Reflexiones de una ondjundju-Los cinco mejores nombres para la cultura fang-Juliana Mbengono

Los nombres femeninos elegidos para este post comparten el hecho de que, además de ser femeninos, incluyen la palabra “nguan”. El término “nguan” se refiere a una mujer joven y soltera. Una jovencita de 20 años casada no puede ser considerada nguan, aunque el termino denote juventud; pese a que el adjetivo alude a una mujer soltera, lo correcto para referirse a los solteros es “nkueñ” muy similar a nkuéñ (cesta enorme que cargan las mujeres para traer comida y leña de la finca). Por otro lado, nguan también se refiere a la mujer coqueta o presumida; por eso, en fang usamos expresiones como “a bó ngua” (hacer de señorita, coquetear o presumir).

Actualmente, ya no se da a los hijos estos porque reúnan las características que resaltan, sino porque así se llama o se llamaba su nvuí (amigo o tocayo). Ahora sí, hablemos de los cinco nombres de mujer más bonitos en fang.

“Mbeng Nguan” o Mbengono (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo mbeng (guapa/o, hermoso/a, precioso/a, etc.) y Nguan. Se atribuía a las bebés consideradas hermosas. Por el significado del nombre, podemos deducir que solía tratarse de bebés que, por su hermosura, son muy queridos y mimados por la familia, una Mbeng Nguan solía ser la niña de los ojos.

“Ntó Nguan” o Ntongono (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo Ntó (primogénito/a o, primero/a) y Nguan, se atribuía a la primera hija, que no debía ser precisamente la primogénita. Las Ntó Nguan, por su condición de “primera mujer” solían ser muy cercanas a sus madres y la mano derecha de estas. Cuidan de los hermanos pequeños y de la casa en ausencia de la madre.

Ayi Nguan o Ayingono (en su versión españolizada), compuesto por el verbo Ayi (necesitar) y Nguan, se atribuía a las niñas que nacían después de que sus padres hubieran deseado tener una hija por mucho tiempo.

Asa Nguan, Ase Nguan o Asangono (en su versión españolizada), compuesto por la conjugación Ase (no es/ no está) y Nguan, quiere decir “no es una señorita o no está disponible para desposar”. Se atribuía a las hijas que no se quería o no se pensaba entregar en matrimonio.

Be Nguan Be saman o Bengobesaman (en su versión españolizada), compuesto por el adjetivo Be (los/las), Nguan (doncella) y Saman (seis), quiere decir las seis doncellas. Se atribuía a la sexta hija. A pesar de ser una más de entre tantas hermanas, las Be Nguan Be Saman solían ser tan queridas y apreciadas como el resto de sus hermanos.

Una pequeña dificultad que he tenido para escribir estas líneas ha sido la elección del título; al principio quería hablar de cinco apellidos de mujer en fang, pero el caso es que, lo que ahora son nuestros apellidos siempre fueron y son nuestros nombres. El nombre de uno será el apellido de su hijo que, a su vez podrá volver a ser el nombre del nieto; ya que los fang honramos a nuestros familiares y amigos adoptando sus nombres para nuestros hijos. No fue hasta la llegada de los colonos cuando empezamos a usar nuestros nombres como apellidos.

El criterio para elegir los cinco nombres ha sido mi gusto y preferencia, quizás a otro le gusten otros nombres de mujer y los quiera compartir.

La Saga de los Montoya-Cecilio Olivero Muñoz

Mucho se ha discutido si el Flamenco tiene raigambre árabe o hispana. Sin embargo, en mi humilde parecer, tiene como ingrediente un poco de todo lo que se le atribuya a la cultura ibérica. Es una mezcla de los cantes de Castilla, de los sefarditas, de los mozárabes y todas las culturas que por España han pasado proyectan sus influencias en él. El Flamenco también es parte de un conglomerado más actual. Más heterodoxo. Pero para mí es como la poesía, es decir, de acero inoxidable. 

Empiezo con este preámbulo histórico y personal, por no decir íntimo, porque quiero hablar de la saga de los Montoya. Gitanos sevillanos, sobre todo La Negra, la matriarca de la saga, llamada Antonia Rodríguez Moreno y ya fallecida, que sin duda era una flamenca de los pies a la cabeza, y que también cantaba en Árabe. Nació en Orán (Argelia) en el año 1936. Fue una gran difusora del repertorio árabe que unió su propio cante en español. Casada con el bailaor Juan Montoya pronto daría a luz toda una dinastía de artistas formada por cantaores y bailaores. Hay una buena colección de vídeos en YouTube, muy recomendables, en los que se escucha su voz aguda con hondura, una voz trianera. Cabe decir que su hija es Lole Montoya, del dúo Lole y Manuel, y madre de Alba Molina.

Cabe destacar sus aportes a la música flamenca. También hay que recordar a Manuel Molina, padre de Alba, un gran poeta y compositor. Les invito a que busquen su último trabajo llamado Calle del Beso, un trabajo excelente que vale la pena escuchar. Manuel ya no está con nosotros, pero no cabe duda que ha sido una figura indiscutible del flamenco sevillano. Su hija, Alba Molina, estuvo en un trío musical de flamenco-pop que no llegó a tener mucha relevancia, por lo que, digo yo, decidiera al final tomar su propio camino en solitario. 

16º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Paloma Chen

«Invocación a las mayorías silenciosas»

Letraversal. 2022

 

«Mi raza es la ansiedad / n-o soy suficiente» escribe Paloma Chen en este poemario. Indica de un modo claro y directo un estado de ánimo, el de quien está entre dos mundos metafóricos, dos culturas, dos idiomas y, en muchos casos, dos etnias reconocibles, visibles en unos rasgos que no debieran prestablecer referencias culturales o una identidad que nunca es absoluta, al final se individualiza, se incorporan tantos factores como posibilidades hay en cada cual y que están allí, como reflejos perennes en un espejo.

Pero atención, no nos habla esta autora del impacto que se da en una primera generación, la de los inmigrantes, la de quienes dan el salto y traspasan fronteras, impacto en dos sentidos, el de quienes emigran y se deben adaptar a otra sociedad, el de la propia comunidad de acogida o recepción con sus tópicos, a menudo absurdos, una fase que está, o que debería estar, superada en España, sino que da un paso más y plantea el reto de las segundas generaciones, la descendencia de quienes vinieron a España y que nacieron aquí, que estudiaron en los idiomas oficiales y se socializaron en ellos, que asumieron otra forma de entender la vida y a sí mismo a través de los lazos de amistad y afectivos con otras personas, cualquiera que sea su origen, lazos de amistad y de formación tan importantes como los familiares, por muy importantes que sean los conceptos de familia o de comunidad propia, como ocurre con el colectivo chino.

Este segundo aspecto, el de los descendientes, con sus expectativas y sus procesos imprecisos, a caballo entre dos mundos, es nuevo en España y se halla muy presente en este poemario.

Paloma Chen, alicanchina como se define en un momento dado, nos plantea con poemas muy directos, a veces incisivos, pero muy bellos, repletos de plasticidad, su propia experiencia en esa dicotomía de vivir en la hibridez y verse siempre obligada a elegir, a definirse. «¿Es mi cuerpo territorio neutral cuando sufre una / disociación entre / mi(s) nombre(s), / mi rostro y mi recién estrenada / nacionalidad?». Se acaba viviendo en un estado de ambigüedad, que al final se vuelve verdadera condición en quienes  viven en este conflicto latente entre el nosotros y el ellos, y que sale una y otra vez a la palestra obligando, parece ser, a plantear siempre la cuestión, incluso generación tras generación, «mis hijos escribirán sobre heridas y fronteras». Pero no sólo es algo que procede únicamente de la sociedad llamada de acogida –¿de acogida cuando han nacido y vivido siempre en ella?–, tan sujeta a los tópicos y a la dificultad de asumir que compartimos referencias y un mundo simbólico, que los rasgos no son a la larga tan definitorios, también de esa sociedad de origen, de la que no sólo se heredan dichos rasgos, ante la cual hay una vaga nostalgia que conduce a buscar en la infancia, en la cocina de la infancia, no encajonarse en la condición de apátrida.

Sin duda es un poemario muy válido tanto por el propio mérito de los poemas, por su originalidad, por la belleza de sus imágenes y su sonoridad, como por la expresión de una vivencia sobre la que se habla con frecuencia y se escriben a menudo sesudos ensayos, pudiendo encontrar en su lectura el impacto emocional de quienes a todas luces son parte de nuestra normalidad.

The Doors-una crónica musical como amiga especial-Cecilio Olivero Muñoz

THE DOORS

UNA CRÓNICA MUSICAL COMO AMIGA ESPECIAL

Todos los que conozcan el grupo The Doors saben que su líder era Jim Morrison. Sin duda un apolo que se estropeó a temprana edad, pues murió en Paris a los veintisiete años. El mítico Jim Morrison daba el nombre de Mister Mojo Rising en los hoteles para pasar desapercibido y resultaba evidente que era el apellido Morrison pero con la ironía graciosa de ser la pronunciación de un extranjero no-angloparlante. 

Siendo adolescente, Jim Morrison pidió a Santa Claus las obras completas de Nietzsche. Era un gran lector, lo que influyó en su faceta de poeta excelente, aunque infravalorado por su generación. Su padre era militar y Jim siempre fue un niño gordito. Pero cambió al dar el estirón y se convirtió en el icono del rock que todos conocemos. En algunos libros he leído que a menudo se subía encima de sus dos hermanos y se pedorreaba. Siendo ya un adonis y una persona de gran carisma, rehuyó de su familia. No estaba muy seguro de que sus padres lo quisieran. Y ya en los primeros años de universidad rompió el cordón umbilical y mató al padre de una manera alegórica para convertirse en el mito que fue. Y que da muestras de ello en el tema The End cosa que enfureció a muchos, aunque otros le pusieran el sambenito de complejo de Edipo. 

Como todos los mitos, murió joven; su compañera Pam, tres años después. Como muchos estadounidenses, vino a este mundo a crear revolución cultural desde un escenario. Jim Morrison era descendiente de familia escocesa o irlandesa. Y era un verdadero bluesman en blanco. Tuvo éxito y fue un rebelde sin causa. 

Si buscamos entre su producción literaria, encontraremos sus mejores poemas. Al igual que la generación perdida estadounidense, se marchó a Paris, tal como también marchara Hemingway o el matrimonio Bowles. Ahora nos queda la música de The Doors y su poesía. Buena poesía. Su debilidad fue la bebida. El whisky en vasos amplios. Pero sin duda es un Charles Bukowski músico entregado a la parroquia de los bares. Bares oscuros y con borrachos hombres perdedores de todas las batallas, hombres curtidos por la pelea del vivir noctámbulo. Cabe decir que Jim no sólo bebió, lo probó todo, incluso el ácido lisérgico, más conocido como el LSD. Eran tiempos de hippies trasnochados, de musculosos exploradores de las playas de Los Ángeles (California) y de hípsters tentados por la vida frenética y la velocidad en coches con conductores ebrios. Sin duda marcó un hito y dejó huella en el rock a partir de entonces, aunque no es todo mérito suyo, sino de todo su grupo, The Doors. Admirémosle por su talentoso aporte a la poesía, pero también por su implicación en letras musicales grabadas en la memoria colectiva. 

Reflexiones de una ondjundju-Buscarle la sexta pata al gato-Juliana Mbengono

En esta ocasión voy a buscarle la sexta pata al gato, ya busqué la quinta al hablar de las abuelas como las verdaderas bibliotecas africanas, dado que son ellas las que pasan el tiempo con los niños, mientras los abuelos administran la vida con otros hombres en el abaha. Son las abuelas quienes cuentan cuentos a los niños en las cocinas por las noches hasta que, uno por uno, se quedan todos dormidos.

Esta vez, la pata que le falta al gato tiene que ver con las transmisiones de la cultura dentro de las familias. Todo el mundo sabe que en África la cultura se transmite en gran medida a través de la oralidad ¿Podemos, sin embargo, hablar de una cultura en singular, siendo África tan diversa y variada que, incluso dentro de las etnias, hay grandes diferencias? Lo más lógico para mí sería hablar, en todo caso, de culturas africanas en plural.

Por siglos se ha hablado de una transmisión oral de conocimientos y de cómo esta se lleva a cabo de manera intergeneracional. Esto podría llevarnos a creer que en todas las familias hay un abuelo como el que aparece en Kirikou y otras películas: un viejo que se sienta bajo un árbol o al lado de una hoguera y comparte conocimientos con los niños a través de cuentos y anécdotas personales. Pero no, ni siquiera el tiempo que los hijos pasan trabajando al lado de sus padres es suficiente para que les pasen conocimientos de índole cultural.

Es verdad que, como seres capaces de observar, analizar, deducir, etc., podemos aprender de muchas formas y el mismo entorno en el que vivimos ya nos educa de por sí. Pero cuando se trata del modo en el que debemos vivir o hacer las cosas, he observado que son los hermanos mayores quienes se están encargando de la transmisión de conocimientos. Quizás en el pasado fue diferente, pero dentro de las familias actuales observo que los padres sólo intervienen como buenos consejeros y maestros conocedores de la vida cuando el hijo ya metió la pata hasta el fondo o los tiene bien cabreados.

En la antigüedad, los padres adiestraban a sus primogénitos, igual que las madres siguen adiestrando a las primogénitas para las tareas del hogar. El respeto a los mayores entre los fang y otros pueblos africanos inculca cierto grado de miedo en los menores hacía los adultos, lo que da lugar a unas relaciones intergeneracionales muy estrechas en un ambiente de gerontocracia. Así, las personas más cercanas para realizar consultas con frecuencia solían ser los hermanos mayores inmediatos. Estos son los mismos que, en todas las casas, se encargan de hacer cumplir las órdenes de sus padres –ni siquiera hace falta que estos dejen una lista de deberes, porque sus primogénitos ya les conocen: ya saben cómo quieren que se hagan las cosas y cómo esperan que se comporten. Esa cultura se observa incluso en los gobiernos de muchos países, donde el presidente y la primera dama son apodados Papá y Mamá, respectivamente, y su primogénito es el Hermano Mayor de la nación; al trasladar el paternalismo al poder, nadie discute que el “Hermano Mayor de la nación” se encargue de diferentes asuntos sociales que, a menudo, cuentan con órganos o entidades que deben hacerse cargo de ellos.

En las ciudades, ahí donde las abuelas, a pesar de no trabajar en las fincas como lo hacen en los pueblos (en Guinea Ecuatorial, llamamos finca a una extensión de terrenos acondicionado en el bosque para cultivar alimentos de consumo familia), no dedican tanto tiempo a los niños, por lo que el papel de los hermanos mayores como transmisores de orales de cultura se hace aún más notable. Los hermanos mayores y medianos son quienes ahora les enseñen a los pequeños cómo hacer las cosas.

Si hay alguien por ahí que esté convencido de que los hermanos mayores no son los verdaderos transmisores de la cultura, le pediría que me explique cómo los niños pequeños saben que los gusanos se matan con sal, que ciertas flores tienen néctar en tal extremo, que cuando un mayor pregunte “quién ha sido” todos deben responder diciendo “no sé”, que las semillas de ciertas flores sirven como balas para sus pistolas de madera, que el retoño de un plátano sirve para hacer una muñeca, que se puede hacer un cochecito con bambú o un sobre de vino… las mismas cosas que sus hermanos mayores aprendieron de algún tío joven u otro vecinito; pero muy pocos, al igual que sus hermanos mayores, saben hablar sus lenguas maternas y ni conocen la gastronomía o las danzas de sus etnias.

Vídeo de poetas y escritores argentinos entrevistados-Por Rolando Revagliatti-

Documentales-Entrevistas a poetas y escritores argentinos-Por Rolando Revagliatti-TOMO VI.PDF

Reseña Literaria-Por Juan A. Herdi

Remedios Zafra

«Frágiles»

Editorial Anagrama

Es evidente que la pandemia ha acentuado un malestar ya existente antes de que nos recluyeran en la más absoluta provisionalidad. La sociedad estaba cambiando, sí, las nuevas tecnologías aportaban otra forma de relacionarse y de estar en el mundo, el modelo económico y social mudaba por completo la vida colectiva e individual, nos topábamos de golpe con que el triunfalismo de un capitalismo aparentemente invicto, que se expandía bajo la bandera de la globalización, tenía los pies de plomo, pero podía y puede seguir haciendo daño, y de pronto la palabra malestar comenzó a poseer un nuevo sentido, con todas sus consecuencias, entre ellas un cuestionamiento de lo que somos como personas y como colectivo, porque, como señala Remedios Zafra, toda toma de conciencia deriva de un malestar. Un malestar que se vuelve un espejo donde reflejarnos y darnos cuenta de que algo no funciona en nuestras vidas.

De ahí, claro está, deriva también la conciencia de nuestra fragilidad. La situación durante estos dos últimos años nos ha mostrado bien a las claras que somos frágiles, con la percepción clarísima de todas las consecuencias de serlo, la asunción de los miedos y las incertidumbres, de las culpas y la mala conciencia. Ya el título del libro nos confronta a lo que somos, a lo que intuíamos que éramos y que la pandemia nos ha confirmado de un modo brutal y ha puesto en primera línea la consecuencia de este sistema en los últimos lustros, la mercantilización absoluta de la vida.

De esta fragilidad y de la asunción de la vida es de lo que nos habla Remedios Zafra en su libro «Frágiles». Científica titular del Instituto de Filosofía del CSIC, ha optado por una forma curiosa de reflexión, mediante cartas que dirige a una hipotética interlocutora y que se convierten en capsulas breves de descripción y meditación, evocación formal a Montesquieu o a Cadalso, que no se quedan en una visión descriptiva, sino que describen nuestras emociones, sentimientos y pasiones, campos de batalla actuales en la conformación de nuestras identidades colectivas y personales.

Las cartas analizan varios aspectos de esa relación yo-nosotros, de nuestra condición de seres trabajadores (seres productivos) pero también de seres creativos, con nuevas profesiones y condiciones que nos exigen nuevas asunciones de deberes, aunque sin haber cambiado esquemas añejos, con una precarización laboral y vital que entorpece el desarrollo como personas. Las cartas, agrupadas en cinco capítulos o ejes temáticos, requieren una lectura pausada, quienes las lean se sentirán sin duda interpelado al tener que incorporar los aspectos planteados a sí mismos. Porque las cartas logran eso, más que convencimientos argumentados, procuran planteamientos de vida, una puesta en común de aspectos intuidos que nos permiten pensar en la vida, en la de cada cual, pero también en lo colectivo.

Sin duda el libro apuntale al observador atento varios aspectos de la vida propia y de lo que la rodea, cabe que no se esté del todo de acuerdo con algunas de las apreciaciones, pero desde luego supondrá un puesta en orden de ideas y sentimientos que a cualquiera nos han rondado estos últimos años, lo que a todas luces vuelve necesaria la lectura del mismo.

Reflexiones de una ondjundju-Escuchar para ayudar-Por Juliana Mbengono

Ya desde la primaria oía decir a los profesores que no prestamos atención a los demás y por eso repetimos las mismas preguntas y en los exámenes cometemos errores y faltas que se resolvieron en la clase.

Como en clase, en la vida. Hace unos meses hablé de la necesidad de no avergonzarnos por nuestras enfermedades para ayudar a otros. Hace pocas semanas aprendí de mala manera a escuchar y evitar estar enfadada con la gente a la que amo. Esta vez no fue precisamente por mí, sino por una persona muy cercana a la que ni siquiera sabía que quiero tanto como para desplomarme y detener mi mundo por ella.

Como dicen por ahí, no duele hasta que te toca. No es lo mismo cruzarse con un coche fúnebre que ir en un coche fúnebre para enterar a una persona a la que amabas. Igualmente, no es lo mismo cruzarse con un enfermo mental por la calle y darle por “loco”, “demente” o “trastornado” que ver a una persona a la que amas delirar, autolesionarse, tener miedo a voces y sombras que sólo ella ve y siente. Entonces, en este último caso, nos duelen como puñaladas y nos parecen insensibles y crueles las palabras “loca”, “demente”, “trastornado” en boca de cualquiera que intente hablar de la persona por la que estamos sufriendo. Sólo entonces nos molestamos en pensar y esforzarnos por tener presente que “está enfermo y con el cuidado y tratamiento adecuado se pondrá bien”. Nos decimos que no se sumará a la lista de quienes acaban retenidos en un psiquiátrico y nos resolvemos a no cansarnos de cuidarle ni mucho menos permitir que vaya delirando por la calle. Sólo entonces nos acordamos de la importancia de “hablar las cosas y no guardarlas”, “sonreír y preguntar a los demás por su situación”, “mostrar verdadero interés y estar prestos a ayudar en lo que haga falta”, porque cuando se desata una tormenta ya no podemos limitarnos a ayudar “en lo que podamos” hacemos todo lo posible para que amaine, incluso lo imposible, que no sería necesario si hubiésemos prevenido la tormenta.

Cuando le toca a un ser querido, una persona cercana, pasamos por tantas etapas, por tantos sentimientos, por tanto, miedo. No es fácil aceptar que una persona a la que amas podría vivir en las calles de Malabo comiendo de los vertederos, gritando sola o corriendo por nada y acurrucándose de miedo por no se sabe qué en alguna esquina. Antes, por lo menos en mi país, las enfermedades mentales se atribuían a la brujería y los espíritus; de hecho, los términos para referirse a las enfermedades mentales en fang, traducidos literalmente, son “estar enfermo del corazón” y “estar enfermo por haber obviado una prohibición o tabú”. Cómo verá el lector, ninguno se acerca bastante al problema real y así ocurre con los tratamientos en un país con un solo psiquiatra reconocido y otros pocos subestimados que se cuentan con los dedos de una mano.

Antes del brote que tuvo la persona de la que hablo, ya presentaba síntomas que debieron servirnos de alarma: aislamiento, repentinos cambios de humor y de actitud, divagaciones, digresiones en las conversaciones… y un largo etcétera. Creo que sabía que algo estaba yendo mal, porque intentó decírmelo, precisamente a mí, y yo que sé que trabaja demasiado, es perfeccionista y se obsesiona demasiado con las cosas me limité a decirle que bastaría con tomarse la vida con más calma para estar bien; no porque creyese al cien por cien que con eso sería suficiente, sino que estaba enfadada con la persona y realmente no tenía muchas ganas de dirigirle la palabra esos días. Tampoco es que ella sea muy habladora, todo lo contrario, es muy callada, pero por cómo la veía, quizás con unos minutos de los que ahora la dedico, quizás en exceso, hubiésemos previsto un brote que nos costó más de una semana en vela con los corazones en vilo viéndola ser una persona completamente diferente, como si realmente necesitara un exorcismo.

Y así como esta experiencia ocurrió “de repente” en mi familia, en otras, “de repente”, la niña está embarazada, el niño se ha metido en una banda, el padre ha golpeado a la madre, la madre es alcohólica, el sobrino se ha suicidado y una larga lista de cosas que oímos a diario indiferentes como si tuviésemos un halo protector en nuestras vidas que aleja de los mismos problemas que afectan al resto de mortales.