Camille Claudel silenciada-Por Eleine Etxarte

Camille Claudel silenciada

Nos esperaban siete horas de viaje desde Barcelona a Montfavet, un pueblo situado en la Comuna de Avignon, Francia.

Hélène me describía a sus padres, la casa familiar y las costumbres mientras el Twingo avanzaba tranquilo, al mismo ritmo de las palabras de mi amiga francesa. Teníamos muchas horas por delante y la intención de disfrutarlas todas.

Dos motivos nos habían llevado a emprender el viaje: el primero, pasar unos días en la casa de Hélène y así ver como se encontraban sus padres; y, el segundo, los últimos años de vida de Camille Claudel, la apasionada escultora francesa.

Yo tenía en mi estudio una fotocopia de la famosa foto de Camille subida en una especie de andamio, con aquel aparatoso traje de la época que casi no la dejaba respirar. Seguro. Trabajaba en una escultura de tamaño natural, un hermoso desnudo femenino, en el taller del reconocido artista Rodin, hacia 1899.

Dos meses antes del viaje, mi amiga y yo descubrimos observando esa imagen de Camille que ambas sabíamos muchas cosas de la escultora y alguna realmente sorprendente.

Yo le conté a Hélène que esta artista había sido la fiel representación del ideal romántico que conduce a las mujeres al despojo de sí mismas, cediendo toda su energía creativa al engrandecimiento de otros. Y que fue hacia 1970, cuando artistas e historiadoras de arte feministas se preguntaron por la presencia de las mujeres en el hecho artístico, como la obra de Camille Claudel comenzó a reconocerse.

Esta mujer nacida en 1864, pasó gran parte de su vida junto al famoso escultor Auguste Rodin como su amante y colega, además de ser las manos ocultas que esculpieron numerosas obras de quien protagonizaría la historia y ocuparía un lugar en los museos.                           

Ese mismo día, Hélène me habló del cuadro que Camille Claudel había regalado a Madame Fabre, su cuidadora y acompañante hasta el final de sus tristes días. Esta mujer pertenecía a la familia de mi amiga y el cuadro estaba colgado en el salón de la casa familiar, sin firmar.

Desgraciadamente Madame Fabre ya no podía responder a mis preguntas.

Quizás el lienzo me diera respuestas sobre el sentir de los últimos días de Camille.

Tenía muchas ganas de verlo, de escudriñarlo, de encontrar algo de la artista en el tema o en los colores, quizás en sus pinceladas.

Ambas conocíamos bien el triste final de Camille, sabíamos que cuando su padre murió en 1913 ella vivía entre la pobreza y el abandono familiar; ocho días más tarde la madre firmó el certificado de ingreso de Camille en un hospital psiquiátrico, donde no podía recibir visitas ni correspondencia.

Durante 30 años estuvo internada. Murió entre salas psiquiátricas el 19 de octubre de 1946, pasaron varios años para que su hermano, el poeta Paúl Claudel, se ocupara de su cuerpo.

Acusada de manía persecutoria y delirios de grandeza, reivindicó su cordura durante todos los años que permaneció internada, totalmente privada de libertad.

Debió de ser un auténtico incordio para Monsieur Rodin cuando Camille decidió reivindicar su sitio en el mundo del arte de la época, ella siempre le acusó de haber ocultado su trabajo bajo su alargada sombra hasta conseguir enterrarla como artista y como mujer.

Cuando llegamos era noche cerrada y su madre ya nos esperaba de pie en la puerta de la casa envuelta en un exquisito olor a tomates fritos y especies. Habíamos viajado desde Cataluña a Avignon en coche pero en ese instante, todos mis sentidos me transportaron a Marruecos.

El abuelo de Hélène había tenido una fábrica de sardinas en Safí y durante muchos años la familia vivió junto al Océano Atlántico. Su cocina era entre portuguesa y marroquí, sin dejar de tener, por supuesto, un toque afrancesado.

Allí estábamos las tres sentadas a la mesa después de cenar, disfrutando de un té con hierbabuena preparado con la calma africana del movimiento constante, el perfumado liquido pasaba de la tetera al vaso y otra vez a la tetera, hasta alcanzar el punto justo. Fue en ese momento cuando Hélène se levantó y reapareció con el lienzo que Camille había regalado a Madame Fabre.

Lo dejó sobre la mesa suavemente, las tres nos quedamos en silencio.

Al día siguiente arrancamos el Twingo pronto y nos dirigimos al psiquiátrico de Montdevergues, a tan solo tres kilómetros de Montfavet.

Kilómetros y kilómetros de altos muros cubiertos de hiedra. Nunca soñé con semejante ciudad amurallada, aislada, apartada del mundo. La ciudad de los olvidados.

Fue una experiencia escalofriante.

Sobre lo que pasó allí dentro durante tanto tiempo se habla en “La hecatombe de los locos”, un documental dirigido por Elise Rouard.

El viaje lo hicimos en silencio. Yo solo tenía en mi mente el gorgoteo del agua hirviendo y, dentro de la cazuela, esas dos patatas que habían sido el alimento diario de Camille durante tantos años, así lo reflejaba la película de Bruno Dumont que narra el día a día de la artista en el psiquiátrico. La espera, los muros interminables y el olvido.

En un instante acudió a mí el lienzo de Camille.

Un dulce paisaje que retrata una realidad vista desde lejos, quizás desde el recuerdo  y la idealización, la perspectiva, el punto de vista tiene cierto aire de prohibición.                                     

Esa tela muestra una actitud casi de voyeur ante lo que nos describe el lienzo, la mirada funciona como la de un espectador de las vidas ajenas, sin participar en ellas.

En primer plano, un campo cubierto de verde hierba, en segundo, unos arbustos nos cierran el paso y después, un lago termina de prohibirnos la entrada, nos aleja de varias casas rurales que parecen habitadas, hogares cálidos llenos de vida inalcanzable, coronados por un cielo preñado de delicadas nubes que dejan ver un pequeño espacio de azul infinito, muy al final del lienzo, como una promesa inaccesible.

Los colores y las pinceladas son tan delicados que parece que el pincel en la mano de la artista no pintaran, solo susurrasen.

De vuelta a Montfavet decidimos tomar un café en la plaza del pueblo, yo tenía el corazón encogido. La plaza era pequeña pero muy hermosa. Le pregunté a Hélène si era allí donde celebraban los bailes de pueblo, ella me contestó que sí, que allí, señalándome hacia un lado, se colocaba la orquesta, también le pregunté dónde bailaba la gente. Mi amiga me contestó que en su pueblo no bailaba nadie, permanecían sentados o de pie. ¿Por qué? Pregunté yo perpleja. Aquí nadie quiere ser confundido con un loco, esa fue su respuesta.

12º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Anecdotario en la Tierra-La Habana-Bertha Caridad

Lo que quieras ver, verás…

En este largo tiempo de pandemia he tenido una mirada retrospectiva. A mi mente llega la sencillez de mi pequeña isla, logro ver, aún en los lugares más insalubres, un detalle atractivo.

Desde su clima, caluroso en las cuatro estaciones del año, gran motivo para disfrutar en familia un fin de semana en la playa, a pesar del intenso sol, o alguna excursión al campo, o quizás andar por las avenidas de La Habana, su capital.

Sin contar las delicias en las comidas tradicionales, adornadas con gracia al servirlas en las reuniones familiares, cada hogar coloca su sello particular a la tradición.

Lo más atrayente es la diversidad de su población, que le otorga ese toque único, mágico, especial, a pesar de las tantas necesidades que sobradamente se conocen. Las personas son joviales, el carácter alegre es la sazón, la sal, que la complementa. La variedad en el color de la piel, el estatus social, las diferentes culturas que existen, la música que se distingue en cualquier parte del mundo.

Por ese motivo quiero hacer un viaje imaginario, como acostumbro, por mis recuerdos, ¡es imposible olvidar! Quiero recrear mi memoria y visitar no los lugares bonitos, quiero imaginarme ese lugar donde viven tantas personas lindas, humildes, que, aun cuando vivan en esas condiciones, no dejan de ser hermosas, su idiosincrasia es increíble. En pocas palabras no se puede expresar todo. Hoy, quiero ir a un solar, o cuartearía, como también lo llaman. 

Mucho se habla acerca de ello, las conversaciones nunca han sido alentadoras, la mayoría de las veces de manera despectiva, se dice tanto, tanto. Desde fuera, desde el confort, es fácil opinar.

Quiero ver, en una tarde de un día cualquiera, uno de estos recintos, como los vi tantas veces, siendo una niña.

Mientras… me imagino joven, caminando sin rumbo, por cualquier parte de La Habana. Sin darme cuenta llego frente a un edificio que llama mi atención, está tan feo y mugriento. 

Entro por un largo y oscuro pasillo que me lleva hasta un patio interior en el que hay muchas puertas. En el centro, varios niños de diferentes edades y sexo juegan, unos a las bolas, otros con una pelota, todos descalzos, en short, sus risas sin perjuicios irradian felicidad. Las tendederas repletas con cualquier variedad de ropa nunca faltan, expuestas al sol.

El ambiente ruidoso es característico, las conversaciones altas, las bocinas vibran a todo volumen y la típica mesa donde juegan dominó, se me ocurre pensar que están «dándole agua en ese momento», para que el ruido sea aún mayor; eufóricos, unos cuantos en el grupo compiten para ver quién «grita» mejor, la botella de ron descansa en el piso, con el líquido ya en el fondo, sin ella no sería un buen dominó. Alrededor de los jugadores se percibe una densa neblina, al parecer es humo de los cigarrillos. Al unísono se voltean para ver la intrusa que llega; sigo, como si acostumbrara a frecuentar el lugar.

Al final del pasillo un señor mayor abrazado a una guitarra, sentado en un viejo banco, observa todo el movimiento, su cara es oscura con el cabello y el bigote blanco, despeluzado. Tal vez, por los años, le arranca un suspiro al corazón. 

Aumenta mi curiosidad; sigo por otro pasillo, parece un laberinto, hay varias escaleras estrechas, algo asustada subo por una de ellas.

Atrás quedan otras puertas, una, frente a mí, está abierta, se escucha una melodía… una pareja baila, la muchacha me saluda con una sonrisa, los grandes ojos negros en contraste con la piel morena, el cabello negro suelto se mueve al unísono, al compás de un son.

A unos pasos más hay otra puerta entreabierta, alguien del interior llamó, «¡Nicolasa!», retumba fuerte como los sonidos de un tambor, de soslayo veo un inmenso altar y la piel oscura de una noche de otoño sin luna, de pie frente a unas velas, emite un sonido que no logro entender, el cabello afro envuelto en un pañuelo blanco, con collares, pulsos y un tabaco enorme, esparciendo el humo.

Detrás de mí, llega el señor con su guitarra, viene con una amplia sonrisa debajo del despeluzado bigote blanco, cordialmente me pregunta:

—¿La puedo ayudar jovencita?

—Busco a una amiga —respondo bajito para no delatarme —perdón… creo me confundí, hasta luego.

Rápido regreso a mi realidad, es hora de salir de mi corto viaje. Vi a los niños de mi ayer, a los competidores de gritos, o cantos; siguen los jugadores en el dominó y el líquido de la botella de repente creció.

Extasiada en mis recuerdos, me di cuenta que el largo y oscuro pasillo por donde entré al solar me regresó a la misma calle ancha por la que llegué; que ahora se me hizo tan… «estrecha», a la vez el pasillo lo encontré más corto y más claro. 

Al salir y mirar mis recuerdos, vi un solar cualquiera, de los que conocí, no todos son tan feos como este que recordé y que en la realidad era así. 

Entrar a un solar es mirar el corazón de mi isla, es ver la humildad, la sencillez, sin prejuicios, sin juzgar, es ponerse por unos instantes en la piel de sus habitantes. Compruebo que también existe belleza y arte entre las ruinas de cualquier solar de esta, mi Habana.

Presentación poemario de Cecilio Olivero Muñoz «Poemas con Nocturnidad» ED. Vitruvio 05-03-2021

Reflexiones de una ondjundju-La pobreza del envidioso-Juliana Mbengono

LA POBREZA DEL ENVIDIOSO

Doña Trinidad Morgades Besari era una de las intelectuales ecuatoguineanas que seguían obsequiándonos con libros que sólo los académicos y un par de amigos suyos leían. En la última de sus presentaciones a la que asistí, la de “El pidgin de Guinea Ecuatorial”, la señora Morgades explicó que necesitamos las lenguas maternas para aprender a razonar, que pensamos desde las lenguas maternas.

Además de pensar, también entendemos el mundo en nuestras lenguas maternas, entendemos la realidad según el sentido y el significado de las cosas en nuestras lenguas maternas; por lo menos los fang o por lo menos yo.

Mi maestra de poesía, Adelaida Caballero, no entendía por qué los fang decimos “hacer envidia”; hasta entonces, ni yo misma había caído en la cuenta de que para nosotros la envidia es una acción y no un simple deseo o sentimiento.

Durante el mes de febrero se celebra el día de la lengua materna y yo que voy siempre retrasada quiero hablar ahora del sentido de la envidia para los fang, no sólo porque implique una reflexión dese la lengua fang ni porque la envidia, para nosotros, conlleve más acciones destructivas que sentimientos negativos hacia otros, sino porque entender la envidia desde la cultura fang nos ayuda a ver lo despreciable que es anidar este sentimiento en nosotros.

Traduciendo directamente, diré que en fang decimos que “el envidioso hace envidia”, no decimos que lo siente. ¿Por qué? Porque descubrimos la envidia a través de acciones intencionadas.

Lo más curioso, en la cultura fang, es que los acusados de envidia, por lo general, son personas muy mayores que malgastaron su juventud y pasan la vejez en la miseria. A estos se les conoce a menudo como “okukut”, un término con el que se hace referencia a la pobreza en general, a nivel material, moral e incluso espiritual. Para el fang, el viejo okukut es como una bruja decrépita que vive dando pena, pero se esfuerza lo suficiente por sabotear la vida y los planes de quienes la rodean.

Si bien esta concepción del “envidioso” como un “fracasado” rendido puede alentar a un joven a ser más competitivo o a luchar por sus sueños en vez de desear los logros de otros, también es la excusa perfecta para quienes no dan un palo al agua.

Para abandonar los estudios, un joven se refugiará en que el okukut de su abuelo es quien está haciendo vudú para que no tenga éxito en los estudios o a nivel laboral; e igualmente, alguien eludirá la responsabilidad de saber cuidar de sus padres ancianos porque son unos envidiosos y podrían estropear su familia. De hecho, actualmente, muchos padres no se molestan en llevar a sus hijos a visitar a los abuelos en los poblados con la excusa de que ahí se hace mucha envidia y vudú. Queda claro que para pensar así se debe ser muy supersticioso; sin embargo, la envidia sí existe como acción de sabotaje, no es en forma de vudú ni mucho menos, sino esos pequeños y grandes actos que engañan y hacen daño a otros para que no alcancen sus metas o para que sean más miserables que nosotros.

Cierta gente vive como los cangrejos argentinos de los que habla “Bernardo Stamateas” en su obra “Gente tóxica”; Se esfuerzan por hundir a los demás, no porque quieran ascender, sino porque la única forma que encuentran para ser mejores es que los demás sean peores.

Por lo tanto, querido lector, desde una visión fang, la envidia es algo por lo que avergonzarse. Descubrir este sentimiento en uno mismo es una confirmación de su maldad y sólo lo mantiene aquel que ha aceptado ser mediocre y de corazón oscuro, aquel que no confía en sus capacidades, carece de valores morales y fortaleza espiritual.

Si tiene amigos fang de Guinea Ecuatorial o si algún día visita este pequeño país, no se sorprenda si escucha a alguien decir que Fulana o Mengano “le hace envidia”; tampoco crea que tiene poco dominio de la lengua española; más bien, recuerde que, para los fang, la envidia es más que un sentimiento: es el vergonzoso deseo que empuja al okukut a hacerle daño a los demás. Ser envidioso no se aleja mucho de ser un villano.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Laura Ferrero

La gente no existe

Alfaguara, 2021

Este es un libro de relatos en los que domina la emoción, hay en ellos mucho sentimiento y una emotividad general que está incluso a flor de piel. No es extraño que sea así, los temas que trata no son fáciles de afrontar con distancia o desde la frialdad: la soledad, la muerte, las relaciones de pareja, la pérdida de los referentes personales o familiares, el desencanto que lleva siempre a una nostalgia que puede llegar a ser mórbida, insana, frustrante, hablan de impotencia, también de esperanza, pero sobre todo de miedo, se trasluce un miedo enorme a la vida que, sin embargo, pese a todo, se sigue viviendo, tal vez porque no queda otra alternativa. No es una materia fácil de tratar: cualquier exceso puede resultar empalagoso.

No es el caso de estos diecisiete relatos, no estamos ante una emotividad que importune o que resulte cargante, molesta, al contrario, el lector va a entender muy bien lo que se le cuenta porque la experiencia narrada forma parte de la cotidianidad más absoluta, nos es común a todos. No hay duda de que vamos a encontrar en cualquier de ellos, o en varios incluso, algo que nos afecta y nos conmueve porque la autora está compartiendo experiencias universales, una intimidad que no es propia, que nos pertenece a todos, son experiencias al fin que nos vuelven humanos.

Lo narra además con una sencillez extraordinaria. Lo que requiere desde luego una destreza enorme, una maestría incluso. No hay estridencias ni parece que los personajes pretendan un heroísmo malsano, asumen esas formas de lo real compuesto, como se dice en un momento dado, por el miedo o el dolor. Cada uno de los relatos se van componiendo poco a poco, las piezas van encajando y se cuenta tal cual, quizá porque la vida hay que escribirla para darse cuenta de su alcance y de su envergadura. Sólo alguien muy consciente de lo que significa la escritura, como sin duda lo es Laura Ferrero, sabe en definitiva lo importante que son las palabras para la vida.

Cada uno de los relatos se convierte de este modo en un retrato en los que vamos a sentirnos reflejados y que nos dejarán, no lo duden, un sentimiento extraño de zozobra y de dulzura a la vez. El libro se vuelve un álbum de fotos que, como los álbumes, vamos a necesitar leer varias veces, sin que la prosa de esta autora nunca nos canse de veras, al contrario, siempre nos descubrirá algo nuevo.

Reflexiones de una ondjundju-La cocina de la mujer fang-Juliana Mbengono

Así vivían y así siguen viviendo muchas mujeres en el pueblo de mi madre: en el universo de la cocina. El abaha, la casa de la palabra, el parlamento y corte suprema, está reservada para los hombres mayores al igual que el salón de la casa. 

 En el pueblo de mi madre y en todos los pueblos fang, lo normal es que la mujer tenga su espacio de dominio en la cocina, pero siendo sincera, diré que lo llamo cocina porque es el espacio usado para guardar la batería de cocina y en el que a veces se cocina, porque los fogones están en el patio.

La cocina de la mujer fang es un dormitorio, una sala de reuniones, una sala de recuperación para enfermos, una habitación para los huéspedes, un salón, un comedor, una escuela, un espacio público sin intimidad… es el centro de la vida en el hogar.

Las habitaciones principales y el salón, a menudo forman un espacio independiente. Ahí los hombres reciben visitas en privado, ahí come el padre de familia sin la molestia de los niños a los que llamará a recoger la mesa al acabar, en caso de que no se haya reunido con otros hombres en el abaha para comer juntos. El salón es un espacio tan privado que incluso los niños de la casa no pasan mucho tiempo en él. Es el espacio del orden y la limpieza, donde el gallo de la casa se puede tomar unas horas de relax después de un trabajo “de hombres”.

En la cocina siempre hay dos o más camas de bambú, las construyen los hombres y se puede dormir sobre ellas sin un colchón, aunque esto no resulte cómodo. Esas camas sirven como asientos, en ellas duermen los niños y algún que otro huésped, en ellas duermen los enfermos y desde ahí resulta fácil atenderles y tenerles cerca.

Las camas de la cocina son cálidas y están cargadas de recuerdos, recuerdos de la infancia, de cuando no podíamos poner los pies en el suelo porque alguien acaba de contar un cuento sobre monstruos y algo nos decía que el coco estaba bajo la cama. Si las camas de la cocina fuesen grabadoras, podrían contar la vida de muchas mujeres y sus hijos.

Al fondo de la cocina, en el atum nkieñ, está el armario o la vitrina, allí se deja toda la batería de cocina y los cubos con agua para cocinar y beber. Curiosamente, en fang lo llamamos coboat casi igual que en inglés.

Las mujeres del pueblo no tienen electricidad constante ni neveras. Así que para conservar los alimentos queman leña sin dejar la llama y sobre esas brasas colocan la carne sobre una parrilla para ahumarla y luego la dejan en un depósito que llamamos ákang. A veces el gato roba carne del akang, pero ¿qué se le va a hacer? es el gato de la casa, no es de la vecina y, además, ahuyenta a los ratones y lagartijas.

Donde están el akang y cobat en el atum nkiem es también donde se machaca la yuca para preparar las barras que se consumirán como guarnición para cualquier plato, ahí también se machaca la rica bambucha, el plátano, el arroz, los dátiles y se preparan todos los guisos que acabaran sobre los fogones de leña.

Las cocinas son parlamentos para mujeres y niñas, ahí los niños escuchan a las mujeres hablar de sus problemas conyugales, familiares, etc. Es el espacio donde las mujeres interactúan con sus hijos educándoles a través de recados, encargos y broncas.

También son los hospitales donde muchas prefieren dar a luz sobre el piso y donde se sigue aplicando algún que otro tratamiento tradicional tras recibir el alta del curandero.

Las cocinas de las mujeres fang son los comedores donde los más pequeños comen sentados en círculos sobre el piso compartiendo un plato de comida entre quejas, peleas y llantos; porque el hermano mayor nunca hace un reparto igual, como hermano mayor, siempre se lleva la mayor parte y eso elimina muchas posibilidades de risa y alegría durante las comidas. Ahí también comen las mujeres con la olla entre las piernas o sobre el regazo, pudiendo compartir su ración sólo con el más pequeños de la casa, que, aun siendo un lactante, aceptará un pedazo de yuca mojada en salsa o un hueso de pollo que se llevará a la boca como un chupete.

El espacio de la mujer fang está en la cocina, ahí tiene su intimidad para pensar y organizar sus planes entre niños que corren de un lado a otro y gallinas que picotean todo lo que se cae.

Joan Margarit, en catalá y castellano (DEP)

Hace bien poco Joan Margarit declaraba que Franco le inculcó el castellano a patadas, pero que no pensaba devolvérselo. Por eso mismo, tal vez, nos haya dejado tan bellos poemas, con imágenes agradables y galácticas, tanto en castellano, la lengua impuesta y adoptada, como en catalán, su lengua materna. 

Solía decir que la poesía era un arte de acero inoxidable, que podía con todo. Hace poco también se publicaba un volumen con su poesía completa, la escrita entre 1975 y 2017. Fue antes de que le concedieran el Premio Cervantes, en 2019, cuyo acto no pudo celebrarse por la pandemia. Pero Joan Margarit, poco afín a los actos de marcado protocolo, prefería ofrecer su poesía «a pecho descubierto» a las damas y caballeros que iban a verle y a escucharle, como magnífico orador que era. Ahora se anuncia una edición nueva de su obra completa.

Sin duda, de Joan Margarit nos queda su luminosa obra poética. Quienes le hemos leído no olvidaremos sus imágenes y metáforas fascinantes que permanecerán como parte privilegiada de nuestras lecturas preferidas. El poeta Luis García Montero, gran admirador y amigo del autor catalán, sin duda se refería a él, a su estilo, cuando afirmó en una entrevista que «si la poesía muere, habrá que reinventarla».

Cabe destacar su profundísima manera de ver la vida, pese a haber sufrido tragedias en su vida como aquella posguerra tremenda o la muerte de su hija. Como bien dijo una amiga al enterarnos de la mala noticia de su fallecimiento a la edad de ochenta y tres años, la muerte siempre es una tragedia. Joan Margarit, a través de su poesía, nos mostró el sentido profundo y bello de la vida. 

Desde Nevando en la Guinea queremos rendir homenaje a este gran poeta catalán bilingüe. Era admirado en esta España plural y difícil a veces, que tiende a mostrar cierta solemnidad sólo por sus poetas fallecidos, aunque bien valdría el reconocimiento en vida.  

Gracies Joan. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Anton Arriola

El ruido de entonces

Erein, 2021

A todas luces estamos ante un libro mestizo cuyos fragmentos van componiendo las circunstancias de ese hecho dramático e inaceptable que es el asesinato de un ser humano. En este caso el del José María Ryan, ingeniero jefe en la central nuclear de Lemoiz, en construcción. El autor descompone los elementos que rodearon el crimen cuyas circunstancias conoció de primera mano, aunque a cierta distancia, y al tiempo ofrece al lector la novela escrita a partir de aquel hecho tan presente en su propia vida y que es, por tanto, una narración paralela a su propio testimonio, rememorando uno de los capítulos más importantes, penosos y duros de la historia del País Vasco. Aquella semana de hace cuarenta años, la del 29 de enero al 6 de febrero de 1981, es la del secuestro y asesinato de José María Ryan, sin que podamos olvidar las semanas anteriores y posteriores del suceso trágico, sin duda entre las más tensas de la historia reciente.

A muchos no nos sorprende que ahora mismo la literatura vasca, tanto en euskera como en castellano, lleve a cabo un ejercicio de memoria de los últimos años, los del terrorismo, los de un conflicto que a veces no parecía que fuera a acabar nunca. Pero acabó y de pronto, a pie de calle, esa larga época parece desaparecer del recuerdo colectivo, mientras que desde las instituciones y en clave política se hace mención de todo aquello, a menudo como carga entre partidos, con fines no siempre claros, más bien interesados. En el caso que nos atañe, el asesinato del ingeniero Ryan, ni siquiera ha habido en estos días, cuarenta años después de lo ocurrido, un acto oficial, empresarial o social, la aparición de este libro ha sido el único recuerdo de aquel crimen que, además, para muchos significó el final de la mistificación revolucionaria de ETA.

Este texto, novela y testimonio reflexivo, recoge el guante y muestra bien a las claras las heridas que se produjeron en aquella larga noche que duró más tiempo de lo indicado en la canción de Aute. Logra sobrecoger este ejercicio de memoria tan necesario. Es evidente por otro lado que todo crimen posee unas circunstancias que lo envuelven, que no justifican en absoluto el acto en sí, pero explican lo ocurrido y, sobre todo, ahondan en muchas contradicciones de todos los agentes sociales, sin excepción. Arriola nos expone tales circunstancias. Nadie sale inerme de la tanatopolítica y la alusión a Hannah Arendt y su análisis sobre la banalidad del mal nos interpela a todos, porque muchas veces el silencio de una mayoría, por indiferencia o por exceso de comprensión a ciertas reacciones, fue cómplice del horror.

Con este libro Anton Arriola participa de una forma de entender la literatura que parte de una implicación muy necesaria con la realidad, que actúa como espejo donde reflejarnos, que conlleva una reflexión sobre la realidad, dejando al lector la carga de dicha reflexión y su necesidad de resituarse ante los hechos. Deja claro que el acto de matar es siempre indigno. A partir de aquí cada cual ha de saber qué pensar, cómo actuar. Sobre todo, porque el mal sigue existiendo en otros contextos y otros lugares muy cercanos, y la banalización, por desgracia, sigue vigente.

Café con Pina Bausch-Eleine Etxarte

La primera vez que escuché el nombre de Pina Bausch, si mal no recuerdo, fue en segundo de carrera. Alguien que estudiaba el Método de Stanislavski dejó caer la idea de que esta bailarina alemana de Wupperthal había creado algo llamado Danza-Teatro, que había traspasado ya la frontera entre el teatro, el ballet y el musical.

Yo estaba en un momento convulso, mi interior se llenaba de información de una manera pantagruélica. Los artistas hacían miles de cosas, todas diferentes, diferentes ámbitos, disciplinas, técnicas. El mundo se abría ante mí de una manera brutal, las emociones eran tan intensas que había momentos en que se me cortaba el aliento y para colmo ahí estaba Pina para demostrarme que aún había más.

Pero, ¿quién era Pina Bausch?

A partir de ese momento comencé a investigar, llevada por una gran curiosidad.

Recuerdo la primera imagen de uno de sus espectáculos, “Café Müller”, seguido leí las asociaciones, las consignas con las que trabajaban ella y los bailarines de su compañía:

Una queja de amor. Recordar, moverse, tocarse. Adoptar poses. Desnudarse, permanecer cara a cara, zafarse del prójimo. Buscar lo perdido, proximidad. Llevarse en brazos. Correr contra la pared, lanzarse, chocar. Desplomarse y levantarse. Repetir lo que se ha visto. Atenerse a patrones. Querer ser uno. Ser desmontado a piezas. Abrazarse. He is gone. Con los ojos cerrados. Caminar hacia el prójimo. Sentirse. Bailar. Querer herir. Proteger. Salvar obstáculos. Dar espacio a las personas. Amar.

Era todo fragmentario, retazos de una realidad existente en la que podemos reconocer ciertas partes porque quedan iluminadas, ampliadas. Descubrí que era un rasgo recurrente en las obras de Pina Bausch. Era el intento del individuo por luchar contra lo efímero de las palabras y de las imágenes, de las situaciones y las experiencias; y de afirmarse en una realidad que a menudo se le escapa. A través de medios supuestamente objetivos, los personajes tratan de conseguir seguridad en un entorno inseguro.

Poner una trampa a alguien/ Construir pirámides/ Pensar en una frase sencilla y expresarla sin palabras/ Cuando los canguros están en peligro, se agarran al otro animal con las patas traseras y con las delanteras le rajan la barriga/ Álbum de poesías/ Poses fotográficas/ Formas correctas de la danza y como se debe bailar/ Imágenes de María/ ¿Sabéis cómo se arrastran los indios?/ Lenguaje de signos de los indios/

A medida que descubría su trabajo se despertaban en mi sentimientos muy poderosos, sabía que estaría ligada a ella aunque quizás nunca nos conociéramos, eso era lo de menos.

Pasó el tiempo. Fue en el anteúltimo año de carrera cuando decidí visitar a mi amiga Jasone que era bailarina en París y cenando con ella, hablando de danza, en su pequeño estudio de Rue de la Roquette salió en nuestra conversación el nombre de Pina, ella me contó, que uno de sus sueños había sido bailar en la compañía de Wupperthal y que hacía dos años había acudido a una audición en Berlín donde Bausch estaba seleccionando parte de su elenco de bailarines.  Según me contó, las palabras de Bausch eran escasas e iban dirigidas al interesado “Cada uno tiene que poder ser lo que él quiere o lo que ha desarrollado”.

No fue una de las elegidas, pero me contó que la experiencia de ver a Pina concentrada, sin impacientarse, buscando a su grupo, su tono de voz suave y los silencios que la acompañaban lo habían convertido en uno de los momentos más intensos de su carrera.

Contar una historia con ruidos/ Cuando te enciendes en ira/ Sumisión/ Defenderse/ Cuando un animal quiere morder/ Seis sonidos para mostrar la fascinación/ Pensar en una frase muy importante e imaginar que hay una cascada y que el ruido no deja entender las palabras……..

El 12 de septiembre de 2008 se representaba Cafe Müller y la Consagración de la Primavera en el Teatro del Liceo de Barcelona y yo tenía una entrada para el lateral uno, cerca de la entrada Sant Pau.

Tomé asiento y seguido me tuve que levantar para que se sentase la mujer que ocuparía el asiento de mi derecha durante el espectáculo.

Bonsoir, bonsoir respondí yo.

Bona tarda, escuché desde mi izquierda, bona tarda contesté al caballero que se sentó al otro lado.

Nos inundó la oscuridad y dio comienzo la obra.

Es de noche, la luz de la luna entra por la ventana, iluminando sutilmente un escenario lleno de sillas, en el que una mujer flaca tropieza. Lleva un camisón blanco, el cabello suelto, revuelto, salvaje, como si hubiera escapado de un manicomio. Sus manos apuntan hacia arriba, como las de una sonámbula. Tiene los ojos cerrados, camina con dificultad, como un alma en pena. Tras ella, al fondo, hay otra mujer, también lleva camisón blanco, es muy parecida a la primera, pero lleva el cabello lacio y recogido y es aún más flaca. Sus costillas sobresalen, sus pómulos se dibujan, los huesos de su cuello se estiran, el vestido blanco dibuja sus senos, los huesos afilados le dan una misteriosa sutileza a sus manos, a sus finos dedos. Es como si la contextura de su cuerpo le diera a la obra su impronta: el cuerpo alargado, huesudo, parece más triste.

Las mujeres son gemelas, es como si en medio de las dos hubiera un falso espejo que reprodujera la realidad casi tal y cómo es, o como si la una fuera el alma de la otra, una especie de doble que repite infinitamente sus pasos. La música de Henry Purcell les atraviesa la piel………

La intensa primera parte dio paso al ritual que anunciaba la segunda, el proscenio se cubre de tierra fresca.

Un olor profundo me situó otra vez en mi butaca. Observé que sobre el escenario se movían un gran número de personas removiendo lo que constituía la única escenografía. El público estaba en silencio como si “La consagración de la primavera” ya hubiera comenzado.

Salen los bailarines y con ellos la más hermosa danza, el olor a tierra se mezcla con el sudor y mi corazón palpita rápido me inunda una gran emoción y siento que no puedo contener las lágrimas. No sé en qué momento miré a mi compañera de asiento francesa y ella también, digamos, se refugió en mí. Éramos un mar de lágrimas, no había palabras, el teatro de Pina Bausch tiene demasiado que ver con lo sientes.

Bailarina, coreógrafa y directora de ballet, nacida en Solingen el 27 de julio de 1940, cuyo nombre original es Philippine Bausch está considerada como la creadora del teatro-danza en Alemania. Falleció en Wupperthal el 30 de junio de 2009

“Quiero lo infinito/ Volver hacia mí/ Ya florece la flor intemporal del otoño/ de mi alma/ Tal vez sea demasiado tarde para volver/ ¡Oh, muero entre vosotros¡/ Porque con vosotros me ahogo/ Quisiera tejer hilos a mi alrededor/ !Acabando en confusión¡ Enmarañando/ Turbándoos/ Para huir/ Hacia mi”