Reseña literaria (Juan A. Herdi)

Maribel Andrés Llamero

Autobús de Fermoselle

Poesía Hiperión

Justo la semana en que acabó decretándose el estado de alarma comenzaba el Bilbao Poesía 2020, diez días dedicados a la poesía, con un atractivo programa y, como suele ser habitual, en la sala de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta. Iba a ser algo más que una semana, del lunes 9 al miércoles 18 de marzo, con la participación, como se suele decir en estos casos, de un magnífico elenco de autores. Las medidas adoptadas ante la epidemia obligaron no obstante a suspender buena parte del festival literario, quedaron sólo las primeras sesiones que, aun cuando el tema de la pandemia ya estaba en boca de todos, gozaron de una asistencia más que notable.

Este tipo de encuentros facilita muchas veces el descubrimiento de autores que uno no conoce y que, a menudo, sorprenden muy gratamente. No quedé defraudado: el miércoles 11 acudí a la sesión correspondiente y escuché por primera vez a Maribel Andrés Llamero. Había ganado en 2019 el Premio de Poesía Hiperión por Autobús de Fermoselle, así que el nombre me había de sonar vagamente. Pero no había leído nada de ella. Me sorprendió, en efecto, por la fuerza de sus poemas, por la fortaleza de sus palabras y sus versos, con resonancias literarias y una imagen de Castilla que no puedo menos que calificar de sonora; no sé si es muy adecuado el adjetivo, aunque los versos lo eran, desde luego.

Cito el tema de la pandemia y de las medidas de suspensión de la cotidianidad y correspondiente encierro porque durante éste me han ido repicando los poemas y las palabras escuchadas a la autora. Busqué en internet y un amigo con quien fui al acto me envió por email algunos de los poemas del libro premiado. También lo cito porque sospecho que lo que vivimos incide de algún modo en nuestra manera de leer o de entender lo leído. Se crean paralelismos, dictados cómo no por la experiencia, la experiencia de quien escribe y de quien lee, que nada tienen que ver a primera vista, pero se conectan sin duda de algún modo. Sea lo que fuere, una vez abierta las librerías, en mi primera visita a una (y de momento única), me compré Autobús de Fermoselle y me lo he leído, aumentando mi fascinación por cada uno de los veintitrés poemas reunidos en el volumen.

Son poemas que hablan del origen, de la tradición, de la identidad, del paisaje, de una Castilla que «nunca fue la mejor / sólo la nuestra», lo que nos recuerda el lema castellano, igualitario y horizontal, nadie es más que nadie, de la que la autora hace gala. Pero también nos habla Maribel Andrés Llamero del tiempo, de cierta añoranza del mundo de los abuelos, desaparecido incluso físicamente, como en el caso de San Pedro de la Nave bajo las aguas de un pantano, salvo su iglesia, trasladada piedra a piedra.

Hay añoranza por ese mundo perdido, por esos veranos que ya no habrá, por los sabores y los olores, y los confronta la autora a los oasis artificiales que sin duda crearán otros recuerdos, otras añoranzas. Da la sensación de que el presente es siempre transitorio, al menos eso indica la escritura de estos poemas, que los escribe la poeta siempre desde cierta transitoriedad, no sé si parecida a la que vive el lector estos días, entre un tiempo que fue y un tiempo que vendrá.

Se trata de un libro muy recomendable que ayudará también a pensar(se) en un momento como el actual, en el que todo está traspuesto, tal vez echemos de menos muchas cosas, pero también nos hemos visto obligados a plantearnos nuestra vida y el modo de vivir y de sentir.

Nevando en la Guinea #yomequedoencasa

Existen muchas vicisitudes alarmantes en el mundo, todas apuntan al temor de la gente, ahora que estamos en una situación crucial para el día a día de todos los hombres y mujeres del planeta, esperamos que todas las desgracias unieran a tanta gente como al parecer está uniendo el coronavirus. Muchos de nosotros estamos afrontando un miedo al que ninguno de nosotros estaba acostumbrado, quizá sí a la reclusión, aunque no a la alarma global del COVID-19, muchos factores han influido en nuestro temor, por ejemplo, la gente que por desgracia fallece. Pero luego está el tema de la psicosis colectiva que puede crear un fenómeno como el coronavirus (COVID-19), es algo, que como todos hemos podido comprobar, tiene una profunda sensación de desamparo (aunque tengamos las autoridades pendientes) debido a que se paraliza todo un sistema de maquinaria enormemente fuerte y es como parar un gigante (o un coloso) con la dificultad que todo ello representa. En el caso de China han unido sus fuerzas, aquí en España se está ejecutando todo un protocolo de unión, ya no sólo en las altas esferas, sino en las autoridades, esto implica a todo el conglomerado de fuerzas de seguridad del estado y las autoridades sanitarias, también lo civil está involucrado en tal empeño, debemos ser cívicos, y actuar de manera responsable, ya que, todo aquel que se salte las advertencias y consejos de los expertos estará actuando de manera temeraria y es una responsabilidad de todos. Estamos en situación de pandemia global, y todo acto que podamos ejercer, no sólo como ciudadano, sino como adultos que tienen cautela en su integridad física y la de todos. Felicitamos desde aquí a algunas editoriales (grandes y pequeñas) que han puesto su grano de arena para hacernos el confinamiento más llevadero, damos un enorme mensaje de gratitud a las fuerzas de seguridad del estado, a los responsables sanitarios y a los trabajadores de la alimentación y a los que han tenido que trabajar por nuestro bienestar y que nos abastecen y luchan para que no nos falten las necesidades básicas. Les invitamos a leer los números de Nevando en la Guinea, e intentamos desde nuestra modesta actitud literaria informarles que pueden descargarse todos nuestros números en PDF, en las webs www.nevandoenlaguinea.com www.nevandoenlaguinea.org Gracias y esperamos que pronto, por el bien de todos, salgamos de esta pandemia, también queremos trasladar nuestra solidaridad con los afectados por el COVID-19.

8º Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

8o Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

Ernesto Cardenal (Juan A. Herdi)

El pasado primero de marzo moría en Nicaragua Ernesto Cardenal. Conocí su poesía hace mucho tiempo ya, casi mientras comenzaba a interesarme por estas cosas de la literatura, en un momento en que los autores latinoamericanos nos brindaron el regalo de su lenguaje ágil y libre, frente a una lengua que en España estaba no poco anquilosada, pero que parecía liberarse gracias al español de América. Pude descubrir de este modo una poesía rebelde, un tanto traviesa, con maravillosos juegos sonoros y elocuentes que nada tenía que ver con lo leído hasta entonces, en un idioma que nos resultaba suave, poético por sí mismo, gracias a ese acento que tanto difería con la hosquedad del castellano ibérico.

Pero Ernesto Cardenal no sólo fue el poeta encomiable del país de Rubén Darío. Para quienes de pronto lo descubrimos entre los muchos nombres que nos llegaban del otro lado del mar, era sobre todo un poeta indómito y libre que no dudó en comprometerse con la sociedad hasta intervenir abiertamente en los conflictos reales de su país. Nicaragua se convirtió en uno de los faros de la necesaria revolución, una revolución que deseábamos diferente y, por de pronto, esperábamos que no mostrara los tics de otras revoluciones que olvidaron muy pronto que el objetivo era cambiar la realidad y emancipar a las personas, no construir otras tiranías.

También era teólogo y católico, y de este modo nos dimos de bruces con otra Iglesia, otras iglesias, ajena a los oropeles y a la grandilocuencia a la que estábamos por desgracia acostumbrados por aquí y con la que en nada nos identificábamos, de ahí la lejanía. Muchos éramos además orgánicamente ajenos a la Iglesia (con mayúscula hierática), a ese Vaticano orgulloso y aristocrático, pero también a las Iglesias-Institución, frente a las cuales se levantaba la Comunidad de Solentiname, inevitable no sentir simpatías hacia esa teología que optaba por otro modo de ver el mundo, de organizarlo y de vivirlo.

Es difícil discernir cuál de las tres facetas de Ernesto Cardenal –la poética, la teológica o la revolucionaria– es la más importante, tal vez sea imposible, están vinculadas entre sí y no se puede dividirlas, encerrarlas en cápsulas separadas: escribía como escribía porque era un teólogo revolucionario, y al mismo tiempo su visión de la realidad y su acción en el día a día estaban imbuidos de poesía.

Tuvo un papel importante en la gobernanza de Nicaragua durante el periodo revolucionario, en aquel primer gobierno sandinista que surgió en 1979 y culminó diez años después y que nada tuvo que ver con la evolución posterior del sandinismo, hasta hoy. Inolvidable fue la bronca del Papa Juan Pablo II a su llegada a Managua, la foto corrió por todo el mundo y es algo que no se ha olvidado. Pero la anécdota no ensombreció al hombre, al teólogo ni sobre todo al poeta. 

Tuvo en José María Valverde, profesor de estética y también poeta, su mayor admirador en España, compartían el amor por la literatura pero también una visión del mundo muy parecida. Tierra de poetas, denominó Valverde a aquel país con el que tanto se identificó en aquel momento, Gioconda Belli o Claribel Alegría lo demostraban entre tanto otros. Viajó a España en varias ocasiones, compartiendo con la gente, impresionados todos por su cercanía y una no poca socarronería elegante.

Sin duda ha influido a generaciones de poetas y escritores en español, se le recordará a pesar de la ignominia y el oscurantismo de estos malos tiempos.

De estos cines, Claudia, de estas fiestas

de estas carreras de caballos,

no quedará nada para la posteridad

sino los versos de Ernesto Cardenal para Claudia

                      (si acaso)

7º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

 

7o Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

Alos quartet (Juan A. Herdi)

Sin duda fue durante los años 70 cuando la denominada música folk tomó carta de naturaleza y salió de, hasta entonces, los estrechos márgenes de la cultura popular para iniciar un reconocimiento generalizado. También es cierto que el concepto «cultura popular» es muy poco aclaratorio, no se circunscribe a una categoría específica, no debería al menos circunscribirse a paradigmas rigurosos, y lo mismo ocurre con la música folk, que comprende estilos diversos.

Sea lo que fuere, dicha música encuentra hoy una enorme aceptación y no son pocos los grupos que se mueven en tal ámbito, incluso más allá del mundo estrictamente céltico, donde tiene su origen. Incluso desde hace tiempo se organizan festivales, convertidos muchos de ellos en verdaderas referencias para los aficionados a tales ritmos, entre ellos los de Ortigueira, en La Coruña, y el de Getxo, en Vizcaya.

Es durante el transcurso de este último festival, el Getxo Folk, en la primera semana de septiembre de este año, cuando se presentó el cuarto disco de Alos Quartet, titulado Lau, cuatro en vasco. Se trata de uno de los grupos más originales y sin duda con un enorme sentido de la innovación y reflexión musical.

Lo constituyen cuatro músicos, todos ellos con formación clásica, experiencia propia y un afán enorme por experimentar: Xabier Zeberio, violín y nyckelharpa, Lorena Nuñez, viola, Francisco Herrero, violín, e Iván Carmona, cello. Su origen fue, como ocurre tantas veces, por casualidad. En 1999 el cantante vascofrancés Niko Etxart necesitó cuatro músicos para llevar a cabo una grabación y los reunió en Zuberoa, una de las tres provincias vascofrancesas con una tradición musical riquísima, para acompañarlo. A partir de allí se inicia su labor musical que incorpora también colaboraciones con otros muchos músicos, como no podía ser menos dado su origen. Colaboran con ellos y ellos colaboran con Kepa Junquera, Benito Lertxundi, Izaro, Pier Paul Berzaitz u Oskorri, formación a la que perteneció el propio Xabier Zeberio, entre algunos de los vascos, pero también de otros lugares, como Carlos Nuñez, Silvio Rodríguez o la fadista Dulce Pontes, con quien realizaron varios conciertos en España y Portugal. 

Para el disco que presentaron en Getxo le pidieron permiso a Marisol Bastida, viuda de Mikel Laboa, el mítico ya músico vasco, para incorporar su voz en una de las canciones, Oi, Pello, Pello.

Alos Quartet cumple ya veinte años de trabajo y ha logrado en estos cuatro lustros aportar una música envolvente y sugestiva. A todas luces se trata de un conjunto que hay que tener en cuenta y seguir, pues sin duda no dejarán de experimentar y de aportar nuevas armonías al panorama musical.

Malos tiempos para la lírica (Juan A. Herdi)

images

No parecen buenos tiempos para la lírica, los nuestros, este siglo XXI que se nos presenta con una tremenda crisis medioambiental, tan evidente ya a estas alturas que está siendo objeto de movilizaciones y de debates intensos, preocupantes y, peor aún, sin atisbar ningún remedio. Es un problema nuevo, sí, pero que sin embargo no ha aparcado otros más clásicos, una crisis social grave, trágica en ocasiones, como es el caso de las muertes en el Mediterráneo, una situación económica repleta de nubarrones, una inestabilidad política que en España se traduce en elecciones cada año, sin atisbar tampoco aquí muchas salidas. Por repetir, repetimos incluso la crisis catalana que es como una constante en España, un ni sí ni no ni todo lo contrario que llega a veces a aburrir por lo poco novedosa que resulta y por su pobreza de argumentos y razones.

Si echamos una ojeada al pasado, descubrimos con horror que todo se repite con una asiduidad tremenda. Claro que cada generación vive su crisis –o su parcela de crisis: la crisis es la misma, la de hoy y la de ayer– con ojos nuevos y tal vez por ello no produce ese agobio de la rutina, de la insistencia y la redundancia. No hay un déjà vu en nuestra mirada, pero la hay en la historia, por esto tal vez cada final de generación comporta un final del mundo y la aparición de una nueva conlleva algo de esperanza.

Claro que no es una repetición exacta la de una época y otra. Si comparamos este salto de siglo último con el de hace cien años, vemos problemas parecidos, pero otros nuevos; actitudes similares, pero otras diferentes. Por ejemplo, la presencia de la cultura y el papel de los artistas en la sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX, tan diferente a lo que ocurre hoy.

El 13 de enero de 1898 Émile Zola publicó un artículo en el diario francés L´Aurore en el que incidía en un asunto de enorme importancia en la Francia del momento, la acusación a un alto mando del ejército de origen judío de espionaje. Ese artículo dio inicio a la aparición de un fenómeno que en sí no era del todo nuevo, la participación de un escritor en la actualidad política y social, pero que le dio cierta carta de naturaleza, hasta el punto de surgir entonces el concepto de intelectual comprometido.

zola

En España la denominada generación del 98 tuvo una mirada intensa en la realidad política y social de un país que parecía descalabrado, como lo parece hoy. Antes, algunos escritores habían comenzado a escribir sobre la realidad social, sobre lo que Emilia Pardo Bazán calificó la cuestión palpitante. El siglo XX, hasta una década antes de su final, fue intenso en la participación de escritores, artistas y otra gente de la cultura, la intelectualidad, que es un concepto tal vez demasiado amplio, un tanto engreído, en la realidad política y social. Pero a medida que el siglo se acercaba a su final fue desapareciendo la presencia de los escritores y los artistas de esta realidad, como si cada vez tuviera menos importancia su opinión o como si no existieran ya motivos para su incidencia, hasta el punto de que de vez en cuando surgía la pregunta de dónde estaban los escritores y artistas ante los problemas del país y del mundo.

Hoy ya ni siquiera nadie se lo pregunta, tal vez porque ese mundo de la cultura en general tiene menos importancia social, excepto quizá el mundo del cine, que ha ganado más peso con los avances audiovisuales y haber ocupado además el espacio que ocupaba el mundo de las letras o a la pintura. Tampoco es que la opinión de un escritor tuviera que ser más certera que la de cualquier otra persona de cualquier otro sector ni hacía más justa la causa por la que se comprometiera, conllevaba eso sí una influencia social. Aunque a la hora de incidir y tener la razón, haya que ser muy cauto. Sea lo que fuere, ya no hay esos manifiestos firmados por un sinfín de autores, a lo sumo se intenta incidir por medios de artículos o de columnas que recogen una mirada menos aseverativa que la de hace unos años. Y quizá esto no sea del todo malo. Ni tampoco bueno si lo miramos desde el lado del debate público, cada vez más bronco y menor argumentativo. Refleja eso sí, en parte, la menor importancia que tiene la cultura en la sociedad.

Hay hoy autores que siguen comprometidos con sus opiniones respecto a la sociedad, como Rafael Reig, y autores en cuyas novelas hay un trasfondo político e histórico que invita a una reflexión sobre los últimos años, como ocurre con Martínez de Pisón. Pero a todas luces, la situación ha cambiado y su peso es mínimo, no existe ya siquiera ese deseo de incidir como gremio. Lo cual no es malo por sí mismo, aunque lo dicho, denota ese nulo papel que tiene hoy la cultura en el panorama social.

6º Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

6o Número de la revista Nevando en la Guinea.pdf

Asalto al Banco Central (Juan A. Herdi)

asalto

Veo la reposición del documental Asalto al Banco Central (Atraco imperfecto) en la segunda cadena de la TVE este domingo 11 de agosto y reconozco que me ha producido una sensación extraña, agridulce, un tanto reflexiva sobre el tiempo transcurrido, sobre la España que fue y la España que es hoy, sobre lo que es una sociedad y también, poniéndonos un poco trascendentes, sobre cómo la Historia, o tal vez el tiempo, a la larga es lo mismo, nos cincela a cada uno de nosotros mediante nuestras propias historias particulares, siempre en contacto con lo que nos rodea.

Recuerdo haber seguido aquel atraco con rehenes por televisión, pegado a la pantalla, con la vaga sensación de que había un magma amenazante en aquello que veía. Ocurrió tres meses después de otro hecho grave, el intento de golpe de Estado llevado a cabo por el Teniente Coronel Antonio Tejero en el mismísimo Congreso, en un año que, aun siendo yo bastante joven, apenas un crío, comenzaba a interesarme por la realidad política y social que me rodeaba, sobre todo en aquel 1981 repleto de acontecimientos graves, como lo fueron los muchos atentados que hubo durante aquellos meses, el incidente de la Caja de Juntas de Guernica, la dimisión de Suárez, la entrada antes referida de aquellos Guardias Civiles en el Parlamento y, por último, ese atraco en Barcelona. España aún no se había adherido a la Comunidad Económica Europea, las instituciones parecían tambalearse peligrosamente, la movida madrileña comenzaba a gestarse, la crisis golpeaba a los trabajadores que aún empleaban un vocabulario político de clase, aunque ya se vaticinaban algunas rendiciones, y en la calle se hablaba bastante de inseguridad y delincuencia, eran los años, no se olvide, del cine quinqui y de las bandas callejeras.

asalto al BC

A este último ámbito pertenecía José Juan Martínez Gómez, el Rubio, un atracador de poca monta, algo macarra y bastante rebelde –tan rebelde que hay quien le atribuyó en algún momento posiciones anarquistas– que malvivía entre atracos a comercios y bares, o a alguna sucursal bancaria de barrio –incluso en 2016 se le vinculó a un atraco en el barrio donostiarra de Egia– y que se convirtió en el líder de una banda que entró aquel sábado 23 de marzo en la sede del Banco Central ubicado nada menos que en la esquina de las Ramblas con la Plaza Cataluña.

Lo que parecía, más que un atraco al uso, todo un golpe a una sede bancaria importante, acabó siendo un secuestro de los empleados y clientes que en mala hora se hallaban en su interior, con petición de libertad para Tejero y tres de sus adláteres, con el país de nuevo con el corazón en un puño, la Policía Nacional y la Guardia Civil, el Gobierno y los servicios de inteligencia en estado de alarma, gabinete de crisis incluido e instalado a escasos metros, en la sede del Banco de Bilbao, también en la Plaza de Cataluña.

El documental lo realiza Neus Sala en 2010. España había cambiado mucho en aquellos veintinueve años, nada era lo mismo, ni siquiera aquel edificio de la Plaza de Cataluña con la Rambla de Canaletas era ese año un banco, sino que había, y los hay hoy, unos grandes almacenes donde compran o pasan delante de él miles de personas, ya sean turistas o habitantes de la ciudad, ajenos a lo ocurrido entonces, apenas lo recuerdan ya quienes son de mediana edad, los más jóvenes ni sabrán lo que ocurrió. Se mantiene el kiosco de prensa, frente a las escaleras del metro, tras el cual se refugiaron muchos de los rehenes, y es posible que alguno de los atracadores disimulados entre ellos, aunque sólo uno de ellos logró escapar, durante aquella desbandada al día siguiente que quedará grabada en la memoria, la del aquel domingo, ya tarde, cuando se iniciaba la anochecida, unas escenas imposible de olvidar, decenas de personas saliendo a la carrera, tirándose al suelo a instancias de la policía, arrastrándose para ponerse a salvo si se abría un tiroteo..

Vemos en la estética de aquel periodo, estética más setentera que ochentera, con colores pálidos y estilo añejo, un mundo que ya nos resulta muy antiguo, irreconocible incluso, aun cuando recuerde hoy a la perfección aquel fin de semana, tal vez porque nosotros mismos nos sintamos a la vez los mismos pero distintos, aunque sólo sea por las muchas más posibilidades de futuro que teníamos entonces.

El asalto se saldó con un muerto, un herido, aparte de los ataques de ansiedad, y el descubrimiento expandido a diestro y siniestro de que aquella banda nada tenía que ver con tramas golpistas, ni siquiera políticas, aquello era una mera «banda de chorizos, macarras y anarquistas», en palabras del general Aramburu, aunque siempre quedó la duda, se vean todavía algunas intrigas en todo aquello y persista una aureola de misterio que surge de tanto en tanto, incluso en boca del propio Rubio.

Pero en estos nueve años desde la realización del documental ha habido también cambios. Aparecen en el documental Jordi Pujol y Narcís Serra, que aquel año del asalto eran, respectivamente, presidente de la Generalitat de Catalunya y alcalde de Barcelona, los dos laureados en su momento, considerados políticos de primera, con gran visión política y de gestión, pero ambos caídos en desgracia, el primero con una larga instrucción judicial por haber saqueado Cataluña en familia, instrucción que está acabando ahora y que dará lugar sin dudas a un juicio al clan, y el segundo acusado del cobro de sobresueldos durante su gestión de CaixaCatalunya, de lo que fue absuelto, aunque participara en ese proceso de privatización de las cajas de ahorro, que en el caso de la caja catalana llevó a su desaparición al ser absorbida por el BBVA. Nada es lo mismo, desde luego, las cosas han cambiado, es evidente, y muchos de los gigantes de entonces, nos damos cuenta ahora, tenían los pies de barro. Todo un aviso a navegantes, un recordatorio de que todo dirigente, por muy alto que se halle, no deja de ser humano, demasiado humano, de que todos somos, al fin, mortales y susceptibles de derrota.

Luis Pastor (Juan A. Herdi)

Luis-Pastor[10302]

Al igual que aquellos periodistas despistados que se preguntan con aire extraño qué ha sido de los cantautores, yo me lo he vuelto a preguntar también hace apenas unos días y motivado por una lectura reciente, la de la novela Los Baldrich, de Use Lahoz, dos de cuyos personajes escuchan hasta la obsesión, incluso cuando su tiempo parecía haber pasado, a ese grupo de cantantes de la Nova Cançó catalana, que recuperó el uso de una lengua y una tradición, y la vinculó a temas de aquellos años, los sesenta y setenta tan convulsos, los ochenta y noventa más intimistas.

También aparecieron cantautores en otros lugares de la Península, en el País Vasco, a su vez recuperando una lengua bastante reducida hasta aquellos años, limitado su uso casi a lo local, en Castilla, ligando su música a tradiciones históricas, en Andalucía y Extremadura, y no digamos en Portugal, cuya Revolución ha quedado enmarcada para siempre por una canción mítica ya, todo un himno, el Grândola Vila Morena de Zé Afonso.

¿Qué fue por tanto de todos esos cantautores a los que perdí de vista (o de oída) en un momento dado, cuando dejé de seguirles por circunstancias varias que sería largo de contar?

Y ha sido casualidad que me planteara tal pregunta justo cuando la realidad testaruda y caprichosa me ha devuelto nada menos que a Luis Pastor a primeras páginas de los informativos. Resulta que el recién nombrado equipo del Ayuntamiento de Madrid ha cancelado un concierto que estaba cerrado para el 8 de septiembre en las fiestas de Aravaca y que iba a dar con su hijo Pedro. La decisión la ha tomado el distrito y ha alegado para ello que lo que se pretende es que el concierto de ese día sea más generalista, por ello habían buscado otro grupo.

10304

Ni qué decir tiene que la decisión ha creado no poca polémica, se habla directamente de prohibición y hay quien insinúa incluso que estos tiempos que parecen haber cambiado tanto respecto a aquel momento de censura y represión –la noche más larga, de la que hablaba Aute, en referencia a los últimos fusilamientos del franquismo– en realidad han cambiado poco. Claro que no es así, al menos lo espero, digamos a lo sumo que acechan algunos peligros, pero  el que haya levantado la polémica permite tener una mínima confianza, al tiempo que la responsable de cultura, Andrea Levy, ya ha mostrado su disconformidad con la decisión.

Sea lo que fuere, me he dado de bruces con Luis Pastor, un cantautor que me fascinó cuando lo descubrí, a mediados de los ochenta, con su voz consistente y sus letras a la vez líricas, épicas y un tanto pastoriles, si se tercia. Le escuché por primera vez en Radio3 como descubrimiento y lo vi físicamente en TVE, cuando grabó aquellas coplillas que a mí me remitían a las letras populares de otras épocas que ya por entonces tanto me interesaban.

Cuando yo lo descubrí, en los ochenta, Luis Pastor llevaba ya mucho tiempo cantando. En los sesenta había dejado su Cáceres natal y vivía en Vallecas, en la colonia Sandi. Descubre a Paco Ibáñez y con él se acerca a nuevas formas de cantar, pero también a la poesía. Versiona a principios de los setenta El niño yuntero de Miguel Hernández y la poesía estará muy presente en sus discos, desde los primeros, Fidelidad o Nacimos para ser libres, hasta En esta esquina del tiempo / Nesta esquina do tempo, en el que canta a José Saramago tanto en castellano como en portugués (no es baladí la importancia de la raya en Extremadura, región por cierto también de tradición revolucionaria, con Llerena, al sur de Badajoz, con una experiencia por lo menos importante).

Supongo que nos dejamos llevar por el debate, a todas luces inocuo, de lo nuevo y lo viejo, el arte de antaño y el arte de hogaño, y más en estos tiempos del espectáculo donde todo ha de seguir girando sin remedio. Pero no, no es cierto que las expresiones del arte, sean las que fueren, pasen (más allá de las cuestiones físicas particulares e inevitables), sino que están allí, presentes, permanentes. ¿Qué fue de los cantautores? Pues que algunos lo dejaron, cambiaron de oficio, de actividad, pero otros siguieron y allí están, entre el ruido actual ocupando su lugar y buscando nuevos vericuetos. No hay nada mejor que recordar a Bernardo de Chartres y asumir que somos enanos a hombros de gigantes, y entre esos gigantes no son pocos los cantautores. Concurren por tanto en un mismo tiempo varios estilos y formas, muchas veces en paralelo, nada más paleto que dejarse llevar por las modas.

Sea lo que fuere, la metedura de pata o el peligro acechante me ha devuelto a uno de mis cantantes predilectos que, es cierto, llevaba tiempo sin oír y espero que me sirva no sólo para recuperarlo, sino también para que a su vez Luís Pastor pueda ser descubierto por los ingenuos y los valientes de nuestro tiempo.