Este es un libro de relatos en los que domina la emoción, hay en ellos mucho sentimiento y una emotividad general que está incluso a flor de piel. No es extraño que sea así, los temas que trata no son fáciles de afrontar con distancia o desde la frialdad: la soledad, la muerte, las relaciones de pareja, la pérdida de los referentes personales o familiares, el desencanto que lleva siempre a una nostalgia que puede llegar a ser mórbida, insana, frustrante, hablan de impotencia, también de esperanza, pero sobre todo de miedo, se trasluce un miedo enorme a la vida que, sin embargo, pese a todo, se sigue viviendo, tal vez porque no queda otra alternativa. No es una materia fácil de tratar: cualquier exceso puede resultar empalagoso.
No es el caso de estos diecisiete relatos, no estamos ante una emotividad que importune o que resulte cargante, molesta, al contrario, el lector va a entender muy bien lo que se le cuenta porque la experiencia narrada forma parte de la cotidianidad más absoluta, nos es común a todos. No hay duda de que vamos a encontrar en cualquier de ellos, o en varios incluso, algo que nos afecta y nos conmueve porque la autora está compartiendo experiencias universales, una intimidad que no es propia, que nos pertenece a todos, son experiencias al fin que nos vuelven humanos.
Lo narra además con una sencillez extraordinaria. Lo que requiere desde luego una destreza enorme, una maestría incluso. No hay estridencias ni parece que los personajes pretendan un heroísmo malsano, asumen esas formas de lo real compuesto, como se dice en un momento dado, por el miedo o el dolor. Cada uno de los relatos se van componiendo poco a poco, las piezas van encajando y se cuenta tal cual, quizá porque la vida hay que escribirla para darse cuenta de su alcance y de su envergadura. Sólo alguien muy consciente de lo que significa la escritura, como sin duda lo es Laura Ferrero, sabe en definitiva lo importante que son las palabras para la vida.
Cada uno de los relatos se convierte de este modo en un retrato en los que vamos a sentirnos reflejados y que nos dejarán, no lo duden, un sentimiento extraño de zozobra y de dulzura a la vez. El libro se vuelve un álbum de fotos que, como los álbumes, vamos a necesitar leer varias veces, sin que la prosa de esta autora nunca nos canse de veras, al contrario, siempre nos descubrirá algo nuevo.
Hace bien poco Joan Margarit declaraba que Franco le inculcó el castellano a patadas, pero que no pensaba devolvérselo. Por eso mismo, tal vez, nos haya dejado tan bellos poemas, con imágenes agradables y galácticas, tanto en castellano, la lengua impuesta y adoptada, como en catalán, su lengua materna.
Solía decir que la poesía era un arte de acero inoxidable, que podía con todo. Hace poco también se publicaba un volumen con su poesía completa, la escrita entre 1975 y 2017. Fue antes de que le concedieran el Premio Cervantes, en 2019, cuyo acto no pudo celebrarse por la pandemia. Pero Joan Margarit, poco afín a los actos de marcado protocolo, prefería ofrecer su poesía «a pecho descubierto» a las damas y caballeros que iban a verle y a escucharle, como magnífico orador que era. Ahora se anuncia una edición nueva de su obra completa.
Sin duda, de Joan Margarit nos queda su luminosa obra poética. Quienes le hemos leído no olvidaremos sus imágenes y metáforas fascinantes que permanecerán como parte privilegiada de nuestras lecturas preferidas. El poeta Luis García Montero, gran admirador y amigo del autor catalán, sin duda se refería a él, a su estilo, cuando afirmó en una entrevista que «si la poesía muere, habrá que reinventarla».
Cabe destacar su profundísima manera de ver la vida, pese a haber sufrido tragedias en su vida como aquella posguerra tremenda o la muerte de su hija. Como bien dijo una amiga al enterarnos de la mala noticia de su fallecimiento a la edad de ochenta y tres años, la muerte siempre es una tragedia. Joan Margarit, a través de su poesía, nos mostró el sentido profundo y bello de la vida.
Desde Nevando en la Guinea queremos rendir homenaje a este gran poeta catalán bilingüe. Era admirado en esta España plural y difícil a veces, que tiende a mostrar cierta solemnidad sólo por sus poetas fallecidos, aunque bien valdría el reconocimiento en vida.
A todas luces estamos ante un libro mestizo cuyos fragmentos van componiendo las circunstancias de ese hecho dramático e inaceptable que es el asesinato de un ser humano. En este caso el del José María Ryan, ingeniero jefe en la central nuclear de Lemoiz, en construcción. El autor descompone los elementos que rodearon el crimen cuyas circunstancias conoció de primera mano, aunque a cierta distancia, y al tiempo ofrece al lector la novela escrita a partir de aquel hecho tan presente en su propia vida y que es, por tanto, una narración paralela a su propio testimonio, rememorando uno de los capítulos más importantes, penosos y duros de la historia del País Vasco. Aquella semana de hace cuarenta años, la del 29 de enero al 6 de febrero de 1981, es la del secuestro y asesinato de José María Ryan, sin que podamos olvidar las semanas anteriores y posteriores del suceso trágico, sin duda entre las más tensas de la historia reciente.
A muchos no nos sorprende que ahora mismo la literatura vasca, tanto en euskera como en castellano, lleve a cabo un ejercicio de memoria de los últimos años, los del terrorismo, los de un conflicto que a veces no parecía que fuera a acabar nunca. Pero acabó y de pronto, a pie de calle, esa larga época parece desaparecer del recuerdo colectivo, mientras que desde las instituciones y en clave política se hace mención de todo aquello, a menudo como carga entre partidos, con fines no siempre claros, más bien interesados. En el caso que nos atañe, el asesinato del ingeniero Ryan, ni siquiera ha habido en estos días, cuarenta años después de lo ocurrido, un acto oficial, empresarial o social, la aparición de este libro ha sido el único recuerdo de aquel crimen que, además, para muchos significó el final de la mistificación revolucionaria de ETA.
Este texto, novela y testimonio reflexivo, recoge el guante y muestra bien a las claras las heridas que se produjeron en aquella larga noche que duró más tiempo de lo indicado en la canción de Aute. Logra sobrecoger este ejercicio de memoria tan necesario. Es evidente por otro lado que todo crimen posee unas circunstancias que lo envuelven, que no justifican en absoluto el acto en sí, pero explican lo ocurrido y, sobre todo, ahondan en muchas contradicciones de todos los agentes sociales, sin excepción. Arriola nos expone tales circunstancias. Nadie sale inerme de la tanatopolítica y la alusión a Hannah Arendt y su análisis sobre la banalidad del mal nos interpela a todos, porque muchas veces el silencio de una mayoría, por indiferencia o por exceso de comprensión a ciertas reacciones, fue cómplice del horror.
Con este libro Anton Arriola participa de una forma de entender la literatura que parte de una implicación muy necesaria con la realidad, que actúa como espejo donde reflejarnos, que conlleva una reflexión sobre la realidad, dejando al lector la carga de dicha reflexión y su necesidad de resituarse ante los hechos. Deja claro que el acto de matar es siempre indigno. A partir de aquí cada cual ha de saber qué pensar, cómo actuar. Sobre todo, porque el mal sigue existiendo en otros contextos y otros lugares muy cercanos, y la banalización, por desgracia, sigue vigente.
La tarde del 6 de abril de 1922 la Sociedad de Filosofía de París auspició un debate en la capital francesa que reunió, y enfrentó, al físico Albert Einstein y al filósofo Henri Bergson. El tema fue sobre todo el tiempo, el tiempo del universo y el tiempo de nuestras vidas, sobre lo cual ambas personalidades tenían concepciones confrontadas. Ese encuentro creó una polémica que fue determinante a lo largo de todo el siglo XX y que tuvo consecuencias no sólo en la física o en la filosofía, sino que afectó a otros muchos ámbitos, incluido el artístico y el político. Pero además ese debate supuso una escisión entre la física y la filosofía, algo que había ido de la mano a lo largo de la historia, y por extensión creó la separación entre ciencias y humanidades que nos ha llegado hasta hoy, tan empobrecedora.
La historiadora de la ciencia e investigadora Jimena Canales parte de ese enfrentamiento en su libro El físico y el filósofo para explicarnos los contenidos del debate y sus polémicas encendidas que enfrentó a la comunidad científica con la filosófica, también a científicos y filósofos entre sí. El tema tuvo sus repercusiones en el arte y la mirada que proyectaba sobre la realidad y el tiempo, incluso incidió en la ciencia ficción de mediados del siglo XX.
Dividido en cuatro bloques, la autora nos hilvana con destreza muchos aspectos de esta polémica y sus consecuencias, pero también nos presenta las discusiones paralelas que se dieron en todo el mundo a raíz del enfrentamiento entre ambos hombres. Nos lo presenta además con claridad, sin que los conceptos científicos ni los filosóficos, a veces arduos, obstaculicen la comprensión de la polémica en cuestión, incluso invita a profundizar en ella. El epílogo, por su parte, refiere brevemente la continuidad del debate tras las respectivas muertes de Bergson y de Einstein y las nuevas sendas sobre las que se desarrolla y avanza la reflexión.
Se trata en definitiva un excelente texto para superar esa escisión de los saberes, división esta que la propia realidad del año 2020 nos ha mostrado que es absolutamente errada y que hemos de contemplar en consecuencia la ciencia y las humanidades como complementarias para atender en toda su envergadura cualquier aspecto de la vida.
Uno a veces se pregunta qué sentido tiene escribir poesía en estos tiempos de Whatsapp y de redes sociales, pero también de mayor soledad. Al igual que el poeta aquí reseñado, y perdonen que me entrometa tanto, uno tampoco le encuentra mucha sensatez a esta vida cotidiana. No es baladí el comentario: la poesía en buena medida se nutre de cotidianidad y de rutinas con relación a un hipotético sentido global o parcial de la misma, de la poesía o de la vida, acaso sean lo mismo, y no son pocos los autores que han convertido la aparente normalidad, no sé si nueva o añeja, pero bien trillada en todo caso, en materia literaria con extraordinaria brillantez.
Puede resultar en definitiva tópico y victimista esto del sentido de la poesía hoy, por seguir con la cuestión, en todo caso habría que asumir que lo de escribir y leer poemas sólo es cosa de los poetas y de cuatro amigos despistados, aunque puede que sea mejor dejar de preguntárselo, en el fondo no hay debate, e incorporarlo a la rutina sin más. «Escribo poemas y veo televisión», afirma el autor de este poemario, provocador y exagerado: esta es, al fin, la actitud, una poesía exenta de misticismos, atada a la tierra, a la vida cotidiana.
Así que quien se provea de este poemario se va a encontrar con una reflexión sobre lo cotidiano y un ejercicio de nostalgia –«ya no son de purpurina los sábados noche»–, una vaga reflexión sobre la vida y, sí, también un cierto ajuste de cuentas velado. Habrá quien piense que no es nada nuevo, y no, no lo es, pero desde los tiempos de Enheduanna, hace cuatro mil años, se repiten los temas, los llaman tópicos, y siguen teniendo para muchos un significado. O por lo menos sigue siendo motivo de reflexión y cada poeta aporta su mirada. Bienvenida sea. Respecto a la originalidad, obsérvese que este término no se refiere tanto a lo novedoso, sino al origen. Por algo será.
De este modo, seguimos con el fracaso, el paso del tiempo, la muerte, la amistad, los recelos, la paternidad, la marginación social, la condición de hijo o la mirada sobre sí mismo, aspectos todos ellos en que se van desgranando los grandes temas de la vida. Hay incluso una reflexión sobre la necesidad de cambiar el mundo, aunque el autor presagia que cualquier intento en tal sentido lleve posiblemente a empeorarlo. Introduce para darle más empaque la anécdota del transportista de una empresa de distribución cuyo acto de rebeldía apenas rompe las reglas de juego, rebeldía fugaz aunque sin duda feliz.
Es una propuesta más, pero interesante, un nuevo intento de restablecer el orden que brinda toda poesía meditada, un libro que requiere, como todos los poemarios, una lectura pausada y cómplice. Vale la pena enfrentarse a él, poco a poco, sin prisas, con paciencia. La vida misma.
Les aconsejo vehementemente que se provean de este libro, Paseos y derivas, que lo lean con lentitud y de manera constante, en el orden que quieran, en cualquier momento del día o de la noche, que degusten cada una de las píldoras reflexivas que lo componen, textos brevísimos acompañados de una cita, que repitan su lectura las veces que haga falta, les aseguro que las posibilidades son infinitas, incluso llévenlo siempre consigo, aunque se desgaste o se pierda, en tal caso provéanse de otro para seguir leyéndolo, los efectos les resultarán, si mantienen una lectura frecuente y atenta, más que notables. En sus 135 páginas y una cita añadida aprenderán cuanto menos a caminar, contemplar y escuchar, a disfrutar del laberinto de las ciudades, a destripar el tiempo en beneficio propio. Es muy difícil que un conjunto de escritos breves contenga toda la inmensidad del mundo. Este lo atrapa con la tenacidad del paseante que es su autor, alguien que, según me cuentan, gusta de perderse por la ciudad –y en su ciudad sin duda están contenidos todos los laberintos– y contemplar las copas de los árboles en busca del komorebi, que son esos rayos de sol que se filtran a través de las hojas de los árboles. Pasear ayuda a pensar y pensar permite situarse en el mundo, encontrar un lugar, adecuar el tiempo a la vida, no al revés.
Eso es justamente lo que nos ofrece el autor, unos pensamientos breves que son una invitación al goce del instante concreto, sin misticismos, con reflexiones profundas a flor de piel, pero nunca imponiendo o adelantándonos una conclusión, esto es cosa nuestra, y puede que si aplican sus recomendaciones les ocurra lo del monje que al contemplar el jardín pierde por completo la sensación presurosa del paso del tiempo. Este libro es una invitación a disfrutar de una vida intensa, ajena al ruido de esta contemporaneidad que ahora mismo nos está resultando bastante distópica. El autor pasea por calles, plazas, parques y jardines, cualquier rincón es apto para sugerirnos prestar atención al entorno cotidiano y que las prisas nos impiden contemplar. También nos invita a pasear por poemas y citas de otros escritores, la literatura es al fin y al cabo otra forma de caminar, en este caso por las palabras, algo que requiere también de calma y atención. Les aconsejo en definitiva que se pierdan en esta joya de la escritura que defiende la lentitud incluso como actitud filosófica. Se lo agradecerán a su autor, no me cabe la menor duda.
A todas luces es motivo de alegría entre nosotros que el relato breve, el cuento literario o la narración corta, como quieran llamarlo, haya alcanzado en España carta de naturaleza como género. En la literatura medieval hubo algunos ejemplos de maestría en lo breve, y tal vez sea El Conde Lucanor el más conocido en la tradición castellana, o mejor dicho en castellano, pero con el tiempo apenas pasó a considerarse un medio para aprender a escribir, un proceso de aprendizaje para el novelista en ciernes, todo lo más un subgénero o género menor. Hasta que la literatura latinoamericana, con verdaderos maestros en el cuento literario, nos mostró su importancia y contribuyó a darle al relato breve un valor por sí mismo.
En los años cincuenta, no obstante, poco antes de la mencionada influencia latinoamericana, aparecen ya en España los primeros autores que destacan en el arte del cuento literario, Ignacio Aldecoa o Medardo Fraile son quizá los más reconocidos. A partir de allí ya surgen varios escritores que adquieren a su vez pleno dominio del cuento. Incluso hay alguna que otra editorial que se especializa en la narración corta. Siguiendo tal estela, es Pedro Ugarte ahora mismo un buenísimo heredero de esta tradición y uno de los autores fundamentales para quien guste disfrutar de la literatura breve.
Antes del Paraíso es su última propuesta, un volumen de ocho relatos que de algún modo es la continuación de Nuestra historia, publicado en 2016 por la misma editorial. Cada uno de los cuentos es una foto de la mera cotidianidad, pero no una foto fija, sino que el ojo atento del lector reconocerá entre líneas, en los silencios, en lo giros de las frases una historia, apenas una anécdota, tras la que brota la sospecha de lo que hay al otro lado de la aparente normalidad: algo de tedio, una pizca de infelicidad y esa monotonía que se resquebraja poniendo siempre en peligro el orden de las cosas.
Son situaciones que al principio pueden parecer banales las que nos cuenta Pedro Ugarte, las relaciones familiares, la intimidad de los amigos, los gestos con que intentamos romper la estrechez de nuestras vidas, pero dejan de serlo cuando aparece la duda, la desconfianza, se pierde la paciencia o simple y llanamente asumimos la certeza de lo que nos decía Gil de Biedma, que la vida iba en serio y siempre acaba asomando la desagradable verdad.
Todo ello lo va hilvanando el autor con un estilo envidiable, la de quien cuenta la vida con una esmerada sencillez que no es fácil de conseguir, se trata de una prosa muy trabajada que sin embargo pasa a un segundo plano, no sin inocencia, para que prime la historia y nos demos de bruces con lo que se nos va por las rendijas de nuestra propia vida. Una propuesta fundamental para disfrutar de buena literatura y hasta para entender muchos aspectos de este presente tan extraño que vivimos.
Tolstoi escribió que «todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada». La literatura en gran medida se basa en tal motivo, cualquiera que éste sea, para inspirar un relato. Podemos considerar, por tanto, que este axioma haya estado presente a la hora de afrontar la escritura de Fin de temporada, la última novela de Martínez de Pisón y con la que consigue que el lector quede conmovido ante esa cotidianidad aparente de Rosa y de su hijo Iván, de Mabel y de Céline, los cuatro personajes principales de la narración y que la vida, caprichosa siempre, ha vinculado entre sí, hasta el punto de conformar un modelo singular de familiar, y a medida que uno avanza en su historia se mantiene en vilo hasta su última frase, hasta el epílogo, que es pura emoción.
Ya el mismo prólogo plantea el incidente trágico que será el desencadenante que moverá los hilos en las vidas de Rosa e Iván, y que afectarán de forma indirecta a los otros personajes. La vida de todos ellos se irá desgranando ante nuestros ojos y asistiremos a una rutina que esconde mucho dolor y mucha pasión, consecuencia de un pasado que revierte en el presente en forma de conflicto no siempre reconocido, pero muy evidente. « ¿Te das cuenta de que, si no fuera por estas cicatrices, tú y yo no estaríamos aquí ahora?». Se formula la pregunta en un momento dado, casi al inicio del relato, aunque la novela no se centra tanto en el motivo de las cicatrices en cuestión, sino en su presencia y en sus consecuencias en las vidas de los personajes, lo que determinará las decisiones que vayan adoptando, no siempre racionales ni comprensibles.
De este modo, Ignacio Martínez de Pisón nos propone una vez más lo cotidiano como materia literaria, la cotidianidad de los lazos emocionales entre las personas y que vemos que no está exenta de tragedia, y ese pasado siempre acaba incidiendo en el presente, aun cuando éste se nos vuelva rutinario, o tengamos esa apreciación, pero recordándonos el autor que nos movemos siempre entre el dolor y el amor, entre el acatamiento y la rebeldía, con frecuencia de un modo tremendo. Todo ello lo plantea a través de una escritura afinada, precisa, un estilo que se pretende imperceptible, pero que posee una maestría absoluta, que permite una lectura entrelineada, activa. No en vano estamos ante uno de los mejores escritores españoles actuales y que nunca deja nada a la improvisación. Ni siquiera es casual la mención de Nada, de Carmen Laforet, una novela clave y rompedora que aparece en un momento de ruptura social e histórica, y que tiene un lugar fundamental en la historia de la literatura española, es la que mantiene de alguna forma la ligazón de la tradición literaria a la que este autor pertenece. A la vez, lo que se relata en ambas novelas no deja de tener mucho que ver entre sí.
En efecto, podemos leer Fin de temporada como parte de esa tradición literaria realista, reflexiva sobre lo que nos envuelve y con un pasado que es la materia del presente. Aunque vale también su lectura por sí misma, una novela que no puede dejar indiferente, que conmueve porque incita al lector a removerse por dentro, como si la historia narrada fuese para el lector un espejo donde reflejarse.