Francisco Umbral-Juan A. Herdi

Es tremendo el olvido. Sobre todo para quien ha pergeñado la realidad hasta en sus rincones más recónditos, como un cronista furtivo, fino observador, sardónico y mordaz, y la ha mostrado con agudeza, una pluma perspicaz, irónica, tierna e hiriente a la vez. Quien quiera conocer al detalle los años del franquismo y de la transición, los entresijos de la vida literaria, cualquier cosa que sea esto de la vida literaria, o de la movida madrileña o de las trastiendas político-sociales de ese tiempo, incluso más allá, hasta finales del siglo XX, ha de acercarse por fuerza a los libros de Francisco Umbral, a sus crónicas, a sus ficciones. Nadie como él supo desarrollar ese costumbrismo de nuevo cuño al que Unamuno denominó infrahistoria y que fue más allá de la mera descripción de hábitos y tópico, pero además mostró bien a las claras lo que ocurría en este país, en sus calles, en sus cafés, en sus mentideros y cenáculos. Fue Umbral el exponente más brillante de la infrahistoria de un país que estaba cambiando a pasos acelerados. Por eso es tremendo el olvido. Tremendo e injusto. Porque está desterrando a no poco escritores que merecen admiración y reconocimiento.

Ana Caballé, profesora universitaria especializada en biografías y biógrafa ella misma, le dedicó a principios de este siglo un estudio: «Francisco Umbral. El frío de una vida». Pero ha sido un documental, «Anatomía de un dandy», de Charley Arnaiz y Alberto Ortega, presentado el año pasado en el Festival de Cine de Valladolid, el último intento de que no caiga por completo en el olvido el, para mí, mejor cronista de su tiempo, y parece que ha devuelto a este autor, al menos por unos meses, a la actualidad, al recuerdo.

Sin apenas formación académica, pero con el propósito claro de convertirse en escritor, se acercó a la prensa. Publicó sus primeras columnas periodísticas en la década de los cincuenta en El Cisne, una revista universitaria vinculada al SEU, obligada la vinculación de la época al falangismo orgánico, aunque sólo fuese de un modo muy indirecto y, para muchos, sin quererlo. A Miguel Delibes le llamó la atención su estilo, su talento, y en 1958 le atrajo a El Norte de Castilla, diario que él dirigía en aquel momento. Desde entonces les unió una estrecha amistad. Tres años después, convencido de que era en Madrid donde debía estar para encaminar su carrera de escritor, se trasladó a la capital como corresponsal del periódico. Fue un tiempo de pensiones y no poca precariedad, sin duda, pero también el de su entrada en el Café Gijón, apadrinado nada menos que por José García Nieto y Camilo José Cela. Cuenta parte de aquella vida en Madrid en su libro «La noche que llegué al Café Gijón».

A partir de allí asistió a los acontecimientos de los últimos lustros de la dictadura. Comenzó a publicar sus primeros libros. Cuando llegó la transición, se había convertido ya en un cronista reconocido, con un estilo muy particular, controvertido, astuto, ocurrente y sagaz, una mirada aguda de la realidad y de la vida, que no siempre le resultó fácil, pero en la que, como él mismo parece indicar con el título de uno de sus libros de memoria, uno de sus últimos libros, «Días felices en Argüelles», no estuvo exenta de felicidad, la felicidad que sin duda da haber cumplido con la vocación de toda una vida.

Su obra es muy extensa. De lectura obligada, no me cabe la menor duda, para todo lector que quiera conocer por curiosidad, por placer o por interés profesional –periodistas, historiadores– aquellos años tan importantes en España, de los que tanto hablamos, muchas veces sin conocer los detalles, de un modo por desgracia tan estereotipado. Pero sobre todo para quien goce de la buena escritura. Porque es su dominio del lenguaje lo que más destaca hoy en un escritor y cronista que supo darle importancia a las palabras, con una prosa que fue desbordante y ágil. Merece la pena recuperarlo del olvido sólo por su estilo, pero además vale la pena por su contenido.

A todo esto, murió Francisco Umbral en 2007, un 28 de agosto. 

Jean Genet, el solitario del mundo-Juan A. Herdi

Jean Genet, el solitario del mundo

Juan Goytisolo escribe de Jean Genet que «su patria será la chusma, y él su cronista y cantor». Sin duda es una buena concesión para este autor francés cuya vida errante se nos presenta como la de un personaje singular, con tres facetas bien definidas, en apariencia muy distintas entre sí, la de un escritor riguroso y atento al lenguaje y a su entorno, la de una marginación extrema vivida durante varios años y que le condujo al delito y el hampa, la del activista radical que acogió con simpatías las revueltas más radicales y emancipadoras del 68 así como el apoyo a la causa de los palestinos y de los Black Panters, a los que alentó incluso con su presencia. Tres facetas, una trinidad laica y radical que componen una única personalidad. 

Jean Genet nace en 1910 y muere en 1986, vive por tanto los lustros claves de un siglo que son los de las dos guerras mundiales, el genocidio execrable ejecutado por los nazis, los de la de la revolución soviética que al final desembocó en una distopía inquietante, los del colonialismo violento con sus efectos nauseabundos, pero también los de las luchas sociales intensas y justas que, sin embargo, acaban con un sabor intenso a desencanto y fracaso. El conflicto palestino ahí sigue, sin que parezca que vaya a acabar nunca. Los Black Panters ya no existen, ni Malcolm X, ni Martin Luther King, ambos asesinados, pero además el racismo sigue latente y lo hemos visto incluso en estos últimos meses en forma de abusos policiales sangrientos e infames. Del mismo que seguimos con sociedades que siguen devaluando la vida de los seres humanos, como si los gestos rebeldes y a todas luces necesarios no hayan servido, hasta el momento, de nada. 

Pero ni qué decir tiene que han servido, han puesto el dedo en la llaga sobre la historia del siglo XX y unas consecuencias que nos siguen afectando hoy, lo que nos obliga a mantener un debate ético, moral, a cuestionarnos la sinrazón de un mundo. Porque ante este mundo fatídico y sórdido hay que reaccionar, sin duda, también con una moral necesaria y puede que aún por construir, incluso asumiendo que la moral tiene mucho de provocación ante lo establecido y la asunción de lo que hay. Una moral, además, que puede, y tal vez deba, construirse a partir de lo más infausto de la condición humana. 

Esta provocación moral que hay en su obra es lo que convierte a Jean Genet en un autor cuanto menos interesante, pero además el que provenga de lo más turbio de la sociedad, de ese lumpen marginal, violento, delictuoso, convierte su mensaje en un grito desgarrador, más en un tiempo como el que estamos, con toda esa corrección política tan ñoña como superficial, no me cabe ninguna que dicha corrección es además la guinda amarga a todo un proceso histórico y a una sociedad que se entontece, siendo magnánimo, por momentos. No puedo ni imaginar lo que pensaría Jean Genet de estos tiempos, él que visitó la Barcelona de los setenta, había vivido en la ciudad durante los años treinta, y la encontró tan burguesa, ¿qué diría hoy de la caricatura en que se ha ido convirtiendo la, antaño, Rosa de Foc?

El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun rememora a Jean Genet como «La voz de la falsedad. La voz de la verdad. La voz correcta. Pasaba de una a otra sin previo aviso». Esta facilidad de registros lo convierte sin duda en un autor muy riguroso, exhaustivo. Él mismo consideraba la dificultad del estilo y la forma como una cortesía al lector, una invitación a confrontarse con la realidad no mediante fórmulas sencillas o simplonas, sino con toda la envergadura del lenguaje y el pensamiento. No había que someterse a la simplificación de las ideas, a una literatura ociosa devenida en mero pasatiempo, a la infantilización de la sociedad. Por desgracia, parece que nos hemos sometido. 

Juan Goytisolo conoció a Jean Genet, lo trató desde 1955 y mantuvo con él una larga conversación. Quiso el novelista barcelonés que ni la obra ni la figura del escritor francés quedasen en el olvido. Genet en el Raval es su aportación al recuerdo de un autor que para él mismo significó, según ha reconocido, poder reflexionar sobre la expresión literaria y alejarse de lo más superficial, huir de toda vanidad o de la figuración banal en esos círculos literarios, tan fútiles como anodinos. Porque a todas luces la escritura es otra cosa. De este modo, la recopilación de textos sobre el autor francés es una evocación muy necesaria.

 

Ambos escritores están hoy enterrados en el cementerio de Larache, al norte de Marruecos, su tierra de acogida, de asilo emocional, junto al mar.

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Loreta Minutilli

Helena de Esparta

Traducción de Ramón Buenaventura

Alianza Editorial, 2020

Durante siglos la mitología ha intentado dar una explicación a la existencia y al mundo. Sigue siendo en gran medida esa su función, porque todavía continúa presente entre nosotros, aun cuando compita hoy con otras disciplinas que intentan esclarecer la vida. Nos aporta un sentido de las cosas y de las vivencias, cierta coherencia y no poco conocimiento. Pero además, muchas veces, los mitos permiten que entendamos nuestra propia existencia, lo que somos, de allí que la psicología, el psicoanálisis o la psiquiatría hayan acudido a ellos, en nuestro ámbito cultural a los mitos griegos, para confrontarnos a los hechos y a nosotros mismos. 

También la literatura posee en buena medida tal función y no son pocos los escritores que han afirmado alguna que otra vez que la escritura les aporta la posibilidad de poner un cierto orden en las cosas y permite reorganizar una realidad que sin el gesto de escribir resultaría vacua, desesperante y angustiosa. Sin la literatura, al igual que sin los mitos, sin duda nos costaría mucho más asumir lo que nos envuelve y nuestra propia identidad. Hay en este sentido un campo compartido entre ambas disciplinas, la literatura y la mitología, y son muchos los autores que acuden a los mitos para desarrollar sus proyectos literarios, incluso entre los más jóvenes, como vimos hace bien poco con Irene Reyes Noguerol y su maravilloso libro de relatos «De Homero y otros dioses».

Loreta Minutilli, en este sentido, recoge el guante de este vínculo que une mitología y literatura para reflexionar sobre varios temas sempiternos a partir del mito de Helena de Esparta, la mujer sobre quien recae la culpa de la guerra de Troya. Es la propia Helena, la mujer más bella de la tierra, quien nos narra en esta novela su propia vida y nos va planteando cuestiones como la identidad, el dolor, la condición femenina, la necesidad de reconocimiento, las relaciones de poder, el paso del tiempo o la culpa. Cualquier lector se sentirá emplazado a meditar sobre tales cuestiones que la autora italiana introduce párrafo a párrafo, sin dejar a nadie indiferente ni ajeno y requiriéndosenos a que mantengamos la reflexión, pero esta vez en lo que a nosotros y nuestra propia vida se refiere, como si la novela fuera al fin un espejo donde reflejarnos.

La escritora no se aleja mucho del relato más ortodoxo del mito, no quita ni añade nada al mismo, ni siquiera hay un intento de modernización o adaptación a otros tiempos, la escritura de esta novela es del todo atemporal, como es en realidad cualquier ejercicio de introspección que se precie. Lo cual sin duda aporta mucho más interés a esta primera novela de Loreta Minutilli, que sabe aprovechar todos los elementos de la tradición para articular una propuesta literaria interesantísima. 

La introduce incluso dejando constancia de la importancia de contar, esto es, de la escritura, como fundamento de toda reflexión, como ejercicio fundamental de comprensión. Incluso de aclaración para quien narra En gran medida, esta autora nos vuelve a señalar el sentido de la buena literatura, que no es otro que el análisis, la introspección, la palabra como fundamento de nuestra propia emancipación. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Cecilio Olivero

Cibernética esperanza

Ediciones Vitruvio, 2021

En 1985 el editor Enrique Murillo apuntaba el inicio de un cambio en el panorama literario español. Preveía la aparición de nuevos autores con historias que contar, narradores puros los denominaba, frente a los escritores que ilustran verdades preconcebidas mediante ejemplos y que constituyen, estos últimos, en gran medida, la tradición literaria española, tan dada al realismo. Estos nuevos autores, según Murillo, evitan en cierto modo la trascendencia en el relato y lo conciben como experiencia. Sin estar del todo de acuerdo con su apreciación, me parece que las categorías nunca son cerradas y ha habido de todo en todo momento en la literatura española, sí que es cierto que a partir de los ochenta se aposentan y surgen escritores que ya escriben de otra forma, los tiempos y la sociedad española son distintos, y hay nuevas influencias y vínculos con otras maneras de contar.

Pero además, en estos últimos lustros, desde poco antes del salto de siglo hasta ahora, creo que se están dando otra vez síntomas de renovación en la literatura. Hay que tener en cuenta el reto que supone la aparición de nuevos medios y hemos de asumir el predominio actual de lo audiovisual, reforzado por esas nuevas herramientas que parecen ya absolutamente dominantes en nuestra sociedad, y no sólo entre las generaciones más jóvenes. Desde luego, no creo que la literatura corra peligro de desaparecer, no lo estuvo con la eclosión del cine, no lo está hoy, pese a todo, y si lo está, será más por la excesiva comercialización editorial y por la no poca ramplonería desatada en nuestros días, con demasiados escritores más de pose que de esfuerzo.

La literatura actual ha de asumir en todo caso el reto que le permita seguir incidiendo, de ser algo importante, y esto pasa en mi modesta opinión otra vez por la experimentación y por el rigor, también por la necesidad imprescindible de ser penetrante y aguda. Como muy bien indica Enrique Murillo, y con ello estoy por completo de acuerdo, «todo relato que no produzca alguna forma de catarsis es un relato fallido».

Experimentación está habiendo bastante, es verdad. Aunque frente a ello haya una reacción de las editoriales a fórmulas en exceso convencionales, novelas y formatos que se repiten una y otra vez bajo una maquinaria de marketing que muchas veces es ajena a la literatura pausada y reflexiva. Imagino que toda época de cambio produce miedos a los saltos al vacío y tampoco las editoriales quieren perder oportunidades de negocio, pero esto es otro debate que no viene al caso, o tal vez sí, pero no tengo espacio suficiente para desparramarme al respecto. En todo caso, hay experimentación, algo que resulta imprescindible ahora mismo.

Claro que no siempre la experimentación sale bien. Pero creo que ahora mismo es de agradecer que se nos ofrezcan nuevos formatos, que se tantee con las palabras y los estilos, que se pruebe, aun cuando los resultados no siempre sean los esperados. En la literatura y sus procesos sí nos podemos permitir los experimentos; es más, son de agradecer.

Viene todo lo anterior a colación por este libro sobre el que pretendía escribir, que iba a ser una reseña, pero que al final me ha llevado por otros derroteros. Cibernética esperanza es ante todo uno de esos experimentos y tendrá sus claroscuros, quizá algunas rarezas, tal vez ciertas imprudencias, pero que apunta a una necesidad intensa de escribir con valentía, osadía y clamor. No es baladí recordar aquí que la escritura tiene mucho que ver con la vida. Es más, cada vez tengo más claro que no puede haber distingos entre literatura y vida, ni siquiera entre ficción y realidad. La verosimilitud forma parte de lo real, al fin y al cabo.

Una cuestión a solventar es cómo podemos catalogar este libro. Cecilio Olivero ha dicho alguna vez que se trata de una novela. Sin intención de impugnarle o de contradecirme a mí mismo, ya que vengo hablando tanto de experimentación, yo no lo creo. Combina prosa, introduce también poesía. Hay una narración temporal de hechos y unos personajes, más o menos reales o imaginados, si es que podemos apurar tanto en estos tiempos, y visto lo visto, los límites de la realidad y de lo ficticio. Pero me decanto más por el lado de la poesía. Aunque sólo sea porque me resulta muy evidente que Cecilio Olivero es un poeta, un animal poético, aunque a veces le dé por la prosa con resultados en mi opinión muy por detrás de su poesía. Pero ha experimentado con la prosa y el resultado le ayudará a sacar algunas conclusiones de su labor literaria, espero.

Aconsejo por tanto leer este libro como un ejercicio más poético que prosístico. Incluso la prosa es poética, aunque aquí he de reconocer que con resultados no siempre homogéneos.

Respecto al contenido, a todas luces no resulta fácil ni grato mantener el tipo ante lo que se cuenta. No es un libro amable que intente apaciguarnos ante la descripción de lo crudo que tiene vivir, del dolor y el desasosiego que entraña la existencia o incluso, cabe entenderlo así, la falta de heroicidad para el reto de luchar consigo mismo. No tranquiliza, sino que inquieta y algún que otro lector no quedará ajeno ante la figura del personaje o personajes.

Sin duda estamos ante un nuevo tipo de formato que nos invita a otros escenarios en esta sociedad del espectáculo global que estamos conociendo. Al menos es una oferta interesante.

Reseña Literaria-Juan A. Herdi

Patxi Iturregi

Impredecible marea

Traducción del euskera de Gerardo Markuleta

El Gallo de Oro, 2020

Resulta imposible no darse cuenta, tras leer los doce relatos de este libro, de la poca presencia en la literatura del Estado Español, en cualquiera de sus lenguas, de historias de la mar, teniendo en cuenta que hablamos de un país con kilómetros de costa y salida a dos mares, con una historia además de expansión colonial y una luenga experiencia y tradición marítimas. No es que no existan, hay escritores que han narrado aventuras de navegantes y marinos, algunas apasionantes, sin duda, pero me temo que apenas son una anécdota en el conjunto de su literatura o han quedado en la periferia literaria. Hay que recordar no obstante a Álvaro Mutis, tal vez el más destacado entre los escritores de temática marinera, colombiano y uno de los mejores escritores en castellano, creador de Maqroll el gaviero.

Tal vez por ello se vuelven muy recomendables narraciones que traten de la mar, como las de este libro de relatos, relatos de navegantes, de barcos y de influencias marineras en un territorio concreto, el que rodea a la Ría del Nervión y el puerto de Bilbao, y que sitúa además en un momento histórico, el de la primera guerra mundial, cuyo primer centenario hemos dejado atrás hace bien poco.

Ni qué decir tiene que en aquellos primeros lustros del siglo XX hubo no sólo un crecimiento industrial en Vizcaya, sino que además la misma afectó a una tradición marítima muy arraigada en la provincia, surgieron las grandes navieras y una saga de marineros que viajaron por todos los mares. De eso nos habla Patxi Iturregi y lo hace con una prosa directa que logra captar el ambiente de los barcos, pero también esa influencia social en una sociedad que contempla el mar con admiración, como ocurre por ejemplo en el relato El latido del progreso. 

Son relatos que describen unos ambientes intensos, que trasladan al lector la viveza de la aventura marítima o el entorno de una ciudad portuaria, y lo lleva a cabo gracias a una enorme capacidad de penetración literaria. Hay un dominio del relato que sin duda no va a dejar indiferente a nadie y que va a permitir conocer a un autor en lengua vasca, con esta traducción magnífica mediante, y gran dominio en el arte, siempre difícil, del cuento literario.

Si en el relato breve el rasgo fundamental es la atmósfera, ni qué decir tiene que Patxi Iturregi lo ha conseguido plenamente, introducir al lector en la misma, no me cabe ninguna duda de que disfrutará de ellos y se quedará con ganas de más historias de la mar.

13º Número de la revista literaria Nevando en la Guinea.pdf

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Almudena Sánchez

Fármaco

Random House, 2021

Estamos ante un libro inquietante. No sé si es el calificativo adecuado, pero sí es lo que produce, una vaga inquietud que va en aumento a medida que se avanza en su lectura. A pesar de la ironía, que ayuda bastante a comprender lo que se cuenta. O se narra. A pesar de que intuimos que el final será feliz, de lo contrario no tendríamos el libro entre las manos. A pesar también de que muchos lectores avanzarán por sus párrafos con ansia de comprender un proceso que asumimos que existe y que nos puede ocurrir también a cualquiera, con independencia de las circunstancias de cada cual, buenas o malas.

Almudena Sánchez nos habla abiertamente, sin tapujos, la expresión viene muy al dedo aquí, de su depresión, de ese estado anímico durante mucho tiempo incomprendido, antaño denominado melancolía, y que además, con la pandemia, adquiere una nueva carta de naturaleza: se ha extendido, visible o no, un profundo malestar en todos. La autora nos ofrece una confesión, aunque sin el significado que le da el catolicismo, no hay propósito de enmienda ni petición de perdón, aun cuando en algún momento lo pidiera en la realidad, pero su escritura no lo es. Más bien cumple, creo, con una de las funciones, de los porqués, que se atribuye a esta manía de escribir: comprender(se), incluso poner algo de orden. Busca romper con esa mudez con la que no sólo la autora ha crecido, todos la hemos padecido y la padecemos de un modo u otro, con mayor o menor énfasis.

Estamos por tanto en un relato testimonial que nace, sin duda, de una necesidad, la de curarse también mediante la escritura, pero que al final, una vez desprendido el texto de las manos de su narradora, se vuelve sobre todo útil para el receptor, para el lector, como si el libro, en cierto modo, estuviera concebido a su vez para cumplir con las pautas de la teoría literaria de la precepción. Porque tal vez deberíamos analizarlo no por lo que es en su origen, sino en los efectos que pueda producir en los lectores y en la capacidad de comprensión de un estado de ánimo que se convierte en enfermedad. Y que permite afrontar un tema como el de la depresión o, en general, de la salud mental, con sus estereotipos manidos y el peligro de la estigmatización

Una comprensión facilitada por la literatura. No hay duda de que es la literatura la que permite muchas veces entender la realidad, más que los sesudos estudios analíticos. En definitiva, la prosa literaria convertida en vademécum para aprehender los mecanismos más sombríos de la vida. En este caso, además, hay mucha poética, hay ironía, hay un bello juego del lenguaje, hay dureza también. Ello convierte el relato en un perfecto artefacto, aun cuando rompa con todos los preceptos literarios, que para eso son las reglas también, para infringirlas y romper con lo más aséptico del formalismo literario. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

Irene Reyes-Noguerol

De Homero y otros dioses

Maclein y Parker, 2018 

(2ª edición 2021)

Afirmaba Anatole France que todos los relatos del mundo se podían concentrar en apenas un puñado de temas, muy pocos. Lo que los caracterizaría, por tanto, no sería lo que cuentan, sino la forma de contarlo, la capacidad de mantener el interés del lector, esa atracción por una narrativa que nos mantenga atado al libro. En esto consiste la originalidad, no en la novedad, sino, como indica la propia palabra, en ese volver una y otra vez al origen, resituarlo en nuestro momento y mantener en candelero la buena literatura. Y qué duda cabe que la mitología está en la base de nuestra narrativa, de nuestros sueños y de nuestras claves.

De todo esto ha de saber mucho Irene Reyes-Noguerol, o puede ser más bien que lo intuya, se trata de una escritora muy joven que se asoma a la literatura con los dones suficientes como para esperar de ella una obra más que interesante. No necesita tampoco disimular: acude a las fuentes de la Grecia Clásica y nos ofrece una colección de relatos que poseen una fuerza enorme. Son cuentos que hablan del presente, pero guardan un perfecto paralelismo con los relatos míticos, como si los trasladara a nuestros tiempos, en un ejercicio de reescritura permanente que, intuimos, es la base de toda literatura de calidad.

Pero además son textos cálidos, poéticos, algunos de ellos de una perfección absoluta. Léase por ejemplo el más corto de los veinte relatos, Gran carnívoro, que nos retrotrae a Licaón, y que en dos páginas ofrece una sensibilidad difícil de alcanzar. Se ha de ser muy buena escritora para encandilarnos de esa manera. Cada uno de los textos nos atrapa hasta el embelesamiento, sin caer por ello en lo empalagoso, muy al contrario, es una prosa bien trabajada, precisa, con la dosis suficiente de poética y concreción, sin que sobre ni falte nada, un preciosismo estético que convierte a Irene Reyes-Noguerol en una autora a todas luces encomiable, prometedora.

Es muy de agradecer la apuesta de una editorial pequeña por autores nuevos que consiguen escribir con gran valía, se cumple así con la función que ha de tener toda editorial que se precie, la de descubrir nuevos valores, la de mantener ese hilo rojo de la literatura que a todas luces sigue adelante pese a los tiempos.

Nos quedamos por tanto a la espera de lo que nos ofrezca Irene Reyes-Noguerol en el futuro. De momento, sólo cabe recomendar De Homero y otros dioses.

Franco Battiato (Juan A. Herdi)

¿Podemos equiparar la labor de un cantautor y de un poeta, y que aquel reciba en consecuencia un premio literario? Es lo que se preguntó mucha gente cuando en 2016 le otorgaron a Bob Dylan el Premio Nobel de literatura. Lo fundamental, desde luego, es responder la primera parte de la pregunta, lo de los premios no es ni de lejos tan crucial, y decidir por tanto si un cantautor realiza la misma función que un poeta, pero de otro modo. Recuerdo que a José María Valverde, el gran maestro de la Teoría de la Estética y poeta encomiable, no le gustaba que le pusieran música de fondo a los poemas, a los suyos o a los de cualquiera, decía que la poesía tenía ya su tono, que la música molestaba. No sé si esto incluía las versiones cantadas de algunos poemas.

Escucho al mencionado Bob Dylan, al canadiense Leonard Cohen, y más cerca de nosotros por cantar en castellano a Luis Pastor, a Silvio Rodríguez, a Luis Eduardo Aute o a Rafael Berrio, por citar a los que me entusiasman, hay muchos otros, desde luego, y al final no puedo dejar de pensar que sí, que hay una labor común a cantautores y a poetas, puede que a la larga sean lo mismo ya que esa labor consiste en la palabra como base, como herramienta y como elemento clave de comunicación, a pesar de los formatos distintos.

Viene este tema a colación porque acaba de morir Franco Battiato, que es otro de esos cantautores que se pueden equiparar perfectamente a los poetas, con esas letras que se te quedan grabadas en la cabeza cuando las oyes y que repites una y otra vez. Para muchos, Franco Battiato forma parte de una banda sonora, la banda sonora de nuestras propias vidas. Ha estado presente a lo largo de estos últimos lustros. Ni qué decir tiene que nos ha embelesado el tono de sus canciones desde que en 1971 se dedicó a experimentar con varios estilos, música electrónica incluida, en un minimalismo conceptual que no dejó indiferente a nadie. 

Antes, había probado un poco de todo, desde las canciones románticas, ganó en 1965 el Festival de San Remo, al rock psicodélico de la banda que ayudó a fundar, Osage Tribe, pasando por diferentes versiones de canciones pop. Pero fue en la década de los setenta cuando empezó a llamar la atención por ese tono tan personal y polifacético en lo musical y también en lo artístico. Al igual que Luis Eduardo Aute, era pintor, empleaba un pseudónimo: Süphan Barzani, y se adentró a su vez en el lenguaje cinematográfico. Cantó en castellano –en todo caso, entendíamos sus letras en italiano– y también en árabe, idioma que estudió de joven y en el que cantó en Bagdad en 1992 como gesto de solidaridad hacia un pueblo que padeció el mal de la guerra y que, por desgracia, volvió a sufrirlo después de este concierto.

A pesar de ese gesto, no podemos decir que fuera un autor/cantautor comprometido, al menos en el sentido más clásico: nunca habló de política en público, a pesar de su época tan intensa y de su país, tan extremo en tantas cosas. Su ámbito era la música y ese choque con la realidad que suponían las letras de sus canciones. Quizá porque el verdadero compromiso es darle la vuelta a la realidad, a la vida, y pensar la existencia a partir de las palabras y de los huecos que dejan entre sí en nuestro interior. Su propuesta era crear una atmósfera con sus letras, el tono de su voz, sus melodías.

Es un tópico, sin duda: seguirá vivo si seguimos escuchando su música. Pero es cierto, estará con nosotros mientras suene Centro di gravità permanente y su voz melosa nos permita imaginar mundos posibles transmitidos por Radio Tirana. 

Reseña Literaria (Juan A. Herdi)

José Ignacio Carnero

Hombres que caminan solos

Penguin Random House, 2021

Estamos ante una novela en la que la necesidad de contar(se) es tan importante como lo que se cuenta. Tal vez porque es verdad que las palabras sirven para algo más que para buscar paraísos, esos momentos de belleza señalados, sí, pero que tienden también a que el narrador traduzca con las palabras el mundo, y que lo lleve a cabo justo a la manera que quiera verlo, lo organiza en definitiva a su modo. Por ello tal vez haya tanta reflexión en este relato sobre la escritura, sobre en general la literatura. Porque al final, aun cuando parezca que se diferencian, vida y literatura no se alejan tanto y ésta sirve en gran medida para reconocer aquella, reconocerse a sí mismo y, en definitiva, para salvarlo o salvarse.

Puesto que lo que nos cuenta José Ignacio Carnero, o el narrador de la historia, mejor dicho, es un necesario ejercicio de espejo y confrontación consigo mismo. Pasemos de largo por esas asépticas alusiones de la teoría literaria a los conceptos de autor, narrador y personaje, ya sabemos que las reglas del oficio están sobre todo para saltárselas, y reconozcamos que toda escritura requiere confrontarse a un rival que es siempre uno mismo. Y será así como el autor lo llevará al extremo y convierte el estado anímico del narrador en el tema del relato, a partir de aquí muestra su depresión para, a base de escribirla, superarla, algo que sin duda sirva mucho más que todo el orfidal que se le pueda recetar. Dependerá de la agudeza del lector la posibilidad de empatizar y reescribir lo narrado trasladándolo a su propia experiencia vital.

De este modo, van sucediéndose hechos, anécdotas, sucesos, bien condimentados todos ellos con esa reflexión sobre la escritura, la ficción, la vida, la melancolía, y al final es la propia vida la que se muestra en el texto, una vida en la que tan importantes son las relaciones con los personajes tan variopintos que se van cruzando en el camino y que se vuelven en compañeros de travesía vital y en gran medida también reflejos en el que contemplarse y crecer. 

Por si fuera poco lo vibrante de la historia, hay que destacar un estilo cimbreante por lo ágil y lo bello que es, aunque sin caer en excesos manieristas ni redundancias, un modo de contar directo, pero que deja espacio para entender en todo su alcance lo que se narra con una intensidad plena. Impresiona la belleza de ese viaje con el padre, que no sólo es un viaje físico, también interior, cordial, liberador e intenso tanto por lo que se cuenta como por lo que deja intuir, y que da sentido a la novela entera, a las diversas opciones que nos ofrece el autor y a su estilo. Un estilo que es también emocional, sensible, con el que cualquier lector se deja llevar, quedando atrapado por ese dominio del lenguaje y del relato que posee sin la menor duda José Ignacio Carnero.