CAMBIAR POR AMOR

 

CAMBIAR POR AMOR

 

Por tu amor

no creí ni en patria ni bandera

me quemaron en la hoguera

y en vasos de whisky

ahogué mi vida entera.

Por tu amor

me hice de desiertos

mercenario

mis huesos carcelarios

absorvieron

todo mi pobre salario.

Mi torpe corazón

de poemario

salió de flor y madre

de todo lo ordinario

cajón vacío del desastre.

Traje sucio en armario

hueco ladrido con eco

huye de lo rutinario

ojos fríos de muñeco.

Bostezo de funcionario

¡qué cerca de Alcalá Meco!

capricho de millonario

lavado de olla en seco.

¡Qué pereza de vida y de barrio!

fandango y serenata

corta la escena del lago

Maruja de rulos y en bata

tristeza autómata del pago

¡ponme China un cubata!

y me lo bebo de un trago

cuarentena en cada pata

¡qué mañana te lo pago!

dime si vienes templada

yo vengo siempre estorbando

¿no ves mi collar de papada?

¿mi estela en otro bando?

¿no ves mi temblorosa calada?

¿mi vida verdinegreando?

Chamullo por chamullar

mi vida cambia amando

cambia para variar

tabaco de contrabando

vida de puro estraperlo

copón de anís del barato

corro un traslúcido velo

cambio a gato por pato

cambio a gallo por pavo

cambio potro por canguelo

cambio mi duro arrebato

cambio mi corte de pelo

y cambio y no doy abasto.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

UN BREVE VIDA JUNTOS

 

Una breve vida juntos

 

 

Apareció de pronto en mi vida, como suelen ocurrir estas cosas. La conocía de unos meses atrás, habíamos coincidido en las oficinas de la universidad. Hablamos en la fila mientras esperábamos nuestro turno, yo le pregunté algo y ella me respondió. Allí se acabó todo. No la había vuelto a ver hasta ese día, cuando paré en el café y ella se sentó a mi mesa, me dijo hola y comenzamos a charlar. A partir de ese día nos hicimos inseparables. Íbamos al cine, paseábamos por el parque o por cualquiera de los barrios, me venía a buscar a la biblioteca de la universidad. Yo no la pretendía, en absoluto, tampoco creo que ella me buscara de un modo interesado, buscando algo en concreto. Simplemente coincidimos en una ciudad que no nos resultaba especialmente amable, en un momento, además, de inmensa soledad.

A veces me molestaba que fuera tan sumisa. Yo quería ir al cine, íbamos al cine. Me apetecía caminar, caminábamos. Prefería que nos quedáramos en casa, nos quedábamos. Por cierto, no sé cuanto tiempo tardó en mudarse a mi casa, un poco más grande que la suya. Una tarde apareció con una maleta y un par de bolsas de mano, y se quedó. Ni siquiera lo habíamos hablado. Tampoco dijimos nada ese día. La dejé pasar, le hice un hueco en el armario y a partir de ese día pasamos también a compartir un apartamento como si fuese el fruto de una previa decisión. Es verdad que yo no me negué. Tampoco sé muy bien si debía negarme. Supongo por otro lado que ya me venía bien. La comodidad de su compañía me resultaba mejor que su sumisión, un tanto irritante. Y que mi soledad, seguramente, que me estaba ya abrumando.

No nos contamos las vidas. Preferimos no saber nada de nuestros respectivos pasados. En cuanto al futuro, le dejé claro que cuando acabara mi tesina me iría de aquella ciudad. Creo que quedó también claro que entonces habría una despedida. Me daba miedo que forzara en su momento alguna escena dramática con la que echarme en cara ese final anunciado, pero me parece que así lo entendió ella. Había una fecha de caducidad para nuestra relación. Dicho así, puede parecer algo perfecto, equilibrado, la falta de compromiso conllevaba un sosiego, nada que ver con las pasiones que siempre acaban hiriendo. Pero reconozco también que había algo tremendamente frío en todo aquello. Y eso tampoco nos salva del dolor, aunque lo pensemos y tomemos distancia de las cosas, de los sentimientos, para no sufrir. No obstante, no sólo hubo frialdad en aquella relación, sino que fue para mí una época fría en todo. Quiero creer que todo aquello no dejaba de ser la consecuencia de una vida que había sido en toda su extensión bastante fría. La tesina había sido al fin y al cabo una excusa para cambiar de ciudad, para huir de mi familia y del ambiente en que siempre había vivido, tan desapegado y distante, aunque no había una razón tangible para ello, simplemente me sentía a disgusto, me desasosegaba tanta distancia hacia todo. Creo que buscaba algo distinto. Claro que no conseguí cambiar nada de aquel desafecto vital. El traslado no había cambiado en absoluto mi desasosiego. Me faltaban los sentimientos, era incapaz de expresarme incluso para mí mismo. Mi propio diario, en aquella época, apenas traslucía lo que yo sentía. No dejaba de ser una extensión de mis escritos universitarios, de mis estudios y de mis análisis. A veces me veía como un psicópata en ciernes. Desde luego, iba a ser un perfecto investigador, pero como ser humano sin duda estaba dejando mucho que desear. Claro que a ella le sucedía otro tanto. Era como un reflejo de mí mismo. No es excusa, lo sé. No obstante, no quiero que crean que me estoy justificando, simplemente les cuento lo que pasó, nada más.

Así vivimos durante unos meses. Presenté mi tesina. Alcancé la máxima calificación. Me otorgaron incluso un premio por el contenido de mis pesquisas y por la originalidad de la tesis que defendí. No fue cuantioso el importe del premio, pero me permitió vivir varios meses sin trabajar. Fue una prórroga en nuestra relación. Sin embargo, nada cambió entre nosotros. Continuaron los silencios, su sumisión, los largos paseos, el cine de algunas tardes, los anocheceres abrazados junto a la ventana, la contemplación silenciosa de una calle desierta, el amor carente de pasión y las conversaciones breves e insulsas.

El dinero se acabó. Se terminó la prórroga. Ella había encontrado un trabajo en una librería de la ciudad. No planteó que viviéramos de su sueldo mientras yo buscaba algo. Aceptó lo que ya sabía desde el principio, que aquello se acabaría y ese momento había llegado. Es cierto que hubo tristeza en esos últimos días. Nos habíamos acostumbrado el uno al otro y es cierto que el roce crea cariño. Pero yo no me quería quedar. Tenía otros planes, volvería a mi ciudad, intentaría otros proyectos.

Pusimos a su nombre el contrato de alquiler. No me dijo nada sobre lo que pretendía hacer con su vida. La última noche nuestros abrazos fueron más vehementes, tal vez nuestros cuerpos deseaban mantener el recuerdo del tacto ajeno.

No me acompañó al aeropuerto. Desayunamos juntos y ella se fue, como todas las mañanas durante ese último mes, a trabajar. Yo salí poco después. Nunca he vuelto a saber nada de ella. Es verdad que mi vida se ha vuelto algo menos fría, que he aprendido a sacar mis sentimientos. Me pregunto a veces lo que le debo a ello de este proceso. En ocasiones también pienso en ella. Creo que la echo de menos.

 

Juan A. Herrero Díez

 

 

2º EDITORIAL: NORTE-SUR

 

EDITORIAL

NORTE-SUR

 

Nos hablan de Norte y de Sur, nos hablan de Civilizaciones enfrentadas y de Alianza de Civilizaciones, nos hablan de Culturas opuestas y de diálogo de Culturas, nos hablan de Primer Mundo y de Tercer Mundo. Nosotros preferimos no guiarnos por conceptos que separan a los seres humanos en grandes concepciones interesadas -Norte y Sur, Primer y Tercer Mundo- o en conceptos que en principio nos gustan -Civilización, Cultura-, pero que, al emplear como términos excluyentes, pretenden desdibujar a la humanidad en su conjunto.

 

Porque consideramos que sólo hay una única civilización que se manifiesta en formas variadas, ya que todas responden a un patrón humano, y creemos que la cultura es ante todo conexión entre seres humanos. Sólo así se entiende que nos conmuevan poemas y relatos de otros pueblos y tradiciones. Don Juan Manuel recoge, en la tradición española, relatos de reminiscencias indias, persas y árabes, los reconstruye y crea una obra cumbre de la literatura castellana. En América Latina se forman pueblos con elementos múltiples. No podemos negar, es cierto, que algunos de esos elementos fueron fruto de la violencia. A nadie se le debería ocultar la tragedia de la esclavitud, por ejemplo, millones de negros transportados como bestias por la codicia de los mercaderes. Pero la cubana Lidia Cabrera se acerca a la negritud con interés, respeto y deseo de comprender lo que hay de negro en el mundo cubano, y por extensión en otros países de América, cualquiera que sea el origen de la mezcla, aunque sin olvidar tanto sufrimiento. Nada podemos hacer por soliviantar todo ese dolor de la Historia, tan sólo reconocerlo y asumirlo, aprender de la ocurrido, aunque a tenor de lo que vemos hoy parece que poco o nada se ha aprendido. Del mismo modo es como algunos autores blancos se acercaron al indigenismo, otras víctimas de la colonización, y de ahí hayan surgido autores como Manuel Scorza, Ciro Alegría o José María Arguedas, entre los más conocidos.

 

Amin Malouf, autor libanés que escribe en francés, es cristiano y escribió un libro sobre las cruzadas desde la perspectiva de los árabes, escribió un ensayo Identidades Asesinas, título este que nos parece ya de por sí una referencia al peligro de querer segmentar a los seres humanos en culturas y civilizaciones diferentes. Colocas una etiqueta a un lugar y conviertes a sus ocupantes en parias sociales. Estableces una sencilla frontera, Norte y Sur, y a partir de allí unos podrán gozar del (des)orden de este mundo y otros lo sufrirán. Sin embargo, no debemos tampoco ser simplistas. Del mismo modo que Norte-Sur han dejado de ser conceptos geográficos para volverse símbolo de la ignominia humana, hemos de abrir los ojos para mirar realidad que no son como las pintan. Todos nos dolemos con la versión que nos dan de África: miseria, violencia, desesperación. Pero existe otra África, la del arte, la música y la literatura que explican sus propias realidades y se proyectan al mundo para influir y crear. Picasso no hubiera sido el mismo sin la influencia del arte africano. La música actual tiene influencia africana y su forma de crear música da pie a nuevas mezclas cuyo reflejo se proyecta a través de grupos como Qbamba o 08001. Lo mismo podemos decir de América o de Asia. Sao Paulo o Buenos Aires, Nueva Delhi o Ulan Bator son espacios en los que artistas, escritores, cineastas, músicos o actores también crean, desarrollan y ofrecen al mundo su modo de entender el mundo, su cultura.

 

La cultura es ante todo mezcla. Pero una mezcla que se lleva a cabo con normalidad. La constante propaganda de multiculturalidad que a veces formulan algunas administraciones nos resulta sospechosa de otras cosas (dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces, expresión popular con un trasfondo real enorme en muchos casos). El mejor compromiso para conocer al otro, para entenderlo y enriquecernos es que podamos conocer lo que se crea en todo el mundo, sin cortapisas. Incluimos en ello la simple charla con el vecino, cualquiera que sea el lugar de donde provenga. No hay más misterio, no es nada nuevo, siempre ha sido así y siempre será. Cuando leemos autores de otros países, escuchamos músicas del mundo, cuando vemos películas de otros continentes y contemplamos sus cuadros, estamos dando un paso por la mejora de todos, de ellos y de nosotros. Hasta es posible que dejemos de hablar de ellos y de nosotros, y pasemos a decir simplemente todos.

MUJERES PARIDAS POR MUJERES

 

MUJERES PARIDAS POR MUJERES

 

Las mujeres lucen sus risas jadeantes de maravillosos collares.

Con alegrías efervescentes dan sus pechos entre la lucha y el cariño.

Cuidan de sus hijos caprichosos y exigentes con piel curtida de

paciencia. Y con el empuje de la valentía dan su sabiduria con exquisito criterio y sufrida experiencia. Y firme respuesta es su temple del as al comodín en cuestiones tan poco resueltas y dificultades que solas ellas regresan.

Llevan en sus corazones la reinante palmada al muslo de la vida. Que es amar a sus semejantes en pos de la bondad de la tierra.

Se hacen las paces entre ellas y ellas mismas se las deshacen.

Son primaveras sus alegrías y son nidos sus corazones.

Son virtudes las patrias suyas y llevan su tímida entraña tan viva… con esa risa de euforia y ese desgarro agudo en sus voces.

Cantan sus nanas entre sollozo e instinto.

Cocinan recetas de tiempos remotos.

Conectan y desconectan sus sinsabores y se desmayan en la desgracia.

Cumplen con voluntad en sus pasiones y son brasa pura, en esos, sus galácticos y extenuantes orgasmos.

-(Son suspiros subidos en aviones de gozo)-

Son la manteca y la hogaza de pan y templan con garra en sus ensueñaciones.

Se apartan tenaces del atormentado y sus cavilaciones y en el amor hayan reposo.

Nacen para ser madres y otras son hijas, y por el lamento del viejo (garbanzo negro) y la arruga de la vieja (llaga del tiempo) se les refleja un espejo yermo en sus ojos (vacíos de sueños azules).

Nacidas las mujeres con grandes virtudes de los pies a la cabeza. (Desde la quijada al delantal).

Guardan sus secretos en el escote, y en sus montes de venus encierran calor de rosa de madre , esposa sufriente y amante querida.

Sufren desde el sudor de las palmas de sus manos y se les eriza el cabello cuando su amado las roza con la suavidad del viento entre sus dedos. También cuando se les susurran palabras de amor al oido sienten la cosquilla plácida de la caricia al orgasmo. Y cuando se les besa el cuello, con rastro suave, se les florece la rosa de álmibar y pulpa del laberinto en vilo. A flor de piel se estremece su bajo vientre de seda y huella empapada.

Sus risas y ademanes, jadeos y lamentos, sus suspiros y griterios son la esencia de la vida y su esperanza respira a pulmón abierto la lírica brava de sus caminares de ola entre la espuma.

-(Femeninos como una guitarra)-

-(Como una esfinge)-

-(Como la brisa de la mar)-

-(Como la aurora)-

-(Como la forma)-

Cumplen sin arduas limitaciones las cosicas del hogar en sus circunstancias y llevan con ellas su gozo por el sendero de la bella e infinita esperanza.

Son madres, abuelas e hijas, y también ellas son hermanas.

Son ellas las fuentes vivas con noses tajantes de calentura. Y son sentimiento dulce al sentirse madrazas por vez enésima. En el supremo y vehemente capricho se les escapa como el agua deshecha la mala andanza. Se les engarza la añoranza con la nostalgia y la cautivadora presencia de su belleza hace temblar al hombre y toda ella es su tesoro sencillo.

Se llevan el pan fértil de cada día a la axila y en la entrepierna sus jugosas almas de amantes suspiran en los balcones de en otoño en otoño.

Se desviven por sus retoños y les crujen las entrañas como hogueras de sufrimiento, y son ángeles sin cielo y sin nombre tan viscerales, que en su cariño pongo mis ojos y los racimos granates del caldo de mi noble sangre.

Así es mi madre, así es la tuya y ellas llevaron mi amor en alza.

Y si no amas con pasión desnuda y respeto solemne a una mujer de pulso, coraje y consuelo, con esa fuerza de enérgica estirpe, es que no comprendes o no quisieras saber que ellas son mujeres paridas por otras mujeres, que nutren de vida a la vida y se merecen altar negro de cirios de súplica, anhelo y rezo.

Por ser manantial de providencia elegida por la naturaleza en el magnánimo paseo del preñante magma.

O quizás perviertas la temperatura blanca del solitario suspiro y la herida infectada de la soledad. Que debiera y no es santa. Y es por puro sentido de la supervivencia tozuda que araña a todas las frentes.

O quizás no quieras respetar por ingrata postura o por orgullo tan pobre de humanidad. Y tan pobre hombre debes ser por corto de luces o por mediocre de cumbres. Al no ser tu cumbre dar esa merecida y justa verdad.

                                  Por Cecilio Olivero Muñoz

 

SOLEDAD

 

SOLEDAD

 

(Soneto)

 

Tu cuerpo tiene sombra de carcelero

Y una custodia cerrada con llave

Me tienes a mí como perro faldero

Con novato tacto de caricia suave.

 

Remuevo la huella de tu sendero

Esa huella que de ti nadie sabe

Esa huella donde habita el pero

Esa huella de peligrosidad grave.

 

Vacío me duermo en los quebraderos

Sueño mundos lejanos en aeronave

Me escondo en oscuros trasteros

 

Espero hasta que la guerra acabe

Me peleo con usados mecheros

Me coloco de nostalgia con jarabe.

 

Florecen interrogantes en tus paraderos

No hay piel que sepa como la tuya sabe.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES

 

MUCHO RUIDO

Y POCAS NUECES

 

(Soneto)

 

A muchos les atormenta la duda

A otros les atormenta el trasiego

A unos les duele la sordera aguda

A otros les duele el tramposo juego.

 

A muchos les atormenta el silencio

A otros les atormenta el griterío

Unos son sensibles al frío del cencio

Otros son sensibles al escalofrío.

 

Otros golpean con mazo y rezan luego

Hay quien por miedo no saluda

Hay también quien teme al fuego.

 

Hay quien peca de persona testaruda

Hay quien tiene al dinero apego

Y otros que de nadie obtienen ayuda.

 

Hay quien de rodillas humillan su ruego

Y hay a quien le sirven la vida cruda.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

LA CIUDAD

 

LA CIUDAD

 

La ciudad me arrastra

hacía su jungla del capricho,

hacía su sala de espera,

por senderos de alegria, en un destello

cuando te llaman al instante.

Me llama la ciudad,

me pone su miel

en los labios.

Me espera sensual

y provocadora.

Con su ruido de motores,

con su presencia

de fiesta,

con su risa

entre las voces de los niños

que buscan un tesoro

de juventud.

Me grita con voz de mujer,

me asedia con su vida feliz,

me construye

mis sueños de sol y rosa.

La ciudad me susurra

la vida hasta que me halla

entre cloacas, entre cartón

y libres de horas de brujas.

Los taxistas huyen

de luces y bocinas

y yo huyo de cielos

rojizos como la sangre.

La ciudad me desnuda

borracha y me busca

cosquillas en los pies

y en los sobacos.

Me muestra su dedo índice

y me indica la salida

hacía el puente

de orilla a orilla.

De túnel a espacio.

Me mastica y me engulle.

Me vomita y me arrolla.

Gris ciudad, madre

de las ratas de la basura

que la conocen

palmo a palmo.

Ciudad de piano-bar

y licor de suspiros.

Ciudad de anhelo

y deseo carmín.

Ciudad oscura

por gafas de sol

y humo de cigarrillo.

Ciudad esbelta

y marchita.

Ciudad cruel

y sencilla.

Ruidosa de júbilo

y gracia redonda y alegre.

Ciudad de lamento

y amor primero.

Ciudad de espejo y fuente.

Ciudad que vuela ingravida

como una paloma

entre vacíos de luna.

Ciudad de mis sudores

y decepciones.

Ciudad de silencio

y quimera.

Ciudad lunática

y brillante,

espesura de luces

y árboles que suspiran

por verte de nuevo.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz

 

 

DETALLE EN SOMBRAS

 

Detalle en sombras

 

 

Les pude ver cuando llevaban ya un rato en la plaza. Eran tres. Únicas personas en ese momento, destacaban por la lentitud de su avance. Venían hacia el juzgado y parecían depender del paso cansado, casi imposible, de la mujer mayor, enorme, tremendamente obesa, casi incapaz de moverse. Cada cuatro pasos, la mujer debía pararse, se reposaba sobre el hombro de la otra mujer, más joven, más delgada, pero tan ajada como su acompañante. Luego supe que ésta era su madre. La hija se doblaba levemente, lo que daba la sensación, desde mi perspectiva, a unos cincuenta o más metros, de que fuera a quebrarse por la mitad. El hombre se mantenía unos pocos metros atrás, con los bolsos de las dos mujeres colgando de uno de sus hombros y siempre cabizbajo y en un silencio que resultaba patente, a diferencia de las dos mujeres, a quienes veía hablar, más bien cuchichear, entre ellas cada vez que paraban.

Tardaron lo suyo en llegar hasta el edificio de los juzgados. La plaza se podía atravesar, con calma, sin celeridad, en apenas dos minutos. Ellos quintuplicaron ese tiempo. Su lentitud me permitía contemplarlos con atención.

Cuando los tuve cerca de mí, sus rostros ya estaban definidos. Reflejaban bien a las claras, pensé, la tristeza, la ansiedad, la desesperanza. La hija y el hombre ayudaron a la mujer mayor a subir los cuatro escalones que les separaba de la puerta de entrada. Casi tardaron lo mismo que lo que se demoraron en recorrer la plaza. Un policía les sostuvo la puerta. Gracias, dijeron al unísono el hombre y la hija, apenas un hilo de voz. La mujer mayor respiraba con dificultad, emitía un gemido, casi un silbido asmático, cada vez que aspiraba aire. El juzgado de guardia, preguntó la hija. Le apuntamos la cercana puerta. Se acercaron a ella con la misma dificultad que mostraron hasta ese momento. También les costó entrar en la sala del juzgado de guardia y alcanzar los asientos. Cuando la mujer mayor se sentó, pude apreciar su rostro sofocado por el esfuerzo y la angustia, sus rodillas deformes y unas piernas hinchadas hasta el despropósito.

Fue la hija quien preguntó al funcionario. La mujer mayor estaba todavía apurada por la fatiga, apenas podía hacer otra cosa que respirar para intentar recuperar el aliento perdido mientras que el hombre, a todas luces marido y padre, reflejaba estar a su vez tan compungido que sin duda se hallaba afectado por una profunda depresión que le dejaba completamente fuera de juego.

– Venimos a preguntar por Juan José Loira Sánchez. Somos su familia.

– Un momento. -pidió el funcionario tras consultar los papeles que tenía más a mano. Fue hasta otra mesa, revisó otros papeles, luego se dio la vuelta y preguntó a una funcionaria en la mesa de al lado, que miró en ese momento hacia las tres figuras silenciosas que de repente parecían, en su tristeza, ajenos a todo lo que les rodeaba.

El funcionario se acercó de nuevo al mostrador. La mujer mayor, sentada en un banco, de espaldas al empleado, hizo un breve atisbo de levantarse. No se mueva, no, dijo el funcionario, y de inmediato se colocó a un lado para la mujer pudiera verlo de refilón. Entonces, con sencillez y cierta profesional distancia que no carecía por ello de una compasiva deferencia hacia los familiares, les comentó lo que había sucedido poco antes de que llegasen.

– El juez ha decretado prisión provisional. Ha sido hace bien poco. La policía lo acaba de llevar. Lo siento. Aunque lo más seguro es que no hubieran podido verlo aquí.

– ¿Podemos ir hoy? ¿Nos dejarán verlo?

– No lo sé. Mañana, seguro. Pero hoy, no lo sé, hay que hacer los trámites y es posible que no les dejen.

Guardaron silencio. A pesar de la noticia, quizá no por esperada no menos hiriente, los tres mostraron la misma tristeza, la misma ansiedad y la misma desesperanza que cuando llegaron. El funcionario no quiso romper el silencio. Esperó tras el mostrador a que quisieran saber algo más. Parecía habituado a dar ese tipo de noticias. La mujer mayor y la hija entrecruzaron miradas. El hombre parecía encerrado en sí mismo, como si fuera una mera sombra de las dos mujeres. Me sorprendió que fuera él quien rompiera el silencio, como si de repente recobrase alguna de sus funciones.

– ¿Cómo se llega a la cárcel?

– No lo sé. -respondió el funcionario, que dudó unos segundos, como si no esperara que le dirigieran aquella pregunta- No tengo ni idea. –repitió dos veces, titubeante.

Intervine en ese momento. Me acerqué al hombre y le indiqué cómo llegar. El hombre me miró y parecía que retener lo que yo le decía le iba a suponer un esfuerzo enorme. Pero no me pidió ninguna aclaración. Mientras tanto, la hija contemplaba desde el ventanal próximo a tres niños que cruzaban la plaza dando patadas a un balón y a una mujer que sacaba a un bebé de su sillita para evitar seguramente que continuara llorando. Su madre, por su parte, pensaba mientras miraba el suelo, como ida o como si meditara profundamente sobre la vida.

– Sabe -me dijo el hombre-, se trata de mi hijo, no es mala persona, simplemente es esa cosa. No lo puede evitar…

– Entiendo… lo siento… -Nunca he sido bueno en estas situaciones, me superan.

– Déjalo, Julián -dijo de pronto su esposa, con una suavidad de la que parecía incapaz-, no te apenes ni llores -y es que el hombre parecía haber iniciado un callado sollozo-, tal vez sea mejor así.

En ese momento la secretaría del juzgado me llamó, recogí mi informe pericial que había dejado en el asiento y me despedí del hombre. Al salir del despacho del juez, ya no estaban allí.

 

Juan A. Herrero Díez

PARALELO UNO

 

Paralelo uno

 

 

Pensé en la teoría de los mundos paralelos y en que podía ser cierta. Al fin ya al cabo no cabía la casualidad en aquel encuentro, tampoco creí que fuera posible atribuirlo al destino. Por tanto no quedaba más explicación que aquella, ya saben, la teoría de los planos paralelos que asegura que cada uno de nosotros vive historias diferentes en distintos ámbitos espacio-temporales, innumerables en su número, infinitas en sus posibilidades, pero siendo siempre la misma persona, aunque en circunstancia diferentes (lo que, según el filósofo, haría que no fuésemos realmente la misma persona).

Pero vayamos al hecho en sí, una mera anécdota. Subía las escaleras del metro. Iba despistado, pensando en mis cosas, nada importante, sin duda, sin muchas ganas en esa altura de mi vida de seguir en una ciudad que había comenzado a detestar, si es que alguna vez la había amado. De pronto me fijé en la mujer que subía un par de escalones por delante. El corazón me dio un vuelco. Aquellos hombros rectilíneos, aquel pelo castaño, rizado y atado en una abundante coleta, aquella forma de vestir, tan colorida, no podía ser otra persona, no me cupo duda alguna de que se trataba de ella. Hacía años que no la había visto, dos, tres, quizá cuatro, y lo único que supe en todo ese tiempo, por un amigo común, era que se había ido a vivir a otra ciudad, no muy lejos, por otro lado, de aquella en que yo estaba. Por tanto no era descabellado que más pronto o más tarde nos volviéramos a ver por mera coincidencia.

Aceleré mi paso para verla el rostro. Me di cuenta enseguida: no era ella. Pero el parecido era enorme, casi el de dos hermanas gemelas. Bien sabía, sin embargo, que era hija única. Ella se dio cuenta que la miraba. Sus ojos denotaron un cierto susto, aunque luego supe que indicaban sorpresa. Ya habíamos salido a la calle. No pude menos que disculparme. Perdone, le dije bastante cohibido, dudé si tutearla, me ha recordado mucho a una persona que conozco. Ella sonrió levemente. A mí también me recuerda a alguien, comentó. Qué casualidad, exclamé, y entonces me vi obligado a aclarar todavía más mi intervención. Esa persona, le dije, había sido una novia mía, bueno, más bien una relación. A veces me costaba acudir al término exacto. Ella se rió algo forzada, supongo que la situación le resultaba también extraña. Me recuerda usted también a alguien muy cercano, me dijo. Nos quedamos mirando, atolondrados, sin saber qué decir, aunque ella parecía más desenvuelta, menos tensa.

Fue entonces cuando pensé en la teoría de los mundos paralelos. Qué quieren, me impresionó, me dio vértigo, no lo sé. Sonreí más por ser amable. Me despedí. No creí necesario añadir nada más. Luego, al instante, lamenté dejarla marchar sin más, me hubiera gustado saber cómo me va por otros mundos. Tal vez porque por entonces no me sentía muy feliz en aquel que ocupaba.

 

 

Juan A. Herrero Díez

CANCIÓN PARA UNA NIÑA

 

CANCIÓN PARA UNA NIÑA.

 

Mi niña tiene una pena

en el corazón de agua,

y se le hace caracola

en calles de ruido y mirada.

Mi niña es alegría tan sola…

cuando la verdad es nada,

es lagartija sin cola,

es cola recien cortada.

Ella sufre alejada y tan sola…;

mi niña nunca es envidiada.

Se calienta si se incomoda

(a rota lengua sosegada…).

Luna cuidala de las mareas

de las teas y las alhambradas,

y cuidala de antiguos estrategas

y ocultas murallas rasas.

Niña, niña, sin triste mecenas,

niña santa, perversa y sacra,

niña de espejo de luna y agua;

¡dime niña, si se remedia!

el ronco del mar cuando calla

y el pálido color que asedia,

la astuta flecha que calma,

la vuelta en dos y una y media

latido de volcán el mar brama.

-Dime niña luz del fuego-

semilla que abre pura su agua,

cenicero que se vacia y apego,

cumbre entre sudor y palabra.

Si el amor es uno y solo ruego

¿Qué me aguarda de su alma

si soy vida ante el muro ciego?

¿por qué esa ruleta rusa dispara?

La confusa parodia del miedo

y al despertar es ceniza, herida y brasa.

 

Por Cecilio Olivero Muñoz