera, se ha logrado “democratizar” el derecho a escribir, a manifestarse, a tener “los cinco minutos de fama” que tanto menciona  Warhol.

Ya no se trata de exteriorizar lo interno, es interiorizar lo externo, volver propia la realidad para poder plasmarla de una manera nueva, una visión completamente diferente. En ese punto se nota una gran diferencia entre la cultura africana, eminentemente colectiva, social, mientras que la latinoamericana es casi completamente individual, personal. Un equilibrio entre ambas es una ardua búsqueda constante.

Los escritores e intelectuales en general no permanecen ajenos al devenir de la historia, de los movimientos sociales ni de sus países. La literatura es un arma poderosa, la cuestión es usarla al servicio de la verdad.

 

 

Cabalgo

Corroída hasta los huesos

Espejismo débil de mis fauces

Cabalgo la noche en alazanes de pena

Despinto el sol en las madrugadas.

Me deje ganar por la victoria

Y perdí la partida contra el silencio

En las montañas repose el llanto

Corrompí tu imagen frente al espejo.

Me sacudí los olores de tu encuentro

Y amenace al amor

Cabalgo ahora en alazanes de tu suerte

Ya mi reflejo

Es una

Mentira

Errante

Entre

Ecos

Solitarios.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

VIAJE A TU CUERPO

 

Te ves tan indefenso estando dormido… Te queda muy bien eso
de «niño grande». Camino alrededor de tu cama, silenciosa en medio de la penumbra. Me agacho para observarte de cerca. No me aguanto las ganas de tocarte. Mis dedos ruedan por tus mejillas. Me provocas
ternura. Te estampo un beso en la frente tan leve como el toque de
una mariposa. No te quiero despertar. Sospecho que sueñas con otros
mundos por la sonrisa que se dibuja en tus labios. Reparo en la mano
puesta sobre la almohada. Sigilosamente entrelazo mis dedos con los
tuyos. La caricia me estremece. La cercanía de tu boca me turba.

 

Me arrodillo frente a ti para observarte con más detalle. Con la punta
de los dedos recorro tu barba. Acerco mi cara para sentirla pero de
pronto te mueves y decido desistir. Observo tu cuerpo semidesnudo y
el ir y venir de tu suave respiración. Estás profundamente dormido.
No recordarás nada mañana. Deslizo mi mano y acaricio tu hombro.
Continúa mi recorrido y llego hasta tu pecho. Cierro mis ojos igual
que tú. Quiero grabarme el contacto con tu piel.

 

Así embelesada sigo hasta tu ombligo. Continuar ese rumbo parece una insensatez. Esto es más fuerte que yo, y después de pensarlo un segundo, me pregunto quién me podría acusar de insensata, si sólo estamos tú y yo. Siento la suavidad de la tela que te cubre. Tu cuerpo se despierta a mis caricias, mas tú sigues dormido, y nunca lo sabrás.

 

Aparto la mano avergonzada y ansiosa. Y cuando me doy la vuelta para alejarme siento que sujetas mi muñeca. Me halas hacia ti, rodamos y me atrapas bajo el peso de tu cuerpo. Siento tu evidente excitación entre tu cuerpo y el mío. Cubres mis protestas con tu boca y me voy de este mundo feliz.

 

Correspondo a tus caricias con igual intensidad. Tu cara entre
mis manos, tus manos en mis caderas. Poco a poco desaparecen mis
ropas sin que lo quiera evitar. Con igual desesperación retiro las
tuyas. Tu boca hace excursión por todos mis rincones, mientras yo
dejo escapar mil gemidos de pasión, esperando mi turno para reciprocarte. Cuando me llega el momento lo hago con total delirio,
asegurándome de arrancarte gritos de placer. Ahora sólo deseo que me hagas vibrar volviéndote uno conmigo…

 

A lo lejos se escucha la alarma del reloj despertador. ¡Hora de levantarse! ¡Maldición!

Febrero 2008

Por Ruth Evelyn “Jensy” Mendoza

 

I

Busca en mi juventud

un fuego de viento.

Retrata el color

de aquella expresión

(El viento y el tiempo

han borrado los recuerdos)

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

 

 

 

Crisis del capitalismo.

 

 Por Cristian Claudio Casadey Jarai

 

 

 

¿Quién de mediana edad no se acuerda de la caída del infame Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética?

 

Muchos realmente no creían que alguna vez fuera a desaparece uno de los imperios más poderosos de la tierra, sin embargo la historia ha enseñado más de una vez como desaparecen civilizaciones y como emergen otras.

 

La contraparte del extinto gigante comunista parece ser que también llega a su ocaso. El malestar provocado por las incertidumbres económicas, las diferentes crisis que enuncian los medios de comunicación y un creciente descontento general podrían considerarse como los síntomas de una enfermedad que carcome a los países fuertes desde su interior. Muchos culpan a las guerras, a la inmigración, a la corrupción; cualquier cosa es buena como chivo expiatorio. ¿No será simplemente que ha llegado el final de un sistema económico tal cuál lo conoce el hombre? ¿Fin del capitalismo tal vez?

 

No es muy alocado el planteo. Ya anteriormente hubo quien mencionó (Francis Fukuyama) el fin de la historia.

 

En su momento fue muy claro para cualquier observador a la distancia el rotundo fracaso del comunismo, no como ideología, pues las ideas siempre se mantienen vivan mientras exista alguien que piense sobre ellas, tal es el caso del anarquismo para dar un ejemplo, en teoría vive y se encuentra posiblemente más vigente que nunca, pero en la vida práctica no se ve ni un tímido resplandor del mismo. Todavía falta mucho que aprender, la humanidad se encuentra en un permanente estado de cambio, a veces puede parecer evolución si se miran los adelantos científicos y tecnológicos, pero claramente es involución al tratar temas de igualdad social y fraternidad entre pueblos. ¿Será el conflicto un elemento siempre inmanente a la naturaleza misma de este cosmos, de esta realidad? Sin desear caer en largas discusiones metafísicas, es también la hora no solamente de un cambio a nivel económico, sino también de uno a nivel personal, espiritual, más allá de cualquier credo y/o religión, más allá del falso ecumenismo que propagan tantas iglesias; un compromiso con la propia esencia humana, con el corazón.

 

Es momento para que la poesía ablande las almas y abra los ojos a toda aquella verdad que permanece silenciosa y escondida a los ojos de lo cotidiano.

 

 

 

 

Tinta roja

Los dientes se sacuden/ dentro de mi boca

y queda ese sabor amargo en los labios/

despues del diagnostico fatal.

Regreso siempre, y nunca me he marchado/

Un hombre de mil fantasmas, coraza de piedra/

en año bisiesto/ tu enfermedad es la pureza

llámame antes de la muerte…

Una cadena de elefantes que respiran mi futuro/

un silencio mudo/ y descalzo que me hace

abrir los ojos en medio de esta noche azul.

Alzo los ojos y las manos/ mis dedos pueden alcanzarlo

Tinta roja en el césped…

Tinta roja en las manos…

Una muerte segura…

Un calor que hace que hoy escriba.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

EL HIPPIE SOÑADOR

 

…es verdad lo que no conozco…

 

J.M. Caballero Bonald

 

Es una tarde de esas

hermosas y también cambiantes.

Los papeles gimen de sol amarillo.

Suena Suzanne en la radio

y los tiempos anuncian revolución;

cabello largo, sol de mediodía

hazme cantar la canción que sabes.

Los pollos negros son pasado,

las alegrías son futuras,

¡El siglo nos llama!

¡Venid todos a verlo!

Las apariencias todas engañan

y es verdad lo que no conozco,

veintitrés años en las rodillas,

un puente de alegre consuelo,

bailan las murallas y los muros suspiran;

¡vamos a cantar la canción de la noche!

¡a ver si la verdad viene pronto!

por que está breves ratos a solas,

respira en nuestros poros de la piel.

Suena a lo lejos la ignorancia,

te dicen unos: ¡Usted no sabe con quien

está hablando!

Te dan ganas de gritar: LIBERTAD.

Algo está cambiando,

¡las rosas nacen con eternas espinas!

Nos las pondremos en el pelo,

bailaremos locos,

viajaremos a la India

y reiremos por los rincones,

permitamos el amor,

suspiremos de los vientos del mundo libre,

andemos llorando de alegría en los patíbulos,

vivamos siempre aprendices de los ancianos,

que la vida corre deprisa en las palabras,

que los cielos son un mundo por ver,

que llamemos olvido a la superficialidad,

que movamos las manos levantadas,

que hagamos el amor de esquina a esquina,

(del lugar al momento),

del mañana hasta el presente,

todos unidos debemos renacer,

miramos otro mundo en nuestros corazones,

queremos el hoy de las armonías,

queremos ver salvajes azules en las miradas,

queremos por que podemos.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

nevandoenlaguinea@gmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@gmail.com

 

12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA NEVANDO EN LA GUINEA

nevandoenlaguinea@hotmail.com

E-MAIL: nevandoenlaguinea@hotmail.com

12º NÚMERO DE LA REVISTA LITERARIA

NEVANDO EN LA GUINEA

NºXII    01-11-2.008  

 

EDITORIAL XII

Estados Unidos, imperio, cultura y elecciones

 

Si nos preguntáramos qué son para nosotros los Estados Unidos y tuviéramos que responder sin pensar mucho, sin duda la respuesta dependería del momento en el que nos formularan la pregunta. No cabe duda de que la historia de los siglos XX y XXI está repleta de agresiones que aquel país cometió contra otros pueblos que se atrevieron, tremenda osadía, a discrepar de las imposiciones del Imperio. Los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos se han erigido en el juez del mundo, ellos dictan qué regímenes son los adecuados y cuáles se convierten en enemigos de la humanidad, hasta el punto de que su desfachatez no tiene límites: el país de las armas nucleares acusa y amenaza a otros que pretende tenerlas, cuando lo lógico sería que ningún país las poseyera y muchos menos las fabricara. Ellos imponen a base de dólares un modelo de vida consumista y un tanto superficial. Han apoyado regímenes siniestros sin escrúpulos para vulnerar la condición humana de sus oponentes.

 

Sin embargo, sería simplista que nos basáramos sólo en lo anterior para crearnos una imagen parcial de la realidad y así formarnos una opinión negativa de aquel país y de su sociedad. Sin duda los Estados Unidos son eso, pero también muchas otras cosas. El cine, el jazz o el rock tienen una denominación de origen claramente norteamericana. La literatura de los Estados Unidos está repleta de nombres que conforman nuestra cultura universal, también nuestro propio bagaje cultural más personal. Edgar Allan Poe, Mark Twain, Walt Whitman, J.D. Salinger, William Faulkner, Raymond Carver, Jack London, Truman Capote, Tennessee Williams, Ernest Hemingway, Flannery O´connor, Allen Ginsberg o Jack Kerouac son algunos de los nombres que se nos vienen a la cabeza por sus obras literarias, sin duda fundamentales. Hay otros muchos autores, igual que cineastas que han dado el mundo un formidable arte. De los Estados Unidos proceden, sin duda alguna, las sintonías de nuestros vidas, que serían muchos más pobres si no fuera por la aportación de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, R.E.M., Bob Dylan y tantos y tantos músicos.

 

¿Podemos simplificar por tanto lo que son los Estados Unidos y declararnos absolutos enemigos de un país que tanto ha aportado a la cultura de nuestro tiempo? Sabemos que simplificar es muy fácil. Las víctimas de la maquinaria de guerra norteamericana nos recuerdan que el (des)orden del mundo es injusto, como injusto es que un Estado, cualquiera que éste sea, imponga su ley por la fuerza. Pero no podemos tirar por la borda toda una cultura por una determinada política.

 

El próximo 4 de Noviembre habrá elecciones en los Estados Unidos y la atención del mundo estará puesta, otra vez, en aquel país. No es para menos, el equipo en el poder en la Casa Blanca va a determinar la política internacional. Esta vez, nos cuentan, se añade una cuestión simbólica que sin duda es importante: por primera vez se presenta un candidato negro para la presidencia, Barack Obama por los demócratas, y hay una mujer candidata para la vicepresidencia, Sarah Palin por los republicanos. No tenemos muy claro si el mundo cambiará mucho si ganan los demócratas o si se mantienen los republicanos, nos gustaría que algo cambiase, aunque muchos nos tememos, visto lo visto, que el (des)orden de este mundo se mantendrá desgraciadamente algunos lustros. Sea lo que fuere, esperamos que la cultura norteamericana siga ofreciéndonos sus obras, de momento una de las pocas cosas que nos hace confraternizar con aquel país.

A MI ABUELO

In memoriam.

 

Recuerdo de ti ese agridulce sonrojo

Tus manos de dedos gordos y pulidos

Recuerdo un atardecer demasiado rojo

Viendo ir al gorrión de las migas al nido.

 

Ese palpitar de estrellas en tus ciegos ojos

Esa música tuya de tiempos queridos

Esa cartera escondida que por antojo

Descubrí por casuales juegos escondidos.

 

Recuerdo a mi madre sacando mis piojos

Y tú riendo como halcón viejo ya herido,

Recuerdo de flores en ramos un manojo.

 

Tu silencio fumando tabaco se ha detenido

Por una espesa aureola de humo flojo.

Yo al fumar recuerdo “un nunca te olvido”.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

La inocencia de mi soledad

 

Soledad baja las escaleras.

Una serpiente se enrolla

Entre sus piernas.

 

Gime, clama, ruega, llora.

Nadie la oye.

 

 

Soledad ahora sube las escaleras.

Una pierna.

Una pierna.

 

 

Y la luna alumbra

Su inocencia.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

 

Destino

 

 

Discutíamos de un modo adolescente si el destino determinaba por completo nuestra vida o si, por el contrario, éramos nosotros, como individuos libres, quienes forjábamos día tras día nuestro propio destino. Entonces Raquel, que parecía decantarse por la primera opción, nos contó aquella historia que, más allá de cualquier valoración que pudiéramos deducir, nos dejó un cierto mal sabor de boca.

A la chica la conoció Raquel en un avión. Fue a sentarse junto a nuestra amiga, que viajaba por cuestiones de trabajo a un destino lejano. Era, al decir de Raquel, una muchacha atractiva, aunque no despampanante. Llevaba los ojos enrojecidos y llegó acompañada hasta el avión por una mujer que habló con el comandante mientras los viajeros se acomodaban en sus asientos y que se marchó tras entregar al piloto un sobre marrón. Raquel supuso que se trataría de una deportación.

Como las lágrimas aumentaron nada más comenzó el avión a ponerse en movimiento para el despegue, Raquel le ofreció un pañuelo de papel, lo que dio lugar a una larga charla y a que ella le contara su historia.

La muchacha, le contó, había llegado a Madrid dos años antes. Viajó sabiendo a lo que se dedicaría, que era lo mismo que a lo que se había dedicado en su país de origen y que no era otra cosa que a prostituirse. Sin duda las condiciones de su ejercicio debían mejorar bastante de un país a otro, aun cuando aquí, le comentó la muchacha, era también bastante penoso, sin embargo le daba de sobras para vivir e incluso llegó a ahorrar algo de dinero. Trabajaba en un club, uno de esos establecimientos que se escudan en la forma de hotel pero que son verdaderos almacenes de mujeres y que brotan por toda la geografía, a las salidas de las ciudades.

Pronto se habituó al país, los hombres son iguales en todas partes, lo dijo más como un lamento algo forzado, un intento de compadrear con nuestra amiga, la diferencia está en otros detalles, ganaba más, todo era quizá más limpio, aunque también más distante y algo hermético. Pero éstos son detalles que a ella tampoco le importaban mucho. Quería hacer dinero y regresar algún día a su país con las espaldas cubiertas, el sueño de tantos emigrantes de toda condición que en el mundo ha habido.

Pero le ocurrió lo que sueñan tantas putas jóvenes que se emocionan viendo la película Pretty Woman y que consideran siempre que es algo imposible, conocer a un hombre que se encariñó con ella, tal vez por capricho o tal vez por amor, quién podría discernirlo, pero acaso era diferente en otras relaciones más convencionales, se preguntó Raquel mientras la muchacha se encarrilaba en su historia, y comenzó a frecuentarla y ella a sentirse cómoda con él, incluso a reírse con sus ocurrencias, pese a no ser Richard Gere, y también comenzaron a verse fuera del local, y a hablar y hablar hasta la saciedad, hablaron tanto que surgieron los planes y un día se fue del local, se despidió cuando podía hacerlo, había cubierto sus deudas de viaje y se marchó a vivir a la pequeña ciudad en la que él residía.

La suerte parecía comenzar a sonreírle. No tenía papeles pero encontró un trabajo en un restaurante de la sierra, cerca de donde vivía. Se trataba de un local de temporada cuyo dueño parecía contento con la muchacha. De hecho le llamó poco antes del mes de abril para proponerle tramitar sus papeles a partir de la oferta de trabajo que él le haría. Sólo tenía que hablar con un abogado y presentar toda la documentación necesaria.

Como mujer precavida que era, y un tanto dada al fatalismo, prefirió no comentarle nada a Francisco, su novio -le pareció raro emplear esta palabra, novio, referido a alguien que tenía relación con ella-, y comenzar las gestiones con cierta discreción. Tenía mucho vivido y sabía que las cosas podían truncarse cuando menos lo esperabas. ¿Para qué, entonces, desilusionar a personas a quienes quería?

Además, debía solucionar un problema acuciante, el del dinero. Lo poco que tenía ahorrado no era suficiente, le quedaba un poquito para poder afrontar los gastos. Había que pagar al abogado y gestionar además algunos trámites que requerían pagos un tanto costosos y se dio cuenta de que no estaba muy boyante, sino bastante limitada. Se planteó buscar un trabajo, pero sin papeles era difícil más allá de su propio ámbito local, había bastante control y pocos empresarios se arriesgaban a dar trabajo a quien carecía de permiso de residencia. Podía pedírselo al dueño del restaurante, como adelanto, sin embargo sabía que tampoco estaba bien de fondos y bastante hacía con permitirle gestionar sus papeles.

La idea le rondó desde el principio del problema, pero al principio lo rechazó. Sin embargo, poco a poco se lo fue planteado como una posibilidad que le pareció cada vez más llevadera y la única posible. Se trataría de volver al club una noche o tal vez dos y hacerse con el dinero suficiente para afrontar todos los gastos. Además, no tenía que acostarse con los clientes, simplemente bastaba con estar en la barra, charlar con los hombres y hacer que bebieran, con eso tendría ya una comisión que tal vez se tradujese en una cantidad más que suficiente. Sabía que Juliana, la encargada, se lo permitiría, había quedado bastante bien con ella y no le pondría problemas. Y a Francisco qué le digo, se preguntó. No tardó en ocurrírsele que lo más viable era decirle que iba a la capital unos días a ver a unas amigas de su país y que se quedaría con ellas el fin de semana, seguro que él no pondría objeción alguna y tampoco dudaría de nada.

Se decidió por la última semana de marzo. El viernes iría al club, así que el miércoles se lo comentó a Francisco mientras recogían la cena, sin darle el más mínimo énfasis. Tal como esperaba, no puso ninguna objeción.

El viernes al mediodía salió hacia la ciudad. Todo lo que necesitaba lo llevaba en una pequeña bolsa de viaje. Paró en la capital unas horas. No tenía nada que hacer hasta las ocho, hora en que otro tren le llevaría al club, así que paseó sola durante un buen rato. No sabría decir si se sentía nerviosa ante la noche que le esperaba, si presagiaba algo malo, como si una voz interior le advirtiera de que algo podría pasar, pero lo más seguro es que fuera que no, que nada vaticinara un fin trágico y que lo único que explicaba cierta zozobra era un leve remordimiento por esa noche en el club. Pero consideró que se trataba de algo necesario. Reprimió por tanto cualquier atisbo de intuición o mala conciencia o culpa que pudiera aparecer. A las diez en punto entró en el club. Se puso en una esquina, cenó algo y esperó a que llegara las once, hora en la que solían aparecer los potenciales clientes que le iban a permitir, esta vez sí, escapar definitivamente de sitios como aquel y encontrar de paso algo de felicidad.

Todo fue rápido, como en un sueño. Medio escuchaba a un tipo que le hablaba de no sabía muy bien qué cuando todo se crispó de pronto. No podía decir si alguien gritó o si se hizo uno de esos silencios tremendos que se anticipan a las tragedias. Vio las placas en las manos de aquellas personas y tardó un rato en comprender lo que estaba sucediendo. No puede ser, escuchó su propia voz, ajena a su voluntad, apenas un murmullo que devenía un lamento, esto no me puede suceder a mí. Un policía tuvo que repetirle que debía seguir a las otras chicas, todas como ella, extranjeras y sin papeles, hasta las furgonetas que esperaban fuera. Se sintió tremendamente sola una vez estuvo en la celda, después del trámite de entregar su pasaporte, de ser vagamente interrogada, de firmar unos papeles, los derechos le dijeron, que de nerviosa ni los leyó, y de hacer la entrega de sus objetos personales. Notó sobre sí la más profunda desesperación. Ni siquiera lloró, para qué, tal vez lo absurdo fuese lo vivido hasta aquel día y creer que había esperanza.

Le asignaron una abogada de oficio que le explicó que pasaría a un juzgado de guardia. La policía pedía su internamiento en un centro de extranjeros sin papeles para asegurar que fuera expulsada y era la juez quien decidía esta medida. ¿Tienes domicilio? La pregunta de la abogada, sin quererlo ni buscarlo, era para ella como una bofetada. Fue lo único que le llevó a mirarle a los ojos y durante unos segundos no supo qué decir. Es importante, le comentó la abogada, la juez te dejará libre si lo puedes acreditar. La suerte estaba echada, lo sabía, lo había sabido siempre. No había lugar a la esperanza. Nunca lo había. No, no tengo, musitó la muchacha. Apenas le quedaban fuerzas y sabía de antemano que la batalla estaba perdida.

– Por qué no le dijiste la dirección de tu novio -preguntó Raquel, conmovida por su mala suerte y vacilante ante la posibilidad de hurgar en la herida.

– No le podía hacer esto.

– Pero él, seguro, se enteraría de lo ocurrido, lo habrá sabido ya.

La muchacha tardó en responder. Raquel sintió por ella una lástima profunda, una pena inmensa.

– Quizá lo hice por mí -le confesó-, por mi propia cobardía, porque no hubiera soportado mirarle a los ojos.

Podía haber hecho muchas cosas, pensamos todos, sin duda fue una estupidez volver a aquel lugar, pero más allá de cualquier consideración sentimos que a aquella muchacha el destino no le trataba nada bien.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

 

 

 

 

I

Mi voz esta hecha de silencio

Corro las cortinas de la siesta

Pero todo sigue igual.

Un demonio negro tentando a las vírgenes.

Y yo sin abismos para trepar o caer.

Ahora se que soy

Una especie de mosca

Nadando en tu sopa.

 

II

Te sientes atormentado y yo igual

Quiero que bebas estas lineas que contienen

Fuego.

Descansare cuando todo haya acabado:

La ansiedad de poseer y el terror de morir

En brazos de esta noche ciega.

Este dolor esta matándome.

 

Y es solo un vómito contenido,

Una desgracia mas dentro de mi cuerpo.

Ya no es tiempo de perlas en los ojos

(agito banderas negras)

 

Solo sangre y

Nieve en los jardines.

 

Por Gabriela Fiandesio

 

 

TRIBUTO A LA TRIBU

 

Mundo viejo en lodazal de secano

Serpiente de jungla austral rasando

Museos tribales del polvo lejano

Mundo humeante de humo rodando.

 

Señor de queroseno, señor de metano

Lugar donde nacer y ver brotando

A un mundo de avaricia por lo indiano

Avaricia de materia recién supurando.

 

Donde se mira a ese dios de mecano

Un dios monstruoso derrumbando

Lo cercano, lo temprano, lo humano.

 

Donde se diseñan dioses deplorando

Justicia y ley, trucaje un tanto villano

Días de un cruel mundo loco explotando.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

1600, PENNSYLVANIA AVENUE

 

No quiero salir a esa calle,

donde se respira una alarma social.

Prefiero quedarme en mi casa

pues tengo lata que patear.

No quiero verme tan miserable

ni quiero sentirme White House,

siempre me he sentido culpable

por darme miedo Mickey Mouse.

La Avenida Pennsylvania huele mal,

mal huele la pesadilla nuclear,

repugnante paz de la guerra ideal,

sindicato del crimen de par en par.

Linconl es un paria de la libertad,

Nixon busca un magnetofón detrás

donde los Bush en estado de ebriedad

le frotan la puta a Clinton con aguarrás;

los Kennedy’s Brothers son otredad

y comparten con Washington mini-bar,

Carter da cal y arena a Panamá,

seguro Obama nos vendrá a salvar.

Los mundos se han hecho lejanos,

New York es una anciana prostituta,

gaviotas se comen sus propios guanos

y los villanos cobran su minuta.

Las barras y las estrellas se pavonean

y se creen las diosas del planeta,

mientras chicanos y negros se apean

y cruzan descalzos todas las glorietas.

Brindo mi brindis por la United States,

pues el capitalismo se cae,

así funciona el colmo que veis,

todo imperialismo también se las trae.

El mundo les pertenece a ellos,

ellos son los amos de la vieja Tierra,

ellos son los asesinos leguleyos,

a ellos les pertenece la miseria

[de esta vida perra.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

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